Capítulo 22 — La niña que estaba dentro
Pasaban diecisiete minutos de la medianoche cuando la teniente Lobo regresó a la sala.
El ocho de noviembre había comenzado sin que ninguna de las seis se moviera de la mesa.
Isara miró el reloj de pared. Durante semanas, aquella fecha había existido como una orden escrita por Celia: llegar a Valdecierzo, reunirse, abrir una habitación que no figuraba en los planos.
Ahora el día señalado empezaba bajo una luz blanca, con Tomás detenido, una mujer desaparecida y seis sobres abiertos bajo acta cuyos contenidos permanecían precintados dentro de bolsas policiales.
Lobo llevaba una carpeta más gruesa que las anteriores. No se sentó.
—Hemos identificado a la mujer que utilizó las credenciales de Cira Berrocal Martín.
Cora dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—¿Está detenida?
—No.
—Entonces habéis identificado un nombre.
—Un nombre, un rostro, una profesión y una relación con este caso.
La teniente abrió la carpeta y colocó una fotografía sobre la mesa.
La mujer aparecía sin mascarilla, con el cabello oscuro suelto y una bata sanitaria azul.
La imagen tenía unos quince años. No llevaba guantes.
Su mano izquierda descansaba sobre el respaldo de una silla y la piel era uniforme, sin la mancha que Isara había visto en la entrevista falsa y durante la huida del laboratorio.
Debajo figuraba:
ALDARA VEGA VELA.
NACIDA EL 3 DE FEbrERO DE 1977.
ENFERMERA.
Duna pronunció el nombre en voz baja.
—Aldara.
No parecía reconocerlo. Lo probaba, como había probado Mara e Isara, esperando que el cuerpo reaccionara antes que la memoria.
—Es hija de Julián Vega —dijo Lobo.
El médico de Fuente Fría.
El hombre que firmó tratamientos sin diagnóstico, certificó identidades que no correspondían a ningún nacimiento y aparecía junto a Ofelia en las fotografías del personal.
—¿Dónde está Julián? —preguntó Salma.
—Murió en 2016.
La fecha no produjo alivio. Otro adulto central quedaba fuera del alcance de las preguntas.
Leire acercó la fotografía sin tocarla.
—¿Cómo la habéis identificado?
—Las huellas recogidas en el coche gris y en la bolsa encontrada en la casa del embalse coinciden con las que le tomaron durante la investigación de 2019 por acceso indebido a historias clínicas. Aldara ejerció como enfermera con su nombre real hasta ese año. Después dejó de renovar la colegiación.
—¿Por qué?
—Fue sancionada por consultar historias clínicas sin relación asistencial con su trabajo. No llegó a ser condenada porque la denuncia se retiró y el centro aceptó un acuerdo laboral.
—¿Qué historias consultó? —preguntó Cora.
—Mujeres nacidas entre 1983 y 1986 en varias provincias del norte.
La franja de edad de las seis.
Cora se inclinó.
—Nos estaba buscando.
—Buscaba mujeres con fechas y registros compatibles —corrigió Lobo—. Todavía no sabemos cuáles ni con qué criterio.
Nélida observó la mano sin marca.
—Se la pintaba.
La teniente sacó una segunda fotografía. Mostraba el contenido de una bolsa transparente documentada en el vehículo gris: guantes, un pequeño estuche de maquillaje profesional, adhesivo médico, una esponja y dos frascos de pigmento rojizo y marrón.
En otra imagen aparecía la bolsa negra que la persona había arrojado dentro del coche. Una de las correas estaba desgarrada.
—La trama exterior, el forro azul oscuro, el hilo blanco y los bordes de la rotura son compatibles con la tira que Leire entregó en Fuente Fría —dijo Lobo—. El laboratorio ha confirmado que ambas piezas formaban parte de la misma correa.
Leire no comentó que había dudado antes de entregarla. Tampoco apartó la vista.
—Los especialistas creen además que los pigmentos podían reproducir una lesión vascular o una quemadura antigua —continuó la teniente—. Falta analizar los restos encontrados en la manga y en el revestimiento del volante.
Duna apartó la fotografía.
—Quería que creyéramos que era Emilia.
—O que relacionaran a la cuidadora actual con la mujer que ustedes recordaban como Violeta Montalbán —respondió Lobo.
—Es lo mismo.
—No exactamente. Su objetivo pudo ser que dudaran de sus recuerdos, no que la identificaran con una persona concreta.
Isara pensó en el coche alejándose del laboratorio. En el instante en que vio la mano izquierda y permitió que una mancha sustituyera al rostro que no había distinguido.
Aldara había entendido cómo funcionaban.
No necesitaba presentarse.
Le bastaba con ofrecerles un objeto reconocible, un nombre repetido o una marca en la piel y esperar a que ellas construyeran la identidad completa.
Era el método de las fotografías raspadas convertido en una persona.
—El colgante —dijo Cora—. El silbato de Emilia.
Lobo mostró otra imagen. El pequeño objeto oscuro estaba dentro de una bolsa de pruebas, junto a una cadena rota.
—Se encontró bajo el asiento del acompañante. Elena Valcárcel lo ha reconocido como el silbato que Emilia conservaba desde Fuente Fría.
—Lo robó de la caja —dijo Cora.
—O Emilia se lo entregó mientras creía que Aldara era una cuidadora de confianza. No podemos establecerlo todavía.
Lobo mostró después la bolsa de tela gris que Isara había recordado junto a la puerta de Celia.
—La recuperamos en la casa del embalse. Contenía un escáner portátil, una cámara compacta, formularios sanitarios en blanco, guantes, cargadores y copias impresas de documentos fotografiados en las casas de Emilia y Celia.
No había originales ni el registro de salidas.
El peso que usted recordó es compatible con el escáner y el equipo.
La bolsa no había servido para sacar un archivo completo de casa de Celia.
Había servido para copiarlo.
Cora cerró los ojos un instante.
La cautela de la teniente ya no sonaba como un obstáculo. Se había convertido en la única forma de impedir que cada objeto siguiera haciendo daño antes de tiempo.
Leire señaló la fecha de nacimiento.
—Tenía doce años durante el incendio.
—Sí.
—¿Estuvo en Fuente Fría?
Lobo no respondió inmediatamente.
—Llegaremos a eso. Antes necesitan conocer cómo se accedió a las cuentas de Cora.
La periodista dejó de mirar la fotografía.
Un agente entró con su ordenador dentro de una funda de evidencia. No lo colocó sobre la mesa; entregó a la teniente un informe impreso.
—El acceso no comenzó cuando recibió las cajas —dijo Lobo—. Empezó el cuatro de octubre, horas después de su entrada no autorizada en el laboratorio.
Cora apoyó las manos sobre las rodillas.
—Ya lo sabíamos.
—Sabíamos la coincidencia temporal. Ahora conocemos el mecanismo.
La fotografía siguiente mostraba un adaptador de tarjetas negro, del tamaño de una caja de cerillas.
Isara lo reconoció. Cora se lo había enseñado el día que confesó haber entrado un mes antes en Fuente Fría: era el lector que había encontrado junto al escáner y utilizado para copiar la tarjeta.
—Lo encontraste en el laboratorio —dijo.
Cora asintió.
—Estaba junto al escáner. Pensé que pertenecía al equipo de fotografía. Lo utilicé para copiar una tarjeta.
—El adaptador contenía un circuito añadido —explicó Lobo—. Al conectarlo, instaló un programa de acceso remoto. No necesitó que abrieras ningún archivo ni aceptaras una ventana.
Cora permaneció inmóvil.
—Cambié todas las contraseñas.
—Desde el mismo portátil. El programa registró las nuevas claves y ya había copiado una sesión activa de la aplicación de mensajería. Cerrar las sesiones que podías ver no eliminó el acceso oculto.
—¿Podían verlo todo?
—Durante los periodos en que el ordenador estuvo encendido, pudieron acceder al correo, las fotografías, la agenda, los documentos de investigación y las contraseñas almacenadas en el navegador. También activaron la cámara una vez, aunque la imagen quedó casi completamente tapada.
La teniente colocó además sobre la mesa una fotografía de la llave antigua recogida en la casa de Emilia.
—El mecanizado coincide con las cinco copias numeradas —dijo—. La aleación y las marcas de la fresadora pertenecen al mismo lote. Los cuatro puntos de soldadura corresponden a una placa ovalada retirada. Es la sexta copia mencionada en la factura.
—Emilia la conservó todos estos años —murmuró Cora.
—Eso indica la carta de Celia y confirma el análisis material. No sabemos cuántas veces se utilizó después de 1989.
Lobo añadió el informe preliminar sobre los seis retratos de las rutas.
—Son copias analógicas, sin señales de composición moderna, y el papel y la emulsión son compatibles con material comercial de finales de los ochenta.
Las fechas del anverso presentan un envejecimiento semejante al resto de cada copia, pero el laboratorio no puede certificar por sí solo el día exacto en que se escribieron.
La grafía de los nombres del reverso es compatible con las muestras de Celia y se añadió después del revelado; todavía no podemos fechar esa anotación con precisión.
Las fotografías podían pertenecer realmente a los días posteriores al incendio. Los nombres escritos detrás podían ser contemporáneos o una clasificación posterior. Por fin ambas preguntas quedaban separadas.
Lobo añadió una verificación relacionada con la secuencia de la pensión.
—El hospital ha localizado el registro de planta de Ofelia. El veinticuatro de noviembre constaba una salida temporal autorizada por Julián Vega y un regreso esa misma tarde. El alta administrativa no se firmó hasta el día veintisiete.
—Entonces podía estar en la pensión y seguir figurando como ingresada —dijo Leire.
—Sí. La fotografía no contradice el ingreso; demuestra que Julián facilitó que abandonara la planta durante varias horas.
La teniente pasó una página del informe.
—También se ha descartado la participación de Rubén Acosta en los accesos actuales.
Los registros de obra, los peajes y su teléfono lo sitúan en León durante el incendio y durante la videollamada de contratación.
Su credencial no abrió la fábrica esos días.
La conexión utilizó una cuenta antigua de administración vinculada al despacho de Tomás.
Lobo colocó a continuación la respuesta certificada del laboratorio privado de Bilbao.