Capítulo 32 — La fotografía nueva #2
—No podemos tirarlo —dijo Leire—. El permiso prohíbe dejar alimentos.
Duna la miró.
—No pensaba hacerlo.
Se comió el trozo despacio.
La risa empezó en Salma y pasó a Nélida. Cora se tapó la boca. Incluso Leire terminó riéndose de sí misma.
Isara miró las caras alrededor.
No quiso conservar aquel instante con una cámara.
Lo dejó ocurrir.
Regresaron al sendero poco antes del mediodía. La persona del ayuntamiento comprobó la urna vacía, firmó el documento y les permitió conservar la tarjeta y la caja. Nélida guardó ambas en el maletero.
—¿Dónde irá ahora? —preguntó Salma.
—En mi casa —respondió Nélida—. La caja, no Mara.
—Ya lo sabemos.
—Necesitaba decirlo.
Comieron en una venta de carretera sin hablar de Fuente Fría durante casi una hora.
Cora se quejó del café. Leire contestó dos llamadas del juzgado y apagó el teléfono a la tercera.
Salma pidió otra ración para compartir y terminó comiéndosela casi sola.
Duna contó que uno de sus alumnos había escrito en una redacción que los adultos eran personas que siempre sabían dónde estaban las llaves.
Nélida dijo que eso demostraba que el niño aún confiaba demasiado en los adultos.
Isara escuchó.
Durante años había creído que la intimidad se construía con recuerdos compartidos.
Aquellas mujeres apenas tenían recuerdos comunes que pudieran sostener sin dudas.
Estaban empezando a construir otra clase de cercanía: saber cuándo una callaba, qué frase podía herirla y qué taza prefería sin convertir ninguno de esos datos en una prueba de identidad.
Llegaron al taller a las cuatro y veinte.
La luz de noviembre entraba oblicua por las ventanas. Isara encendió las lámparas laterales y dejó apagada la principal para que el fondo no quedara plano.
Las seis se detuvieron en la puerta.
No era un lugar solemne. Había cajas de papel, pinzas, pinceles, ampliaciones sujetas con imanes y una taza olvidada junto al ordenador. En una pared colgaban fotografías restauradas de personas desconocidas.
—Así que aquí arreglas a los muertos —dijo Cora.
—Arreglo fotografías.
—La mayoría son de muertos.
—La mayoría de las personas que aparecen en fotografías antiguas terminan muertas.
Salma dejó el bolso sobre una silla.
—Una conversación animada para antes del retrato.
Isara señaló el espacio preparado.
—No voy a colocaros como en la fotografía de Fuente Fría.
—Bien —dijo Leire—. No quiero trenzas.
—Tampoco las tienes.
—Era una declaración preventiva.
Las sillas no formaban una línea. Isara había dejado dos frente a la mesa, otra junto a la ventana y tres detrás, con espacio para que cada una cambiara de lugar.
—Elegid dónde queréis estar —dijo.
Cora se sentó primero en el taburete.
—¿Aquí?
—Donde quieras.
—Necesito saber si tapo a alguien.
—Todavía no hay nadie detrás.
—Entonces no puedo saberlo.
—Esa es la idea.
Cora resopló y permaneció en el taburete.
Nélida eligió la silla más cercana a la ventana. Salma se quedó de pie con una mano apoyada en el respaldo. Leire ocupó la plegable después de comprobar que no cojeaba. Duna no se sentó. Se colocó junto a la mesa de restauración, donde descansaba la tarjeta de Mara.
Isara permaneció detrás de la cámara.
—Faltas tú —dijo Duna.
—Voy a usar el temporizador.
—Podrías hacer primero una sin ti.
—No.
La respuesta salió antes de que Isara pensara en ella.
No haría otra fotografía de cinco mujeres y un espacio que obligara a preguntarse quién debía ocuparlo.
Ajustó la altura del trípode, comprobó el enfoque y marcó con una tira de cinta el lugar donde tendría que colocarse.
—No quiero que se vea la cicatriz como si fuera una pista —dijo Salma.
—Se verá si queda dentro del encuadre.
—No quiero ocultarla. Quiero que no la ilumines más que el resto.
—De acuerdo.
Leire señaló la tarjeta de Mara.
—Desde mi posición apenas se lee.
—No tiene que leerse entera en la primera mirada.
—Entonces alguien puede no verla.
—Sí.
—Pensaba que queríamos que estuviera.
—Está. No voy a agrandarla para que parezca una séptima persona.
Duna movió la tarjeta unos centímetros.
—Aquí recibe mejor la luz.
Isara miró por el visor.
Las cuatro letras seguían pequeñas, pero claras.
—Déjala ahí.
Cora observó la pared neutra.
—¿No pondremos la fecha ni nuestros nombres?
—En el reverso de la copia.
—¿Por qué no en una pizarra?
—Porque no somos una fotografía policial.
—Podría quedar bien.
—No.
Nélida sonrió desde la ventana.
—Esta vez la fotógrafa sí puede decidir algo.
Isara activó el temporizador y caminó hacia la marca del suelo.
Diez segundos.
Se colocó entre Duna y Leire.
No sabía qué hacer con las manos. Las dejó junto al cuerpo y sintió de inmediato que repetía la rigidez de la niña frente a la pensión.
Duna le tomó una mano.
No para posar.
Para impedir que retrocediera hacia la cámara.
El obturador sonó.
Cora tenía la boca entreabierta. Salma había cerrado los ojos. Leire miraba hacia la tarjeta de Mara. Nélida sonreía a alguien situado fuera del encuadre, aunque no había nadie. Isara parecía sorprendida. Duna era la única que miraba directamente al objetivo.
Cora se levantó para revisar la pantalla.
—Otra.
—Sí —dijo Isara.
Guardó la primera sin marcarla para borrar.
En la segunda, cambiaron de lugar. Salma se sentó.
Nélida permaneció de pie. Leire apoyó una mano sobre el hombro de Cora y la retiró antes del disparo porque ambas empezaron a discutir sobre si parecía una postura de graduación.
Duna se inclinó para colocar mejor la tarjeta. Isara llegó tarde a la marca.
El obturador las captó riendo.
—Esa —dijo Nélida cuando la vieron.
—No se ve bien mi cara —respondió Leire.
—Tu cara se ve. No miras a la cámara.
—Eso es no verse bien en una fotografía.
—No —dijo Isara—. Es no obedecerla.
Leire examinó la imagen.
—Guárdala también.
Tomaron una tercera.
Esta vez ninguna intentó parecer tranquila.
Cora miró al objetivo. Salma dejó visible la cicatriz sin girar el cuello.
Nélida cruzó los brazos. Leire mantuvo la cabeza ligeramente inclinada, como cuando escuchaba una declaración.
Duna sostuvo la mano de Isara, pero ambas miraron al frente.
La tarjeta de Mara quedó en el borde inferior, iluminada por la ventana.
El disparo sonó limpio.
Isara regresó a la cámara.
No amplió primero los rostros.
Comprobó el conjunto.
Ninguna figura estaba detrás de un cristal.
Ninguna aparecía parcialmente oculta por una puerta.