Las novias de la línea muerta 2. Cena en casa de mi tía
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2. Cena en casa de mi tía

Cena en casa de mi tía

Mi tía Roser vive en un tercero sin ascensor de la calle Sant Joan, en Reus, y lo primero que hace cuando abro la puerta con mi llave es enseñarme la mancha de la galería.

—Mira. Mira eso.

—¿Otra vez?

—Otra vez no. Es la misma, que ha crecido. —Se pone de perfil junto a la pared para dar la escala—. En mayo me llegaba aquí. Ahora me llega aquí.

Me llegaba a la cadera y ahora le llega a la cintura.

Es una mancha de humedad con el borde marrón y el centro más claro, y viene de la terraza del cuarto, que es de una señora que no está nunca, y llevamos dos años con esto.

Digo lo que digo siempre, que hay que mandar un burofax a la comunidad.

Ella dice lo que dice siempre, que a ver si va a ser peor el remedio.

La casa huele a pollo al horno con limón. Ha puesto la mesa en la cocina, como cuando yo tenía dieciséis años y venía a estudiar aquí porque en mi casa había demasiado ruido.

—¿Y las alianzas?

Se las doy. Abre la caja de puros encima del mantel, con las dos manos, con cuidado, y las saca y las pone en la palma.

—Son bonitas. Pesan.

—Son de oro de antes.

—Ya. —Les da la vuelta—. Están grabadas.

—Las iniciales de ellos y el año.

—Mil novecientos cincuenta y cuatro. —Las deja en la caja, una al lado de la otra, y cierra la tapa—. Pues muy bien.

Y se levanta a sacar el pollo.

Roser no ha dicho su nombre. No lo ha dicho hoy y no lo dijo el domingo pasado y no lo ha dicho una sola vez en siete años. Dice «él». Dice «tu chico», que es peor. Cuando tiene que ser específica, dice «el de Riudoms», y lo dice sin ninguna carga, mientras corta pan, y por eso duele.

Yo tampoco digo el nombre de Bea. Hace mucho que llegamos a este acuerdo sin firmarlo.

Cenamos. Habla de la vecina del segundo, que ha puesto el piso de alquiler turístico y sube gente con maletas a las dos de la mañana.

Habla de la obra de la calle Prat de la Riba, que llevan desde febrero y no acaban.

Habla del pollo: que el limón, que este horno no dora, que la carnicera nueva le pone mucho hueso.

Yo tengo el bolso en la silla de al lado. Dentro del bolso, en el bolsillo con cremallera, hay un teléfono al treinta y uno por ciento de batería. Cada vez que Roser se levanta a por algo miro el bolso.

—Come, que se te enfría.

—Como.

—Estás delgada.

—Estoy igual.

—Estás delgada y tienes mala cara. Es por la boda, que las bodas dan mucho trabajo. —Me sirve más sin preguntar—. ¿Cuánto queda?

—Seis semanas.

—Seis. —Mastica—. Bueno. Cinco y media.

Lo dice sin mirarme. Se limpia con la servilleta y sigue.

—El doce cae en sábado y ese fin de semana está todo el mundo de fiesta mayor por ahí abajo. No vais a encontrar hotel para la gente de fuera. Eso lo tendríais que haber mirado.

—Está mirado.

—Ya. Bueno. —Coge el pan—. Yo lo digo.

Mi tía Roser tiene setenta y un años, no usa el móvil más que para llamar y no ha entrado en su vida en una página web.

Ha contado las semanas. Sabe en qué día cae.

Sabe que ese fin de semana hay fiesta mayor en los pueblos del Baix Camp y sabe lo que eso hace con los hoteles.

Lleva la boda de su sobrina en la cabeza con la misma precisión con la que lleva la mancha de la galería, milímetro a milímetro, y en ningún momento ha preguntado por el vestido.

Y no va a decirlo. Esa es la parte que hay que entender de Roser. No va a decir nunca, ni borracha ni en un hospital, te vas a casar con el hombre que sacó a mi hija de una carretera . Va a decir que no vamos a encontrar hotel.

Después del café me pide que le eche un vistazo al calentador, que hace un ruido. Le echo un vistazo al calentador. Hace un ruido y lo lleva haciendo desde 2019.

Al salir paso por delante de la puerta de la habitación de Bea. Está cerrada. Dentro hay cajas de la mudanza de cuando Bea se fue a vivir sola, en 2017, y que volvieron aquí en 2018, y que siguen ahí.

—Un día vaciaré eso —dice Roser desde la cocina, sin que yo haya dicho nada—. Un día que tenga el cuerpo.

—Te ayudo cuando quieras.

—Ya lo sé.

Bajo los tres pisos. La calle está a treinta y uno a las once de la noche y huele a la freiduría de abajo. El coche lo tengo en el aparcamiento de la plaza.

Me siento, arranco para que entre el aire y no salgo.

Saco el teléfono del bolsillo con cremallera. Sigue encendido. Veintiocho por ciento.

Abro la guantera. Dentro está el manual del coche, un paquete de pañuelos, la documentación en su funda de plástico y el catálogo de flores de la masía, que es un cuaderno grapado de veinte páginas con fotografías de centros de mesa y una goma elástica alrededor.

Pongo el teléfono en el fondo. Pongo el catálogo encima. Cierro.

Y me quedo un rato con las manos en el volante, con el aire dándome en la cara, pensando en que mañana tengo que acordarme de que está ahí.