Las niñas de la habitación seis Capítulo 29 — El primer fuego #3
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Capítulo 29 — El primer fuego #3

—Creí que ver los nombres podía devolverles algo.

—¿O permitirle presentar cualquier discrepancia posterior como un fallo de memoria?

El silencio duró once segundos.

—También.

Cora volvió a sentarse.

Aquella palabra cerraba los sobres mejor que cualquier precinto.

No eran regalos, restituciones ni fragmentos de una verdad incompleta.

Eran una forma de producir testimonios utilizables.

—¿Sabe quién provocó el incendio de Fuente Fría? —preguntó la voz.

Tomás miró la cámara.

Esta vez no buscó al abogado.

—Yo encendí el primer fuego.

Nadie se movió.

—Ofelia ordenó destruir las fichas. Yo pensé que podía controlarlo. Cuando se extendió, ella decidió utilizarlo. Julián convirtió a Mara en seis muertes. Yo repartí los nombres y cerré los documentos.

Respiró.

—Celia y Emilia sacaron a las niñas.

No dijo nosotras.

No dijo supervivientes.

Las niñas.

Durante unos segundos, su voz dejó de sonar como la de un administrador que describía un expediente.

—¿Por qué no contó la verdad después?

—Porque cada año que pasaba hacía mayor el daño de contarla.

—¿El daño para quién?

Tomás bajó la cabeza.

—Para mí.

Lobo detuvo la grabación.

La pantalla quedó negra.

Nadie habló inmediatamente.

Isara observó su reflejo junto al de Duna. Detrás aparecían las otras cuatro, deformadas por el brillo del monitor.

Seis mujeres en una superficie oscura.

Ningún rostro raspado.

—Eso es todo lo autorizado por ahora —dijo la teniente.

Salma se volvió desde la ventana.

—Ninguna de nosotras causó el incendio.

No era una pregunta.

—No —respondió Lobo—. El cuaderno, los restos del laboratorio y esta declaración sitúan el origen en la bandeja encendida por Tomás.

Salma volvió a tocarse el cuello, pero esta vez lo hizo con la palma abierta, como si comprobara que la piel seguía allí.

—Cerré una puerta durante un fuego que había iniciado un adulto.

—Sí —dijo Duna.

—Y tú la abriste.

—Sí.

—No éramos responsables de salvarnos bien.

Duna se levantó y se acercó a ella.

—No.

Salma apoyó la frente sobre su hombro.

El gesto duró menos de un minuto. No hubo promesas ni recuerdos recuperados. Solo dos mujeres sosteniendo el cuerpo que había sobrevivido a una decisión infantil.

La teniente cerró el ordenador.

—La confesión deberá ser corroborada. El análisis del primer incendio es limitado por el tiempo transcurrido, pero la bandeja recuperada, los residuos documentados en 1989 y las fotografías del laboratorio son compatibles con su relato. No necesito que lo consideren verdad definitiva hoy.

—Es la primera versión que se acusa a sí misma —dijo Leire.

—Eso no la vuelve automáticamente cierta.

—No. Pero permite comprobarla.

Cora abrió por fin la libreta.

—¿Podemos solicitar que se rectifiquen los certificados de defunción?

—El procedimiento ya se ha iniciado. También la revisión de las inscripciones posteriores. Ninguna perderá su documentación actual mientras se resuelve.

—¿Y Mara?

Lobo la miró.

—El hospital ha localizado el expediente de incineración y el registro del destino de las cenizas.

Nélida se sentó muy despacio.

—¿Dónde están?

—No fueron entregadas a ninguna familia. La urna permaneció en el depósito municipal durante cinco años y después fue trasladada a un columbario común del cementerio de la capital. Figura bajo el número de ingreso 41, sin nombre.

Mara había llegado primero incluso allí.

Un número en una pared.

Una muerte multiplicada en seis certificados y reducida después a una urna sin nombre.

—Quiero que se llame Mara —dijo Nélida.

La teniente no respondió con una objeción jurídica.

—Necesitaremos una resolución para modificar la inscripción. El pañuelo bordado, el registro y el cuaderno respaldan que era el nombre que utilizaba y reconocía.

—No el que le pusieron —añadió Duna—. El que eligió.

—Sí.

Cora escribió:

Mara eligió su nombre.

Isara pensó en los seis sobres abiertos bajo acta, en las fichas recortadas y en los nombres anteriores que quizá nunca conocerían con certeza. Mara era la única que había dejado una palabra cosida por ella misma.

No podían devolverle la vida.

Podían impedir que continuara enterrada bajo un número.

—¿Podemos reclamar las cenizas juntas? —preguntó Salma.

Leire respondió antes que Lobo.

—No somos familiares legales.

—Tampoco lo fue nadie cuando murió.

—Podemos personarnos como afectadas y solicitar una medida específica. Tendrá que decidirlo el juzgado o el ayuntamiento.

—Hazlo —dijo Nélida.

Leire abrió la carpeta.

—Necesito que las seis autoricéis la solicitud.

Duna miró a Isara.

—Las siete.

Leire entendió.

No podían pedir la firma de Mara.

Podían escribir su nombre junto a las seis que continuaban.

En la hoja común, debajo de la última anotación del día anterior, Leire redactó:

Solicitamos que la menor ingresada con el número 41 sea reconocida como Mara, que su fallecimiento no vuelva a utilizarse para identificar a ninguna de nosotras y que sus restos dejen de figurar sin nombre.

Firmaron una a una.

Cora dejó un espacio antes de la primera firma y escribió en él:

Mara.

No trazó una rúbrica falsa.

Solo el nombre.

La teniente recogió una copia para incorporarla a la solicitud.

—Hay otra decisión que deben tomar —dijo.

Leire levantó la vista.

—Tomás ha ofrecido indicar qué nombres escribió en cada sobre y de qué documentos los obtuvo.

Duna ni siquiera miró a las demás.

—No.

—Puede ayudar a reconstruir las identidades anteriores de algunas.

—También puede volver a mezclarlas —respondió Isara.

Cora cerró la libreta.

—La investigación puede analizar los papeles sin que nosotras los recibamos como nombres propios.

—Exactamente —dijo Leire—. Que los cotejen como prueba. No como una entrega personal.

Salma volvió a sentarse.

—Si encuentran un nombre seguro, quiero decidir entonces si lo conozco.

Nélida asintió.

—Individualmente.

—Y sin que ninguna tenga que cambiar el actual —añadió Duna.

La teniente anotó la decisión.

Isara pensó en el nombre que llevaba.

Celia se lo había dado dentro de una coacción y después lo había llenado de meriendas, enfados, fotografías, silencios y años. Ofelia había pretendido utilizarlo como una identidad visible. Tomás como una prueba contra Celia. Julián como una muerte disponible.

Ninguno de ellos podía definir lo que significaba ahora.

A media mañana, salieron del puesto.

El cielo estaba despejado por primera vez desde que Isara llegó a Valdecierzo. La nieve seguía en las cumbres, pero el pueblo recuperaba colores que la niebla había ocultado: tejados rojizos, fachadas amarillas, persianas verdes.