Capítulo 31 — El nombre que sí era suyo #2
—O sea que ni siquiera robaron una identidad entera.
—No siempre —dijo Marta—. A veces ensamblaban una.
Cora miró la tabla.
—Como una fotografía compuesta.
Isara pensó en la imagen de siete rostros creada por Celia en 2004. Un fragmento añadido detrás del cristal, una escena que nunca había existido de aquella manera y que, sin embargo, intentaba expresar una verdad.
Ofelia y Julián habían hecho lo mismo con las personas.
Una fecha de una niña.
Un apellido de otra familia.
Una declaración firmada por un tercero.
Después esperaban que una vida completa ocultara las uniones.
—¿Cora Beltrán? —preguntó Cora.
Marta señaló dos expedientes.
—El apellido pertenecía a Emilia. El nombre Cora aparece en una partida sin completar de 1987 y también en una lista de posibles nombres preparada por la fundación. No podemos saber cuál de las dos referencias utilizó Emilia al inscribirte.
—Me dio su apellido.
—Sí.
Cora bajó la vista.
Emilia no había sabido el nombre de la niña que sacó en la furgoneta. Le había dado uno tomado de un archivo y la había unido a sí misma mediante el apellido. No era la verdad completa.
Tampoco era una identidad vacía.
—¿Isara? —preguntó Duna.
Isara no lo hizo.
Berta colocó delante de ellas una copia de la partida de nacimiento tardía de 1992 y otra hoja mucho más antigua.
El nombre Isara Luján había sido preparado en 1984 para la hija de Celia.
Pero no era el nombre que Celia utilizaba en privado.
—Lía era un diminutivo —dijo Duna.
—Eso creíamos —respondió Marta—. No lo era.
La teniente señaló la hoja de 1984.
—Celia declaró a su hija ante una persona vinculada a la fundación.
El formulario original decía Lía Luján .
Antes de presentarlo, alguien sustituyó Lía por Isara , un nombre tomado de una lista interna sin titular completa, y mantuvo el apellido de Celia.
Después emitieron el certificado de fallecimiento con la identidad sintética Isara Luján .
Duna observó ambas líneas.
—Entonces Lía era mi nombre y Isara era el nombre bajo el que me hicieron morir.
—Sí —dijo Marta.
Isara sintió que una pieza encajaba sin desplazarla.
Celia no había entregado a otra niña el nombre íntimo de su hija. Había utilizado la identidad legal falsa con la que Ofelia había declarado muerta a Lía.
Isara Luján no había pertenecido a Duna en la vida cotidiana.
Había sido la máscara administrativa de su muerte.
Y Celia la había convertido después en la máscara administrativa de la supervivencia de otra niña.
—Por eso escribió que era el único nombre que Ofelia no podía reclamar —dijo Isara—. Para ellos ya estaba muerto.
Duna asintió.
No había dos mujeres llamadas Isara.
Nunca las había habido.
Una niña llamada Lía había sido declarada muerta bajo esa identidad. Otra niña había vivido dentro de ella.
—¿Y debajo de mi fotografía? —preguntó Isara—. ¿Alguna de esas marcas corresponde a un nombre real?
Berta retiró la última cubierta.
La ampliación mostraba los tres trazos superpuestos. Junto a ellos habían colocado comparaciones con la tabla de identidades utilizables.
Las coincidencias eran parciales con tres nombres diferentes.
—No —dijo—. Lo más probable es que probaran varias identidades de salida antes de asignarte Isara Luján. Ninguna de esas palabras puede considerarse tu nombre anterior.
Isara miró la niña de la pensión.
SIN PULSERA. RECHAZA TODOS LOS NOMbrES.
Quizá había rechazado nombres porque ninguno era suyo.
Quizá porque ya había aprendido que contestar podía decidir con quién la enviaban.
Quizá había tenido un nombre y lo había olvidado bajo demasiadas sustituciones.
No lo sabría.
El vacío no se cerró.
Pero dejó de parecer un documento que todavía no habían encontrado.
—Entonces no hay una lista verdadera escondida debajo —dijo.
—No —respondió Marta—. Hay un sistema de nombres posibles. El registro identifica cuerpos, recorridos y destinos. No conserva identidades de nacimiento fiables, salvo Lía y Mara.
Mara.
La séptima línea.
Berta colocó sobre la mesa una fotografía del pañuelo recuperado de la furgoneta. El bordado irregular formaba cuatro letras:
MARA.
—Lía es el único nombre de nacimiento que hemos podido reconstruir con seguridad —dijo—.
Mara es el único nombre del conjunto cuya elección consciente por la propia niña podemos verificar.
Nélida presenció el bordado, el nombre se repite en el cuaderno recuperado entre sus pertenencias y Emilia lo conservó sin sustitución en su copia.
Nélida acercó la caja de madera vacía a la mesa.
—Entonces es el único que debe ir en la urna.
—La autorización permite sustituir el número cuarenta y uno por el nombre Mara —explicó Leire—. Sin apellido ni fecha de nacimiento inventada. La fecha de fallecimiento sí está documentada.
—¿Y la edad? —preguntó Salma.
—Aproximada. Podemos dejarla fuera.
Cora abrió por fin la libreta.
No escribió una historia.
Solo una frase:
Mara dejó cosido el nombre que había elegido antes de que otro adulto pudiera cambiárselo.
Duna la leyó desde el asiento contiguo.
—Eso sí puedes contarlo.
—Solo si también contamos que no fue la única que tuvo un nombre —respondió Cora—. Fue la única cuya elección quedó preservada fuera de los papeles.
Duna asintió.
La diferencia importaba.
Las otras niñas no habían nacido sin identidad. El hecho de que Ofelia hubiera borrado sus nombres no significaba que nunca hubieran existido.
Marta repartió el informe.
En la última página figuraban las conclusiones del análisis:
Las identidades legales actuales de las seis supervivientes fueron creadas, completadas o regularizadas después de la salida mediante datos ajenos, combinados o tardíos.
Duna había nacido como Lía Luján y recibió su identidad actual tras la salida al convento.
Isara Luján era una identidad legal utilizada primero para declarar muerta a Lía y después para registrar a otra superviviente.
No existía base documental suficiente para asignar nombres de nacimiento a Leire, Salma, Nélida, Cora o Isara.
Mara era el único nombre cuya elección consciente por la niña podía verificarse en los materiales recuperados.
Salma leyó el cuarto punto dos veces.
—¿Esto significa que nunca sabremos cómo nos llamábamos?
—Significa que el Estado no puede reconstruirlo con seguridad —dijo Leire—. No que no tuvierais nombres.
—¿Y si algún día aparece otro documento?
—Se analizará.
—Pero no vamos a vivir esperando.
Leire cerró la carpeta.
—No.
Nélida se levantó y se acercó a la ventana. En la plaza, dos niños corrían alrededor de la fuente mientras una mujer los llamaba desde la puerta de una tienda. Cada uno respondió a la primera.
—Ángel me llamó Nélida durante treinta y siete años —dijo—. A veces para mentirme. A veces para quererme. El nombre hizo las dos cosas.
—El mío también —respondió Cora.
—Todos —dijo Isara.
Los nombres no eran inocentes.
Tampoco culpables.
Eran lugares ocupados durante el tiempo suficiente para adquirir una historia propia.
Duna sacó del bolso la solicitud y la dejó sobre la mesa.
—Quiero que Lía conste como identidad de nacimiento —dijo—. Pero no quiero que nadie la utilice para corregirme cuando diga Duna.
—Lo hemos pedido exactamente así —respondió Leire.
—¿Y tú? —preguntó Duna a Isara.
La pregunta no le pedía un nombre nuevo.
—Voy a conservar Isara Luján.
—Aunque naciera en otro documento.
—Yo también nací en otras cosas.
Pensó en las marcas de altura, en el taller, en la voz de Celia llamándola desde la cocina y en las fotografías que había reparado con ese nombre firmado al pie.
—No quiero que el delito desaparezca del expediente —continuó—. Quiero que conste cómo se construyó. Pero no voy a entregar el nombre como si fuera una prueba robada que debe volver a un archivo.
Duna sonrió apenas.
—Ya no tiene adónde volver.
A las diez y cuarto salieron del archivo.
Caminaron hasta el cementerio sin pasar por la pensión. El columbario municipal ocupaba una construcción baja junto al muro oriental, separado de las tumbas antiguas por un seto de boj. Un empleado les permitió entrar de seis en seis y se quedó fuera mientras Nélida firmaba la recepción.
No había ceremonia.
Solo un formulario, una llave y una pared de pequeñas puertas metálicas.
El nicho se encontraba en la fila inferior.
La placa decía:
41
MENOR NO IDENTIFICADA
19-XI-1989
La fecha era incorrecta por un día.
Mara había muerto a las dos y cuarenta y seis de la madrugada del veinte. El columbario había copiado la fecha del traslado iniciado la noche anterior en lugar de la del fallecimiento. Leire había solicitado rectificar también aquello.
—La nueva placa estará lista esta tarde —explicó—. Podemos esperar o trasladarla ahora con una etiqueta provisional.
Nélida sacó de la caja de madera una tarjeta.
No había escrito el nombre a mano.
Isara había restaurado la fotografía del pañuelo y aislado las cuatro letras bordadas por Mara. Las imprimieron sin corregir la inclinación ni igualar los puntos.
La tarjeta mostraba exactamente su trazo:
MARA
Debajo, en una tipografía pequeña:
Falleció el 20 de noviembre de 1989.
Ningún apellido.
Ninguna edad inventada.
Ninguna identidad de salida.
El empleado abrió la puerta metálica.
Dentro había una urna cilíndrica gris, más pequeña que una botella, con una pegatina amarillenta alrededor de la tapa.
41.
Nélida extendió las manos.
El hombre se la entregó con cuidado, como si pesara más de lo que podía sostener.
No pesaba casi nada.
Esa ligereza fue lo que hizo que Nélida llorara.
No emitió un sonido. Solo acercó la urna al pecho y cerró los ojos mientras las lágrimas descendían sin que intentara ocultarlas.
Salma se colocó a su lado.
Cora abrió la caja de madera. Duna retiró el paño interior. Leire comprobó el número del precinto y firmó la última línea. Isara sostuvo la tarjeta con el nombre.
Entre las seis introdujeron la urna dentro de la caja.
Nélida colocó la etiqueta sobre la tapa.
El número cuarenta y uno quedó cubierto.
No eliminado.
Debajo seguía la pegatina, como parte de lo que le habían hecho.
Encima estaba el nombre que ella había elegido.
—¿Dónde la llevamos? —preguntó el empleado.