Las niñas de la habitación seis Capítulo 30 — Lo que no era una prueba
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Capítulo 30 — Lo que no era una prueba

La inspección general de la casa de Celia terminó a las cuatro y trece de la tarde.

La teniente Lobo se lo comunicó por teléfono con una frase administrativa: habían retirado los dispositivos de vigilancia y mantenían precintado únicamente el armario donde se encontró la primera caja.

Isara podía volver a entrar, aunque algunos objetos continuarían bajo custodia y tendría que firmar una relación de lo que faltaba.

—¿Quieres ir hoy? —preguntó Duna.

Isara miró la chaqueta gris doblada dentro de la maleta.

No quería regresar sola.

Tampoco sabía si tenía derecho a pedirle a Duna que entrara.

—Sí —respondió—. Pero no sé qué vas a encontrar allí.

Duna sostuvo su mirada.

—Una casa.

—Es la casa donde viví con ella.

—Lo sé.

—No la casa donde deberías haber vivido tú.

Duna se quedó quieta unos segundos.

—También lo sé.

No hubo reproche en su voz. Precisamente por eso la culpa llegó con más fuerza.

Celia había intentado asegurar una salida para Lía y terminado aceptando que otra niña apareciera públicamente junto a ella.

Después había criado a Isara, le había enseñado a leer las imágenes, le había dejado marcas de altura detrás de una puerta y había guardado durante treinta y siete años la verdad sobre la hija enviada a un convento.

Duna podía comprender la coacción de 1989.

No tenía por qué perdonar cada año posterior.

—Podemos acompañaros —dijo Salma.

—No hace falta —respondió Isara por reflejo.

Cora cerró la libreta.

—No has preguntado si queremos ir.

Isara observó a las cinco.

No era su casa. Legalmente sí. Emocionalmente todavía no sabía qué parte seguía perteneciendo a Celia, qué parte a su infancia y qué parte acababa de abrirse para una mujer que nunca había cruzado aquella puerta.

—Quiero que vengáis —dijo.

La patrulla que continuaba asignada a ellas las siguió hasta San Tirso.

Los periodistas permanecieron en Valdecierzo, concentrados alrededor del puesto y de la carretera de Fuente Fría.

El trayecto resultó más silencioso que el de la llegada.

Ya no tenían una dirección nueva que interpretar ni un horario impuesto por una nota.

Por primera vez se desplazaban porque lo habían decidido.

Anochecía cuando Isara aparcó frente a la casa.

Las persianas seguían a media altura. En la entrada, la cinta policial había sido retirada, pero quedaban marcas de adhesivo en la madera.

Una bolsa de publicidad se había acumulado junto al buzón.

La vecina de las plantas observó desde detrás de una cortina y desapareció antes de que Isara pudiera saludarla.

Duna bajó del coche y miró la fachada.

No se llevó una mano a la cabeza ni pareció escuchar una voz. No reconoció una ventana, una grieta ni la forma del tejado.

Isara agradeció aquella ausencia de escena.

La memoria no tenía la obligación de regresar solo porque la verdad hubiera llegado antes.

Introdujo la llave.

La cerradura opuso una resistencia leve, la misma de siempre cuando había humedad. Empujó con el hombro y la puerta se abrió hacia un recibidor frío.

El olor había cambiado.

Ya no predominaban el jabón de Celia ni la crema que utilizaba para las manos. Olía a polvo removido, guantes de látex y sobres de papel. La policía había desplazado la consola, retirado la alfombra y colocado pequeñas etiquetas adhesivas junto a varios marcos.

Aun así, la casa seguía siendo reconocible.

El paraguas de Celia estaba en el soporte.

Las zapatillas permanecían debajo del banco.

Una bufanda colgaba del perchero como si su dueña fuera a regresar antes de que terminara la tarde.

Isara entró.

Después se volvió y sostuvo la puerta.

Duna permanecía en el umbral.

—No tienes que hacerlo hoy —dijo Isara.

—No quiero que la primera vez que entre sea para vaciarla.

Cruzó.

La puerta quedó abierta detrás de las seis.

Salma recorrió la planta baja para comprobar que no quedara una ventana rota. Leire abrió la carpeta del inventario policial y comenzó a comparar números. Cora guardó el teléfono en el bolsillo sin encender la cámara. Nélida se acercó al salón y observó las fotografías desde una distancia prudente.

Duna no se movió del recibidor.

Miraba una imagen de Isara a los doce años, sentada en el suelo con un libro abierto sobre las piernas.

Celia aparecía al fondo, desenfocada, inclinada sobre una mesa.

La fotografía no estaba compuesta. Alguien la había tomado con prisa, quizá una visita, y había capturado a ambas dentro de una tarde cualquiera.

—Esa fue en verano —dijo Isara—. Se estropeó la nevera y estuvimos dos días comiendo todo lo que podía descongelarse.

Duna acercó la cara al cristal.

—No parece enfadada.

—Lo estaba. Con la nevera, conmigo y con el hombre que vino a arreglarla.

—¿Por qué contigo?

—Porque dejé la puerta abierta para ver si el hielo se derretía antes.

Duna sonrió apenas.

La historia no demostraba nada.

No identificaba una ruta ni desmontaba un certificado. Solo mostraba a Celia enfadándose por una nevera y a Isara intentando acelerar el deshielo con doce años.

Isara sintió la necesidad de ofrecer más.

—En la cocina guardaba las facturas dentro del horno cuando creía que iba a venir alguien a revisar sus cuentas. Una vez lo encendí sin mirar y casi quemamos el recibo del seguro.

—Isara —dijo Duna.

Se detuvo.

—No tienes que contarme toda tu infancia esta noche.

—No quiero ocultártela.

—No la ocultas porque la vivieras sin mí.

La frase fue limpia. No amable ni cruel.

Duna volvió a mirar la fotografía.

—Quiero saber cómo era contigo. Pero no quiero que me entregues cada recuerdo como si me debieras una parte.

Isara apoyó una mano en la consola.

—Siento que te la debo.

—Me la debe ella.

Celia no estaba allí para pagarla.

Aquella era la injusticia que ninguna prueba podía reparar.

Isara podía compartir fotografías, objetos y relatos.

No podía devolver a Duna una madre que la hubiera buscado a tiempo, ni una infancia dentro de aquella casa, ni la posibilidad de preguntarle por qué dejó que pasaran treinta y siete años.

—Sí —dijo—. Te la debe ella.

Duna asintió.

No le pidió que defendiera a Celia.

Tampoco que la condenara.

Recorrieron juntas el salón.

Las fotografías familiares se concentraban en dos estantes.

Isara en la escuela. Isara frente al mar.

Isara con una bata universitaria prestada para una ceremonia.

Celia detrás de una cámara, reflejada accidentalmente en un escaparate.

No había imágenes de Lía ni de Fuente Fría.

La única presencia de Duna era retrospectiva: ahora ambas sabían que Celia había regresado cada noviembre a Valdecierzo y que en 2004 había participado en la búsqueda de las rutas.

Aldara afirmaba que también había conservado fotografías de Duna y asistido desde lejos a una función escolar, pero esa parte seguía sin corroborarse.

Duna se detuvo ante un retrato de Celia sola.

Tendría unos cincuenta años. Llevaba el cabello corto, una camisa blanca y la cámara apoyada contra el pecho. Miraba hacia un punto situado fuera del encuadre.

—¿La hiciste tú? —preguntó.

—Sí. Fue una prueba de luz.

—Parece que está a punto de hablar.

—Me estaba diciendo que había medido mal la exposición.

—¿Puedo tener una copia?

Isara sintió un alivio que le avergonzó.

Esperaba que Duna eligiera una fotografía infantil, una carta o algo capaz de representar la maternidad perdida. Había escogido una imagen de Celia corrigiendo una luz.

—El original, si quieres.

Duna negó.

—El original es tuyo. Quiero una copia buena. Restaurada por ti.

Isara miró el cristal.

Una mota blanca cruzaba la manga y el borde inferior mostraba una pequeña pérdida de emulsión. Podía repararla en una tarde. Podía imprimir dos copias idénticas sin fingir que el pasado lo había sido.

—Te la haré.

—Cuando vuelvas a trabajar.

No «cuando todo termine».

Volver a trabajar implicaba que existía un después concreto, un taller, una mesa y fotografías cuyo daño no pertenecía a su propia vida.

En la cocina, Salma había abierto las ventanas y encontrado café sin caducar. Nélida lavaba las tazas que la policía había dejado boca abajo sobre un paño. Cora examinaba la nevera vacía como si nunca hubiera visto una cocina que no contuviera documentos ocultos.

—No hay doble fondo —dijo cuando Isara entró.

—No lo busques.

Cora cerró la puerta.

—Era una broma.

—Ya lo sé.

—No lo parecía.

Isara se apoyó en la encimera.

—No quiero volver a registrar la casa.

—Yo tampoco.

Cora miró los armarios.

—Pero me cuesta entrar en un lugar relacionado con Celia y no pensar que algo está colocado para que lo encontremos.

—A mí me cuesta pensar que algo pueda estar colocado solo porque ella vivía aquí.

Nélida dejó una taza sobre la mesa.

—Las dos cosas pueden ser verdad durante un tiempo.

Leire apareció con la relación policial.

—El armario del dormitorio continúa precintado. El resto está liberado. Faltan la caja, las fotografías entregadas, varias carpetas y los dispositivos electrónicos. Todo consta en el inventario.

—¿Y sus cosas médicas? —preguntó Isara.

—Las medicinas fueron retiradas por el hospital. El material que utilizó Aldara está bajo custodia.

El nombre no produjo el mismo efecto que antes.

Aldara estaba detenida. Su método había sido explicado. La mancha podía lavarse, el silbato descansaba en una bolsa de pruebas y las voces reproducidas ya no llegaban desde ninguna pared.

Aun así, Isara miró hacia el pasillo.

La habitación de Celia quedaba al final.

Duna siguió la dirección de sus ojos.

—¿Quieres entrar?

Isara no lo sabía.

La última vez había encontrado el dormitorio abierto, la cama deshecha y una cámara instalada para observarla. El espacio se había convertido en una mezcla de enfermedad, duelo y vigilancia.

—Sí —dijo—. Pero contigo.

Subieron las dos.

La policía había retirado la cámara y marcado con un pequeño adhesivo el punto donde estuvo fijada. La cama seguía sin hacer. Sobre la mesilla quedaban un vaso vacío, un paquete de pañuelos y un libro que Celia no terminó. La marca de presión de la cabeza persistía en la almohada.