Capítulo 25 — La huella de Lía
La llamada de Berta Mendiola llegó cuando aún estaban en el aparcamiento del garaje municipal.
Isara vio el nombre en la pantalla de la teniente Lobo y pensó en el archivo de Valdecierzo: cajas grises, carpetas comidas por la humedad y una mujer que parecía pedir perdón cada vez que entregaba un documento que alguien había ocultado antes de que ella empezara a trabajar allí.
Lobo se apartó unos pasos para responder. Escuchó sin interrumpir, miró una vez hacia Duna y pidió que enviaran las imágenes por un canal seguro.
—¿Qué ha encontrado? —preguntó Leire cuando terminó.
—Un registro de ingreso del convento de Santa Lucía.
Duna no reaccionó.
La frase no contenía todavía su nombre, pero todas sabían qué ruta representaba aquel lugar.
En las fotografías de la cámara acorazada, el símbolo del convento aparecía detrás de la identidad Duna Rivas.
En el cuaderno de Mara, Lía estaba fuera.
En la nota de Emilia, la hija de Celia había salido por la puerta norte y había sido llevada a un convento.
Tres elementos distintos empezaban a acercarse demasiado.
—¿De qué fecha? —preguntó Isara.
—Veinte de noviembre de 1989. Poco después de las cuatro de la madrugada.
Duna miró la furgoneta a través de la puerta abierta del garaje.
Mara había llegado al hospital alrededor de las dos. Nélida y la tercera niña continuaron con Emilia. La niña de la puerta norte había alcanzado el convento antes del amanecer.
—Quiero verlo —dijo Duna.
Lobo negó.
—Lo veremos en el puesto. Primero deben terminar aquí y la documentación tiene que comprobarse.
—¿Qué pone?
—Todavía no voy a leerle un resumen por teléfono de una ficha que no he examinado completa.
Duna asintió.
No insistió, pero durante el trayecto de regreso mantuvo las manos apoyadas sobre las rodillas, con los dedos separados, como si intentara no agarrarse a nada.
Isara viajó junto a ella en el coche de Leire. Salma ocupaba el asiento delantero. Cora y Nélida iban detrás con una patrulla.
Nadie preguntó a Duna qué esperaba encontrar.
La carretera descendía hacia Valdecierzo entre árboles sin hojas. El sol de aquella mañana había desaparecido detrás de una capa de nubes finas, y la luz ya no llegaba desde un punto concreto. Todo parecía iluminado por igual: los campos, las cunetas, las casas aisladas.
Isara pensó que algunas verdades aparecían así. No como un foco sobre una persona, sino como una claridad que obligaba a mirar de nuevo el paisaje completo.
—¿Recuerdas el convento? —preguntó Salma.
Duna tardó.
—Recuerdo una cruz. Una sopa muy clara. Una mujer que me cortó el pelo porque olía a humo.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí?
—No lo sé. Mis primeros recuerdos con los Rivas empiezan en invierno. Hay nieve en uno y un árbol de Navidad en otro.
Leire miró por el retrovisor.
—¿Te dijeron de dónde venías?
—De un hospital de otra provincia. Que había perdido a mi familia en un accidente.
—¿Nunca mencionaron un convento?
—No.
Salma se volvió lo suficiente para verla.
—¿Eran buenas personas?
Duna miró por la ventanilla.
—Sí.
La respuesta no llevaba defensa.
—Y mintieron —añadió.
Isara pensó en Ángel y Nuria. En Emilia. En Celia. El amor no impedía la mentira. A veces la volvía más resistente porque quien mentía podía convencerse de que proteger una vida justificaba apropiarse de su principio.
—No tienes que decidir hoy qué significa eso —dijo.
Duna sonrió sin alegría.
—Llevo tres días oyendo esa frase sobre cosas que llevan cuarenta años decididas.
Isara aceptó el reproche.
—Entonces decide tú cuándo quieres hablar.
Duna apoyó la cabeza en el cristal.
—Cuando vea la ficha.
Berta las esperaba en la sala de reuniones del puesto.
Había llegado con un ordenador portátil, una carpeta azul y el abrigo todavía puesto. La teniente Lobo permanecía junto a ella. Sobre la mesa no había originales, solo copias impresas y una memoria externa dentro de una bolsa transparente.
—El convento cerró en 1998 —explicó Berta cuando las seis se sentaron—.
Parte del archivo pasó a la diócesis y otra parte quedó depositada en el archivo provincial.
La Fundación Santa Lucía financió una residencia infantil vinculada al convento hasta 1991, así que varias cajas se catalogaron por error dentro de la contabilidad de la fundación.
—¿Por qué no aparecieron antes? —preguntó Cora.
—Porque estaban descritas como manutención y ropero. No como ingresos de menores. He buscado por la fecha, no por los nombres.
Isara agradeció que lo dijera.
Un archivo podía ocultar a una niña sin necesidad de quemar su expediente. Bastaba con guardar la ficha en una caja cuyo título nadie relacionaría con ella.
Berta abrió la carpeta.
La primera copia mostraba una hoja de tamaño folio con columnas impresas. El papel original tenía manchas de agua y un desgarro en el margen derecho. En la parte superior figuraba:
RESIDENCIA AUXILIAR SANTA LUCÍA
INGRESO URGENTE DE MENOR
Fecha: 20-11-1989 .
Hora: 04:12 .
Procedencia declarada: Fuente Fría, acceso norte. Entrega sin documentación.
El campo destinado al nombre estaba rellenado con una letra distinta a la del resto.
Dice llamarse Lía.
Duna dejó de respirar.
No era un nombre presentado como asignación administrativa.
La ficha no decía se asigna , se registra ni se traslada como .
Una persona de Santa Lucía había anotado que la niña decía llamarse así. El documento todavía podía contener un error o una manipulación, pero registraba una declaración, no una identidad impuesta.
—¿Quién la llevó? —preguntó Leire.
Berta señaló el siguiente apartado.
Mujer adulta. No facilita nombre. Abrigo gris. Se marcha antes de completar la entrega.
Todas miraron la chaqueta doblada sobre el brazo de Isara.
Ella no necesitó tocarla.
—Celia —dijo Cora.
—O Emilia, una mujer del convento o cualquier otra persona con un abrigo gris —respondió Isara—. La prenda no identifica a quien hizo la entrega.
—Pero conocía la salida norte.
—Eso reduce las posibilidades. No las convierte en una sola.
Berta pasó a la segunda copia.
Era una hoja de observaciones escrita durante las primeras horas.
Menor de aproximadamente cinco años. Presenta irritación ocular, tos y olor intenso a humo. Sin quemaduras visibles. Se niega a separarse de la puerta. Pregunta por cinco niñas y por Mara. Repite que su madre sabe que está viva.
Duna se llevó una mano a la boca.
El gesto duró apenas un instante. Después apoyó la palma sobre la mesa.
—Yo decía eso.
Lobo la observó.
—¿Lo recuerda o lo reconoce al leerlo?
Duna cerró los ojos.
—Recuerdo que me preguntaron quién era mi madre. Yo no sabía su apellido. Dije que ella sabía que estaba viva.
—¿Dijo el nombre Lía?
—No lo recuerdo.
—Entonces mantenemos la diferencia.
—Sí.
Berta continuó.
En el reverso de la ficha había dos marcas infantiles. Una era un dibujo hecho con lápiz: seis círculos dentro de un cuadrado y otro círculo situado al otro lado de una línea. La otra era una palabra escrita con letras grandes y desiguales:
LÍA
La i llevaba un punto excesivo. La tilde descendía hacia la derecha hasta rozar la a.
Duna se inclinó.
—Es como la del cuaderno de Mara.
—Se parece —dijo Isara.
—Mara aprendió a escribir la tilde así porque yo la hacía demasiado larga.
—Eso es un recuerdo relevante —respondió Lobo—, pero la escritura infantil no bastará para identificarla.
Berta señaló la esquina inferior.
—Hay algo más.
Una impresión dactilar aparecía dentro de un recuadro. No era una mancha accidental. La habían tomado con tinta negra y debajo figuraba la indicación:
Huella de control: pulgar derecho. La menor no firma la ficha.
Duna miró su propia mano.
La huella tenía treinta y siete años, pero las líneas seguían visibles. El papel estaba deteriorado en los bordes, no en el centro del dibujo. Se distinguían el arco, las bifurcaciones y una pequeña isla cerca del lateral.
—¿Se puede comparar? —preguntó Salma.
La teniente asintió.
—Probablemente. Necesitamos examinar el original y tomar las huellas actuales de Duna. La ficha no establece que la menor fuera hija de Celia, pero sí puede decirnos si Duna fue la niña ingresada aquella madrugada en el expediente que recoge que decía llamarse Lía.
Duna no apartaba los ojos del recuadro.
—¿Tengo que hacerlo?
—No —dijo Lobo—. Puede negarse.
—¿Y si me niego?
—La investigación continuará con el resto de las pruebas. Podríamos solicitar autorización judicial si la identificación resultara imprescindible, pero no voy a decirle que ocurrirá. En este momento su colaboración es voluntaria.
Cora abrió la libreta y volvió a cerrarla sin escribir.
—No necesitas demostrar nada para nosotras —dijo.
Duna la miró.
—No quiero hacerlo para vosotras.
—Lo sé.
—Quiero saber si esa niña llegó.
Isara comprendió la frase.
Duna no estaba preguntando todavía si Celia era su madre. Ni siquiera si su primer nombre había sido Lía. Quería saber si el recuerdo de la cruz, la sopa y la puerta pertenecía a su vida o a una historia construida a partir de documentos ajenos.
—Entonces hazlo por eso —dijo Isara.
Duna observó la huella una vez más.
—Sí.
La toma se realizó en una habitación contigua.
Solo permitieron entrar a Duna y a la agente encargada. Isara esperó fuera con las demás. A través de la puerta entreabierta vio una mesa, un escáner y una mano extendida sobre una superficie de cristal.
La tecnología actual no necesitaba tinta.
Duna apoyó primero el pulgar derecho. La pantalla emitió un destello verde. Después el izquierdo y los demás dedos.
La escena duró menos de dos minutos.
Cuando salió, se frotaba las yemas aunque no tenían nada adherido.
—No mancha —dijo Salma.
—Ya.
—Entonces, ¿por qué te limpias?
Duna dejó de hacerlo.
—Porque la otra sí estaba manchada.
Berta guardó las copias. El original seguía en el archivo provincial y sería trasladado por una unidad especializada. Hasta que llegara, el cotejo solo podría considerarse orientativo a partir de la imagen de alta resolución.
—Hay más documentación —dijo.
Duna volvió a sentarse.
La tercera hoja estaba fechada el 27 de noviembre.
RECTIFICACIÓN DE IDENTIDAD Y TRASLADO.