Las niñas de la habitación seis Capítulo 23 — Las cinco de la tarde #3
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Capítulo 23 — Las cinco de la tarde #3

—La niña de la fotografía de la casa particular puede ser yo. La oreja y la trenza son compatibles. No basta para identificarme. No tengo ningún recuerdo que me permita escoger uno de los nombres de Tomás.

Miró hacia la cámara por primera vez.

—No consentiré que una declaración obtenida bajo presión se utilice para validar esos sobres. Esta es la única declaración que reconozco como voluntaria.

Cora habló sin libreta.

Aquello resultó más extraño que verla sin grabadora.

—Soy Cora Beltrán. Emilia Beltrán me crio. Me ocultó información, investigó mi origen y decidió por mí hasta después de morir. También me cuidó, me enseñó a leer los periódicos en voz alta y estuvo sentada junto a mi cama cada vez que tuve fiebre.

La voz se le tensó, pero no se detuvo.

—Durante años creí que Celia era mi madre biológica. Busqué pruebas para demostrarlo y confundí la necesidad de una respuesta con la certeza de que esa respuesta era ella. Un informe de 2004 excluye la maternidad, aunque no tiene una cadena de custodia fiable. Hoy no creo ser la hija de Celia.

Isara observó cómo decía la frase.

No sonó a derrota.

—Creo que fui la tercera niña de la furgoneta y que Emilia me sacó después por la estación.

No lo sé. No recuerdo la habitación seis.

No recuerdo a ninguna de vosotras. Durante mucho tiempo pensé que eso significaba que yo era la niña de fuera.

Ahora sé que también puede significar que era demasiado pequeña, que olvidé o que mis recuerdos fueron sustituidos por las historias de Emilia.

Miró a Duna.

—Si tú fuiste la hija de Celia, no me has quitado la historia que yo buscaba. Yo la construí porque necesitaba que existiera.

Duna empezó a llorar antes de que le tocara hablar.

No hizo ruido. Las lágrimas aparecieron y descendieron sin cambiarle la expresión. Nélida movió su silla hasta tocar la de ella, pero no le cogió la mano.

—Soy Duna Rivas —dijo.

La voz salió clara.

—Me educaron en un convento. Me dijeron que había llegado después de un incendio y que no recordaba a mi familia. Cuando preguntaba por mi nombre anterior, me respondían que Duna era el único que importaba.

Miró la puerta abierta.

—Recuerdo la habitación seis desde el pasillo. Recuerdo golpear una puerta y que alguien la cerrara. También la recuerdo desde dentro. Durante años pensé que eran recuerdos de momentos distintos o de otra niña que me habían contado muchas veces.

Respiró.

—Ahora creo que estaba fuera cuando empezó el humo y que entré después. Creo que fui la niña que condujo a las demás hacia la escalera de servicio. No sé si lo recuerdo o si he aprendido a verme en esa historia.

Leire no intervino.

Duna continuó.

—Recuerdo que Celia me dijo: «Para ellos tú ya estás muerta». Recuerdo responderle: «Pero tú sabes que estoy viva». Hasta hoy pensaba que estaba escuchando a otra niña. Ahora creo que me lo dijo a mí.

Isara sintió las uñas dentro de las palmas.

—Recuerdo haber respondido a Lía —dijo Duna—. No todo el tiempo. No sé si era mi nombre o el nombre que Celia utilizaba cuando estábamos solas. No tengo una prueba biológica. No tengo el registro. No quiero que nadie escriba esto como una identificación definitiva.

Miró a Isara.

—Pero creo que soy la hija de Celia.

La frase quedó en la sala sin ocuparla por completo.

No sonó como una reclamación.

Sonó como alguien que aceptaba por primera vez la posibilidad de una pérdida.

—Y creo que mi primer nombre fue Lía Luján —añadió—. No quiero recuperarlo para sustituir a Duna. Solo necesito saber si alguna vez fue mío.

Isara no pudo responder enseguida.

Había imaginado aquella posibilidad desde el mediodía. La había colocado dentro de una estructura de hechos, recuerdos y cautelas. Oírla en voz alta la convirtió en algo distinto.

Duna tenía los ojos de Celia.

El pensamiento apareció con una violencia tan sencilla que Isara lo rechazó.

No porque fuera falso.

Porque era exactamente el tipo de semejanza que llevaban días aprendiendo a no convertir en prueba.

—No puedes quitármelo —dijo finalmente.

Duna dejó de respirar.

Isara continuó.

—Ni yo puedo devolvértelo como si hubiera sido mío por error. Podemos llevarlo las dos de formas distintas hasta saber más.

Duna se secó la cara con la manga.

—Eso sería raro.

—Todo esto es raro.

Salma soltó una risa breve. Cora también. Incluso Leire bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

La tensión no desapareció.

Cambió de forma.

La teniente dejó que el silencio durara antes de preguntar si deseaban terminar la grabación.

Leire miró el reloj.

Las cinco y cuarenta y uno.

La hora elegida por Celia había pasado sin que ninguna puerta se cerrara.

—Una cosa más —dijo Isara.

Las demás la miraron.

—Mara no está aquí para declarar qué nombre recuerda. Los certificados utilizaron su ingreso y su muerte para borrar a cinco supervivientes. Quiero que conste que no era una identidad disponible.

Cora inclinó la cabeza.

—¿Qué quieres que conste exactamente?

Isara pensó en el vestido precintado, las cuentas blancas y el número 41 repetido seis veces.

—Que Mara fue una niña concreta. Salió viva de Fuente Fría.

Murió en el hospital el veinte de noviembre de 1989.

Los adultos utilizaron su ingreso, su historia clínica y su muerte para declarar fallecidas a otras cinco niñas.

No sabemos todavía cómo se llamaba antes, pero no permitiremos que vuelva a servir como espacio vacío.

La teniente repitió la frase para que quedara clara en la grabación.

Después detuvo la cámara.

El pequeño indicador rojo se apagó.

Nadie se levantó inmediatamente.

Habían dicho los nombres actuales, los posibles, los recordados y los temidos. Ninguna pared se había abierto. No había aparecido el registro de salidas.

Aun así, Isara comprendió lo que ellas mismas habían conseguido al decidir hablar antes de entrar en la habitación.

No se trataba de acertar.

Habían preparado un lugar donde la verdad, cuando llegara, encontraría a seis mujeres capaces de responderle.

La agente retiró la tarjeta de la cámara y la introdujo en un sobre. Leire comprobó el precinto. Cora pidió una copia para cada una. Duna permaneció sentada, mirando sus manos.

Isara acercó su silla.

—¿Estás bien?

—No.

—Yo tampoco.

Duna asintió.

—¿La llamabas mamá?

La pregunta no llevaba esperanza. Llevaba miedo.

—A Celia sí —respondió Isara—. Toda mi vida.

—No sé si quiero llamarla así.

—No tienes que hacerlo.

—¿Y si era mi madre?

Isara miró la puerta abierta.

—Entonces también puedes decidir qué significa.

Duna apoyó la cabeza contra la pared.

—Pensaba que encontrar a mi madre sería encontrar una persona que me faltaba.

—A veces es encontrar otra forma de entender a la persona que ya faltaba.

No sabía si la frase servía. Duna cerró los ojos.

La teniente regresó después de recibir una llamada en el pasillo. Su expresión había cambiado.

No era alarma.

Era concentración.

—Han localizado una furgoneta de la empresa sanitaria de 1989 en una nave propiedad de la familia Sanz —dijo.

Nélida se levantó.

—Ángel vendió todos los vehículos.

—No este. Figura dado de baja en 1990, pero el número de bastidor coincide con el vehículo dos de la hoja de servicio.

La furgoneta que salió antes del incendio.

La que llevó a Mara, Nélida y una tercera niña.

—¿Está vacía? —preguntó Salma.

—No la han abierto. La nave pertenece ahora a un sobrino de Ángel y está siendo precintada hasta que llegue policía científica.

Isara sintió el impulso conocido de levantarse, preguntar la dirección y correr hacia otra prueba.

No lo hizo.

Ninguna lo hizo.

La regla permanecía entre ellas incluso después de la grabación.

—¿Qué esperan encontrar? —preguntó Leire.

—No lo sé —respondió Lobo—. Pero el sobrino afirma que Ángel prohibió moverla porque dentro guardaba «las cosas de la niña que no llegó».

Nélida palideció.

—Mara.

La teniente no confirmó el nombre.

—La inspección se hará esta noche. Ustedes regresarán a la pensión.

Duna miró el reloj.

Las cinco y cincuenta y dos.

La reunión había terminado.

Por primera vez, una nueva prueba podía esperar a que ellas estuvieran preparadas.