Las niñas de la habitación seis Capítulo 22 — La niña que estaba dentro #3
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Capítulo 22 — La niña que estaba dentro #3

—Entonces vio a adultos que admiraba hacer algo terrible y necesitó creer que uno solo era culpable.

Nélida apoyó una mano en el hombro de Duna.

—También nosotras éramos niñas.

—Por eso lo sé.

La frase dejó a Aldara en un lugar más incómodo que el de una enemiga simple. Había sido testigo antes que autora. Una menor colocada dentro de una habitación mientras los adultos convertían el miedo en obediencia. Después había crecido y elegido repetir el método con otras mujeres.

Comprender el origen no borraba la elección.

Isara pensó en Celia.

También ella había sido joven. También había obedecido a Ofelia, fotografiado niñas y escrito nombres falsos. También había intentado corregir demasiado tarde lo que ayudó a construir.

El pasado no dividía a los adultos entre quienes habían sufrido y quienes habían hecho daño.

A veces eran las mismas personas en momentos distintos.

—A las cinco no iremos a Fuente Fría —dijo Isara.

La teniente la miró.

—Eso ya estaba decidido.

—No me refiero solo a entrar. No esperaremos a que Aldara elija el lugar de la reunión.

Cora cerró su libreta.

—¿Qué propones?

Isara colocó en el centro las copias de las seis declaraciones escritas la noche anterior.

—Celia quería que habláramos antes de abrir la habitación. Tomás quería grabarnos leyendo los nombres de sus sobres. Haremos la parte que nos pertenece y rechazaremos la suya.

—¿Aquí? —preguntó Salma.

—En un lugar seguro, con la policía presente y una cámara que controlemos nosotras. A las cinco diremos en voz alta lo que sabemos, lo que recordamos y lo que no aceptamos todavía.

Leire entendió antes que las demás.

—Fijaremos nuestra versión antes de que aparezca el registro.

—No una versión —corrigió Isara—. El estado de la verdad en ese momento.

Cora miró a la teniente.

—¿Lo permitiría?

—Puedo facilitar una sala y registrar una manifestación voluntaria. No puedo convertirla en un acto simbólico dirigido por Celia.

—Mejor —dijo Duna—. No será de Celia.

Nélida tomó su declaración.

—Ni de Tomás.

Salma asintió.

Leire empezó a redactar las condiciones: participación voluntaria, derecho a no responder, distinción entre recuerdo y hecho comprobado, ninguna asignación de identidad sin respaldo, copia para cada mujer y custodia del original.

Cora añadió una última línea:

La grabación no podrá publicarse sin el consentimiento de las seis.

Nadie se burló de que fuera ella quien lo escribiera.

La teniente leyó el acuerdo.

—Tendrán la sala a las cinco. Si Aldara contacta con alguna antes, no responderán sin avisar.

—¿Creéis que lo hará? —preguntó Duna.

—Ha perdido a Tomás, la casa del embalse y el acceso remoto al ordenador de Cora. Conserva, probablemente, el registro y la placa. Si necesita que acepten los nombres, el tiempo juega en su contra.

—No los aceptaremos —dijo Salma.

—Ella puede no saberlo.

Lobo recogió la carpeta, pero Isara señaló la fotografía más antigua.

—Una cosa más. ¿Quién es la mujer cortada?

La imagen mostraba apenas una manga clara y una mano junto a Julián. El borde había sido recortado con tijeras, no rasgado.

—La madre de Aldara —respondió la teniente—. Murió en 1984. Su nombre era Adriana Vela Montalbán.

Nadie respiró durante un segundo.

—La mujer cuyo expediente, según Tomás, reutilizó Ofelia para construir la documentación de Violeta Montalbán —dijo Leire.

Isara recordó la primera partida falsa que la abogada le había enseñado.

—Y la mujer que figura como mi madre.

—También como testigo de tu inscripción de 1992 —añadió Leire—, ocho años después de morir.

La teniente asintió.

—La misma.

La cadena se cerró sin volverse sencilla.

Adriana Vela Montalbán no había sido un nombre elegido al azar entre expedientes de una muerta.

Era la madre de Aldara. Según la declaración de Tomás, Ofelia había reutilizado su expediente cinco años después para construir la documentación de Violeta Montalbán y ocultar a Emilia dentro del personal de Fuente Fría.

Aldara no había repetido el nombre de su madre en 2026. Había hecho algo más frío: robó las credenciales de Cira Berrocal Martín y añadió sobre esa identidad la mancha y el silbato de Emilia. Mezcló a dos mujeres para fabricar una tercera.

—¿Por qué Ofelia hizo eso? —preguntó Cora.

—Tomás afirma que Adriana trabajó para la Fundación Santa Lucía antes de morir y que su documentación permaneció en los archivos de la familia. Emilia necesitaba una identidad que no pudiera presentarse a reclamarla.

Una identidad disponible.

Otra vez.

Duna miró el rostro recortado.

—Tomás afirma que Aldara creció sabiendo que los documentos de su madre habían servido para fabricar a otra mujer.

—Y los hechos actuales demuestran que aprendió el mismo método —dijo Isara.

No era un homenaje.

No era únicamente una máscara.

Era la demostración de que el método de Ofelia había sobrevivido dentro de la niña que observó desde la pensión.

La teniente guardó la fotografía.

—Descansen. A partir de ahora habrá una patrulla frente a la pensión y otra en la casa de Celia. No se separen sin comunicarlo.

Salieron del puesto a la una y treinta y nueve.

El aire de la madrugada era más frío que la noche anterior. Valdecierzo permanecía vacío, con las fachadas oscuras y los árboles inmóviles. Una patrulla avanzó detrás de ellas hasta la plaza.

En la pensión, Duna dejó la puerta de la habitación abierta mientras se preparaban para dormir.

Ninguna tenía fuerzas para discutir la distribución de las camas.

Salma ocupó el suelo sobre dos mantas. Leire se sentó en la silla y prometió que solo terminaría una página antes de acostarse.

Cora permaneció junto a la ventana, mirando el coche policial.

Isara dobló la chaqueta gris de Celia y la guardó dentro de la maleta.

Nélida la vio.

—Mañana no la llevarás.

—No.

—La nota decía que esperara a la mujer que la llevara.

—Ya llegaste a ella.

Nélida sostuvo su mirada.

La instrucción de Celia había cumplido su función. No necesitaban continuar obedeciéndola como si la prenda fuera una parte del cuerpo de Isara.

—¿Qué te pondrás? —preguntó Duna desde la puerta.

Isara miró las pocas cosas que había llevado a Valdecierzo. Un jersey oscuro, una camisa, otra chaqueta demasiado fina para noviembre.

—Algo mío.

Cora se apartó de la ventana.

—Aldara tenía doce años cuando escribió «SEIS».

—Tomás dice que lo escribió —recordó Leire.

—Sí. Pero estaba dentro.

Nadie discutió aquello.

La mujer que había entrado en sus casas, escuchado a sus madres y utilizado un nombre robado no era una heredera lejana de Fuente Fría.

Había estado dentro de la pensión mientras los adultos separaban las rutas de dos niñas. Podía haber visto cuál salió por la puerta principal y cuál fue conducida después hacia el convento.

Y ahora llevaba consigo el registro que podía contrastar aquellas rutas sin depender únicamente de su memoria ni de la versión de Tomás.