Capítulo 26 — La mujer sin máscara #3
—Con una condición. Primero debe responder a nuestras preguntas sobre los hechos del presente. No aceptaremos una revelación final utilizada para dirigir la conversación.
—Ya ha respondido en su declaración.
—Quiero que lo haga mirándonos.
Cora asintió.
—Y no podrá grabarnos.
—No tiene ningún dispositivo. La entrevista oficial sí se registrará.
Salma miró a Duna.
—¿Quieres entrar?
Duna apoyó el pulgar derecho sobre la carpeta que contenía la huella.
—Sí.
Isara fue la última en asentir.
La sala de entrevistas tenía una mesa anclada al suelo y tres cámaras visibles.
Aldara estaba sentada en el lado opuesto, acompañada por su abogada de oficio.
No llevaba uniforme, mascarilla ni guantes.
La luz blanca marcaba las líneas de cansancio alrededor de sus ojos y una pequeña cicatriz junto al labio izquierdo.
Isara la reconoció.
No por la fotografía de la carretera.
Por la manera de inclinar la cabeza mientras alguien hablaba.
Aldara había escuchado así a Celia. También la había escuchado a ella desde el pasillo del dormitorio, fingiendo revisar una dosis mientras aprendía qué palabras bastaban para hacerlas regresar a Fuente Fría.
Las seis entraron juntas.
La habitación no tenía espacio para situarlas a todas en una fila. Se sentaron en dos lados de la mesa, sin un orden establecido. Isara quedó frente a Aldara. Duna ocupó la silla contigua. Cora se sentó más lejos, junto a la puerta.
La teniente permaneció de pie.
—La señora Vega Vela ha pedido realizar una manifestación voluntaria en presencia de las seis afectadas. Puede interrumpirse si cualquiera de ustedes lo solicita. Ninguna está obligada a responder.
Aldara miró los nombres actuales escritos en las tarjetas provisionales que la policía había colocado delante de cada asiento.
No había nombres infantiles.
—Esperaba que llevaras la chaqueta —dijo a Isara.
Isara notó la ausencia sobre los hombros.
—Ya no.
Aldara bajó la vista.
—Entonces la nota de Celia ya no sirve.
—Cumplió su función —respondió Nélida—. No tiene que seguir vistiéndola para que yo sepa quién es.
La primera grieta apareció en la expresión de Aldara. Había construido parte del plan sobre objetos que debían continuar gobernándolas: una chaqueta, una placa, una cinta, un vestido. Nélida acababa de retirar uno sin perder nada.
Leire abrió la conversación.
—¿Entraste en mi apartamento e instalaste la cámara?
—Sí.
—¿Fotografiaste a Isara dormida?
—Sí.
—¿Accediste al ordenador de Cora?
—Sí.
—¿Abriste el coche de Salma y robaste su caja?
—Sí.
—¿Le enviaste la dirección del apartamento de Leire para reunirlas allí?
—Sí.
—¿Moviste la placa de Mara?
—Sí.
—¿Incendiaste el laboratorio?
Aldara tardó.
—Encendí un recipiente con documentos que Tomás quería destruir.
—¿Incendiaste el laboratorio? —repitió Leire.
—Sí.
Salma se inclinó.
—Había seis mujeres dentro o junto al edificio. Podía haber muerto alguien.
—El fuego debía quedar en el recipiente.
—Eso no responde.
Aldara sostuvo su mirada.
—No quería que muriera nadie.
—Pero aceptaste el riesgo.
—Sí.
No pidió perdón.
Isara prefirió aquella ausencia a una disculpa utilizada para acortar lo que había hecho.
Cora dejó las manos sobre la mesa.
—¿Mi madre supo quién eras?
—No al principio.
—¿Al final?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La noche antes de morir. Encontró una fotografía de mi madre dentro de mi cartera.
Adriana Vela Montalbán. La mujer muerta cuyos documentos habían servido para fabricar a Violeta y cuya hija utilizaba ahora otra identidad robada.
—¿Qué te dijo Emilia? —preguntó Cora.
Aldara miró hacia la cámara.
—Que Ofelia había utilizado a mi madre porque mi padre se lo permitió.
—Julián era su marido.
—No estaban casados. Mi madre trabajaba para la fundación. Cuando murió, Julián me reconoció y me crio. Me dijo que Celia había robado sus papeles para ocultar a Emilia.
—¿Y creíste a mi madre cuando dijo lo contrario?
—No.
—Entonces seguiste en su casa.
—Necesitaba la llave.
Cora palideció, pero no apartó la mirada.
—La dejaste morir pensando que confiaba en una cuidadora.
—La atendí correctamente.
Salma golpeó la mesa con la palma abierta.
—No utilices eso para limpiarte. Puedes administrar una medicación bien y seguir aprovechándote de una mujer que no puede levantarse.
Aldara cerró la boca.
Cora habló más despacio.
—¿Le robaste el silbato antes o después de que muriera?
—Después de que perdiera el conocimiento.
—Entonces no te lo dio.
—No.
Cora tomó aire.
—Eso era lo único que necesitaba saber de ti.
Se recostó en la silla y no volvió a preguntar.
Duna apoyó el índice sobre su nombre actual.
—Tú estabas en la pensión en 1989.
Aldara la miró por primera vez con atención.
—Sí.
—¿Escribiste «SEIS» en el cristal?
—Sí.
—¿Por qué?
—Ofelia me había dicho que contara cuántas niñas llegaban.
Yo había visto cinco en la habitación cuando entró Mara.
Después apareció otra fuera de la puerta.
En la pensión solo vi a dos con Celia y pensé que faltaban las demás.
Escribí el número para que mi padre supiera que yo había contado seis dentro del internado.
—Éramos siete —dijo Duna.
—Lo supe después.
—¿Quién estaba dentro de la pensión contigo?
Aldara miró a Isara.
—La niña que después salió con Celia bajo el nombre Isara.
—¿Dices que era yo?
—Tomás relacionó años después aquella ruta con tus documentos actuales. Yo no podría reconocerte hoy por la cara que recuerdo de una niña.
La precisión impidió que el testimonio se convirtiera en una identificación visual inexistente.
—Entonces dime qué viste tú —dijo Isara—. No lo que Tomás completó después.
—Celia había llevado a dos niñas. Una esperaba dentro, sin el vestido de Mara.
La otra estaba fuera con ella para la fotografía.
Durante la discusión, Ofelia y Julián llamaron Lía a la niña que estaba fuera.
Ofelia obligó a Celia a decidir cuál saldría por la puerta principal con el nombre Isara.
Después vi cómo las dos cambiaban la ropa antes de que Celia se marchara con la niña que había esperado dentro.
Duna se volvió hacia Isara.
—Entonces la fotografía de la pensión se tomó antes del intercambio final.
—Eso dice ella —recordó Leire.
Aldara continuó.
—La niña fotografiada llevaba el vestido de Mara para que Tomás documentara que Celia recibía a la menor asignada como Isara. Después del cambio, Celia salió con la otra niña.
Isara sintió que la escena intentaba formarse en su cabeza: Duna delante de la fachada, Celia con una mano sobre su hombro, Tomás detrás de la cámara. Después una habitación, dos niñas y un intercambio que convertiría a una en visible y a la otra en una salida sin nombre hacia el convento.
Era una explicación coherente.
No era todavía un recuerdo.
—¿Quién llevó a Duna al convento la primera vez? —preguntó Nélida.
—Yo no vi ese traslado —respondió Aldara—. Mi padre decía que Emilia la recogió en la ruta norte después de dejar a Mara en el hospital y la entregó antes del amanecer.
—¿Entonces cómo estaba en la pensión cuatro días después?
—Ofelia ordenó que la llevaran desde Santa Lucía para la fotografía. Yo vi llegar a una mujer vinculada al convento. Después del intercambio, Emilia volvió a recoger a Lía y la devolvió.
—Los dos trayectos y los horarios deben comprobarse —dijo Leire.
—Sí —respondió Lobo desde la pared—. La ficha acredita la llegada del día veinte y las fotografías la presencia en la pensión el veinticuatro. La identidad de cada conductora todavía depende de testimonios y registros de transporte.
Aldara pareció molesta por la interrupción, como si aquella historia hubiera permanecido demasiado tiempo sin que nadie le exigiera trayectos, minutos y registros.
—¿Tomás te lo contó? —preguntó Isara.
—Mi padre. Tomás lo confirmó.
—Dos hombres que necesitaban que Celia fuera la responsable.
—También estaba yo.
—Tenías doce años.
—Lo vi.
—Viste fragmentos. Igual que nosotras.
Aldara se inclinó hacia delante.
—Yo no olvidé.
Duna no elevó la voz.
—Recordar no significa entender.
La frase dejó a Aldara inmóvil.
Isara observó sus manos. Sin pigmento y sin guantes, parecían ordinarias. No existía ninguna marca que la uniera físicamente con Emilia.
Había tenido que pintársela.
—¿Qué te dijo Celia la última noche? —preguntó Isara.
La abogada de Aldara le habló al oído. Ella escuchó y asintió.
—Entré para ajustar el gotero —dijo—. Celia llevaba casi una hora despierta. Antes de que tocara el gotero me dijo que Emilia la había advertido sobre mi identidad. Me llamó Aldara.
—¿Por qué no pidió que te sustituyeran? —preguntó Isara.
—Dijo que, si Tomás enviaba a otra persona, no sabría a quién estaba dejando entrar. Prefería tener delante a la hija de Julián y escuchar lo que él me había contado.
Era la primera vez que el nombre real de aquella mujer aparecía dentro de la casa de Celia.
—¿La conocías antes? —preguntó Isara.
—No en persona. Mi padre me enseñó fotografías suyas durante toda mi infancia. Decía que había destruido nuestra familia.
—¿Qué le preguntaste?
—Dónde estaba el registro. Y cuál de las seis era su hija.
Duna dejó de mover el pulgar.
—¿Qué respondió?
Aldara miró primero a ella y después a Isara.
—Dijo: «Mi hija se llamaba Lía. La mujer a la que llamáis Duna es probablemente la niña que parí».
El aire de la sala cambió, pero Duna no se movió.
—¿Probablemente? —preguntó Leire.
—Utilizó esa palabra. Dijo que el registro y una prueba biológica debían confirmarlo.
Isara agradeció que Celia hubiera dejado un margen incluso al final.
No había convertido su convicción en un certificado.
—¿Y sobre Isara? —preguntó Aldara, repitiendo su propia pregunta de aquella noche—. Le dije que entonces la mujer que había criado no era su hija.
Isara supo que la frase siguiente importaría antes de escucharla.
Aldara sostuvo su mirada.
—Celia me respondió: «No vuelvas a obligarme a elegir. Una es la hija que parí. La otra es la hija que crié. Las dos son mis hijas y ninguna te pertenece».
Isara bajó los ojos.
No porque dudara.