3. El pasillo del juzgado
El pasillo del juzgado
Álvaro conduce y yo voy con el brazo fuera de la ventanilla, porque el aire acondicionado de la furgoneta funciona mal y la única manera de ir es esa.
Llevamos detrás la cómoda de Cambrils, envuelta en dos mantas y sujeta con cinchas.
Es del cliente de la casa de la calle del Consolat, un señor que compra muebles rotos y los paga bien y tarda seis meses en decidir el color.
Álvaro ha sujetado las cinchas dos veces.
Antes de arrancar ha vuelto a bajar a comprobarlas.
A la altura de Vila-seca empieza el horizonte de siempre: las torres, las antorchas, el vapor blanco de la petroquímica saliendo recto porque no hay viento.
Mi madre, cuando éramos pequeñas, decía que eso era la fábrica de nubes.
A Bea le duró la broma hasta los once años.
A mí me duró hasta los ocho, porque yo era la que preguntaba.
Álvaro pone el intermitente para adelantar a un camión cisterna y vuelve a su carril.
El punto kilométrico 1.148 está entre Torredembarra y Altafulla, en una curva larga a la derecha con un talud y una hilera de algarrobos viejos. Hay quitamiedos nuevo desde 2020. Se distingue del resto porque brilla más.
Lo pasamos a ciento diez. Él no levanta el pie. Tampoco acelera. No mira, y no es que aparte la vista: es que mira al frente, a la carretera, como se mira una carretera.
He hecho este trayecto con él cientos de veces. Nunca ha dicho nada al pasar por ahí y yo nunca se lo he pedido.
Bea murió a las tres y diez de la madrugada del 15 de agosto de 2018 en ese punto.
Salida de vía por la derecha, impacto contra el talud, vuelco.
Iba de copiloto. Llevaba el cinturón. El informe dice politraumatismo y dice que la muerte fue inmediata, y yo he leído los suficientes para saber que «inmediata» significa lo que la familia necesita que signifique.
Álvaro conducía. Dio 0,68 en la primera prueba y 0,64 en la segunda, cuarenta minutos después, en el hospital. El límite era 0,25.
En noviembre de 2019 hubo conformidad en el Penal número 2 de Reus. Homicidio imprudente. Un año, suspendido, porque no tenía antecedentes. Cuatro años de privación del permiso de conducir. Lo recuperó en 2023 y volvió a examinarse porque le salía más barato que el curso.
Eso es todo. No hay más causa, no hay más misterio, no hay una versión guardada en un cajón. Es de las cosas más ordinarias que pasan en este país cada verano.
Roser fue al juicio y yo fui con ella. No fuimos como acusación particular; el seguro había pagado lo suyo y mi tía no quiso. Fuimos como público. Nos sentamos en la tercera fila.
En el receso salí al pasillo a por agua y la fuente estaba estropeada, con un cartel de papel pegado con celo.
Me senté en una de las sillas de plástico atornilladas a la pared.
Al minuto salió un hombre de la sala, se sentó dejando dos sillas de por medio, se pasó las manos por la cara y me preguntó si sabía dónde estaban los baños.
Le dije que al fondo a la izquierda.
Dijo gracias. No se levantó. Se quedó ahí, con las manos colgando entre las rodillas, mirando el suelo, y estuvimos así los dos hasta que llamaron a la sala.
Yo ya sabía quién era. Lo había visto declarar veinte minutos antes.
Esa es la parte que no le he contado a nadie y que no es un secreto, solo una cosa que no queda bien: yo sabía perfectamente a quién le estaba indicando dónde estaban los baños.
Y luego, dieciocho meses después, en la primavera de 2021, fui yo la que lo buscó.
Que quede claro en el orden correcto. No me lo encontré.
No coincidimos en un bar. Busqué el nombre del taller, cogí el coche un sábado por la mañana y me presenté en Riudoms con la excusa de una mesa de mi abuela que no existía.
Él me reconoció en el segundo dos. No preguntó nada.
Me enseñó la mesa que tenía en el banco, que era de otra persona, y me explicó lo que le iba a hacer, y estuvimos dos horas ahí de pie.
—¿Te has dormido? —dice Álvaro.
—No.
—Llevas veinte minutos sin decir nada.
—Estoy pensando en la lista de sitio.
—Hay tiempo.
—No hay tiempo. Hay que darla el jueves.
Deja pasar tres segundos.
—Pues la damos el jueves —dice.
Y ahí está la cosa, y ahí ha estado siempre.
La gente que no lo conoce cree que Álvaro es un hombre callado.
No lo es. Álvaro contesta a todo. Lo que pasa es que contesta a lo que le has preguntado y no una palabra más, y si le preguntas algo que le va a costar dinero o vergüenza, te lo dice igual, con el mismo tono con el que te dice que la lista se da el jueves.
En cinco años no lo he pillado en una sola mentira. Y eso, cuando te dedicas a lo que yo me dedico, es lo más parecido al descanso que hay.
Llegamos a Cambrils a las once y media. Descarga él solo, con la faja puesta, y sube la cómoda por unas escaleras estrechas girándola de canto en el rellano sin rozar la pared. El cliente le da una palmada en el hombro. Álvaro no se aparta y tampoco se acerca.
Vuelvo a la furgoneta antes que él. Me siento con la puerta abierta y los pies fuera y miro el retrovisor.
La gente se cree que perdonar es un acontecimiento. Que hay un día, y una conversación, y a partir de ahí se ha perdonado.
Yo no lo perdoné. Lo administré. Cogí lo que había pasado, lo metí en una carpeta, le puse una fecha y decidí qué se hacía con ello. Y llevo siete años tramitándolo.