Las niñas de la habitación seis Capítulo 22 — La niña que estaba dentro #2
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Capítulo 22 — La niña que estaba dentro #2

—El centro confirma que emitió en junio de 2004 un informe con esos códigos y con exclusión de maternidad. Ya no conserva material biológico y su archivo no identifica a las personas, solo las muestras.

Cora mantuvo la vista en la hoja.

—Entonces el informe no fue fabricado después.

—No —respondió Salma—. Pero sigue sin demostrar por sí solo que los dos hisopos pertenecieran a Celia y a ti. La libreta de Emilia explica cómo los identificó; no sustituye una cadena de custodia.

—Sirve para saber qué creyeron ellas —dijo Cora—. No para decirme quién soy.

Salma se volvió hacia la teniente.

—¿La cámara del ordenador?

Cora no respondió.

Isara recordó los mensajes enviados desde su cuenta, las direcciones de las cinco mujeres, las imágenes tomadas dentro del apartamento y la manera en que la persona actual parecía anticipar cada desplazamiento. No había necesitado escuchar detrás de todas las puertas.

Cora había llevado la puerta consigo.

—El adaptador se preparó para alguien que entrara en el laboratorio —dijo Leire—. No necesariamente para Cora.

—El teléfono recuperado en el coche contenía una fotografía de Cora entrando en el laboratorio y una nota con el título de uno de sus reportajes de 2021 —respondió la teniente—. No prepararon una trampa genérica. La esperaban a ella.

Cora se puso en pie.

La silla rozó el suelo con un sonido brusco.

—Yo les di las direcciones.

—Accedieron a ellas sin tu permiso —dijo Salma.

—Las guardé juntas. Hice una carpeta con los nombres, los lugares de trabajo, las fotos y todo lo que sabía de vosotras.

—Porque estabas investigando.

—Entré sola. Conecté el adaptador. Llevé el ordenador al apartamento. Les enseñé dónde dormíamos.

Su voz no subía. Cada frase se volvía más pequeña que la anterior.

Isara la observó.

Durante días había temido que Cora ocultara datos porque deseaba publicar la historia antes que las demás. Ahora Cora estaba haciendo algo más peligroso: atribuirse las decisiones de quienes habían utilizado su trabajo contra ellas.

—Yo abrí el dobladillo sin contaros lo que Duna recordaba —dijo Isara.

Cora la miró.

—No es lo mismo.

—No. Yo decidí ocultarlo. Tú decidiste investigar. Aldara decidió infectar tu ordenador y entrar en nuestras vidas. No le devuelvas esa decisión para poder castigarte tú.

—Si no hubiera entrado en el laboratorio...

—Si Celia no hubiera preparado las cajas. Si Emilia no hubiera guardado la llave. Si Elena no hubiera aceptado repartirlas. Si nosotras no hubiéramos venido. Puedes construir una cadena hasta 1989 y seguir sin encontrar a la persona que eligió colocar ese aparato para ti.

Cora bajó la vista hacia el adaptador fotografiado.

—Me utilizó porque sabía cómo trabajaba.

—Sí.

—Y acertó.

—Eso no te convierte en ella.

Cora volvió a sentarse.

No agradeció la frase. Isara tampoco esperaba que lo hiciera. Algunas verdades no aliviaban. Solo impedían que el dolor eligiera un culpable fácil.

La teniente dejó el informe junto a la fotografía de Aldara.

—El programa se conectó primero desde la red de la antigua fábrica. Después utilizó varias conexiones móviles. Una de las tarjetas estaba registrada con documentación falsa. Otra se activó cerca de las casas de Emilia y Celia durante sus últimos días.

—Aldara —dijo Nélida.

—Aldara o alguien que trabajaba con ella. El coche gris contenía un teléfono sin tarjeta con restos del mismo programa y varias capturas de la agenda de Cora.

—¿Y la cámara del apartamento? —preguntó Leire.

—La instaló Aldara. El dispositivo se compró en efectivo. Una cámara del portal la captó entrando con uniforme de mantenimiento el día anterior a la llegada de Isara.

—¿Tenía acceso al apartamento?

—La cerradura no fue forzada. La empresa de limpieza dejó una llave maestra en recepción durante cuarenta minutos por una avería.

Aldara estuvo dentro once. Programó el mensaje de voz y utilizó la cámara para fotografiar a Salma en el rellano.

La segunda imagen, la que mostraba ISARA pintado en la pared, era un montaje realizado sobre una fotografía del pasillo: la pintura nunca existió.

Aldara no atravesaba paredes.

Esperaba descuidos concretos, copiaba llaves temporales, utilizaba trabajos que permitían entrar y convertía la prisa de otras personas en acceso.

La amenaza perdía cualquier resto sobrenatural.

No perdía peligrosidad.

—¿Tomás ha hablado? —preguntó Isara.

Lobo recogió las fotografías antes de contestar.

—Ha hecho una declaración parcial en presencia de su abogado. Reconoce que pidió a Aldara recuperar documentos de Emilia y Celia. Niega haberle ordenado entrar en domicilios, intervenir comunicaciones o provocar el incendio del laboratorio.

—Miente —dijo Cora.

—Puede estar intentando separar su responsabilidad penal de la de ella. También puede decir la verdad sobre algunas acciones y mentir sobre otras.

—¿Reconoce haber preparado las sillas, los sobres y la grabación de la casa del embalse? —preguntó Leire.

—Sí. Afirma que quería que ustedes declararan voluntariamente los nombres que, según él, les correspondían antes de salir de Fuente Fría.

—Con seis sobres colocados delante —dijo Salma.

—Su abogado lo llama una reconstrucción histórica.

—Yo lo llamo dirigir un testimonio —respondió Leire.

Lobo asintió.

—También reconoce que retiró documentos de la cámara de la fábrica y que dejó las fotografías para demostrar la participación de Celia. Sostiene que el registro de salidas no estaba entre los documentos cuando abrió la cámara.

—Entonces culpa a Aldara —dijo Duna.

—Afirma que ella tenía la segunda llave y llegó antes.

—Pero fueron juntos a la casa del embalse.

—Según Tomás, esperaba convencerla de que entregara el registro. Dice que discutieron y que Aldara se marchó antes de la llegada de la policía.

—¿Con la placa? —preguntó Isara.

—No admite haber retirado la placa de la habitación seis de su despacho. Dice que desapareció hace semanas.

Leire abrió la libreta.

—¿Qué parte de su declaración puede verificarse?

La teniente sacó una hoja con varias anotaciones.

—Una importante. La identidad de Aldara y su presencia en 1989.

Duna levantó la cabeza.

Lobo colocó sobre la mesa dos fotografías familiares.

Ninguna pertenecía al internado.

La primera estaba fechada el 23 de noviembre de 1989. Julián Vega aparecía junto a un automóvil, en un área de descanso a pocos kilómetros de Valdecierzo. Tomás Valcárcel estaba al otro lado del vehículo. Entre ambos, una niña de doce años miraba a la cámara sin sonreír.

La niña era Aldara.

Más delgada, con el cabello recogido en dos trenzas y una expresión seria que había sobrevivido hasta el rostro adulto. Llevaba un abrigo de paño grueso, con puños estrechos y dos botones metálicos cerca del cuello.

Era el mismo abrigo cuya manga aparecía reflejada de forma incompleta en el cristal de la pensión.

La segunda fotografía era anterior. Aldara tendría seis o siete años y estaba sentada junto a Julián sobre una manta, cerca de un río. La mujer que ocupaba el otro lado había sido cortada de la imagen; quedaban parte de una manga clara y una mano apoyada sobre la hierba.

—Tomás afirma que Aldara estaba dentro de la habitación el 24 de noviembre —dijo Lobo—.

La agenda de Julián registra que la llevó a Fuente Fría el día 17 para pasar el fin de semana con él y que permaneció en Valdecierzo después del incendio.

Ofelia pidió que esperara dentro mientras Celia recibía a una de las niñas.

—¿Fue ella quien escribió «SEIS»? —preguntó Duna.

—Tomás dice que sí.

—¿Por qué?

—Según él, Aldara había oído discutir a los adultos sobre la sexta niña y escribió la palabra en el vaho para que dejaran de fingir que no estaba allí.

Cora miró la fotografía de 1989.

—Tomás puede estar construyendo otra historia.

—Sí —respondió la teniente—. Pero la edad, el abrigo y la presencia de Aldara en Valdecierzo están respaldados por fotografías y por una anotación de Julián en su agenda. La autoría de la palabra no está demostrada.

Isara volvió al sexto fotograma.

Una niña fuera de la pensión, vestida con la ropa de Mara.

Otra niña dentro, mirando a los adultos que decidían quién saldría como Isara.

Aldara no había heredado únicamente los documentos de Julián.

Las fotografías y la agenda demostraban que estuvo allí. Lo que había presenciado exactamente seguía dependiendo de la versión de Tomás y de sus propios recuerdos.

—¿Qué vio? —preguntó.

—Tomás dice que Ofelia la obligó a permanecer en la habitación y que solo abrió la puerta después de la fotografía. No ha explicado qué niña estaba con ella.

—La hija de Celia —dijo Salma.

—Eso es una inferencia —advirtió Leire.

—Celia tenía que elegir entre dos.

—O Tomás quiere que creamos que eran esas dos.

Isara observó la fotografía de Aldara adulta.

La falsa enfermera había pasado nueve noches junto a Celia. Podía haberle preguntado quién estaba dentro de la pensión. Podía haber esperado a que la medicación debilitara sus defensas. Podía haber leído las notas, fotografiado los sobres y comprendido qué piezas seguían faltando.

No había utilizado la identidad de Cira solo para entrar en las casas.

Lo había elegido para volver a la noche en que los adultos cambiaban a las mujeres mediante nombres prestados.

—¿Por qué le importa cuál de nosotras era la hija de Celia? —preguntó Nélida.

La teniente miró la puerta cerrada antes de responder.

—Tomás afirma que Aldara responsabiliza a Celia de la muerte profesional y personal de Julián. Según ella, Celia sacó a las niñas, destruyó los registros y permitió que el médico apareciera como responsable de tratamientos que Ofelia había ordenado.

—Julián firmó esos tratamientos —dijo Salma.

—Tomás sostiene que lo hizo para proteger el internado y evitar que las niñas fueran trasladadas a instituciones peores.

—La misma excusa de todos —dijo Cora—. Participaron para protegerlas.

—No estoy validando la versión.

—Pero Aldara sí.

Duna seguía mirando a la niña de la fotografía de 1989.

—Tenía doce años.

—Entonces —dijo Leire.