Las niñas de la habitación seis Capítulo 31 — El nombre que sí era suyo
93%

Capítulo 31 — El nombre que sí era suyo

La llamada llegó dos días después.

Celia miraba hacia la cámara con una mano apoyada sobre el hombro de la niña vestida con la ropa de Mara.

Isara había ampliado la zona de los dedos.

No buscaba determinar si la presión era protectora o coercitiva. Una fotografía no podía responder a eso. Solo intentaba reparar una pequeña pérdida de emulsión que atravesaba el nudillo de Celia y el borde del vestido.

Había dejado intacta la mancha de la manga.

El teléfono vibró junto a la lupa.

—Han autorizado la entrega de las cenizas —dijo Leire.

No necesitó explicar de quién.

Isara apagó la lámpara.

—¿Cuándo?

—Mañana a las once. El columbario exige la presencia de una persona designada por el procedimiento. Nélida ha pedido ser ella.

—¿Las demás van a volver?

—Ya están organizándose.

Isara miró la fotografía de la pensión.

Durante cuatro días, cada una había regresado a la vida que tenía antes de Valdecierzo.

Duna volvió a la escuela y pidió que no le comunicaran el resultado genético a nadie fuera de los trámites necesarios.

Salma retomó sus turnos. Nélida cerró su alojamiento durante una semana.

Cora se instaló en casa de Emilia y comenzó a clasificar los archivos sin grabarse a sí misma.

Leire se convirtió oficialmente en representante común de las seis para la rectificación registral.

Isara había vuelto al taller.

No porque todo estuviera resuelto.

Porque necesitaba comprobar que todavía sabía trabajar con una imagen que no perteneciera a Fuente Fría.

—Estaré allí —dijo.

Leire no colgó.

—Hay otra cosa. El laboratorio documental ha terminado de leer las capas inferiores del registro y los reversos de las fotografías.

Isara se sentó.

—¿Han recuperado los nombres?

—Han recuperado palabras. No es lo mismo.

La precisión de Leire ya no sonaba defensiva. Se había convertido en una forma de cuidado.

—¿Qué palabras?

—Marta quiere explicarlo a las seis. Mañana, antes de recoger a Mara.

Isara miró el rostro intacto de la niña junto a Celia.

Durante años había restaurado fotografías para que las familias recuperaran nombres, fechas y vínculos.

Una esquina escrita podía devolver a una mujer el apellido de su abuela.

Una dedicatoria bajo el cartón podía distinguir a dos hermanos.

En Fuente Fría, en cambio, cada palabra parecía haber sido colocada para separar a una niña de sí misma.

—¿Es grave? —preguntó.

—No sé si grave es la palabra.

—Entonces dime la tuya.

Leire tardó unos segundos.

—Definitivo.

A la mañana siguiente, las seis se reunieron en el archivo municipal de Valdecierzo.

No en el puesto de la Guardia Civil, ni en la pensión, ni en Fuente Fría.

Berta Mendiola había cedido la sala de consulta más grande y retirado de las paredes las reproducciones de documentos antiguos. Solo quedaban una mesa rectangular, siete sillas y una ventana orientada hacia la plaza.

La séptima silla estaba vacía.

Nélida había pedido que no la retiraran.

Duna llegó primero. Llevaba el cuenco verde de Celia dentro de una bolsa de tela y un sobre con la solicitud firmada para incorporar Lía Luján como identidad de nacimiento sin modificar su nombre legal. No lo enseñó. Lo dejó dentro del bolso, junto a la copia de su huella infantil.

Salma entró después, todavía con la marca del turno nocturno bajo los ojos. Leire traía dos carpetas. Cora llevaba la libreta roja, pero no una grabadora. Nélida apareció con una caja pequeña de madera que había encargado para trasladar la urna cuando se la entregaran.

Isara fue la última.

No llevaba la chaqueta de Celia.

Marta Lobo esperaba junto a Berta. Sobre la mesa había seis copias de un informe y varias ampliaciones fotográficas cubiertas por hojas blancas.

—Antes de empezar —dijo la teniente—, quiero aclarar que el análisis no puede recuperar lo que nunca se escribió. Tampoco puede convertir una anotación administrativa en un nombre de nacimiento.

Marta abrió primero una página del informe material.

—El análisis de la copia de las siete salidas distingue tres intervenciones.

La tabla y la mayor parte de las anotaciones negras fueron completadas por Tomás; las horas y referencias clínicas añadidas en negro son compatibles con Julián.

Las correcciones en tinta azul y la nota en lápiz rojo son de Emilia.

El contenido coincide en sus puntos esenciales con el cuaderno, los partes hospitalarios y las declaraciones, pero las identificaciones añadidas después siguen siendo reconstrucciones documentales, no nombres de nacimiento.

Lobo resumió también la revisión técnica del incendio de 1989.

—No es posible reconstruir toda la propagación después de treinta y siete años, pero las fotografías tomadas aquella noche, la bandeja conservada, el informe de residuos y el registro de alarma sitúan el foco inicial en el cuarto de revelado.

Los restos eran compatibles con alcohol de laboratorio y el aviso general se activó aproximadamente cinco minutos después de que se documentara humo.

La firma de Tomás en el cuaderno antes del incendio y su descripción de la bandeja coinciden con pruebas que no se hicieron públicas.

No existe ningún indicio de que una de las niñas iniciara el fuego.

Pasó a la primera comprobación física.

—La placa del cementerio y la tira cortada de la furgoneta pertenecieron a la misma pulsera. Las perforaciones, la separación de los remaches y las microabrasiones coinciden. El número cuarenta y uno de la tira corresponde al ingreso hospitalario de Mara.

Pasó a la siguiente conclusión.

—El cuaderno de tapas verdes fue escrito por una misma mano infantil durante un periodo prolongado y quedó oculto antes de enero de 1990.

No existe una muestra caligráfica independiente que permita atribuirlo por sí sola, pero la procedencia de la bolsa, la declaración de Nélida y la repetición del nombre bordado sostienen su atribución a Mara.

Cora tomó asiento.

—Enséñanos lo que sí puede hacer.

Marta entregó primero el informe definitivo de identificación dactilar. El original de Santa Lucía había llegado sin daños nuevos y la especialista había comparado directamente la impresión de 1989 con el pulgar derecho de Duna.

—Hay suficientes minucias concordantes, no existe ninguna divergencia incompatible y la calidad del original permite una conclusión categórica —dijo—. La niña de la ficha y Duna Rivas son la misma persona.

Pasó a la anotación del reverso.

—La frase «No responde a Duna. Responde a Lía y a “la de fuera”» fue escrita con la misma tinta y por la misma mano que las observaciones de ingreso. No es un añadido de 2004 ni de la investigación actual. Esto confirma la continuidad documental; no demuestra por sí solo la maternidad de Celia.

Duna dejó el informe junto a la copia de su huella sin cambiarlo de carpeta.

Marta retiró la primera cubierta.

Aparecieron los reversos de las seis fotografías halladas en la cámara acorazada de la fábrica. Bajo los nombres actuales escritos por Celia se distinguían trazos más antiguos, ahora resaltados mediante distintas longitudes de onda.

En la fotografía del convento, debajo de DUNA RIVAS , aparecía LÍA .

Duna no se inclinó hacia la imagen. Ya no necesitaba acercarse para recibir aquel nombre.

En la de la estación, bajo CORA BELTRÁN , se distinguía una combinación de letras incompleta:

…RA.

En la fotografía de Leire aparecían cinco letras, pero dos ocupaban el mismo espacio, como si alguien hubiera escrito un nombre y después lo hubiera sustituido antes de borrarlo.

La de Salma conservaba una inicial y una fecha.

La de Nélida, un apellido incompleto.

La de Isara mostraba tres intentos superpuestos. Ninguno podía leerse sin elegir de antemano qué forma debía tener.

—No son recuperables con seguridad —dijo Isara.

Berta asintió.

—No como nombres individuales.

Leire abrió una de las carpetas.

—Pero habéis encontrado las mismas palabras en otros archivos.

Marta levantó la segunda cubierta.

Debajo había una relación de dieciocho nombres mecanografiados. Algunos estaban marcados con una cruz. Otros con la palabra DISPONIBLE . Junto a seis figuraban fechas de nacimiento, fallecimiento o traslado.

Isara reconoció los nombres actuales de las seis.

Duna Rivas.

Leire Montoro.

Salma Oria.

Nélida Sanz.

Cora Beltrán.

Isara Luján.

No aparecían como niñas internas en Fuente Fría.

Aparecían en una tabla titulada:

IDENTIDADES UTILIZABLES PARA REGULARIZACIÓN.

—La Fundación Santa Lucía reunía expedientes de menores fallecidas, niñas no inscritas, apellidos de familias colaboradoras y partidas que podían reactivarse mediante declaraciones tardías —explicó Berta—.

Las identidades de la tabla no pertenecían completas a una sola titular anterior.

Se ensamblaban según edad aproximada, provincia y facilidad para justificar la ausencia de documentación.

Salma pasó el dedo por su nombre sin tocar la hoja.

—¿De dónde salió Salma Oria?

—El nombre Salma aparece en una lista interna sin titular asignada —respondió Marta—. La fecha se tomó del expediente de una menor fallecida y el apellido Oria de otra ficha incompleta. No hemos encontrado a otra niña registrada con el nombre completo Salma Oria.

—¿Y Leire Montoro?

—Leire aparece en la misma lista de nombres posibles. El apellido y parte de la cronología proceden del expediente duplicado de una menor trasladada fuera de España. No utilizaron su nombre completo.

Leire apartó la mano de la carpeta.

—Esa menor podría seguir viva.

—Sí. Pero no se llamaba Leire Montoro. Utilizaron datos de su expediente para fabricar el tuyo.

La noticia no produjo alivio.

Otra persona podía haber vivido mientras una parte de sus documentos era utilizada para construir la identidad de Leire.

—¿Nélida Sanz? —preguntó Nélida.

Berta buscó la línea correspondiente.

—El apellido procede directamente de Ángel y Nuria. El nombre aparece en un listado previo de la fundación, pero no hemos encontrado una titular completa. Puede que se construyera combinando un nombre disponible y la familia de destino.