Capítulo 30 — Lo que no era una prueba #2
Duna se quedó cerca de la puerta.
—Murió en el hospital —dijo Isara.
—Lo sé.
—Esta fue la última habitación donde habló como ella misma.
—¿La última noche sabía quién eras?
Isara recordó la declaración de Aldara.
Emilia había advertido a Celia sobre la identidad de la falsa cuidadora. Celia la había llamado Aldara y había hablado de Lía, de Isara y de la decisión tomada en la pensión.
—Sí —respondió—. Creo que sí.
—¿Preguntó por mí?
La pregunta no podía responderse con una frase aproximada.
Aldara había declarado que Celia dijo: «Mi hija se llamaba Lía.
La mujer a la que llamáis Duna es probablemente la niña que parí».
También había transmitido la distinción de Celia entre la hija que había parido y la hija que había criado.
Pero Aldara había mentido demasiadas veces, y Celia estaba medicada.
—Habló de ti —dijo Isara—. No sé cuánto era recuerdo, cuánto certeza ni cuánto quería que Aldara creyera.
Duna aceptó la precisión.
Se acercó a la cama y tocó la madera del cabecero, no la almohada.
—Me alegra que no estuviera sola.
—Estaba con Aldara.
—Seguía sin estar sola.
Isara pensó en la mujer que había utilizado una identidad robada para entrar en aquella habitación. La compasión de Duna no la absolvía. Solo impedía que las últimas horas de Celia quedaran reducidas al engaño de quien la atendía.
—Yo no llegué hasta la mañana —dijo Isara.
—Llegaste.
—Después de que llamaran a la ambulancia.
—Pero llegaste.
La culpa de Isara no tenía la misma forma que la de Salma ni la de Cora. No procedía de una puerta cerrada ni de un archivo infectado. Era la culpa ordinaria de quien había creído que todavía habría otra noche, otra visita y otra ocasión para preguntar.
Duna se sentó en el borde de la cama.
—No voy a dormir aquí —dijo.
Isara la miró.
—No esperaba que lo hicieras.
—Tampoco quiero llevarme nada de esta habitación.
—De acuerdo.
—Quiero algo de la cocina.
La elección la sorprendió.
—¿Qué?
—No lo sé todavía. Algo que usara cuando no estaba intentando salvarnos ni ocultarnos.
Bajaron.
Salma había preparado café y encontrado una bolsa de pasta, dos tarros de tomate y una caja de caldo. Decidió que aquello bastaba para una cena. Cora cortó una cebolla con demasiada precisión. Nélida buscó manteles. Leire recibió una llamada y salió al patio para responder.
Duna abrió los armarios uno por uno.
No buscaba dinero ni cartas. Tocaba los platos, examinaba las tazas y cerraba cada puerta con cuidado. Finalmente sacó un cuenco verde con una grieta fina cerca de la base.
—Este —dijo.
Isara lo reconoció.
Celia lo utilizaba para batir huevos, mezclar aliños y dejar las llaves cuando no encontraba el cuenco del recibidor. La grieta apareció cuando Isara tenía diecisiete años y trató de abrir un tarro golpeando la tapa contra el borde. Celia se negó a tirarlo porque todavía no perdía agua.
—Está roto —dijo.
—No del todo.
—No vale nada.
Duna sostuvo el cuenco con las dos manos.
—Por eso.
Isara comprendió.
No podía convertirse en una prueba. Nadie discutiría su fecha ni analizaría las huellas. No demostraría que Celia hubiera amado a Duna, pensado en ella o intentado recuperarla.
Era solo algo que había tocado en los días comunes.
—Es tuyo —dijo.
Duna lo dejó sobre la mesa, junto a las seis tazas.
—No quiero llevármelo sin que hagamos algo con él primero.
Salma le entregó los huevos.
—Entonces bate.
La escena habría resultado ridícula en cualquier otro contexto. Seis mujeres reducidas durante días a huellas, fotografías y certificados preparando una cena con lo que quedaba en los armarios de una mujer que había participado en ocultar sus orígenes.
Sin embargo, nadie se rió.
Duna cascó los huevos dentro del cuenco. Salma añadió sal. Nélida encontró una cuchara de madera. Cora terminó de cortar la cebolla. Isara encendió el fogón y Leire regresó del patio con la carpeta apretada contra el cuerpo.
—El juzgado ha admitido la solicitud urgente sobre las declaraciones de fallecimiento —dijo.
—¿Qué significa eso? —preguntó Cora.
—No pueden deshacer treinta y siete años de actos registrales en una tarde.
La medida provisional suspenderá los efectos de las cinco defunciones falsas de 1989, mantendrá la de Mara solo mientras se rectifican su nombre y su fecha, y dejará sin efecto provisional la defunción de 1984 en todo lo que contradiga la identidad actual de Isara.
Los documentos actuales de las seis seguirán siendo válidos mientras se reconstruye el fraude.
Duna dejó de batir.
—¿Mi partida seguirá diciendo Duna?
—Sí.
—¿Y Lía?
—Se incorporará como antecedente biológico e identidad de nacimiento si tú lo solicitas. No sustituirá automáticamente tu nombre legal.
Duna continuó con los huevos.
—Lo solicitaré.
Isara la miró.
—¿Estás segura?
—Quiero que conste que Lía vivió. No quiero que Duna desaparezca para demostrarlo.
Leire asintió.
—Eso es exactamente lo que pediremos.
—¿Y nosotras? —preguntó Salma.
—Podéis solicitar que cualquier identidad anterior comprobada se incorpore de forma reservada, que se rectifique el fallecimiento y que se mantengan los nombres actuales. No hay una única solución.
—Por fin —dijo Cora— algo que no pretende resolvernos a las seis con el mismo formulario.
Leire dejó la carpeta en una silla.
—También han localizado la referencia exacta de las cenizas de Mara. La cadena de custodia permite seguir la urna desde el hospital hasta el columbario, aunque la fecha de la inscripción todavía debe revisarse. El juzgado tramitará su separación y la nueva identificación.
Nélida apoyó la cuchara.
—¿Cuándo?
—Puede tardar unos días. Quizá semanas.
—No podemos quedarnos en Valdecierzo indefinidamente —dijo Salma.
La frase introdujo el final de la reunión dentro de la cocina.
Hasta entonces habían vivido como si permanecer juntas fuera una medida de seguridad. Tomás y Aldara estaban detenidos. Fuente Fría había sido registrado. Las cámaras retiradas. Los mensajes explicados.
Ya podían marcharse.
Isara observó a las otras cinco.
Duna tenía una escuela a la que volver. Leire, clientes y procedimientos. Salma, turnos de urgencias. Nélida, huéspedes en su alojamiento. Cora, una investigación que ahora debía decidir si convertir en una historia pública.