Capítulo 23 — Las cinco de la tarde
Isara durmió tres horas.
No recordó haberse acostado. Despertó con la mejilla marcada por la costura de una manta y el jersey doblado bajo la cabeza.
La habitación estaba en silencio, pero no vacía.
Duna dormía junto a la puerta abierta; Salma ocupaba el suelo entre las dos camas; Leire se había quedado sentada, con la espalda apoyada en la pared y la libreta cerrada sobre el pecho.
Cora no estaba.
El miedo apareció antes que el pensamiento.
Isara se incorporó demasiado deprisa y la rodilla herida le respondió con un dolor seco. Nélida, despierta junto a la ventana, levantó una mano.
—Está en el baño.
El agua corría al otro lado del tabique.
Isara respiró.
La reacción le avergonzó menos de lo que habría esperado. Llevaban días midiendo las ausencias por el tiempo que una persona necesitaba para entrar en una casa, copiar una llave o dejar una fotografía. El cuerpo había aprendido esa vigilancia antes que ella.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las once y veinte.
Quedaban cinco horas y cuarenta minutos para la convocatoria de Celia.
No irían a Fuente Fría. No abrirían la habitación seis. No leerían los nombres de Tomás. Aun así, las cinco de la tarde seguían ocupando el día como una cita con alguien que ya no podía presentarse.
Cora salió del baño con el cabello mojado y una camiseta limpia. Al verlas despiertas, se detuvo.
—La patrulla sigue abajo.
No necesitaba justificar dónde había estado, pero lo hizo.
Duna abrió los ojos.
—¿Han encontrado a Aldara?
—No he preguntado.
La respuesta resultaba difícil de creer en Cora. Quizá por eso Isara sí la creyó.
Desayunaron en la habitación. El dueño de la pensión dejó una bandeja con café, pan y mantequilla en el pasillo, sin intentar esta vez mirar dentro.
Había un coche de televisión aparcado en la plaza.
Una reportera permanecía junto a la puerta del puesto de la Guardia Civil y otro periodista había llamado tres veces preguntando por Cora.
Ella apagó el teléfono.
—No publicaré nada —dijo.
Nadie se lo había pedido.
—Hasta que terminemos —añadió—. Y después tampoco sin hablarlo.
Leire extendió la hoja firmada por las seis.
—Eso ya consta.
—Quiero decirlo otra vez.
La abogada asintió.
Isara observó cómo Cora colocaba el móvil boca abajo.
Dos días antes, habría interpretado el gesto como una renuncia temporal, casi dolorosa.
Ahora comprendía que también podía ser una elección profesional: una periodista podía decidir que una historia no le pertenecía solo porque hubiera sido la primera en encontrarla.
A las doce y cuarto, la teniente Lobo las llamó al puesto.
No las hicieron esperar en el pasillo. Las condujeron directamente a la sala de reuniones. La pizarra había sido limpiada, salvo por los nombres de Tomás y Aldara, escritos en una esquina con letras pequeñas.
Sobre la mesa había seis carpetas idénticas.
—No contienen los sobres de Tomás —dijo Lobo antes de que Cora preguntara—. Contienen copias de documentación antigua que hemos podido verificar esta mañana.
Se sentó frente a ellas. Parecía no haber dormido.
—Aldara Vega continúa sin localizar. Se ha emitido una orden de búsqueda y se han distribuido su fotografía y los datos de los vehículos. No tenemos constancia de que haya abandonado la provincia.
—¿Tomás sigue detenido? —preguntó Leire.
—Sí. Su abogado ha solicitado que no amplíe declaración hasta conocer el resultado del registro de la fábrica y la casa del embalse.
—Entonces ha dejado de colaborar.
—Ha empezado a calcular.
La frase no sonó a juicio. Solo a experiencia.
Lobo abrió la primera carpeta.
—Anoche identificamos seis expedientes de defunción vinculados al incendio de Fuente Fría.
Utilizan los seis nombres que figuraban en el registro nominal de la habitación el diecinueve de noviembre de 1989: Duna Rivas, Leire Montoro, Salma Oria, Nélida Sanz, Cora y Mara.
Son etiquetas documentales; no demuestran qué niña física respondía a cada una.
Isara miró a Cora.
—¿Sin apellido? —preguntó Leire.
—En el registro interno, Cora figura sin segundo nombre ni filiación. El apellido Beltrán se añadió después de su salida.
La teniente deslizó una copia hacia el centro.
No era un certificado completo. Era una relación mecanografiada con seis números, seis nombres y una misma fecha de fallecimiento.
20 de noviembre de 1989.
—El informe oficial afirmaba que los seis cuerpos habían quedado destruidos por el incendio —continuó Lobo—. Esa afirmación es falsa.
Nélida cerró la mano alrededor del borde de la silla.
—No había cuerpos.
—Había uno.
La palabra no necesitó nombre.
Mara.
Lobo abrió otra carpeta. Dentro aparecía la copia del formulario de la furgoneta que habían encontrado en casa de Emilia.
41 — M.
42 — N.
43 — sin nombre.
Junto a ella colocó una hoja hospitalaria.
El número de ingreso era el 41.
Paciente femenina, edad aproximada entre cinco y siete años. Inhalación de humo, quemaduras leves en manos y pérdida progresiva de constantes durante la admisión. Fallecimiento certificado a las dos y cuarenta y seis.
El nombre había sido añadido después, con una tinta distinta.
Mara.
—El hospital conservó un libro de control de cadáveres —dijo Lobo—. El cuerpo número cuarenta y uno fue trasladado al depósito como menor no identificada. Al día siguiente, Julián Vega presentó documentación de Fuente Fría y pidió que se asociara a la identidad Mara.
Nélida miraba la hora de la muerte.
—Yo estaba allí.
—Su recuerdo coincide con el ingreso y con la descripción de la paciente.
—¿Qué hicieron con ella?
La teniente no respondió de inmediato.
—Ofelia solicitó la incineración el veintidós de noviembre como representante legal de la menor.
Julián aportó un informe que alegaba ausencia de familiares identificados y desaconsejaba una exposición.
La fundación no completó después la retirada de la urna.
Permaneció cinco años en el crematorio municipal y fue trasladada a un columbario común bajo el número de ingreso 41.
Cora bajó la vista.
Mara no estaba bajo la piedra que llevaba su nombre.
Tampoco en la ruta de Celia.
Había muerto con una identidad añadida por un médico y terminado en un lugar donde nadie podía visitarla como niña concreta.
—¿Cómo convirtieron un cuerpo en seis muertes? —preguntó Salma.
Lobo distribuyó otra copia.
Eran seis certificados provisionales. Cada uno llevaba un nombre distinto. La descripción clínica era idéntica: misma hora, mismo peso aproximado, mismas lesiones y el mismo número de ingreso hospitalario.
41.
Incluso repetían un error mecanográfico en la palabra inhalación .
—Julián Vega utilizó el ingreso de Mara para emitir seis certificados —dijo Leire.
—Los firmó él y fueron refrendados por Ofelia Valcárcel como directora del centro. Tomás presentó las copias en el juzgado municipal el veinticuatro de noviembre.
La fecha de la fotografía de la pensión.
Mientras Celia salía con una niña vestida con la ropa de Mara, Tomás entregaba papeles que declaraban muertas a otras seis.
—¿Nadie comprobó que el número era el mismo? —preguntó Duna.
—El juzgado recibió un expediente conjunto por el incendio. Los certificados se incorporaron sin cotejo individual y los nombres no tenían familiares reconocidos que los impugnaran. La Fundación Santa Lucía asumió la representación legal de las menores.
—Se representaron a sí mismos —dijo Cora.
—Representaron a las niñas a las que acababan de declarar muertas —corrigió Leire.
Isara miró las seis hojas.
Aquella era la explicación material que faltaba. No seis cuerpos confundidos bajo el humo. No restos imposibles de identificar. Un solo cuerpo convertido en seis mediante copias deliberadas.
Mara había muerto una vez.
Los adultos habían utilizado su muerte otras cinco.
—¿Y la niña a la que Celia llamaba hija? —preguntó Salma—. No figura entre las fallecidas.
—No aparece con el nombre Lía en esos certificados —respondió Lobo—. La única identidad civil vinculada entonces a una hija de Celia ya figuraba oficialmente muerta desde 1984.
Isara levantó la cabeza.
La teniente sacó una última hoja.
Era una certificación de defunción fechada en 1984.
ISARA LUJÁN.
Edad: tres meses.
Causa: insuficiencia respiratoria.
Madre: Celia Luján.
El documento no podía describir una muerte real y, al mismo tiempo, corresponder a la niña que seguía viva en 1989.
—¿Celia tuvo una hija que murió de bebé? —preguntó Cora.
—No podemos sostenerlo —dijo Lobo—. La inscripción de nacimiento y la defunción fueron tramitadas por la Fundación Santa Lucía. El médico firmante era Julián Vega. No hay ingreso hospitalario, enterramiento ni registro parroquial asociado.
Leire comprendió antes que las demás.
—Crearon una hija muerta para Celia.
—O declararon muerta a una hija viva cuando era bebé —respondió la teniente—. La diferencia requiere el registro de salidas y documentación que todavía no tenemos.
Duna se había quedado completamente quieta.
Isara no la miró enseguida. Temía que hacerlo convirtiera la reacción en una identificación.
—Por eso Celia dijo que su hija estaba fuera del alcance de Ofelia —murmuró Nélida—. Para ellos ya estaba muerta.
Las palabras del recuerdo de Duna.
Porque para ellos tú ya estás muerta.
Pero tú sabes que estoy viva.
Duna apretó los labios.
—Yo recuerdo esa conversación.
—Lo sabemos —dijo Lobo.
—No. Recuerdo cómo se sentía estar al otro lado.
Nadie habló.
Duna miró sus manos.
—Hasta ahora no me había permitido pensar que Celia pudiera estar hablándome a mí. Pero cuando he visto el certificado... —Negó lentamente—. No es una imagen. Es la sensación de estar delante de ella mientras evitaba mirarme a la cara porque había alguien detrás.
—Duna —dijo Leire—, una reacción emocional no demuestra que fueras la niña.
—Ya lo sé.
La respuesta no llevaba irritación.
—A las cinco lo diré como recuerdo. No como prueba.
Isara sintió que el centro de la habitación cambiaba de lugar.