Epílogo — La séptima copia
La séptima copia tardó siete meses en salir del taller.
No porque Isara hubiera olvidado imprimirla.
Durante aquel tiempo hizo seis pruebas de tamaño, cambió dos veces el papel y rechazó una versión en la que el contraste volvía demasiado oscura la cicatriz de Salma.
También descartó otra porque el perfil de Leire quedaba más definido que el de las demás y la imagen empezaba a parecer organizada alrededor de ella.
Podía haberlo corregido con facilidad.
No lo hizo.
Volvió al archivo original y eligió el mismo papel mate de las seis copias entregadas en noviembre. Sin blanquear el fondo, sin enderezar la mesa y sin aumentar la nitidez de la tarjeta de Mara.
La mañana en que la imprimió, una franja de sol atravesaba el taller y llegaba hasta la esquina de la mesa donde Celia solía dejar el bolso cuando iba a buscarla.
Isara había retirado la silla meses atrás.
No porque quisiera borrar aquella costumbre, sino porque ya no necesitaba conservar cada objeto en la posición en que su madre lo había tocado por última vez.
La impresora expulsó la fotografía despacio.
Seis mujeres.
Una tarjeta pequeña.
En el reverso, la reproducción identificada de seis firmas actuales, la frase Lía existió y las cuatro letras bordadas de Mara.
Ocho nombres escritos para siete vidas, porque Lía y Duna pertenecían a la misma mujer y solo seis personas habían sostenido el lápiz.
Isara esperó a que la tinta se secara, imprimió en el reverso la reproducción señalada del ejemplar firmado y la colocó dentro de una carpeta de conservación. En la cubierta había escrito únicamente:
MARA. COPIA SÉPTIMA.
No añadió «víctima», «menor fallecida» ni «habitación seis».
El archivo municipal ya contenía suficientes palabras elegidas por otros.
Duna llegó poco antes de las diez.
Había cambiado el corte de pelo. Lo llevaba por encima de los hombros.
Durante semanas, las demás habían asociado su rostro con la niña de la cinta del retrato antiguo, aunque Duna nunca la hubiera llevado de adulta.
Aquella comparación había dejado de perseguirla.
Dejó sobre la mesa una bolsa con dos cafés y miró la carpeta.
—¿Es esa?
—Sí.
—Has tardado.
—La autorización ha tardado.
Duna levantó una ceja.
—La autorización llegó hace tres semanas.
Isara abrió uno de los cafés.
—El papel no me convencía.
—Claro.
No insistió.
Desde enero hablaban dos o tres veces por semana.
Algunas conversaciones duraban una hora; otras consistían en una fotografía del cuenco verde sobre la mesa de Duna o en una pregunta de Isara sobre una receta de Celia que ninguna de las dos conseguía recordar completa.
No habían intentado recuperar el tiempo perdido convirtiendo cada día en una obligación.
Duna había ido dos veces a la casa de Celia. La primera para recoger los documentos necesarios para la rectificación registral. La segunda para ayudar a Isara a elegir qué objetos conservar antes de ponerla a la venta.
No había pedido quedarse con la casa.
Isara tampoco se la había ofrecido.
El cuenco verde seguía en la cocina de Duna. La grieta se había abierto un poco con el uso, y ella la había reparado con una resina visible en lugar de esconderla bajo pintura.
—Leire ha enviado esto —dijo Duna.
Sacó del bolso una copia de la resolución definitiva.
Los seis certificados de defunción emitidos a partir del ingreso de Mara dejaban de producir efectos en su forma original. Cinco se declaraban falsos. El sexto se rectificaba para que la muerte hospitalaria constara una sola vez, bajo el nombre elegido por la niña.
Mara.
Sin apellido inventado.
Sin identidad de salida.
Sin otra menor enterrada dentro de su muerte.
La resolución también incorporaba Lía Luján como nombre de nacimiento de Duna y mantenía Duna Rivas como su identidad legal a petición expresa de la interesada.
La defunción de 1984 asociada a Isara Luján quedaba anulada por corresponder a una identidad sintética sin muerte real. La inscripción vigente de Isara Luján Arce se mantenía plenamente válida, sin atribuirle un nombre de nacimiento que los documentos no permitían recuperar.
Isara leyó aquel párrafo aunque ya conocía cada palabra.
—¿Cómo te sentiste cuando lo viste? —preguntó.
Duna tomó el otro café.
—Como si hubiera recibido el certificado de nacimiento de una desconocida.
Isara levantó la vista.
—¿Eso es malo?
—No. Lía no tiene que aparecer de golpe con cuarenta y dos años y saber ocupar mi vida. Me basta con que conste que existió.
—Existe.
—Sí. Pero yo sigo siendo Duna.
Lo dijo sin desafío.
Ya no necesitaba defender el nombre frente a Celia, frente al registro ni frente a Isara.
—¿Y tú? —preguntó.
—Sigo siendo Isara.
—No me refería a eso.
Isara miró la copia séptima.
Los procedimientos contra Tomás y Aldara continuaban abiertos.
Tomás había dejado de declarar después de que la fiscalía incorporara el cuaderno de asignaciones, la copia de las siete salidas, los registros de la empresa y el informe técnico del incendio.
Aldara colaboraba con la investigación y había reconocido los actos cometidos durante las semanas anteriores y posteriores a la muerte de Celia, pero ninguna cooperación borraba la cámara, los mensajes ni el incendio del laboratorio.
Julián y Ofelia no podían ser juzgados.
Sus responsabilidades, sin embargo, figuraban ya en el informe judicial. No como rumores, ni como una versión de Celia, sino vinculadas a certificados, pagos, fotografías y recorridos.
Valcárcel Patrimonio había entregado el archivo histórico a la administración en cumplimiento del acuerdo judicial.
Elena conservaba la empresa, pero no el derecho a decidir qué documentos podían consultarse.
Fuente Fría seguía cerrado mientras se estabilizaba la estructura.
La habitación seis permanecería sin reconstruir.
La puerta original continuaba en un depósito judicial. En las fotografías de inventario aparecía abierta.
Isara había creído que todas aquellas decisiones le producirían una sensación clara de justicia.
No ocurrió.
La justicia administrativa se parecía demasiado a una mesa llena de copias selladas. Era necesaria, pero no devolvía una noche, una madre ni un nombre recordado desde la infancia.
—No sé cómo me siento —respondió.
Duna sonrió ligeramente.
—Eso sí te lo creo.
Cora las esperaba en Valdecierzo.
Había terminado los tres primeros episodios de su investigación, pero todavía no los había publicado.
Antes de grabar las voces de las demás, les envió el guion completo y aceptó cada negativa sin discutir.
El relato comenzaba con el sonido de una aguja atravesando tela y con cuatro letras dichas despacio.
No con el fuego.
No con las seis muertes.
Con Mara cosiendo su nombre.
Salma había autorizado una sola entrevista y se negó a describir la cicatriz. Leire corrigió diecisiete afirmaciones que convertían hipótesis en hechos. Nélida pidió que la muerte de Mara no cerrara ningún episodio. Duna habló como Duna y mencionó a Lía una vez.
Isara no había grabado todavía.
Cora dejó de preguntárselo después de la segunda negativa.
Aquel silencio ya no significaba que otra persona decidiría por ella.
Llegaron al archivo poco antes de las doce.
Berta había preparado una caja nueva en la sala de consulta. Dentro se conservaban reproducciones de las siete líneas, la fotografía posterior al incendio, la imagen de la pensión y una copia del pañuelo bordado. Los originales permanecían bajo custodia judicial o en cámaras de conservación.
La caja no se llamaba Expediente Fuente Fría .
En el lomo figuraba:
MARA Y LAS SEIS SUPERVIVIENTES. DOCUMENTACIÓN RESTITUIDA.
Leire había discutido durante días la palabra restitución. No podían restituir nombres que no conocían, pero sí devolver los documentos a las vidas que habían intentado borrar.
Salma llegó con Nélida. Cora apareció después, cargada con un bolso demasiado grande y sin micrófono visible. Leire entró hablando por teléfono y terminó la llamada antes de cruzar la puerta de la sala.
Ninguna llevaba ropa preparada para una fotografía.
No iban a hacer otra.
—¿La has traído? —preguntó Nélida.
Isara sacó la carpeta.
Berta colocó sobre la mesa un sobre de conservación con una ficha sin completar.
—La descripción la decidís vosotras —dijo.
Cora tomó el lápiz y se lo ofreció a Isara.
—Te toca.
—No.
La periodista frunció el ceño.
—Eres la fotógrafa.
—Y aparezco en la imagen. No voy a describirla sola.
Leire acercó una silla.
—Entonces hagámoslo como la otra vez.
La ficha pedía fecha, lugar, personas representadas y observaciones.
Escribieron la fecha sin discutir.
14 de noviembre de 2026.
En lugar:
Taller de Isara.
Llegaron al apartado de personas representadas.
Duna comenzó:
Isara Luján.
Pasó el lápiz a Isara.
Duna Rivas.
Después continuaron en el orden en que estaban situadas en la fotografía: Leire, Salma, Nélida y Cora.
En observaciones, Cora propuso:
Fotografía tomada después de la recuperación de la identidad de Mara.
Salma negó.
—No recuperamos su identidad. Recuperamos su nombre y parte de lo que hicieron con ella.
Leire escribió una segunda versión:
Fotografía elegida y firmada por las seis mujeres representadas. Incluye una reproducción del nombre bordado por Mara.
Nélida leyó la frase.
—Parece suficiente.
Duna señaló el margen inferior.
—Falta decir por qué es la séptima.
Isara tomó el lápiz.
Añadió:
Se hicieron siete copias en total. Esta fue reservada para Mara.
Berta esperó a que todas aprobaran la ficha. Después introdujo la fotografía en el sobre y lo colocó dentro de la caja.
La séptima copia no quedó sobre una lápida ni junto a las cenizas.
No pretendía demostrar que Mara hubiera estado en el taller.
Guardaba el lugar que ellas habían decidido hacerle dentro de una historia posterior a su muerte.
Al cerrar la caja, Berta dejó el broche sin echar.
—¿No debería quedar protegida? —preguntó Cora.
—La caja sí. El contenido podrá consultarse cuando termine el procedimiento y se fijen las restricciones de privacidad.
—Me refería al broche.
Berta miró la tapa.
—No hace falta cerrarlo para que permanezca en su sitio.
Nadie comentó la frase.
A la salida, caminaron hasta la plaza.
Era junio y las mesas de los bares ocupaban parte de la acera. Valdecierzo ya no tenía el aspecto gris y detenido de noviembre. Había macetas en los balcones, bicicletas apoyadas contra la fuente y ropa tendida en una ventana desde la que se veía la ladera de Fuente Fría.
El edificio seguía allí.
Desde el pueblo apenas se distinguía la lona instalada sobre el ala del laboratorio. La habitación seis quedaba al otro lado, lejos de la fachada visible.
—¿Vamos? —preguntó Cora.
No necesitó precisar adónde.
Salma negó primero.
—Yo no.
Nélida miró hacia la ladera.
—Tampoco.
Leire consultó la hora, aunque no tenía ninguna cita.
—No hay nada que debamos hacer allí hoy.
Duna se volvió hacia Isara.
Durante meses, Isara había imaginado que regresaría una última vez para comprobar la puerta abierta. Había pensado incluso en fotografiarla sin el número, sin las camas y sin las seis mujeres dentro.
Ahora no sentía la necesidad.
—No —dijo.
Cora guardó las manos en los bolsillos.
—Bien.
No parecía decepcionada.
Comieron juntas y se separaron después sin organizar la siguiente reunión. Salma regresó con Nélida. Leire tenía que pasar por el juzgado. Cora se quedó en Valdecierzo para hablar con Berta sobre las condiciones del archivo. Duna acompañó a Isara hasta el coche.
—¿Vas a vender la casa este verano? —preguntó.
—Sí.
—¿Estás segura?
Isara pensó en el marco de la cocina. Su altura ocupaba casi toda la madera. La marca de Duna aparecía al final, adulta y fechada. Habían decidido retirar el marco antes de la venta y dividirlo no habría tenido sentido.
Duna pidió que lo conservara Isara.
—Sí —dijo—. La casa fue de Celia. No tiene que convertirse en el lugar donde demostremos que también fue nuestra madre.
—Nuestra de maneras distintas.
—Sí.
Duna miró hacia el archivo.
—¿Te molesta que la llame madre?
Isara respondió sin buscar la frase correcta.
—A veces.
Duna asintió.
—A mí me molesta que tú puedas recordarla.
—Lo sé.
—Y otras veces me alegra que alguien pueda hacerlo.
—A mí me pasa al revés.
No se abrazaron.
Duna apoyó la frente un instante contra la de Isara y después se apartó.
—Llámame cuando llegues.
—Lo haré.
Isara regresó al taller al anochecer.
En la pared, junto a trabajos terminados y fotografías pendientes de restauración, había colgado su propia copia del retrato de las seis. No ocupaba el centro. Tampoco estaba iluminada de manera especial.
Durante los primeros meses, cada persona que entraba preguntaba quiénes eran.
Isara respondía:
—Mi familia.
No explicaba qué clase de familia.
Aquella tarde encontró sobre la mesa una fotografía dejada por una clienta antes de su viaje.
La humedad había borrado parte de un rostro y levantado la emulsión alrededor de una mano.
En el sobre había otra imagen de la misma persona, tomada años después, para que Isara pudiera utilizarla como referencia.
Encendió la lámpara.
Comparó la forma de la oreja, la distancia entre los ojos y la inclinación de la boca. Había información suficiente para reparar una parte. No para reconstruirla entera.
En otro tiempo habría intentado devolver al rostro una continuidad perfecta.
Ahora marcó los límites del daño y anotó qué zonas podían recuperarse sin inventar.
Dejó sin completar una sombra junto a la mejilla.
No parecía un hueco.
Parecía una parte de la imagen que había sobrevivido de otra manera.
Antes de apagar el taller, Isara miró la fotografía de las seis.
El papel comenzaba a curvarse ligeramente en una esquina.
No lo cambió.
La séptima copia permanecía en el archivo, dentro de una caja que podía abrirse.
Las otras seis estaban repartidas entre casas distintas.
Ninguna necesitaba conservarlas juntas para que pertenecieran a la misma fotografía.