Las niñas de la habitación seis Capítulo 26 — La mujer sin máscara
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Capítulo 26 — La mujer sin máscara

La copia de la huella llegó a la pensión a las diez y veintisiete de la noche.

La teniente Lobo la había enviado en un archivo protegido, acompañada por una advertencia: el cotejo seguía siendo preliminar y la imagen no podía publicarse ni utilizarse fuera de la investigación. Leire leyó las condiciones en voz alta antes de que Duna introdujera la contraseña.

En la pantalla apareció el pulgar de una niña.

No el rostro. No un nombre escrito por un adulto. No una prenda que hubiera pasado de unas manos a otras.

Solo un dibujo de líneas negras, incompleto en el borde y algo deformado por la presión.

Duna no pidió imprimirlo.

Acercó dos dedos al panel táctil y amplió la zona central. La bifurcación, las terminaciones paralelas y la pequeña isla lateral ocupaban casi toda la pantalla.

—No recuerdo haber puesto el dedo ahí —dijo.

—No necesitas recordarlo para que haya ocurrido —respondió Salma.

Duna mantuvo la vista en la imagen.

—Eso es lo raro. Durante toda mi vida me han dicho cosas que ocurrieron y que no recuerdo. El accidente. El hospital. La familia que murió. Ahora aparece una cosa verdadera y tampoco la recuerdo.

—La diferencia es que esta puede comprobarse —dijo Leire.

—La diferencia es que no intenta contarme cómo me sentía.

Isara estaba sentada al otro lado de la mesa. Había dejado la chaqueta gris de Celia dentro de la maleta y llevaba un jersey negro que había comprado años atrás para trabajar en invierno. No significaba nada. No había pertenecido a nadie antes que a ella.

Miró la huella.

La niña de la huella había llegado al convento como Lía. Días después, el expediente comenzó a llamarla Duna, y ella había vivido con ese nombre desde entonces.

Entre ambas existía continuidad, pero no obediencia.

—¿Quieres que cerremos el archivo? —preguntó.

Duna negó.

—Quiero mirarlo hasta que deje de parecer la mano de otra niña.

Cora ocupaba el alféizar, con la libreta cerrada sobre las rodillas.

Desde la declaración conjunta de las cinco de la tarde apenas había escrito.

Nélida estaba tumbada sobre una de las camas, vestida todavía, y Salma revisaba por tercera vez el vendaje de la rodilla de Isara aunque ya no era necesario.

Leire había colocado junto a la puerta la hoja firmada por las seis.

La habitación olía a café recalentado y a ropa húmeda.

No habían celebrado el final de nada.

Tomás estaba detenido, pero el registro continuaba desaparecido.

Aldara conservaba la placa de la habitación seis y había demostrado que podía entrar en sus casas, utilizar sus cuentas y activar grabaciones o fragmentos de voces de mujeres muertas.

La confirmación de la ruta de Duna no reducía aquel peligro.

Solo impedía que Tomás pudiera utilizar uno de sus sobres para fingir que se lo revelaba.

A las diez y cuarenta y uno, el teléfono de Isara vibró.

Era la teniente.

—Necesito que vengan al puesto —dijo sin saludo—. Las seis.

Isara se puso en pie.

—¿La han encontrado?

Las demás dejaron de moverse.

—Se ha presentado voluntariamente hace veinte minutos en una estación de servicio de la autovía. Llevaba la placa número seis y un tubo metálico que puede contener el registro.

Duna cerró el ordenador.

—¿Está detenida?

—Sí.

—¿Está sola?

—Sí.

—¿Tomás sabía que iba a entregarse?

—Eso tendremos que preguntárselo.

Isara miró a las otras cinco.

—¿Por qué nos necesita allí?

—Aldara ha dado una primera declaración. Ha reconocido hechos que las afectan directamente y solicita hablar con ustedes. No accederé si alguna no quiere. Tampoco estarán a solas con ella ni podrá condicionar la entrega de las pruebas. El tubo y la placa ya están bajo custodia.

La mujer que había utilizado sus recuerdos ya no conservaba nada con lo que negociar.

Aun así, Isara sintió el impulso de negarse.

No quería que Aldara pronunciara delante de ellas una versión nueva de sus nombres. No quería escuchar otra explicación construida para convertir a Celia, Emilia o Mara en una pieza dentro del relato de alguien más.

Cora bajó del alféizar.

—Yo voy.

—No ha preguntado quién va —dijo Leire—. Ha preguntado si alguna se opone a que hable ante las seis.

—No me opongo.

Salma negó también. Nélida tardó unos segundos. Duna fue la última en mirar a Isara.

—Puede saber lo que Celia dijo antes de morir.

Precisamente por eso Isara temía escucharla.

—Vamos —respondió.

La patrulla que vigilaba la pensión las llevó hasta el puesto. Ninguna tomó su propio coche. En el trayecto, Duna cerró el archivo protegido, guardó el portátil en su mochila y Cora dejó el teléfono apagado en el bolso.

Valdecierzo estaba casi desierto. La plaza conservaba las luces encendidas, pero los periodistas se habían marchado y solo quedaban dos furgonetas aparcadas frente al ayuntamiento.

El incendio, la detención de Tomás y los movimientos policiales habían convertido el pueblo en un lugar observado durante el día y abandonado por la noche.

La teniente las esperaba en el pasillo.

—Antes de verla —dijo—, tienen que saber qué ha entregado y qué ha admitido.

Las condujo a una sala distinta, más pequeña, donde habían colocado un monitor sobre una mesa rectangular. Encima descansaban varias fotografías tomadas en la estación de servicio.

Aldara aparecía junto a un surtidor, sin mascarilla y con las dos manos visibles. Llevaba una chaqueta oscura, vaqueros y el cabello recogido. En el suelo, a sus pies, había una bolsa de lona verde y un tubo metálico de unos cuarenta centímetros.

La mano izquierda no tenía una mancha.

Solo restos irregulares de pigmento oscuro alrededor de las uñas y en el pliegue de la muñeca.

—Era maquillaje —dijo Salma.

—Un producto resistente al agua utilizado en caracterización —respondió Lobo—. Lo aplicaba sobre el dorso y la muñeca para reproducir aproximadamente la marca de Emilia.

Nélida observó la fotografía.

—Quería que la recordáramos.

—Quería que asociaran lo que ocurría en el presente con la mujer de Fuente Fría —dijo la teniente—. Ha reconocido que conocía los relatos de su padre y que estudió las fotografías conservadas por Tomás.

—¿También llevaba el silbato de Emilia? —preguntó Duna.

Lobo señaló otra imagen. Sobre una bolsa transparente aparecía la pequeña cápsula oscura que habían visto al cuello de la falsa cuidadora.

—Lo tomó de la casa de Emilia durante su último turno.

Cora apretó la mandíbula.

—Mi madre le dio la llave creyendo que la protegería.

—Sí.

—Y ella le robó mientras se moría.

La teniente no suavizó la respuesta.

—Sí.

Leire abrió la libreta.

—¿Qué hechos ha reconocido exactamente?

Lobo colocó delante de ellas una copia de la declaración inicial. No permitió que la tocaran todavía.

—Utilizó la documentación de Cira Berrocal Martín para trabajar como cuidadora de Emilia y, después, de Celia.

Tomás conservaba copias digitalizadas del expediente que Cira había presentado dos años antes a Servicios Asistenciales del Norte, empresa vinculada al contrato sanitario de Valcárcel Patrimonio.

Proporcionó esas copias y las referencias falsas.

Aldara se presentó a los turnos, accedió a ambas viviendas y fotografió documentos, notas y objetos.

Isara recordó la puerta del dormitorio cerrándose detrás de ella.

Cora dejó el lápiz sobre la mesa.

—¿Fuiste tú quien me envió el sobre del cuatro de octubre?

—Sí —respondió Lobo por ella—. Aldara lo ha reconocido, y el sobre y los originales que Cora conservó en la caja de seguridad coinciden con lo descrito en su declaración.

Mientras cuidaba a Emilia encontró una referencia al compartimento fotográfico de Fuente Fría y supo que Cora investigaba las inscripciones.

Le envió el plano, la fotografía de la puerta lateral y la frase sobre el lugar donde Celia revelaba los nombres.

—¿Cortó la cadena?

—Sí. Preparó la entrada, colocó junto al escáner el lector de tarjetas modificado y esperó dentro del edificio. Fue quien tomó la fotografía de Cora entrando y quien la dejó después en el parabrisas con la frase «La séptima no necesita permiso».

—¿También colocó la ampliación y las hojas de contactos? —preguntó Isara.

—No. Esos materiales habían sido escondidos por Celia en 2004. Aldara conocía el compartimento por las notas de Emilia, pero no sabía qué contenía. Quería que Cora lo abriera, infectar su ordenador y observar qué conclusiones extraía.

—Eso ocurrió antes de que Celia muriera —dijo Leire.

—Sí. Fue una investigación paralela de Aldara, todavía no la operación posterior dirigida por Tomás. Según su declaración, no le informó de esa primera entrada porque quería comprobar por sí misma si él le había contado toda la verdad.

Isara comprendió por qué la trampa había precedido a las cajas. Aldara no había esperado a que muriera Celia para buscar el registro. Había utilizado a Cora como llave antes de saber qué puertas abrirían las demás.

—¿Leyó la carta para las seis?

—Afirma que no la encontró. Sí fotografió borradores, listas de direcciones y varias instrucciones parciales que Celia conservaba en una carpeta azul.

—Por eso las notas parecían pertenecer al plan y, al mismo tiempo, lo contradecían —dijo Leire.

—Las advertencias incluidas por Celia en los envíos originales eran auténticas. Aldara añadió después notas, objetos y mensajes construidos con frases tomadas de borradores o conversaciones sin conocer el conjunto.

—¿Entró en casa después de que Celia muriera? —preguntó Isara.

—Dos veces. Al anochecer del tres de noviembre utilizó una copia de la llave que conservaba de los cuidados. Introdujo en el armario la caja que Elena había dejado horas antes en el porche, revisó los documentos de Celia e instaló una cámara en el dormitorio.

Isara recordó el coche oscuro junto al contenedor.

—¿Y la noche en que encontré el vestido?