Las niñas de la habitación seis Capítulo 29 — El primer fuego #4
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Capítulo 29 — El primer fuego #4

Había periodistas junto a la plaza.

La detención de Tomás, el registro de Fuente Fría y la existencia de seis mujeres declaradas muertas ya habían trascendido. Dos cámaras apuntaron hacia ellas. Alguien gritó el nombre de Cora. Otra voz preguntó cuál era la hija de Celia.

Duna se detuvo.

Isara creyó que retrocedería.

En lugar de hacerlo, abrió la carpeta común y sacó la hoja que habían firmado.

—No responderemos quién era cada una antes —dijo Cora en voz baja—. Todavía no.

—No voy a responder eso.

Duna avanzó hasta el límite que marcaban los agentes.

Las otras cinco se colocaron a su lado.

No habían preparado una declaración pública. Cora no encendió una grabadora ni buscó el mejor ángulo. Leire no corrigió las palabras antes de que salieran.

Duna miró las cámaras.

—Durante treinta y siete años constamos como seis niñas muertas en un incendio que ninguna de nosotras provocó. Éramos seis supervivientes y había una séptima niña llamada Mara, que murió después de salir viva del edificio.

Los periodistas comenzaron a preguntar al mismo tiempo.

Duna levantó la hoja.

—Nuestros nombres actuales son Isara, Duna, Leire, Salma, Nélida y Cora. No vamos a aceptar que nadie vuelva a asignarnos otros para simplificar lo ocurrido. Cuando existan pruebas, cada una decidirá qué parte de su historia quiere conocer y cómo quiere nombrarla.

Una voz preguntó:

—¿Es usted la hija biológica de Celia Luján?

Duna miró a Isara.

No buscaba permiso.

Comprobaba que ambas seguían allí.

—Nací como Lía Luján —respondió—. He vivido como Duna Rivas. Las dos cosas son verdad. Hoy me llamo Duna.

Otra voz se dirigió a Isara.

—Entonces, ¿su identidad es falsa?

Isara pensó en la niña sin pulsera y sin destino.

En la pensión.

En la mano de Celia sobre su hombro.

En la firma escrita la tarde anterior dentro de la habitación abierta.

—Mi documentación fue construida con un delito —dijo—. Mi vida no.

El silencio duró lo suficiente para que la frase pudiera escucharse.

Después llegaron más preguntas.

Quién había causado el incendio.

Qué responsabilidad tenía Celia.

Si demandarían al Estado, a la fundación o a las familias que las criaron.

Cora dio un paso al frente.

—No hablaremos de responsabilidades individuales mientras la investigación esté abierta. Sí pedimos que Mara recupere su nombre y que ningún medio publique los sobres preparados por Tomás Valcárcel como si contuvieran identidades confirmadas.

Leire añadió:

—La difusión de datos personales no verificados causaría un daño nuevo y podría interferir en el procedimiento.

Salma no habló.

Permaneció junto a Duna, con el cuello descubierto y la mano lejos de la cicatriz.

Nélida sostuvo la hoja por la esquina inferior para que el viento no la doblara.

Cora terminó la intervención antes de que la plaza se convirtiera en otra sala donde seis desconocidos decidieran quién debía contestar primero.

Regresaron a la pensión caminando.

En el escaparate de una tienda, un televisor mostraba ya la imagen de las seis frente al puesto. Un rótulo decía:

LAS NIÑAS DE LA HABITACIÓN SEIS SObrEVIVIERON.

Isara se detuvo.

No por el título.

Por el verbo.

No habían reaparecido.

No habían vuelto de la muerte.

Habían sobrevivido.

Duna leyó el rótulo junto a ella.

—Falta Mara.

—Sí.

—Siempre falta en la frase corta.

Isara observó las letras desplazándose bajo la imagen.

—Entonces tendremos que contar la frase larga.

Cora, que las había oído, no sacó la libreta.

—No hoy.

—No —dijo Isara—. Hoy no.

Siguieron caminando.

Al llegar a la pensión, la puerta estaba abierta para ventilar el vestíbulo. El dueño había retirado el cerrojo suplementario y colocado una cuña de madera bajo la hoja.

Duna entró sin mirarla.

En la habitación, Leire guardó la solicitud de Mara. Nélida abrió la ventana. Salma se tumbó por primera vez sin comprobar dónde estaban las salidas. Cora dejó el teléfono apagado.

Isara se sentó junto a Duna.

—¿Te arrepientes de haber dicho Lía?

Duna pensó un momento.

—No. Me habría arrepentido de que lo dijeran por mí.

—¿Quieres que te llame así alguna vez?

Duna miró sus propias manos.

—Todavía no.

—De acuerdo.

—Pero quiero saber cómo lo decía Celia.

Isara recordó la voz de su madre llamándola desde la cocina, corrigiendo una palabra, pronunciando nombres de clientes y vecinas. Nunca la había oído decir Lía delante de ella.

O quizá sí y lo había confundido con otra cosa.

No convertiría esa posibilidad en un recuerdo.

—No lo sé —dijo.

Duna asintió.

La respuesta no le quitaba nada.

Por primera vez, podían dejar una parte vacía sin permitir que otra persona la rellenara.

Aquella tarde, la teniente envió una copia certificada de la primera página de la declaración de Tomás. En el apartado donde debía resumir el hecho principal, él había escrito de su puño y letra:

Encendí el fuego para destruir los nombres.

Isara imprimió la hoja.

No la colocó junto a las fotografías de las niñas.

La guardó detrás de la solicitud de Mara.

El orden importaba.

Primero la niña que había elegido cómo llamarse.

Después el adulto que había intentado borrar a todas las demás.