Las niñas de la habitación seis Capítulo 25 — La huella de Lía #2
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Capítulo 25 — La huella de Lía #2

La menor que había ingresado como Lía aparecía ahora como:

Duna Rivas.

Responsable del cambio: Fundación Santa Lucía.

Motivo: Error de identificación durante situación de emergencia.

En la parte inferior figuraba la firma de Tomás Valcárcel como representante administrativo y un sello de Ofelia.

—Ofelia estaba oficialmente hospitalizada —dijo Leire.

—El sello no demuestra que lo utilizara ella —respondió Lobo.

—Pero Tomás sí firmó.

—Sí.

La ficha añadía una dirección de acogida temporal que coincidía con el domicilio de la familia Rivas.

Duna leyó el nombre actual durante varios segundos.

—Me recogieron el veintinueve —dijo—. Siempre celebraban ese día como si fuera mi cumpleaños de verdad.

—¿No conservabas documentación de la acogida? —preguntó Berta.

—Una resolución de 1992. Decía que había estado bajo tutela sanitaria desde el accidente.

Leire comparó las fechas.

—La resolución posterior borró el convento y convirtió una acogida irregular en tutela continuada.

—Sí —dijo Duna—. Eso hicieron.

No preguntó si los Rivas habían conocido el nombre Lía. La ficha no podía responderlo.

Berta colocó la última copia.

Era una fotografía pequeña grapada al expediente.

Mostraba a una niña sentada en una silla de madera, con el cabello cortado a la altura de las orejas y una manta sobre las piernas.

La cruz de la pared era la misma de la fotografía encontrada en la cámara acorazada, pero la postura no coincidía.

En aquella imagen, la niña sostenía una taza. En esta miraba hacia la puerta.

El rostro estaba intacto.

Duna no dijo que se reconociera.

Isara tampoco buscó parecidos.

La fotografía había sido tomada después de que alguien escribiera Lía y antes de que otro adulto sustituyera el nombre por Duna. El rostro no necesitaba demostrar más que eso.

—¿Qué pone detrás? —preguntó Nélida.

Berta giró la copia.

No responde a Duna. Responde a Lía y a “la de fuera”.

La anotación no llevaba firma.

—La letra parece la misma de las observaciones iniciales —dijo Berta—, pero solo el original permitirá comprobar la tinta, la presión y si se escribió en la misma época.

Duna apoyó las manos sobre la mesa.

—No quiero que me llaméis Lía.

Nadie había intentado hacerlo.

Aun así, todas escucharon la necesidad que contenía la frase.

—No todavía —añadió—. Puede que fuera mi nombre. Puede que lo dijera porque Celia me llamaba así. Pero Duna es el nombre con el que he vivido. No quiero salir de aquí y sentir que debo volverme hacia dos voces distintas.

—No tienes que elegir —dijo Isara.

Duna la miró.

—Tú también dices eso porque quieres conservar Isara.

La frase habría resultado cruel en boca de otra persona. En la de Duna era una pregunta sin interrogación.

—Sí —respondió Isara—. Quiero conservarlo.

—Aunque fuera mío antes.

—Aunque fuera tuyo antes.

Cora bajó la cabeza. Salma miró hacia la ventana. Leire dejó el lápiz sobre la mesa.

Isara continuó:

—No necesito que renuncies a Lía para seguir siendo Isara. Y tú no necesitas que yo deje mi nombre para saber quién fuiste.

Duna la observó durante unos segundos.

—Eso no cabe en un registro civil.

—Entonces el registro civil tendrá que quedarse corto.

Una sonrisa mínima apareció en la boca de Duna.

La teniente permitió que descansaran mientras la unidad de identificación revisaba la imagen de la huella. Berta se marchó para acompañar el traslado del original. Antes de salir, pidió hablar con Duna a solas. Duna negó.

—Puede decirlo delante de ellas.

Berta sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Siento haber tardado en encontrarlo.

—Usted no lo escondió.

—No. Pero estaba en un archivo que se suponía que debíamos conocer.

—Yo estaba en una vida que se suponía que debía conocer —respondió Duna—. Ninguna de las dos la vimos antes.

Berta asintió y se marchó.

Poco después de las dos, les permitieron regresar a la pensión con la condición de permanecer localizables. La comparación podía tardar horas y Tomás aún no había comenzado la ampliación de su declaración.

Comieron en el comedor vacío.

El dueño había apartado a los periodistas y cerrado las cortinas, pero las voces llegaban desde la plaza. Alguien pronunciaba Fuente Fría ante una cámara. Otra persona preguntaba cuántas supervivientes había. Cora no se acercó a escuchar.

Duna desmenuzó el pan sin comerlo.

—¿Cómo se pide una prueba biológica? —preguntó de pronto.

Leire dejó el tenedor.

—¿Con Celia?

Duna asintió.

Isara sintió que el estómago se le cerraba, aunque había esperado la pregunta desde el certificado de 1984.

—No quiero exhumarla —dijo Duna.

—Puede que no sea necesario —respondió Salma—. Si tuvo biopsias o una intervención, el hospital puede conservar bloques de tejido.

—La operaron el año pasado —dijo Isara—. Le hicieron una biopsia antes del tratamiento.

Todas la miraron.

La enfermedad de Celia acababa de adquirir otra función. Una parte de su cuerpo podía seguir almacenada en un laboratorio, identificada con un número que esta vez sí correspondía a la mujer correcta.

Leire habló con cautela.

—El hospital no entregará una muestra sin autorización. Tendríamos que solicitar su preservación y justificar el análisis dentro de la investigación. Isara es familiar legal, pero una prueba de filiación con una persona fallecida requiere garantías adicionales.

—¿Tú lo autorizarías? —preguntó Duna.

La pregunta se dirigía solo a Isara.

Ella pensó en Celia bajo la sábana del hospital, en la chaqueta gris, en las cartas y en la frase escrita para la mujer que vivió con ella.

Durante días había defendido el derecho de Duna a no aceptar una identidad impuesta.

Ahora podía convertirse en quien le negara una respuesta por miedo a compartir a su madre.

—Sí.

Duna no pareció aliviada.

—No quiero que lo hagas porque te sientas culpable.

—No me siento culpable.

No era completamente cierto. Sentía miedo, celos y una forma de dolor que no quería nombrar. Pero la decisión no procedía de ellos.

—Quiero que puedas saberlo —dijo—. Y quiero saberlo yo también.

—¿Qué cambiaría para ti?

Isara miró el plato intacto.

—Dejaría de imaginar a la hija de Celia en cada una de vosotras.

Cora levantó los ojos.

La confesión resultaba menos generosa que la autorización, pero más honesta.

—Entonces lo pediremos —dijo Duna—. No hoy si no se puede. Pero lo pediremos.

—Con una condición —añadió Isara.

Leire la miró.

—Quiero que, en cuanto el procedimiento lo permita, nos informen a las seis de forma coordinada y antes de cualquier comunicación pública. Y que el resultado no se convierta automáticamente en un cambio de nombre.

—Podemos solicitar la comunicación conjunta y la confidencialidad —dijo Leire—. No podemos impedir que las partes personadas accedan al informe cuando corresponda ni decidir nosotras el calendario judicial.

—Pero sí impedir que se utilice como anuncio o como bautizo —respondió Isara.

Cora apoyó la mano sobre la mesa.

—De acuerdo.

Salma y Nélida hicieron lo mismo. Leire asintió. Duna fue la última.

No estaban votando la identidad de una mujer.

Estaban decidiendo cómo recibir una información capaz de cambiar la historia sin permitir que volviera a gobernarlas.

A las cuatro y diez, la teniente llamó.

Regresaron caminando porque el puesto se encontraba al otro lado de la plaza.

Las cámaras se giraron hacia ellas. Cora mantuvo la cabeza alta, pero no aceleró.

Salma caminó junto a Duna. Nélida llevaba la chaqueta gris de Celia doblada sobre el brazo porque Isara había olvidado recogerla de la silla.

Dentro, Lobo las condujo a una sala más pequeña.

No estaba la pizarra ni los sobres de Tomás. Solo un ordenador, la copia ampliada de la huella de 1989 y el registro digital de las impresiones tomadas aquella mañana.

—El original aún no ha llegado —dijo—. Por eso el informe definitivo deberá esperar. Pero la imagen de archivo tiene resolución suficiente para una comparación preliminar.

Duna permaneció de pie.

—¿Coincide?

La teniente no alargó la respuesta.

—Sí.

Isara sintió que la palabra atravesaba la sala y se detenía delante de Duna sin tocar a ninguna de las demás.

Lobo amplió las dos imágenes.

La huella infantil estaba deformada por la presión y por el deterioro del soporte. La actual mostraba las líneas con nitidez. El programa había señalado numerosas minucias concordantes y la especialista no había encontrado ninguna divergencia incompatible.

—La comparación preliminar indica que pertenecen al mismo pulgar —continuó—. El cotejo con el original permitirá medir la calidad de cada detalle y emitir el informe formal.

Duna miró las líneas.

—Entonces estuve allí.

—Sí.

—Y dije que me llamaba Lía.

—La ficha lo recoge así.

—No me lo pusieron después.

—No según ese documento.

La teniente dejó un espacio antes de añadir:

—Esto no demuestra por sí solo que fuera hija biológica de Celia Luján. Demuestra que la menor que ingresó en el convento como Lía fue trasladada días después bajo el nombre Duna Rivas y que esa menor es usted.

Duna asintió.

No lloró.

Se sentó frente a la pantalla y observó su huella infantil como si pudiera reconocer el momento en que la había dejado.

Isara imaginó una mano pequeña presionada contra tinta negra, una mujer sujetándole la muñeca y una niña que quizá no entendía por qué necesitaban su dedo después de que ya hubiera dicho su nombre.

—¿Puedo tener una copia? —preguntó Duna.

—Cuando el documento quede incorporado y con las restricciones correspondientes.

—No quiero la ficha completa. Solo la huella.

Lobo la miró.

—Veré qué puedo hacer.

Duna apoyó el pulgar derecho sobre la mesa, junto a la imagen ampliada.

Las líneas no podían decir quién era su madre.

No sabían a qué canción respondía, qué puerta había cerrado ni qué nombre habría elegido de adulta si nadie hubiera intervenido.

Solo afirmaban que la niña de aquella madrugada había llegado hasta ella.

—Voy a seguir llamándome Duna —dijo.

—Sí —respondió Isara.

—Y quiero pedir la prueba de Celia.

—Sí.

Duna levantó la vista.

—No tienes que contestar a todo como si te estuviera pidiendo permiso.