Capítulo 23 — Las cinco de la tarde #2
Durante días habían buscado a la hija de Celia dentro de Cora porque su historia contenía una madre silenciosa, una salida sin nombre y una semejanza construida en una fotografía. Después el análisis de 2004 había debilitado aquella posibilidad.
Duna, en cambio, había recordado desde el principio la frase dirigida a la niña de fuera. Temía las puertas cerradas. Reconocía la habitación desde ambos lados. Había escrito que quizá alguien la llamó Lía y que después respondió a Duna.
Todo encajaba.
Precisamente por eso Isara desconfió.
—No tenemos que decidirlo ahora —dijo.
Duna levantó la mirada.
—No he pedido que lo decidamos.
—Lo sé.
—¿Te molesta que pueda ser yo?
La pregunta fue tan directa que las demás apartaron los ojos.
Isara pensó en la chaqueta gris guardada en la maleta. En la casa de Celia. En la forma en que su madre decía su nombre cuando la llamaba desde la cocina.
Si Duna era la hija biológica, nada de aquello desaparecía.
Pero algo tendría que cambiar de sitio dentro de ella.
—Me asusta —respondió.
Duna asintió.
No necesitó preguntar por qué.
La teniente cerró las carpetas.
—Los documentos de defunción se incorporarán a la investigación. No utilicen esta información para presionarse ni para consensuar una identidad antes de la declaración. Lo que cada una diga a las cinco debe distinguir su memoria de los hechos que conoce y de lo que ha oído a las demás.
—Ya hemos hablado durante días —dijo Cora.
—Por eso no pretendo obtener seis testimonios incontaminados. Pretendo que distingan qué recuerdan de lo que han oído a las demás.
Leire tomó nota.
—¿Podemos ver los sobres de Tomás después de declarar?
—No hoy.
—¿Por qué?
—Porque la grafía de los nombres anteriores está siendo comparada con anotaciones borradas en los retratos. Y porque Tomás ha admitido que reconstruyó parte de la información a partir de expedientes incompletos.
—Entonces ni siquiera él sabe con certeza quién era quién —dijo Salma.
—Eso parece.
Cora soltó una risa sin humor.
—Quería que aceptáramos nombres que había calculado.
—Quería que los pronunciaran ante una cámara —respondió Lobo—. Después habría podido decir que los habían reconocido voluntariamente.
Otra vez la prueba fabricada a partir de una reacción.
No necesitaba que los nombres fueran verdaderos.
Solo que ellas los dijeran.
A la una y media regresaron a la pensión.
Ninguna abrió las carpetas de nuevo. Leire guardó las copias bajo su responsabilidad y escribió en la portada la hora exacta en que las habían recibido.
Cora mantuvo el teléfono apagado. Salma preparó algo de comer con lo que quedaba en la bandeja del desayuno y dos bocadillos que compró un agente en la plaza.
Duna se sentó junto a la puerta.
Isara fue al baño para cambiarse.
Sacó la camisa azul y el abrigo negro que había llevado desde casa.
No eran prendas especiales. La camisa tenía un botón sustituido por otro ligeramente distinto y el abrigo conservaba una mancha de fijador cerca del bolsillo.
Los había elegido ella, comprado ella y usado durante años sin que nadie los relacionara con una niña muerta.
Se vistió despacio.
Cuando regresó, Nélida la observó.
—Ese abrigo sí parece tuyo.
—Lo es.
—La chaqueta también.
Isara negó.
—La chaqueta es mía porque Celia me la dejó. Pero hoy no necesito que me reconozcan por ella.
Nélida sonrió con tristeza.
—Yo sí necesitaba verla para venir.
—Y viniste.
La instrucción había terminado.
A las cuatro y veinte, una agente las acompañó al edificio municipal contiguo al puesto. La sala elegida era una antigua biblioteca con estanterías vacías y ventanas altas. Habían retirado las mesas pequeñas y colocado seis sillas formando un círculo.
No miraban hacia una pared.
No había sobres delante.
No había nombres pegados a los respaldos.
En un lateral, una cámara policial registraría la sesión.
Leire comprobó que el plano incluyera a las seis y que la grabación empezara con la lectura de las condiciones acordadas.
Cora pidió ver la tarjeta vacía antes de introducirla.
Salma revisó la puerta y las dos salidas.
Duna comprobó que ninguna quedara cerrada con llave.
Nélida colocó la hoja de las firmas en el centro del círculo.
Isara miró el reloj.
Las cuatro y cincuenta y tres.
Durante siete minutos, nadie supo qué hacer con las manos.
La teniente Lobo permanecía junto a la cámara. Otra agente vigilaba el pasillo. Elena no estaba presente. Tampoco periodistas, abogados ajenos ni familiares.
Solo ellas y dos testigos institucionales.
A las cuatro y cincuenta y nueve, Duna se levantó para abrir un poco más la puerta.
—Ya está abierta —dijo Salma.
—Quiero verla desde mi silla.
Nadie se opuso.
Cuando el reloj marcó las cinco, no ocurrió nada.
No sonó una alarma.
Ningún mensaje llegó a los teléfonos apagados.
La pared no se abrió.
Celia no apareció para ordenar quién debía hablar primero.
Isara sintió una decepción absurda y casi infantil.
Habían llegado a la hora que su madre había elegido.
Su madre seguía muerta.
La teniente activó la cámara.
—Ocho de noviembre de 2026. Diecisiete horas y un minuto.
Manifestación voluntaria de seis mujeres relacionadas con la investigación de Fuente Fría.
La participación puede interrumpirse en cualquier momento.
Cada declaración distinguirá hechos conocidos, recuerdos personales e hipótesis.
Ninguna participante está obligada a aceptar una identidad anterior.
Miró a Isara.
—Han pedido decidir ustedes el orden.
La hoja de las firmas permanecía en el suelo.
—Que empiece quien quiera —dijo Cora.
Nadie lo hizo.
Isara miró las seis sillas.
Tomás había preparado una cámara para que respondieran a sus sobres. Celia había preparado notas para que llegaran a una habitación. Ofelia había preparado nombres para distribuirlas.
Siempre había una persona adulta esperando que una niña ocupara primero el lugar asignado.
Isara se inclinó y giró su silla unos centímetros.
Ya no formaba un círculo perfecto.
—Empiezo yo —dijo.
No miró a la cámara.
Miró a las otras cinco.
—Mi nombre legal es Isara Luján Arce. Lo utilizo desde que puedo recordar. Celia Luján me crio y fue mi madre, aunque no fuera mi madre biológica.
La palabra no se quebró.
—Sé que mi inscripción de nacimiento es falsa.
Sé que el nombre Isara procede de una identidad declarada muerta en 1984 y que Celia me lo entregó para protegerme.
Sé que después del incendio fui fotografiada junto a ella delante de una pensión, vestida con la ropa de Mara.
No recuerdo mi nombre anterior. No sé de qué puerta salí en Fuente Fría ni quién me llevó hasta la pensión.
Hizo una pausa.
—Creo que Celia me eligió para protegerme y que, al hacerlo, dejó a otra niña atrás. No sé si tuvo alternativa. No voy a absolverla inventando una. Tampoco aceptaré que Tomás utilice esa decisión para convertirla en la única culpable.
Nélida sostenía su mirada.
—Y si alguna reconoce parte de su historia en mis documentos, no consideraré que me haya robado nada por seguir viva.
Duna bajó la cabeza.
Isara terminó.
—El nombre con el que he vivido es mío. El nombre anterior, cuando aparezca, también formará parte de mí. Ninguno borrará al otro.
La teniente no preguntó nada.
Salma habló después.
No se levantó.
—Soy Salma Oria. Recuerdo humo, una escalera y una mano que me empujó hacia abajo. Recuerdo haber cerrado una puerta o haber ayudado a cerrarla. No sé si impedí que una niña entrara o si impedí que el fuego saliera.
Se tocó la cicatriz del cuello y retiró la mano inmediatamente.
—Mi cicatriz demuestra que estuve cerca del fuego. No demuestra que fuera valiente ni culpable. Durante años he creído que sobrevivir significaba haber hecho algo que otra no hizo. Ahora sé que Mara salió y murió igualmente.
Miró a Nélida.
—No recuerdo su cara. Me duele no recordarla y no voy a rellenarla con la cara de ninguna de vosotras.
Respiró hondo.
—No sé cuál era mi primer nombre. Creo que dormí en la habitación seis y que la niña de fuera nos ayudó a salir. Si cerré la puerta delante de ella, quiero saberlo. Pero no aceptaré que alguien me lo diga para conseguir que confiese una culpa que necesita.
Nélida fue la tercera.
—Soy Nélida Sanz. Ángel y Nuria Sanz me criaron sin una adopción legal. Me quisieron y me mintieron. Las dos cosas son verdad.
Su voz era la más baja. La cámara tenía que esforzarse para recogerla.
—Recuerdo la furgoneta. Recuerdo a Mara a mi lado y a otra niña cubierta con una manta. Recuerdo que Mara dejó de respirar después de llegar al hospital. No recuerdo quién era la tercera. No diré que fue Cora solo porque Emilia la crio después.
Cora cerró los ojos un instante.
—Creo que mi ruta fue el hospital y que la fotografía del pie me muestra a mí. Eso no me dice qué nombre llevaba. Recuerdo a Celia pronunciando Nélida de una forma que ninguna otra persona utilizaba. Puede significar que ella me dio ese nombre. Puede significar que me conocía antes.
Nélida miró la hoja del suelo.
—No necesito que Ángel y Nuria sean inocentes para seguir siendo mis padres. Tampoco necesito que quien me parió sea mi madre para saber de dónde vengo.
Leire pidió hablar.
Colocó su libreta cerrada bajo la silla.
—Soy Leire Montoro. Mi identidad legal se construyó con documentos irregulares, pero ha producido efectos reales durante más de treinta años. No es una ficción por haber empezado en una falsificación.
Salma sonrió apenas.
—Eso sí parece un contrato.
—He intentado evitarlo.
La interrupción alivió algo en la sala.
Leire continuó.
—Recuerdo una trenza, una cama junto a una pared fría y la sensación de que alguien contaba nuestros zapatos al acostarnos.
No recuerdo a Ofelia hablándome directamente.
Recuerdo a Celia haciendo fotografías. Durante años pensé que la cámara significaba que ella nos observaba sin ayudarnos.
Ahora no sé si fotografiaba para obedecer, para documentar o para ambas cosas.
Se llevó una mano al cabello corto.