Capítulo 32 — La fotografía nueva
El permiso llegó el viernes a las seis y cuarto de la tarde.
Leire lo leyó dos veces antes de enviarlo al grupo.
La autorización limitaba el lugar, la hora y la forma de dispersión.
No podían acercarse a la zona de juncos ni dejar flores, placas, telas o recipientes.
La urna debía regresar vacía. Una persona del ayuntamiento comprobaría el cumplimiento desde el camino, sin participar en la despedida.
Cora respondió con un pulgar levantado.
Salma escribió que salía de guardia a las siete de la mañana y llegaría a tiempo.
Nélida no contestó.
A las siete menos diez envió una fotografía de la caja de madera cerrada sobre la mesa de su alojamiento.
Debajo escribió:
Mañana.
Isara leyó los mensajes desde el taller.
Había colocado la cámara sobre el trípode, pero todavía no había decidido el encuadre.
La pared del fondo estaba limpia. La mesa de restauración quedaba a la izquierda, bajo la lámpara articulada.
Junto a la ventana había seis sillas distintas reunidas a lo largo de los años: una de madera clara, dos plegables, una giratoria, un taburete y la butaca donde Celia se sentaba cuando visitaba el taller.
Isara retiró la butaca.
No porque no quisiera a Celia en la fotografía.
Porque Celia no estaría en ella.
La sustituyó por otra silla del almacén.
Después colocó sobre la mesa la tarjeta con las cuatro letras bordadas por Mara.
No la apoyó en el centro.
Tampoco la escondió.
Probó tres posiciones y terminó dejándola junto al borde, donde podría aparecer sin convertirse en el motivo principal de la imagen.
La fotografía antigua de Fuente Fría había obligado a quien la miraba a buscar quién faltaba. La nueva no debía repetir aquella orden.
Isara apagó la cámara.
Al día siguiente, catorce de noviembre, amaneció sin lluvia.
La carretera hasta Fuente Clara ascendía por detrás del internado y después se desviaba hacia una zona de pinos bajos. Durante los primeros kilómetros, la torre de Fuente Fría aparecía entre los árboles. Luego desaparecía por completo.
Viajaron en dos coches.
Nélida llevaba la caja sobre las piernas. Salma conducía. Cora iba detrás, sin grabadora. En el otro vehículo, Leire repasaba las condiciones del permiso mientras Duna miraba por la ventana e Isara intentaba no contar las curvas.
No llevaban las fotografías antiguas.
Tampoco las notas de Celia, las llaves ni la copia del registro.
Solo la caja, la tarjeta con el nombre de Mara, una manta para sentarse junto al agua y una bolsa con comida.
—¿Has preparado algo para decir? —preguntó Duna.
Isara negó.
—¿Tú?
—Tres veces. Lo he borrado las tres.
Leire levantó la vista del permiso.
—No hay obligación de pronunciar nada.
—Ya lo sé.
—Lo dices como si te molestara que lo recuerde.
—Me molesta que conviertas hasta el silencio en una opción regulada.
Leire dobló el papel.
—Es mi manera de ponerme nerviosa.
Duna la miró por el espejo.
—Pensaba que tu manera de ponerte nerviosa era corregir a los demás.
—También.
Isara sonrió.
En otra época, habría entendido aquella conversación como una pausa antes de lo importante. Desde Valdecierzo empezaba a aceptar que las pausas también formaban parte de la vida que estaban construyendo. No todo tenía que conducir a una revelación.
Aparcaron junto a una barrera de madera. La persona encargada de supervisar el permiso esperaba a unos metros, comprobó la documentación y les señaló un sendero estrecho.
—La zona autorizada está junto a la piedra plana —explicó—. Verán una estaca azul. El viento viene del oeste. Esperen si cambia.
Duna levantó la cabeza.
—¿Una piedra plana?
—Hay varias. Esta es grande, casi al nivel del agua.
No dijo que la recordara.
Tampoco que aquello demostrara nada.
Tomó una esquina de la manta y comenzó a caminar.
La laguna apareció después de diez minutos de descenso. No era grande. El agua ocupaba una depresión rodeada de juncos, pinos y roca gris. La superficie conservaba el color del cielo, pero cerca de la orilla se volvía transparente y dejaba ver piedras redondas bajo el agua.
No se parecía a los dibujos de Mara.
En ellos, el agua formaba una franja cerrada atravesada por pájaros demasiado grandes. Había tres juncos y una forma redonda junto a la orilla. Nada coincidía de manera exacta.
Isara agradeció la diferencia.
Mara no había dibujado un mapa.
Había dibujado un lugar como quería recordarlo.
La piedra plana estaba al final del sendero. La estaca azul marcaba el límite permitido. Nélida se arrodilló y colocó la caja sobre la manta.
Las seis se sentaron alrededor.
No formaron una fila.
Cora miró el agua.
—Pensaba que tendría más cosas que preguntar cuando llegara este momento.
—¿A quién? —dijo Salma.
—A cualquiera que pudiera contestar.
—Mara no podía contestarlas cuando estaba viva —respondió Nélida—. No tenemos derecho a pedírselas ahora.
Cora asintió.
Sacó la libreta roja del bolso, la sostuvo unos segundos y volvió a guardarla.
Leire abrió la carpeta del permiso.
—Debemos retirar el precinto de la urna y devolverla vacía. La caja de madera puede quedarse con nosotras, pero no aquí.
Salma la miró.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por decir algo práctico.
Nélida introdujo la llave pequeña en el cierre de la caja. La tapa se abrió sin ruido.
Dentro descansaba la urna gris con la tarjeta de Mara colocada encima.
El nombre bordado tenía una inclinación irregular. La primera a era más grande que la segunda. La r parecía una v hasta que se observaba el último punto.
Isara había restaurado la imagen sin enderezar ninguna letra.
Nélida retiró la tarjeta y se la entregó a Duna.
—Sujétala tú.
—¿Por qué yo?
—Porque fuiste la única que reconoció en sus dibujos un lugar posible y recordó una piedra plana.
Duna recibió la tarjeta con las dos manos.
Nélida levantó la urna.
—Yo fui la última que la vio respirar —dijo—. Eso no me convierte en la persona que mejor la conoció.
Salma apoyó una mano sobre la caja de madera.
—No tenemos que decidir quién la conoció más.
—No. Pero llevo días sintiendo que me pertenece un poco porque murió conmigo.
—No murió contigo —dijo Cora—. Moristeis en el mismo documento.
Nélida miró el agua.
—Tienes razón.
La frase no la alivió de inmediato. La ayudó a separar dos hechos.
Mara había muerto mientras Nélida estaba cerca.
Después los adultos habían utilizado aquella muerte para borrar a las demás.
La segunda cosa no convertía a Nélida en guardiana de la primera.
—Podemos hacerlo juntas —dijo Isara.
Nélida sostuvo la urna sobre la caja abierta.
—No caben seis manos.
—No hace falta.
Isara colocó la suya sobre la muñeca de Nélida. Duna apoyó los dedos sobre el antebrazo de Isara. Salma tocó el hombro de Duna. Leire se unió desde el otro lado. Cora cerró la cadena junto a Nélida.
No era una postura cómoda.
Ninguna intentó que lo fuera.
El viento descendía desde los pinos hacia el agua. Nélida retiró el precinto, abrió la urna y esperó.
Las cenizas no se parecían a lo que Isara había imaginado. Eran claras, con fragmentos pequeños y desiguales. No contenían nada que permitiera reconocer a una niña.
Eso también fue un alivio.
Mara no estaba allí de la manera en que sus documentos habían pretendido contenerla.
Nélida inclinó la urna.
El primer movimiento del aire levantó una parte y la devolvió hacia la piedra.
Salma dijo:
—Espera.
Nélida enderezó el recipiente.
Durante unos segundos se oyeron únicamente el agua y el roce de los juncos.
El viento cambió.
Esta vez avanzó paralelo a la orilla.
Nélida volvió a inclinar la urna.
Las cenizas descendieron en una franja breve, tocaron la superficie y desaparecieron sin formar una figura. Una parte quedó sobre una roca húmeda. El agua la alcanzó poco después y se la llevó.
Nadie habló.
Isara había pensado que recordaría las palabras de Celia, la cinta del incendio o el ingreso cuarenta y uno. En cambio, pensó en un pañuelo, un zapato retirado y una niña escondiendo letras en los dobladillos para que los nombres no desaparecieran del todo.
Mara había intentado dejar escrito quién se los quitaba.
Ellas habían tardado treinta y siete años en recordar quién era ella.
Duna dejó la tarjeta sobre la manta.
—No sé si estuvimos aquí juntas —dijo—. No sé si te di pan ni si la piedra que recuerdo es esta. No voy a convertirlo en un recuerdo porque quede bonito.
La voz le tembló al final.
—Pero me alegra que hayas dibujado un sitio fuera.
Salma miró el agua.
—Yo cerré una puerta delante de otra niña. No sé si tú lo viste. No sé si me perdonaste ni si llegaste a enfadarte. Solo sé que ninguna debió cargar con lo que hicimos bajo el humo.
Leire no había preparado nada. Se notaba en la forma en que buscó una frase y la rechazó antes de decirla.
—Tu nombre no aparecerá como prueba de que las demás murieron —dijo finalmente—. Eso sí puedo prometértelo.
Cora se quitó la libreta del bolso y la dejó cerrada sobre la manta.
—No voy a empezar la historia con tu muerte —dijo—. Empezaré con tu letra.
Nélida sostuvo la urna vacía.
—Yo voy a dejar de recordar solo el momento en que dejaste de respirar.
Todas miraron a Isara.
No porque fuera la última.
Porque había permanecido callada.
Isara observó la tarjeta.
—Llevé tu vestido y creí que eso podía decirme quién era —dijo—. No lo decía. Era tuyo antes de ser una prueba, y tú eras más que lo que quedó cosido en él.
Se detuvo.
La siguiente frase no pertenecía a Mara. Pertenecía a ellas.
—No vamos a utilizarte otra vez para nombrarnos.
El agua no respondió.
No lo necesitaban.
Nélida vació los últimos restos y cerró la urna. Duna limpió la rosca con el paño autorizado para poder devolverla sin residuos. Leire comprobó que no quedara nada en la manta. Salma recogió la tarjeta antes de que el viento pudiera arrastrarla.
Cora no tomó ninguna fotografía.
Cuando terminaron, permanecieron sentadas junto a la laguna.
La despedida había durado menos de cinco minutos.
No sintieron que debieran levantarse enseguida para justificar el viaje.
Duna encontró un trozo de pan en la bolsa de comida y lo sostuvo sobre la palma.