Capítulo 26 — La mujer sin máscara #2
—Volvió el cinco de noviembre. Accedió por la despensa mientras Leire vigilaba la fachada y aprovechó que usted estaba en el dormitorio.
Tomó la fotografía desde el umbral, dejó la segunda caja en la cocina y salió por los jardines traseros.
Antes de marcharse, sujetó bajo el felpudo una fotografía antigua de Celia con Lía que Tomás conservaba.
Había raspado el rostro del bebé y escrito en el reverso la fecha y la frase sobre la puerta imitando la letra de Celia.
La cadena de la puerta principal permaneció puesta porque no utilizó esa salida.
—¿La pulsera y la cinta?
—La pulsera era una reconstrucción reciente hecha a partir de una fotografía conservada por Tomás.
La cinta era una copia de los fragmentos digitalizados que él guardaba en la antigua fábrica.
Aldara escribió la frase sobre Mara y la elección de Celia utilizando la versión incompleta que Tomás le había dado.
Salma apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿También abrió mi coche?
—Sí. Utilizó una cuña neumática y una varilla para accionar el cierre desde el aparcamiento del hospital.
Se llevó la caja después de que usted hubiera apartado la nota y la placa.
Tomás le había dicho que la caja de Leire contenía una cinta; el mensaje enviado desde la cuenta de Cora pretendía reunirlas y hacer que desconfiaran de quien la conservaba.
—La cámara del apartamento de Leire —dijo Salma.
—También.
Leire no levantó la vista de la declaración.
—¿Cómo supo dónde nos alojábamos?
—A través del ordenador de Cora. El adaptador que esta recogió en el laboratorio contenía un sistema de acceso remoto.
Aldara pudo consultar correos, contactos, reservas, notas de investigación y algunas fotografías sincronizadas.
La cámara tenía un módulo de datos móviles y enviaba imágenes fijas además de guardar vídeo en la tarjeta.
Así supo que Isara había entrado en el apartamento antes de que llegara Salma.
—¿Y la frase? —preguntó Duna—. «La hija de Celia ya está dentro».
—No sabía quién era la hija de Celia. Tomás tampoco podía demostrárselo. La programó porque había tres mujeres dentro y cualquiera de las tres podía empezar a sospechar de las otras.
Cora cerró los ojos.
La explicación ya se había anticipado, pero escucharla como un hecho confirmado le hizo encoger los hombros.
—Yo le di las direcciones.
—No —dijo Isara.
Cora abrió los ojos.
—Las obtuvo de mi ordenador.
—Porque instaló algo sin que lo supieras. Tú reuniste información. Ella decidió usarla para entrar, seguirnos y asustarnos.
—Si yo no hubiera entrado en el laboratorio...
—Habría buscado otra vía —intervino Lobo—. Ya había accedido a las casas de Emilia y Celia antes de que usted encontrara ese adaptador. Su ordenador amplió el alcance; no inició el plan.
Cora no respondió, pero volvió a abrir la libreta.
—Los mensajes —dijo.
—Aldara los envió desde sus cuentas o simulando números ajenos.
Tomás le entregó un croquis de la fila norte donde el sexto memorial aparecía asociado a la ruta de Celia y le contó que Nélida había enterrado allí la placa de Mara.
Aldara siguió a Nélida la mañana en que fue a comprobarla, esperó a que se marchara, desenterró la pieza y la dejó casi en la superficie para que Salma la encontrara.
También colocó entre las raíces la tapa de objetivo que Cora había perdido en el laboratorio.
Más tarde, en Fuente Fría, instaló un pequeño altavoz dentro de un armario y preparó una grabación de Celia para que se activara al detectar movimiento.
Nélida apoyó las manos sobre la mesa.
—La voz que dijo mi nombre.
—Era una grabación.
La respuesta no eliminó lo que Nélida había sentido dentro del humo. Solo devolvió la voz a un dispositivo y la intención a una persona viva.
—¿Provocó el incendio? —preguntó Salma.
—Sí. Había seguido a Elena hasta Fuente Fría y sabía que ustedes continuaban reunidas en Valdecierzo.
Colocó papeles y restos fotográficos dentro de un recipiente metálico y utilizó un iniciador de combustión lenta.
Calculó que el humo sería visible desde el pueblo, que ustedes se acercarían y que la presencia real de Elena dentro del laboratorio dirigiría la sospecha hacia la familia Valcárcel.
Creía que el fuego quedaría limitado al recipiente.
—Un fuego dentro de un edificio abandonado no queda limitado porque alguien lo crea —dijo Salma.
—Se le imputarán los hechos conforme a lo que determine la investigación.
—¿Cómo consiguió que Nélida oyera la voz después de que el coche se marchara? —preguntó Isara—. Los bomberos no encontraron a nadie más.
La teniente mostró un plano de Fuente Fría.
—Aldara entró por la planta superior, instaló el altavoz con un sensor de movimiento y descendió al laboratorio.
Encendió el recipiente y tomó una bolsa negra con material que pretendía retirar.
Fue la persona que ustedes vieron salir por la puerta lateral y perseguir hasta el vehículo gris.
Cuando Nélida se acercó al armario y la grabación se activó, Aldara ya estaba en el camino de servicio.
Lobo pasó a la fotografía del contenido de la bolsa.
—Dentro había copias de fichas, sobres fotográficos vacíos y dos rollos velados. No contenía el registro, documentos originales ni los negativos de la pensión.
—Entonces Elena seguía dentro —dijo Cora.
—Sí. Había entrado por separado para recuperar los negativos indicados por Emilia. Salió más tarde por la escalera de servicio y la zanja de drenaje del lado norte. La quemadura de su mano se produjo al apartar un travesaño caído.
—Aldara sabía que veríamos a Elena como responsable —dijo Isara.
—Ese era el objetivo. La marca pintada, la empresa Valcárcel y la presencia real de Elena dentro del laboratorio formaban una imagen suficientemente convincente para que ustedes dejaran de mirar en otra dirección.
Isara pensó en la mejilla pálida que había visto dentro del coche gris. Había querido reconocer a Adriana, luego a Emilia, después a Elena. Aldara no se había limitado a esconder su rostro. Había fabricado uno con piezas de otras mujeres y había esperado que ellas terminaran el trabajo.
—¿El coche gris era suyo? —preguntó Leire.
—Estaba alquilado con documentación falsa. Lo abandonó esa misma tarde.
—¿Qué hizo Tomás?
—Le proporcionó acceso a archivos, identidades y propiedades.
Preparó los seis sobres y la escenificación de la cámara acorazada.
Colocó las fotografías sobre las sillas, fijó bajo ellas placas de mobiliario de Fuente Fría y sujetó temporalmente el número seis bajo el último asiento.
También dejó abierta la caja de productos fotográficos para activar el protocolo de seguridad y retrasar la inspección.
Después retiró de nuevo la placa, fotografió la escenificación y trasladó la copia de Emilia y el número seis a la casa del embalse.
Aldara afirma que él dirigía la parte destinada a responsabilizar a Celia.
Ella se ocupaba de obligarlas a reunirse y revelar qué información había dejado Celia a cada una.
—No eran el mismo plan —dijo Duna.
—No exactamente —respondió Lobo—. Tomás quería una versión cerrada antes de que apareciera el registro. Aldara quería encontrar el registro antes de aceptar la versión de Tomás.
—Y nos utilizó para localizarlo —dijo Isara.
La teniente asintió.
—Cada vez que ustedes descubrían una ruta o una pieza, ella comprobaba qué parte del plan de Celia conocían. Los mensajes pretendían acelerar ese proceso y enfrentar sus recuerdos.
—¿Por qué se apartó de Tomás? —preguntó Cora.
Lobo señaló el tubo metálico.
—En la casa del embalse encontró los sobres que Tomás había preparado.
Reconoció que dos de los nombres mecanografiados no coincidían con lo que Julián le había contado de niña.
Registró la habitación de Tomás, recuperó el tubo y tomó la placa.
Él intentó impedírselo. La discusión ocurrió antes de que llegara la policía.
—¿Tomás sabía que se las había llevado?
—Sí.
—Por eso no dijo dónde estaban —respondió Leire—. Ya no las tenía.
La teniente giró una fotografía del tubo.
En el lateral se distinguía una etiqueta antigua, casi borrada:
SALIDAS / 19-XI-89.
Debajo aparecían dos firmas.
Una era de Celia.
La otra, de Julián Vega.
—¿Lo han abierto? —preguntó Duna.
—No. El cierre está oxidado y hay indicios de humedad. Lo hará el equipo de conservación documental para no destruir el contenido. Mañana por la mañana sabremos si realmente contiene el registro.
Cora señaló la placa.
—¿Y el número seis?
—Es la placa original de la puerta. Aldara la retiró de la bolsa de Tomás. No parece contener ningún mecanismo ni compartimento.
Un objeto podía ser solo un objeto.
Isara agradeció aquella ausencia de truco.
—¿Por qué se ha entregado? —preguntó Salma.
—Afirma que Tomás habría dicho que ella falsificó el registro si la policía lo encontraba en su poder. Quería depositarlo antes de que él pudiera construir esa versión. También dice que ya no podía acceder a la habitación seis sin ser detenida.
—Eso no explica por qué quiere hablar con nosotras —dijo Nélida.
La teniente cerró la carpeta.
—Dice que Celia le dio una respuesta que ninguna de ustedes conoce.
Isara sintió que el miedo regresaba de forma más precisa.
No hacia Aldara.
Hacia una frase pronunciada junto a una cama y conservada por la persona menos adecuada.
—¿Cuándo? —preguntó.
—La última noche que pasó en su casa.
Duna la miró.
La muestra de Celia seguía en el hospital. El resultado genético tardaría. El registro permanecía dentro de un tubo sin abrir. Aldara podía ofrecer una certeza inmediata, precisamente el tipo de certeza que las seis habían aprendido a rechazar.
—No es una prueba —dijo Isara.
—No —respondió Lobo—. Es un testimonio de una persona detenida que ha mentido, suplantado una identidad y cometido varios delitos. Deciden ustedes si quieren oírlo.
Leire cerró la libreta.