Capítulo 25 — La huella de Lía #3
Isara comprendió que lo había hecho.
—Entonces haz lo que necesites.
—Eso está mejor.
Lobo cerró las imágenes y abrió otra carpeta.
—El hospital ha confirmado que conserva material anatomopatológico de Celia Luján. Voy a solicitar que no se destruya ni se altere mientras se tramita la autorización. No puedo prometer cuándo tendremos un resultado.
Duna respiró despacio.
—No necesito que sea hoy.
Por primera vez parecía verdad.
La huella había reducido la urgencia. No porque resolviera el parentesco, sino porque había devuelto continuidad a una niña que hasta aquella mañana existía dispersa entre un recuerdo, una palabra en un cuaderno y la ruta de una piedra vacía.
Antes de que salieran, Lobo pidió a Isara que se quedara unos minutos.
Las demás esperaron en el pasillo.
—Tomás ha ampliado su declaración —dijo la teniente cuando cerró la puerta—. No ha revelado dónde está Aldara ni dónde guarda el registro.
—Entonces no ha ampliado mucho.
—Ha reconocido algo relacionado con la fotografía de la pensión.
Isara no se sentó.
—¿Qué?
—Afirma que Celia sabía que la niña que llevaba el vestido de Mara no era su hija.
La frase no la sorprendió. La carta de Celia ya lo había dicho de otra forma: una fue su hija y otra vivió con ella.
—Eso ya lo sabemos.
—Tomás sostiene que Celia eligió llevarla consigo porque Ofelia había identificado a Lía como la menor que podía vincular a la fundación con las falsificaciones de 1984.
Si Celia salía con su hija biológica, la buscarían.
Si salía con otra niña bajo el mismo nombre, Lía podía desaparecer en la ruta del convento.
Isara apoyó una mano en el respaldo de la silla.
Si la declaración de Tomás era cierta, no describía una sustitución emocional.
Describía una maniobra.
Celia habría utilizado sobre otra niña la identidad legal con la que habían declarado muerta a Lía: una Isara visible junto a ella y la niña llamada Lía devuelta al convento, donde días después sería registrada como Duna.
—¿Tomás dice que ayudó a organizarlo?
—Dice que se opuso. Afirma que Ofelia aceptó porque pensaba recuperar después a ambas menores. También sostiene que Celia destruyó la parte del registro que vinculaba los nombres originales con las rutas.
—Tomás sostiene siempre la versión en la que todos hicieron algo menos él.
—Sí.
—¿Por qué me lo cuenta a mí sola?
—Porque no es una prueba. Es una declaración que le afecta de forma directa y que después conocerán las demás. Quería advertirle antes de que él intente utilizarla para enfrentarla con Duna.
Isara miró la puerta.
Al otro lado, Duna esperaba con una huella que demostraba que había respondido a Lía antes de que Tomás firmara el cambio a Duna Rivas.
—No puede enfrentarnos con eso —dijo.
—Puede intentarlo.
—No estoy viviendo la vida que le correspondía a ella.
—Eso tendrá que decírselo también a sí misma cuando aparezcan más documentos.
La teniente no lo dijo con dureza.
Isara pensó en la fotografía de la pensión. Celia sujetando a una niña vestida con la ropa de Mara, Tomás detrás de la cámara y Ofelia junto a él. La niña había sido convertida en una señal visible para proteger a otra.
Aquello no disminuía la vida que vino después.
Pero explicaba por qué Celia había tardado tantos años en contarle la verdad. Admitirla significaba reconocer que, desde el principio, su hija de crianza había sido también parte de una estrategia.
—¿Aldara conoce esta versión? —preguntó.
—Tomás dice que sí. Julián se la contó durante años como prueba de que Celia manipuló a las niñas y destruyó la investigación.
—Entonces cree que Duna y yo somos la demostración de que Celia fue culpable.
—Probablemente.
Isara abrió la puerta.
Las cinco mujeres levantaron la cabeza.
No había tiempo para decidir si la declaración de Tomás era cierta antes de compartirla. La regla seguía vigente.
—Ha dicho que Celia sabía cuál de nosotras era Lía —explicó—. Y que salió conmigo bajo el nombre Isara para que la niña registrada como Lía pudiera regresar al convento sin quedar públicamente vinculada a ella y convertirse después en Duna.
Duna no pareció sorprendida.
—Eso encaja.
—Puede encajar y ser mentira.
—Sí.
—También significa que Celia me utilizó para protegerte.
El pasillo quedó en silencio.
Duna se acercó.
—¿Quieres que diga que lo siento?
Isara negó.
—No fue tu decisión.
—Tampoco la tuya.
—No.
Duna miró sus manos.
—Entonces somos dos niñas a las que colocaron en lugares distintos para que los adultos pudieran ganar tiempo.
Isara sintió que la frase retiraba algo de Tomás de la historia.
No una elegida y una reemplazada.
No una hija verdadera y otra utilizada.
Dos niñas.
Dos salidas.
Dos vidas que después nadie tuvo derecho a ordenar por importancia.
Cora abrió la puerta exterior del puesto.
Las cámaras continuaban en la plaza, pero la tarde había empezado a oscurecer. Sobre los tejados, las primeras luces se encendían una a una.
Duna salió junto a Isara.
Antes de cruzar hacia la pensión, levantó el pulgar derecho y observó las líneas invisibles de la yema.
—Lía llegó al convento —dijo.
No dijo yo era Lía .
Todavía no.
Isara comprendió que no era una duda.
Era la forma que Duna había elegido para recibirla.