Capítulo 29 — El primer fuego #2
—¿Y que la sexta cama bloqueaba parcialmente la escalera de servicio?
Tomás miró a su abogado.
—No había entrado en la habitación después de que la colocaran.
—Firmó la factura de instalación.
—Firmaba muchas facturas.
Cora soltó una risa seca.
La frase podía haber pertenecido a cualquiera de los adultos de Fuente Fría.
Firmaban sin mirar.
Certificaban sin comprobar.
Repartían niñas sin preguntar qué nombre respondían.
La voz de la grabación continuó.
—¿Cuándo supo que Mara había llegado viva al hospital?
—Poco antes de las dos.
—¿Quién se lo comunicó?
—Julián.
—¿Qué dijo exactamente?
Tomás bajó la vista.
—Que había una menor disponible para sostener los fallecimientos.
Nélida cerró los ojos.
No dijo cuerpo.
No dijo Mara.
Una menor disponible.
La misma lógica con la que, minutos antes, habían escrito que ya no estaba disponible para la identidad visible.
Viva o muerta, los adultos la habían considerado una función.
—¿Mara había fallecido cuando Julián pronunció esa frase?
—No lo sé.
—El registro hospitalario fija la muerte a las dos y cuarenta y seis.
Tomás no respondió.
Mara seguía viva cuando Julián decidió utilizar su ingreso para declarar muertas a las demás.
La muerte no había producido el plan.
El plan ya la estaba esperando.
—¿Qué ocurrió con la pulsera de Mara después de su muerte?
—El hospital devolvió la ropa y la tira cortada con sus pertenencias. Julián retuvo la placa metálica junto al expediente provisional porque llevaba el número y el nombre que utilizó para completar los certificados. Celia la recuperó durante una revisión de los archivos hospitalarios en 2004.
—¿La tira terminó en la furgoneta?
—Emilia se la entregó a Ángel con el resto de las cosas de Mara.
—¿Quién ordenó emitir seis certificados?
—Ofelia.
—¿Quién los preparó?
—Julián.
—¿Quién facilitó los nombres y las fechas?
Tomás tardó demasiado.
—Yo.
Duna soltó la mano de Isara.
No para apartarse.
Para escribir aquella palabra en la hoja común.
Tomás facilitó los nombres.
—¿Por qué eran necesarias seis muertes oficiales?
—El incendio iba a atraer una inspección. Si constaban supervivientes, habría que explicar la habitación, los traslados y las identidades. Si constaban fallecidas, los expedientes podían cerrarse y las niñas salir con documentación nueva sin relacionarlas entre sí.
—¿Quién propuso esa solución?
—Ofelia.
—¿La discutió?
—No.
—¿Por qué?
Tomás miró directamente a la cámara.
—Porque creí que era la única forma de que las niñas no fueran devueltas a lugares de los que las habían sacado.
Cora se levantó.
—Páralo.
Lobo detuvo la imagen.
Cora caminó hasta la pared y volvió.
—Quiero escuchar lo siguiente, pero no quiero que esa frase quede flotando como si fuera una explicación razonable.
—No lo es —dijo Leire.
—Para él sí. Todavía.
Isara miró el rostro detenido en la pantalla.
Tomás no se veía como un hombre que hubiera salvado niñas.
Tampoco como alguien que se considerara un monstruo.
Se veía como una persona que había pasado casi cuatro décadas convirtiendo su miedo a las consecuencias en una forma de protección.
—Sigue —dijo Isara.
La grabación continuó.
—¿Qué lugares eran esos?
—Algunas familias biológicas eran violentas. Otras no podían hacerse cargo. Había menores sin filiación clara.
—¿Conocía la situación concreta de las siete niñas?
—No de todas.
—Entonces no sabía si devolverlas suponía un riesgo.
—Confiaba en Ofelia.
—¿Incluso después de que ordenara quemar las fichas?
Tomás no respondió.
—¿Incluso después de que utilizara el ingreso de una menor para declarar muertas a otras cinco?
—En aquel momento las decisiones ya estaban tomadas.
—Usted continuó ejecutándolas durante años.
—Sí.
La palabra fue pequeña.
No parecía una confesión.
Parecía el punto al que ya no llegaba ninguna alternativa gramatical.
—¿Quién tomó la secuencia de la pensión el veinticuatro de noviembre?
—Yo.
—¿Con qué cámara?
—Con la de Celia. Se la quité en el laboratorio la noche del incendio y no se la devolví. Conservé el cuerpo y, después de la sesión de la pensión, guardé también los negativos y las hojas de contacto en la casa del embalse.
—¿Cuándo escribió en el sobre «I. entregada a C.»?
—Después de que Celia se marchara.
—¿La inicial identificaba a la niña fotografiada?
Tomás tardó en responder.
—Identificaba la identidad de salida que debía quedar asociada a Celia. No necesariamente a la niña que aparece fuera en todos los fotogramas.
—Entonces la anotación describía el resultado administrativo, no el cuerpo que había fotografiado.
—Sí.
La secuencia no había documentado una correspondencia estable entre vestido, rostro y nombre. Tomás había escrito el resultado después del intercambio y había permitido que la imagen pareciera identificar a la niña situada ante la cámara.
—¿Por qué conservó las fotografías posteriores al incendio?
—Para demostrar que las niñas habían salido vivas.
—¿A quién?
—A mí mismo, al principio.
Leire levantó la vista.
Tomás continuó.
—Después comprendí que podían protegerme si Ofelia o Julián intentaban atribuirme todo. La letra de Celia en los reversos mostraba que conocía los nombres utilizados en algunas rutas de salida.
—Por eso dejó las fotografías sobre las seis sillas.
—Sí.
—¿Colocó también las placas bajo los asientos?
—Sí. Quería relacionar cada ruta con objetos de Fuente Fría.
—¿Y el número seis?
—Lo fijé bajo la última silla. Antes de salir lo retiré y lo llevé con el registro a la casa del embalse.
—¿Dejó abierta la caja de revelador y disolventes para retrasar la entrada de la policía?
—Sí. No había ningún mecanismo de ignición. Sabía que evacuarían la nave hasta que llegara una unidad especializada.
—Sin el registro original.
—Sí.
—Para presentar a Celia como responsable principal.
—Para demostrar que no actué solo.
—No es la misma cosa.
—No.
Isara agradeció la corrección.
Celia había participado. Su firma estaba en la recepción de Isara y su letra en los nombres de salida. No necesitaba convertirla en inocente para impedir que Tomás la utilizara como escudo.
—¿Retiró usted del archivo municipal la hoja de dos columnas que Celia intentó llevarse en 2004?
—Sí.
—¿Durante la consulta que consta a su nombre?
—Sí. La oculté entre los documentos de la fundación antes de devolver el libro.
—¿Por qué?
—Porque relacionaba a Mara con la identidad Isara Luján y señalaba que Lía debía quedar fuera. Ofelia había ordenado que esa correspondencia no sobreviviera.
La hoja no se había perdido por humedad ni por un traslado administrativo. Tomás la había sustraído del mismo modo en que había retirado otros documentos: aprovechando que nadie comprobaba cada pieza hasta años después.
—¿Por qué aceleró la operación a finales de octubre y después de la muerte de Celia?
Tomás bebió el resto del agua.
—Porque supe que había preparado las cajas. Elena dejó una factura del guardamuebles en la oficina. Pensé que Celia pretendía reunirlas y abrir la habitación.
—¿Qué temía que encontraran?
—El cuaderno.
—¿Por qué no lo retiró antes?
—Porque desmontar el tabique habría dejado visible la habitación ilegal y el lugar donde estaba escondido. En 2004 preferí cubrir la puerta y conservar la placa. Cuando descubrí las cajas comprendí que ya no bastaba con mantenerlo oculto.
—¿Qué necesitaba obtener de Emilia?
—La placa que había conservado y una de las dos llaves de la cámara acorazada. Creía que también guardaba una copia de las rutas.
—Por eso introdujo a Aldara en su casa como cuidadora.
—Sí.
—¿Y después en la de Celia?
—Sí.
—¿Aldara sabía que utilizaba credenciales robadas?
—Sí.
—¿Sabía que el objetivo era recuperar el registro?
—Creía que Celia había falsificado pruebas para culpar a Julián.
—Porque usted se lo dijo.
—Porque Julián se lo dijo durante años.
—Y usted lo confirmó.
Tomás guardó silencio.
La diferencia importaba.
Aldara había crecido dentro de una versión construida por su padre. Tomás había encontrado esa lealtad y la había utilizado como una llave más.
No la absolvía de haber entrado, grabado, incendiado y manipulado.
Explicaba por qué el engaño había resultado posible.
—¿Ordenó usted instalar la cámara en el apartamento de Leire Montoro?
—No.
—¿Ordenó acceder a las cuentas de Cora Beltrán?
—Le pedí a Aldara que averiguara qué había encontrado y con quién había contactado.
—¿Ordenó enviar mensajes a las seis mujeres?
—Le pedí que retrasara la reunión y que impidiera que llegaran juntas a la habitación.
—¿Le indicó cómo?
—No.
—¿Sabía que había desenterrado la placa de Mara y colocado una tapa de objetivo?
—Después.
—¿Sabía que provocaría el segundo incendio?
Por primera vez, Tomás pareció perder el control de la respuesta.
—No.
—Aldara afirma que usted le explicó cómo comenzó el fuego de 1989 y le señaló el recipiente donde debía destruir los negativos.
—Le dije que retirara cualquier material que mencionara a Julián. No que prendiera fuego.
—¿Le entregó alcohol del laboratorio?
—Había productos almacenados.
—¿Le dijo que un incendio localizado obligaría a evacuar y retrasaría la inspección?
El abogado intervino. La grabación avanzó unos segundos después de una consulta que no se reprodujo.
Tomás respondió:
—Le dije que, en 1989, cinco minutos fueron suficientes para cambiarlo todo.
Salma se levantó.
No pidió que detuvieran la imagen.
Se acercó a la ventana cerrada y apoyó una mano en el marco.
Aldara había convertido aquella frase en un método.
Cinco minutos para quemar un armario.
Cinco minutos para obligarlas a correr.
Cinco minutos para reproducir el miedo que llevaba treinta y siete años dentro de ellas.
Tomás no había ordenado cada acción.
Había entregado la lógica.
—¿Por qué preparó seis sobres con nombres anteriores? —preguntó la voz.
—Los recortes que saqué de las casillas del cuaderno contenían identificaciones parciales. Completé las demás con los expedientes de Ofelia y los recuerdos de Julián.
—¿Eran correctos?
—Algunos.
—¿Cuáles?
—No puedo asegurarlo.
—Sin embargo, pretendía que las mujeres los abrieran y aceptaran públicamente.
—Pretendía que recordaran.
Duna negó ante la pantalla.
—No.
Tomás continuó: