Capítulo 26 — La mujer sin máscara #4
Porque la voz de Celia apareció en la frase con una claridad que ninguna grabación había conseguido reproducir. La brusquedad, el rechazo a explicar más de lo necesario y aquella forma de convertir una respuesta íntima en una orden.
Duna respiró junto a ella.
La frase no las igualaba.
Tampoco las enfrentaba.
Reconocía dos vínculos distintos sin reducir ninguno a una copia.
—¿Por qué no buscó a Duna? —preguntó Cora.
Aldara respondió más despacio.
—Dijo que al principio la ocultó para protegerla.
Después, cuando Ofelia murió y Tomás perdió parte del control, ya no supo cómo presentarse en su vida y contarle que había utilizado a otra niña para salvarla.
Dijo que confundió durante años la protección con el derecho a decidir cuándo debía saberlo.
Duna cerró los ojos.
No era una absolución.
Era una culpa pronunciada por la persona que la había cometido.
—¿Sabía dónde vivía? —preguntó.
—Sí.
—¿Sabía que era maestra?
—Sí.
—¿Sabía que no tenía hijos?
Aldara dudó.
—Creo que sí.
Duna abrió los ojos.
—No vuelvas a decirme lo que crees. Solo lo que dijo.
Aldara asintió.
—Dijo que guardaba fotografías tuyas y que había asistido una vez, desde lejos, a una función del colegio.
Duna inclinó la cabeza.
—Eso es lo que dices que te contó.
—Sí.
—No está corroborado —recordó Lobo.
—Aunque lo estuviera, no fue protegerme —dijo Duna.
—No —respondió Isara.
Duna la miró.
—No quiero que la defiendas por mí.
—No lo haré.
La respuesta unió algo que no dependía de Celia.
Aldara apartó la vista.
—También le pregunté dónde estaba el registro.
—¿Te lo dijo? —preguntó Leire.
—Dijo que Emilia conservaba la copia que podía sacar a la luz. Que el original de Julián estaba en manos de Tomás y que ambos documentos debían compararse porque ninguno era completo por separado.
—El tubo que entregaste —dijo Lobo—. ¿Cuál contiene?
—La copia de Emilia. Ella la había ocultado en la cámara acorazada de la fábrica. Tomás la trasladó a la casa del embalse después de preparar la escenificación de las seis sillas. El cuaderno original sigue en la habitación seis.
La teniente se separó de la pared.
—En su declaración inicial dijo que desconocía si había otro registro.
—No estaba segura hasta que leí la primera página del tubo.
—¿Lo abrió?
—Solo lo suficiente para ver el encabezamiento. Después lo cerré.
—¿Cómo sabe que el original continúa en Fuente Fría?
Aldara miró la placa número seis, visible detrás del cristal de la puerta, dentro de una bolsa de custodia.
—Porque mi padre lo fotografió allí en 2004. Tomás recortó varias casillas de nombres, pero no pudo sacar el cuaderno completo. Está cosido al panel interior de la antigua puerta de la enfermería.
Isara recordó la observación de Elena: la puerta actual no era la original. La habitación seis había sido construida al dividir la enfermería. La puerta del pasillo y la escalera de servicio formaban parte de la alteración.
—¿Dónde está esa puerta? —preguntó.
—Tomás la ocultó detrás del tabique de la habitación seis durante la reforma posterior al incendio. La placa indica qué panel debe retirarse. Sin ella, todos parecen iguales.
No era otra dirección.
Era la habitación a la que todo conducía desde el principio.
Leire señaló el tubo.
—Entonces la copia de Emilia contiene las rutas reales y el cuaderno escondido conserva el plan anterior y sus modificaciones.
—Eso dijo Celia.
—¿Y los sobres de Tomás?
—Algunos nombres procedían de la hoja que arrancó. Otros los completó con suposiciones. Quería que las seis los leyerais antes de abrir el muro. Si aceptabais públicamente las identidades, podía presentar después cualquier diferencia como un error de Celia o de vuestra memoria.
Tomás no necesitaba destruir todas las pruebas.
Solo necesitaba fijar primero una versión suficientemente simple.
—¿Por qué lo ayudaste? —preguntó Nélida.
Aldara miró la mesa.
—Porque crecí oyendo que Celia había provocado el incendio, robado los documentos de mi madre y obligado a Julián a certificar muertes que no existían. Pensé que las seis erais la prueba de que ella había destruido vidas para salvar a su hija.
—¿Y ahora qué piensas? —preguntó Duna.
—Que mi padre firmó seis muertes utilizando el cuerpo de Mara. Que Tomás guardó pruebas durante treinta y siete años. Y que Celia participó en todo antes de intentar arreglarlo.
—Eso no responde.
Aldara levantó la vista.
—Pienso que ninguno de ellos merece que yo vuelva a mentir por su versión.
No era arrepentimiento.
Era la caída de una lealtad.
Isara comprendió que Aldara se había entregado cuando dejó de poder sostener la historia de su padre, no cuando comprendió el daño causado a las seis. Tal vez aquella comprensión llegaría después. Tal vez no.
—Has devuelto el registro porque Tomás te mintió —dijo—. No por nosotras.
—Sí.
La sinceridad resultó más dura que una excusa.
—Entonces no esperes que te agradezcamos nada.
—No lo espero.
—Ni que tu testimonio decida quiénes somos.
Aldara miró los seis nombres actuales.
—No.
La teniente dio por terminada la entrevista.
Ninguna pidió más tiempo.
Al levantarse, Duna se detuvo frente a Aldara.
—Celia pudo llamarme Lía cuando yo era niña —dijo—. Tú no volverás a hacerlo hasta que yo decida qué significa para mí.
Aldara asintió.
—Entendido.
—No. Entenderlo habría sido no usar nuestros nombres para llevarnos de un sitio a otro. Lo que vas a hacer ahora es obedecerlo.
Duna salió antes que las demás.
En el pasillo, Lobo les mostró de nuevo el tubo. El metal estaba abollado en un extremo y el cierre tenía restos de cera vieja. La etiqueta con la fecha se desprendía por una esquina.
—El equipo documental llegará a primera hora —dijo—. Fuente Fría seguirá cerrado hasta que tengamos la orden y podamos asegurar la estructura. La declaración de Aldara no basta para derribar un tabique.
—Pero la placa sí pertenece a la puerta —dijo Leire.
—Eso se comprobará.
—Y la copia de Emilia puede decirnos qué falta.
—Mañana.
No había otra cosa que pudieran hacer aquella noche.
Por primera vez, esperar no significaba obedecer a alguien.
Significaba permitir que una prueba llegara entera.
Regresaron a la pensión poco después de medianoche. La patrulla continuaba frente a la entrada, pero el pueblo parecía haber perdido parte de su amenaza. Aldara estaba detenida. Tomás también. Los mensajes, las cámaras y las voces reproducidas ya tenían una autora y un método.
El peligro del presente había adquirido límites.
El pasado seguía dentro de una pared.
Duna abrió el ordenador y volvió a mostrar la huella. Isara se sentó a su lado.
—¿Te ha servido escucharla? —preguntó.
Duna pensó la respuesta.
—Me ha servido oír que Celia no estaba segura sin una prueba.
—A mí también.
—Y me ha dolido que supiera dónde estaba.
—Sí.
—No quiero que eso se convierta mañana en una historia bonita sobre una madre que vigiló desde lejos para proteger a su hija.
—No lo será.
Duna señaló la huella.
—Si el análisis dice que soy hija de Celia, esto seguirá siendo verdad. Me escondió. Me buscó. No se presentó. Las tres cosas.
—Sí.
—Y tú seguirás siendo su hija.
Isara miró la línea de su nombre en la hoja común.
—Sí.
No necesitaron discutir cuál de las dos debía ocupar el lugar más cercano a Celia.
El lugar ya no era único.
Cora dejó sobre la mesa seis vasos de agua. Salma apagó la luz principal. Nélida cerró la ventana y Leire comprobó que la puerta quedara sin llave para Duna.
Antes de acostarse, Isara escribió una frase debajo de las seis firmas:
Aldara entregó la copia del registro. Ninguna identidad ha sido aceptada todavía.
Anotó la fecha y la hora.
10 de noviembre de 2026. 00:38.
Duna leyó la línea.
—Mañana puede cambiar todo.
Isara cerró la carpeta.
—Mañana cambiará lo que sepamos.
Los nombres permanecieron donde estaban.