Las niñas de la habitación seis Capítulo 29 — El primer fuego
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Capítulo 29 — El primer fuego

Tomás comenzó a hablar a las nueve y doce de la mañana.

No lo hizo delante de ellas.

La teniente Lobo reunió a las seis en la misma sala donde habían separado por primera vez el plan de Celia de la intervención posterior. Habían borrado la pizarra, pero algunas palabras permanecían como sombras bajo la superficie blanca: DISTRIBUCIÓN , REGISTRO , CELIA .

Sobre la mesa había un ordenador cerrado y seis copias de un documento de confidencialidad. Leire leyó el suyo completo antes de firmarlo. Las demás esperaron.

—La declaración está siendo grabada con autorización judicial —explicó Lobo—.

Tomás Valcárcel ha pedido ampliarla después de conocer el contenido preliminar del cuaderno original.

Ustedes no estarán presentes ni podrán formular preguntas.

Podrán escuchar los fragmentos que el juzgado ha autorizado por su relación directa con los hechos sufridos.

Cora miró el ordenador.

—¿Por qué quiere hablar ahora?

—Dice que el cuaderno hace inútil seguir negando ciertas cosas.

—Eso no responde.

—No. Solo es lo que ha dicho.

Isara firmó.

No esperaba una confesión limpia. Tomás había pasado treinta y siete años escogiendo qué documentos conservar, qué nombres recortar y qué versión dejar preparada para cuando alguien abriera las puertas. Incluso si admitía hechos, seguiría intentando ordenar la forma en que debían comprenderlos.

Duna se sentó junto a Isara. No llevaba la hoja del análisis genético. El informe formal había llegado a primera hora y permanecía dentro de la carpeta común, sin extraer ni fotografiar.

Compatibilidad de maternidad superior al 99,99 %.

Una cifra podía cerrar una duda biológica.

No podía decirle qué hacer con Celia.

Lobo abrió el ordenador.

La pantalla mostraba una sala más pequeña. Tomás estaba sentado ante una mesa de madera, con una camisa blanca y un jersey gris. Tenía las manos unidas y un vaso de agua a su derecha. A su lado se encontraba un abogado. Frente a él, fuera del encuadre, alguien formulaba las preguntas.

Isara lo había visto en fotografías de 1989, en imágenes de empresa y en la captura tomada delante de la pensión.

La edad había ensanchado su rostro y hundido la piel bajo los ojos, pero continuaba inclinando ligeramente la cabeza antes de responder, como si cada pregunta necesitara adaptarse a una versión que ya hubiera preparado.

La grabación comenzó.

—Indique su relación con el Internado de Fuente Fría en noviembre de 1989.

Tomás miró a su abogado.

—Gestionaba pagos, proveedores y documentación patrimonial de la Fundación Santa Lucía. No era empleado del internado.

—¿Accedía a sus instalaciones?

—Sí.

—¿Con qué frecuencia?

—Cuando Ofelia Valcárcel me lo pedía.

No dijo tía ni directora.

Utilizó el nombre completo, como si la relación familiar fuera menos importante que la jerarquía.

—¿Estuvo en Fuente Fría la noche del 19 de noviembre de 1989 antes de la llegada de los bomberos?

Tomás bebió agua.

—Sí.

Salma dejó de mover la pierna.

La voz fuera de plano continuó.

—¿A qué hora llegó?

—Alrededor de las doce y media.

—¿Por qué?

—Ofelia me llamó. Celia había sacado copias de fichas internas y estaba fotografiando documentos que no debía conservar.

Isara pensó en la cámara de su madre, utilizada cinco días después por Tomás frente a la pensión.

Celia no había comenzado a documentar tras el incendio.

Ya lo hacía antes.

—¿Qué contenían esas fichas?

—Entradas, cambios de identidad, autorizaciones médicas, fotografías de menores y pagos a familias receptoras.

—¿Adopciones ilegales?

Tomás bajó la mirada.

—En algunos casos.

—¿Y en otros?

—Traslados no regularizados. Menores sin documentación completa. Niñas que la fundación consideraba en riesgo si regresaban a su entorno.

—¿La fundación enviaba niñas durante varios días a familias que todavía no habían aceptado recibirlas?

Tomás miró a su abogado.

—Sí. Ofelia las llamaba estancias de adaptación. Algunas regresaban. En esos casos corregía fichas, pulseras y nombres antes de presentarlas a otra familia. Los pagos aparecen como dietas o transporte.

—¿Sin tutela, acogimiento ni autorización judicial?

—Sí.

Cora soltó una respiración corta.

—Todavía lo está justificando —dijo.

Lobo no pausó la grabación.

—¿Quién decidía que estaban en riesgo?

—Ofelia. A veces Julián Vega emitía informes.

—¿Informes médicos falsos?

—Algunos no reflejaban toda la verdad.

Leire escribió aquella frase.

No porque tuviera valor jurídico por sí sola.

Porque resumía el idioma que los adultos habían utilizado para convertir delitos en irregularidades.

—¿Qué le pidió Ofelia cuando llegó aquella noche?

Tomás tardó ocho segundos en responder.

—Que destruyera las fichas de la habitación seis y los negativos del laboratorio.

Duna apretó la mano de Isara debajo de la mesa.

—¿Cómo debía destruirlos?

—Había una bandeja metálica en el cuarto de revelado. Se utilizaba para desechar papel fotográfico. Encendí los documentos dentro.

Salma levantó la cabeza.

La bandeja.

El segundo incendio se había iniciado en un recipiente metálico, con papel y material fotográfico, en el mismo laboratorio.

Aldara no había inventado el procedimiento.

Lo había reproducido.

—¿Utilizó algún acelerante?

—Alcohol del laboratorio.

—¿Sabía que había disolventes y material inflamable cerca?

—Sí.

—¿Cerró la puerta?

—Creí que sí.

Tomás miró el vaso.

—La llama alcanzó una cortina y después una estantería. Intenté apagarla. El fuego se extendió por el revestimiento antes de que pudiera hacerlo.

—¿Activó la alarma?

—No inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque Ofelia todavía estaba trasladando documentación.

La habitación quedó en silencio.

El foco inicial no había sido accidental.

No había empezado en una cama, una estufa o una puerta cerrada.

Tomás había encendido deliberadamente los documentos para destruir los nombres, aunque afirmara no haber previsto la propagación.

Después retrasó la alarma porque los documentos importaban más que las personas que dormían en el edificio.

Isara miró a Salma.

La mano de la enfermera seguía lejos de la cicatriz.

—¿Cuánto tiempo transcurrió desde que perdió el control del fuego hasta que se activó la alarma? —preguntó la voz.

—No lo recuerdo.

—La copia de las salidas sitúa humo en el laboratorio a la una y diecinueve y la alarma general a la una y veinticuatro.

—Entonces cinco minutos.

—Cinco minutos en un edificio ocupado por menores.

Tomás no respondió.

—¿Sabía Celia que iba a destruir las fichas?

—Lo sospechaba. Por eso llevó la grabadora a la habitación seis.

Cora dejó el bolígrafo.

—La cinta —murmuró.

Si Tomás decía la verdad sobre aquel motivo, Celia no había grabado a las niñas para construir después un enigma.

Había intentado conservar las voces y las sesiones antes de que Ofelia destruyera la relación entre nombres y cuerpos.

La voz de la grabación formuló otra pregunta:

—En uno de los fragmentos, una mujer dice: «La verdadera no puede quedarse con su madre». ¿Quién era?

Tomás no pidió escuchar el audio.

—Ofelia.

—¿Dónde se grabó?

—En su despacho, antes de que empezara el fuego. Celia había dejado la grabadora encendida dentro del bolso durante una discusión sobre Lía. Después conservó ese fragmento.

Isara recordó que Celia había repetido aquellas palabras años más tarde, fuera de contexto, como si nunca hubiera conseguido expulsarlas de su manera de pensar.

—¿Intentó impedirlo?

—Entró en el laboratorio. Discutió con Ofelia y recuperó el cuaderno de asignaciones provisionales.

—¿El original hallado ayer dentro de la puerta?

—Sí.

—¿Por qué no se lo llevó?

—Ofelia la vio. Julián también. Tomás tomó la cámara.

La persona que interrogaba corrigió:

—Usted tomó la cámara.

Tomás cerró los ojos un instante.

—Yo tomé la cámara.

Isara notó el cambio.

En algunas frases se describía desde fuera, igual que había intentado describir a Celia como autora única de las salidas. Necesitaba una distancia gramatical para entrar en su propia historia.

—¿Qué hizo Celia con el cuaderno?

—Lo escondió en la puerta de la antigua enfermería cuando regresó a la habitación. No pudo sacarlo porque ya había humo en el corredor.

—¿Quién cosió el cuaderno al panel?

—Emilia. Celia le entregó hilo de encuadernación y le pidió que asegurara el lomo al refuerzo interior con varias puntadas. Pensaban volver a recogerlo.

—¿Por qué no lo hicieron después?

—Ofelia mandó sellar la puerta durante la primera intervención de obra. Yo fijé la madera, apliqué el sello de la fundación y el sello personal de Ofelia, y supervisé el cierre.

—¿Cuándo instaló los paneles actuales y cambió el cilindro de la habitación?

—En la reforma de 2004, después de comprobar que no podía extraer el cuaderno sin desmontar el tabique. Conservé la placa y cubrí la puerta antigua con los paneles.

—¿Sabía que el cuaderno seguía dentro?

—Sí.

—¿Por qué lo conservó?

Tomás levantó la vista por primera vez hacia quien preguntaba.

—Porque demostraba que yo no había tomado las decisiones iniciales.

Nélida habló sin apartarse de la pantalla.

—Pero demostraba que las ejecutó.

Lobo pausó la grabación.

—El resto de esa parte se refiere a documentación que todavía se está cotejando —dijo—. Continúa después de que el incendio se extendiera.

Reanudó.

—Cuando comprendió que el fuego había alcanzado el corredor, ¿qué hizo?

—Fui a buscar a Ofelia.

—¿No a las niñas?

—Celia y Emilia estaban con ellas.

—¿Cómo lo sabía?

—Las vi entrar en el ala norte.

—¿Y consideró suficiente dejar a dos mujeres la evacuación de siete menores mientras usted buscaba a la directora?

Tomás apretó las manos.

—En aquel momento no sabía que eran siete.

Duna se inclinó hacia delante.

—Ni siquiera sabía que yo estaba allí.

El registro decía fuera, sin cama .

Ofelia había construido un sistema en el que la hija de Celia podía existir físicamente sin formar parte del recuento. Tomás había encendido fuego en un edificio sin saber cuántas niñas había dentro.

—¿Cuántas creía que había?

—Seis.

—¿Incluida Mara?

—Sí.

—¿Sabía que la habitación solo constaba para cinco?

—Sí.

—¿Sabía que no figuraba en los planos?

—Sí.