Las niñas de la habitación seis Capítulo 31 — El nombre que sí era suyo #3
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Capítulo 31 — El nombre que sí era suyo #3

Nélida cerró la caja.

—Todavía no hemos decidido.

No querían enterrarla bajo una de las seis piedras falsas del cementerio. Tampoco devolverla a Fuente Fría ni depositarla junto a Celia como si su historia perteneciera a una sola mujer.

La decisión debía ser de las seis.

Y, en la medida posible, debía respetar lo poco que Mara había dejado escrito sobre sí misma.

Regresaron a la sala del archivo con la caja.

La séptima silla ya no estaba vacía.

Nélida colocó allí las cenizas.

Berta cerró la puerta y las dejó solas.

Durante un rato nadie habló.

Isara observó los seis informes frente a las seis mujeres y la caja en el séptimo lugar.

Habían pasado semanas buscando una fotografía completa de las niñas.

Ahora comprendía que ninguna imagen podía contenerlas de esa manera.

Mara había muerto.

Las otras seis habían seguido creciendo lejos unas de otras. No existía un momento posterior al incendio en que las siete pudieran haber posado juntas con sus identidades intactas.

La ausencia no era una zona raspada que pudiera reconstruirse.

—En su cuaderno dibujaba agua —dijo Duna.

Nélida levantó la cabeza.

—También pájaros.

—Y una línea que podía ser una orilla —añadió Cora.

—¿Había algún sitio real? —preguntó Salma.

Nélida abrió la copia de las páginas recuperadas de la furgoneta. Entre las letras, las cuentas y los nombres cosidos aparecía varias veces un dibujo sencillo: una franja horizontal, tres juncos y una forma redonda sobre el agua.

—El embalse —dijo Isara.

Cora negó.

—El embalse no existía así en 1989. La presa se amplió después.

Leire buscó en el informe de Fuente Fría.

—Había una laguna pequeña detrás del convento. Figura en los planos antiguos como Fuente Clara.

Duna se inclinó sobre el dibujo.

—Yo la recuerdo.

—¿De después del incendio? —preguntó Salma.

—No lo sé. Recuerdo juncos y una piedra plana. Alguien lanzaba trozos de pan.

—¿Mara?

Duna cerró los ojos.

—Puede ser.

Isara esperó que añadiera una certeza.

No lo hizo.

La laguna no necesitaba convertirse en un recuerdo demostrado para ser considerada.

Estaba cerca de Fuente Fría, pero fuera de sus muros.

Las niñas podían haber pasado allí alguna tarde antes del incendio.

Mara la había dibujado varias veces. Y no pertenecía a ninguna de las rutas de salida diseñadas por los adultos.

—Podemos llevarla allí —dijo Nélida.

—Necesitamos autorización para esparcir las cenizas —respondió Leire—. La zona está protegida.

Cora la miró.

—¿Cuánto tardarás en conseguirla?

—No soy una oficina de milagros.

—Eso no es una respuesta.

Leire abrió ya el teléfono.

—Esta tarde, si el ayuntamiento acepta la propuesta y Medio Ambiente no exige un informe adicional. Si no, tardará varios días.

Nélida apoyó una mano sobre la caja.

—Esperaremos.

La palabra no sonó como un abandono.

Mara tenía un nombre, seis personas reconocidas en el procedimiento y un lugar propuesto que no dependía de una instrucción de Celia, Ofelia o Emilia.

Podía esperar sin desaparecer.

Cora abrió la libreta roja por una página nueva.

—No quiero hacer un documental sobre quiénes éramos —dijo.

Salma arqueó una ceja.

—Llevas años buscando esa historia.

—Buscaba una respuesta que pudiera narrar desde fuera. Ya no existe esa posición.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Cora miró los seis informes.

—Documentar el procedimiento contra la fundación, las identidades utilizadas y los certificados falsos.

Sin publicar los nombres anteriores que no podamos comprobar.

Sin presentar a Duna como Lía si ella no quiere.

Sin convertir a Isara en la niña que ocupó el lugar de otra.

Y sin usar el incendio para empezar con una música triste.

—Eso último parece importante para ti —dijo Nélida.

—Lo es.

—¿Y Mara?

Cora señaló la caja.

—Mara abre la historia solo si la abre con su propia letra.

Isara miró la tarjeta restaurada.

No había limpiado la fibra del pañuelo ni enderezado el bordado. Había eliminado únicamente las sombras que impedían leerlo.

Eso era restaurar.

No completar.

No corregir.

Permitir que lo existente volviera a verse.

—Necesitamos una fotografía nueva —dijo Duna.

Las demás se volvieron hacia ella.

—¿De la caja? —preguntó Cora.

—De nosotras.

Nadie respondió de inmediato.

Durante toda la investigación habían buscado fotografías antiguas para saber quién faltaba, quién había sido raspada y quién permanecía detrás de un cristal. Una imagen nueva parecía una decisión más íntima que cualquiera de los documentos firmados.

—¿Dónde? —preguntó Salma.

Duna miró hacia la ladera, visible a través de la ventana del archivo.

Fuente Fría permanecía precintado. La habitación seis seguía bajo control judicial. La laguna necesitaba autorización. La casa de Celia pertenecía a la vida de Isara, no a la infancia compartida de todas.

—En un sitio donde ninguna haya estado obligada a entrar —dijo.

Isara pensó en el taller.

Una habitación con luz controlada, una cámara sobre trípode y una pared neutra. Ninguna marca de camas, rutas o nombres. Podían elegir dónde sentarse, qué llevar y si querían mirar al objetivo.

—En mi taller —dijo.

Cora sonrió.

—La restauradora haciendo una fotografía original.

—Sé utilizar una cámara.

—Nunca he dicho que no.

—Lo estabas pensando.

—Sí.

La discusión pequeña alivió algo en la sala.

Leire revisó su calendario.

—Mañana por la tarde puedo.

Salma tenía guardia.

Duna debía volver a la escuela.

Nélida no quería alejarse de la caja hasta decidir qué hacer con Mara.

Cora podía quedarse, pero no quería imponer la fecha.

La primera dificultad de la fotografía nueva no fue técnica.

Fue encontrar un momento en que seis vidas adultas pudieran coincidir.

Isara comprendió que aquello también era una verdad.

Las niñas de Fuente Fría habían podido ser reunidas por una orden.

Las mujeres necesitaban elegir, desplazarse, cancelar turnos y volver por voluntad propia.

—El sábado —dijo Salma—. Después de que llevemos a Mara a la laguna, si tenemos permiso.

Todas miraron a Leire.

La abogada seguía escribiendo un correo.

—Estoy en ello.

Nélida apoyó la caja contra el respaldo de la séptima silla.

—¿Mara saldrá en la fotografía?

Isara observó la tarjeta sobre la tapa.

No quería convertir la urna en un rostro ni colocarla en el centro como una ausencia decorativa. Tampoco quería fingir que las siete podían aparecer juntas de la misma manera.

—Su nombre puede estar —dijo—. No ella.

Duna asintió.

—Eso basta.

Antes de marcharse, firmaron el informe de recepción y la solicitud para incorporar las conclusiones a sus expedientes. Cada una utilizó su nombre actual.

Duna añadió debajo, en el apartado de antecedentes:

Identidad de nacimiento acreditada en el informe y pendiente de incorporación registral: Lía Luján. Nombre legal que se solicita conservar: Duna Rivas.

No pidió que nadie más escribiera una fórmula semejante.

Isara firmó:

Isara Luján Arce.

El apellido Arce procedía de Celia y no figuraba en la primera inscripción falsa. Lo había adoptado legalmente de adulta, cuando su madre le propuso compartirlo y ella aceptó sin saber nada de Fuente Fría.

Aquella parte del nombre sí había sido elegida entre las dos.

Al salir, Nélida llevaba la caja de madera. Salma caminaba a su derecha. Duna sostenía el cuenco verde. Leire hablaba por teléfono con el ayuntamiento. Cora guardaba la libreta sin haber grabado una sola voz.

Isara cerró la puerta del archivo.

Berta se quedó dentro, ordenando las copias y cubriendo de nuevo las fotografías antiguas.

—¿No quieres llevártelas? —preguntó Cora.

Isara miró el sobre donde descansaba la reproducción de la niña junto a Celia.

—Todavía no.

—Pensé que querrías restaurarlas todas.

—No todo daño debe desaparecer para que una imagen pueda leerse.

Cora esperó.

—¿Y las caras raspadas?

—Haré copias de conservación. No reconstruiré ningún rostro con otro retrato ni completaré lo que no existe en el negativo.

—Entonces seguirán faltando.

—No. Sabremos que fueron retirados.

Isara tocó el borde de la carpeta.

La ausencia también podía documentarse sin ser rellenada.

En la plaza, el reloj del ayuntamiento marcaba las doce y siete.

Durante treinta y siete años, Mara había sido el ingreso cuarenta y uno, la primera muerte de seis certificados y una niña cuyo vestido podía adjudicarse a cualquiera.

Ahora viajaba dentro de una caja con cuatro letras escritas por ella misma.

Las otras seis no habían recuperado todos sus nombres.

Habían recuperado el derecho a no aceptar ninguno que no pudieran reconocer como propio.

Isara miró a Duna.

—¿Te molesta que siga llamándote así?

Duna sostuvo el cuenco verde contra el cuerpo.

—Me molestaría que dejaras de hacerlo.

—¿Y Lía?

—Lía existió. No tienes que usarla cada vez para demostrarlo.

Isara asintió.

Duna se adelantó para alcanzar a Nélida.

No caminaba como una mujer que hubiera recuperado un nombre perdido.

Caminaba como alguien que había decidido dónde guardarlo.