Las novias de la línea muerta 1. La línea muerta
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Las novias de la línea muerta

Las novias de la línea muerta

Por Amalia Miralpeix

© inepub.com

1. La línea muerta

La línea muerta

—Joder. Por fin —dice la mujer—. Llevo dos años esperando que encontraras ese teléfono.

Estoy de rodillas en el taller de Álvaro, con la falda del vestido bueno recogida entre los muslos para no arrastrarla por el serrín, y lo primero que pienso no es quién es ella.

Lo primero que pienso es que no he dicho nada.

He marcado, ha dado dos tonos y ha descolgado, y yo todavía no he abierto la boca.

Detrás de su voz hay música. Una versión lenta de algo que sonaba en las radios hace veinte años, tocada por alguien a quien han pagado por tocarla, y por debajo, el ruido de una sala grande: cubiertos, sillas, el murmullo redondo de doscientas personas comiendo a la vez.

Alguien pide por megafonía que los invitados vayan pasando.

Miro el teléfono que tengo en la mano. Es un modelo de teclas, gris, con la pantalla del tamaño de un sello. Los cuatro contactos de la agenda no tienen nombre. Tienen esto:

B-01 N-02 C-03 M-04

He marcado el último porque estaba el último. No hay más motivo que ese.

Han sido cuarenta minutos hasta llegar aquí.

Álvaro está en Cambrils desde ayer con una cómoda que tiene que entregar mañana, y a mí Roser me espera a las nueve, y las alianzas de la abuela de Álvaro llevan desde mayo esperando a que alguien las lleve al joyero de la calle Monterols para que las abra dos números.

Se lo he prometido a mi tía. Quiere verlas.

Es lo único de la boda por lo que ha preguntado.

Están en la vitrina , me ha escrito él. En la balda de arriba, en una caja de puros.

Y estaban. Ese es el problema.

El taller es la nave que había detrás de la casa de sus padres, en Riudoms, y sigue oliendo a lo que olía cuando era de su padre: disolvente, goma laca, cola caliente, ese fondo dulce y químico que se te queda en la garganta hasta el día siguiente.

A las siete y media de la tarde estamos a treinta y ocho grados y él tiene puesto un aparato de aire viejo que no enfría, solo hace ruido.

Las cigarras suenan más fuerte que el aparato.

Cogí la caja de la vitrina. La abrí, comprobé que estaban las dos alianzas, y entonces vi el rodapié.

Está suelto. Toda la pared del fondo del taller lleva un rodapié de madera de haya que Álvaro puso hace años porque le sobraba, y hay un tramo de metro y medio, justo bajo el banco de trabajo, que no asienta.

No es que esté despegado por la humedad.

La humedad hincha y separa por abajo. Este está separado por arriba, con la moldura hacia fuera, como una tapa mal puesta.

Yo me fijo en estas cosas. Es un defecto profesional y es un defecto y ya está.

Llevo once años leyendo declaraciones de gente que dice la verdad en el noventa por ciento de una frase, y lo que hago para vivir es señalar el diez restante.

Un rodapié mal asentado en el taller de un hombre que ha lijado a mano el cabecero de nuestra cama es el diez por ciento.

Metí dos dedos. Cedió.

Detrás había un móvil y un cargador enrollado con una goma.

Y esto es lo que quiero que quede constando, porque es lo que me hizo marcar: el teléfono estaba al treinta y uno por ciento de batería.

Un aparato olvidado detrás de un rodapié en 2024 no tiene batería en 2026. No tiene nada. Se descarga, se hincha, se muere. Este tenía tres rayas de cobertura y el reloj en hora. Alguien lo enchufa. Alguien lo enchufa lo bastante a menudo como para que un lunes de agosto siga vivo.

—¿Sigues ahí? —dice la mujer.

Su voz es agradable. Esa es la palabra exacta y es la que menos me gusta. No hay nada de urgencia en ella. Habla como habla la gente que trabaja de cara al público los sábados: modula, no se le nota el cansancio, deja los silencios en los sitios donde tú puedes meterte.

—Sí —digo.

—Vale. Perfecto. —Se aparta del ruido. Oigo una puerta, y el ruido baja de golpe, y luego el zumbido de un extractor y algo metálico, una bandeja—. Ahora no puedo hablar, que estoy en mitad de un servicio. ¿Puedes esperar a mañana?

—¿Quién es usted?

—Uy, no me trates de usted, que me haces mayor. —Una pausa muy corta—. ¿Estás sola?

—Sí.

—Bien. Mira, no lo apagues. Te lo pido por favor. No lo apagues y no se lo enseñes a nadie hasta que hablemos tú y yo con calma, ¿vale? Yo te llamo. Mañana no, que mañana tengo otro. El lunes.

Hay algo raro en cómo lo dice. Tarda un segundo de más en «hasta que hablemos tú y yo», y sé por qué. Ha estado a punto de decir otra cosa y ha cambiado a mitad. He escuchado ochocientas grabaciones de peritaciones. Sé cómo suena una frase que se corrige por dentro.

—No sé quién eres —digo.

—Ya. —Y ahí, por primera vez, deja de sonar agradable y suena cansada—. Ya lo sé.

Otra bandeja. Alguien la llama desde lejos, dos sílabas que no llego a coger.

—Voy —dice ella, hacia otro lado. Y luego, hacia mí, otra vez con la voz de trabajar—: Tranquila, ¿eh? De verdad. Vamos a resolverlo. Descansa, Irene.

Cuelga.

Me quedo de rodillas en el serrín unos segundos más de los necesarios.

Repaso lo que he dicho en voz alta desde que ha descolgado, porque eso es lo que hago, y lo que he dicho es: sí, quién es usted, sí, no sé quién eres. Trece palabras. Ninguna es mi nombre.

Me levanto. Me sacudo la falda. El aparato de aire sigue haciendo ruido sin enfriar y en la pared del fondo hay tres cepillos de carpintero colgados por tamaño, del más grande al más pequeño, y el banco está despejado, y las gubias están en su sitio, y el suelo está barrido.

Álvaro deja el taller así todas las noches. Lleva haciéndolo desde que lo conozco.

Podría decir cuántas latas de barniz hay en esa estantería. Podría decir de qué marca son. Llevo siete años entrando aquí a llamarlo para comer.

Guardo el cargador en el bolso. Guardo el teléfono en el bolso, en el bolsillo con cremallera, el de dentro. Cojo la caja de puros con las alianzas de su abuela, cierro con llave, compruebo la llave.

Y de camino al coche caigo en que acabo de hacer una cosa que no había hecho nunca en siete años, que es esconderle algo a Álvaro, y que la he hecho sin pensarla, y que se me ha dado muy bien.