Capítulo 24 — La niña que no llegó #3
—Entonces no entro.
No sonó desafiante. Sonó definitivo.
La teniente consultó a la técnica responsable y comprobó la distancia de seguridad.
—Pueden acompañarla hasta la línea amarilla. Nadie la cruza salvo Nélida.
Caminaron juntas.
El olor del garaje era una mezcla de aceite, metal frío y productos de limpieza. La furgoneta parecía aún más pequeña sin el cristal de por medio.
Nélida cruzó la línea y se detuvo ante la puerta lateral. Salma quedó a un lado. Cora, al otro. Duna permaneció junto a Isara, con los brazos pegados al cuerpo.
—Mara estaba tumbada con la cabeza hacia aquí —dijo Nélida.
La agente que tomaba notas señaló el banco.
—¿La tercera niña?
—En la esquina del fondo.
—¿Emilia?
—Conducía. Paró dos veces.
—¿Ángel estaba dentro?
—Subió en la segunda parada.
—¿Qué ocurrió entonces?
Nélida miró el zapato ya ausente bajo el banco.
—Ángel preguntó cuál era la niña de Celia.
Duna agarró la mano de Isara.
Fue un gesto involuntario. Ambas lo comprendieron al mismo tiempo, pero ninguna se apartó.
—¿Qué respondió Emilia? —preguntó la agente.
Nélida cerró los ojos.
—Que no estaba allí.
—¿Recuerda las palabras exactas?
—Dijo: «La hija de Celia salió por otra puerta».
—¿Mencionó un nombre?
Nélida tardó.
—Creo que dijo Lía. No puedo asegurar que no lo haya incorporado después de leer la nota.
La agente lo escribió con la cautela correspondiente.
Nélida abrió los ojos.
—Mara estaba despierta. Recuerdo que dijo algo parecido a que la niña de fuera sabría encontrarnos porque siempre hacía demasiadas preguntas.
Cora soltó una respiración que casi fue una risa.
—Eso parezco yo.
Nélida se volvió hacia ella.
—Emilia también hacía preguntas.
Cora bajó la cabeza, sonriendo todavía con los ojos húmedos.
La frase no convertía a ninguna en Lía.
Solo devolvía a Mara una opinión sobre las demás.
La reconstrucción terminó pocos minutos después. Nélida regresó al otro lado de la línea amarilla y no volvió a mirar la furgoneta.
Duna seguía sujetando la mano de Isara.
—Me hablaste de las ventanas —dijo.
Isara no comprendió al principio.
—Anoche. Dijiste que a veces encontrar una madre era otra forma de entender a la persona que ya faltaba.
—Sí.
—Quiero que me cuentes algo que no esté en un papel.
Isara miró la puerta abierta de la furgoneta, el banco donde Mara había hecho una broma sobre su zapato y el armario donde Ángel escondió durante décadas lo que no se atrevió a entregar.
No quería convertir a Celia en otra prueba.
—Cantaba fatal —dijo.
Duna parpadeó.
—¿Qué?
—No afinaba ni una nota. Pero cantaba mientras revelaba fotografías porque decía que el agua corriente tapaba su voz.
Duna sonrió entre las lágrimas.
—¿Qué cantaba?
—Siempre la misma canción. Nunca llegaba al final porque se le olvidaba la letra.
—¿Cuál?
Isara se la dijo.
No era una canción importante ni una nana secreta. Era una melodía antigua que sonaba a veces en la radio. Duna negó con la cabeza.
—No la recuerdo.
—No pasa nada.
—Cuéntame otra cosa.
Isara pensó.
—No sabía silbar. Fingía que sí y solo conseguía soplar.
—Otra.
—Guardaba las entradas de cine dentro de los libros y después se enfadaba porque no encontraba la página.
Duna apretó un poco más su mano.
Ninguna de aquellas cosas demostraba que fuera Lía Luján.
Pero, si lo era, constituían la primera parte de su madre que recibía sin que alguien intentara cambiarle el nombre.
Cuando salieron del garaje, Cora caminaba junto a Nélida. Leire llevaba una copia del inventario y Salma había tirado los dos cafés intactos. El cielo estaba despejado por primera vez desde que llegaron a Valdecierzo.
La teniente las alcanzó en la puerta.
—La nota de Emilia y los cartones reducen varias incertidumbres —dijo—. No sustituyen el registro. Tampoco demuestran por sí solos una filiación biológica.
—Lo sabemos —respondió Duna.
Lobo miró las manos todavía unidas de las dos mujeres.
—Tomás ha solicitado ampliar declaración esta tarde. Afirma que solo indicará dónde cree que Aldara llevará la placa si Elena queda al margen de cualquier responsabilidad por el acceso al laboratorio y la retirada de documentos.
Cora se volvió.
—Elena no necesita que su padre negocie por ella.
—Eso mismo ha dicho su abogada.
—¿Van a aceptar?
—No negocio investigaciones con ustedes.
La respuesta devolvió el futuro a su sitio. Tomás continuaba intentando repartir responsabilidades, proteger a su hija y controlar qué prueba aparecía primero.
Pero aquella mañana no había conseguido nombrarlas.
La furgoneta había confirmado una parte del trayecto sin exigirles obediencia.
Mara llegó viva.
Nélida fue entregada a Ángel y Nuria.
La tercera niña quedó con Emilia y tomó el camino de la estación.
Lía salió por otra ruta, llegó al convento antes del amanecer y cuatro días después fue llevada temporalmente a la pensión antes de regresar.
No era aún toda la verdad.
Era suficiente para que Duna dejara de buscarse dentro de la furgoneta.
Antes de subir a los coches, se soltó de la mano de Isara.
No porque necesitara separarse.
Porque ya podía caminar a su lado.