Las niñas de la habitación seis Capítulo 32 — La fotografía nueva #3
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Capítulo 32 — La fotografía nueva #3

No había ropa elegida para confundirlas, pulseras con nombres, números de cama ni una mano adulta sujetando a una niña.

Seis mujeres ocupaban el espacio que habían escogido.

El nombre de Mara aparecía delante, pequeño y legible, sin fingir que su cuerpo continuaba allí.

—¿Vas a restaurarla? —preguntó Cora.

—No está dañada.

—Puedes mejorar la luz.

—La luz es esta.

—Quitarme la sombra de debajo de los ojos.

—También es tuya.

Cora se acercó más.

—Entonces al menos corrige la inclinación.

Isara miró la línea de la mesa. Estaba desviada menos de un grado.

—No.

—Te estás volviendo intransigente.

—Estoy aprendiendo a no completar lo que no falta.

Conectó la cámara al ordenador y copió los tres archivos. Después creó dos respaldos delante de ellas.

No nombró las carpetas con las identidades antiguas ni con las rutas.

Escribió:

14_11_2026_TALLER_ISARA

Dentro, los archivos conservaron la hora exacta de cada disparo.

Cora señaló el tercero.

—Ese debería tener un título.

—No hace falta.

—Todas las fotografías importantes terminan teniendo uno.

—Casi siempre se lo pone alguien después.

—Pues lo estamos haciendo después.

Salma se sentó junto al ordenador.

—No la llames «Las niñas de la habitación seis».

—No somos niñas —dijo Leire.

—Y no todas éramos de la habitación —añadió Duna.

Nélida miró la tarjeta de Mara en la imagen.

—Pero fue allí donde intentaron convertirnos en una sola historia.

Cora pensó unos segundos.

—«Las que salieron».

—Mara también salió —respondió Salma.

—Entonces no sirve.

—No necesitamos que el título explique todo —dijo Isara.

Abrió los metadatos y escribió en el campo de descripción:

Isara, Duna, Leire, Salma, Nélida y Cora. En el taller de Isara, después de despedir a Mara en Fuente Clara.

Se detuvo antes de guardar.

—¿Está bien?

Leyó la frase en voz alta.

Ninguna pidió cambiar el orden.

Ninguna preguntó por qué aparecía primero Isara o por qué Mara quedaba al final.

No era una jerarquía.

Era una descripción suficiente.

—Guárdala —dijo Duna.

Isara pulsó la tecla.

Después imprimió una copia de prueba en papel mate. La imagen salió lentamente de la impresora, todavía tibia. La sostuvo por los bordes y la dejó secar sobre la mesa.

En el reverso escribió la fecha.

Pasó el lápiz a Duna.

Una a una, firmaron con sus nombres actuales.

Duna añadió, debajo de su firma y en letra más pequeña:

Lía existió.

No escribió que había vuelto.

Leire firmó sin indicar ningún nombre anterior. Salma hizo lo mismo. Nélida trazó las letras despacio. Cora añadió un punto final después del apellido y se negó a explicar por qué. Isara fue la última.

Cuando terminó, dejó el lápiz junto a la tarjeta de Mara.

—Falta ella —dijo Nélida.

Isara no imitó la letra del pañuelo.

No escribió Mara en su nombre.

Pegó al reverso una reproducción pequeña de las cuatro letras bordadas, separada de las seis firmas.

Después digitalizó también el reverso. Las copias posteriores llevarían aquella imagen identificada como reproducción, para no imitar las firmas ni hacerlas pasar por originales. La hoja firmada permanecería como ejemplar maestro.

La fotografía quedó sobre la mesa mientras preparaban café.

Al anochecer, una a una comenzaron a marcharse. Leire tenía que regresar temprano. Salma dormía en casa de Nélida. Cora acompañaría a Duna de regreso y la entrevistaría otro día, pero no esa noche. Ninguna prometió llamar a diario ni permanecer siempre disponible.

Habían aprendido lo que ocurría cuando una obligación pretendía mantener juntas a seis personas.

Eligieron algo más difícil.

Volver.

Duna fue la última en ponerse el abrigo.

Se quedó frente a la fotografía impresa.

—¿Dónde la guardarás?

—Aquí, por ahora.

—¿No en casa de Celia?

—No.

Duna asintió.

—¿Cuántas vas a imprimir?

—Seis. Una para cada una.

—Siete —dijo Duna.

Isara miró la tarjeta de Mara.

—La séptima necesitará autorización para entrar en el archivo.

—Pero la harás.

—Sí. Siete.

Cuando la puerta se cerró, el taller quedó en silencio.

Isara recogió las tazas, apagó las lámparas laterales y dejó encendida solo la luz sobre la mesa. La fotografía nueva permanecía junto a la antigua imagen de Fuente Fría.

En la vieja, un rostro había sido raspado en cada copia. Una niña aparecía detrás de un cristal. Los vestidos, las cintas y las posiciones obligaban a buscar correspondencias que ya no podían sostenerse.

En la nueva, las seis miraban de maneras distintas.

Salma no ocultaba la cicatriz.

Leire no miraba exactamente al objetivo.

Nélida parecía a punto de decir algo.

Cora mantenía la boca cerrada por decisión propia.

Duna sostenía la mano de Isara.

Isara estaba dentro del encuadre.

No había un rostro que restaurar.

No había una niña ausente que completar con otra fotografía.

Mara no aparecía como un cuerpo prestado, sino en las cuatro letras que había dejado.

Isara guardó la imagen antigua en su sobre de conservación.

No la destruyó.

No la colocó encima.

La archivó como prueba de lo que les habían hecho.

Después tomó la fotografía nueva y la dejó sobre la mesa, sin funda.

Aún podía mancharse, doblarse o perder color con los años.

No todo lo verdadero necesitaba permanecer intacto.