Las niñas de la habitación seis Capítulo 21 — La versión de Tomás #2
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Capítulo 21 — La versión de Tomás #2

Elena había facilitado muestras de la escritura de su padre. Las tes, cerradas como pequeños cruces, y la manera de unir la erre con la siguiente vocal coincidían a simple vista, aunque el peritaje tendría que confirmarlo.

—Tomás hizo la fotografía —dijo Isara.

Esta vez no era una semejanza en un rostro infantil.

El reflejo lo colocaba detrás de la cámara.

La secuencia lo colocaba delante de Celia cinco días después del incendio.

Y la anotación lo mostraba describiendo la entrega de una niña como si se tratara de una operación registrada.

—No llegó después de los bomberos y se desentendió —dijo Leire—. Participó en las salidas.

—Como mínimo conoció esta —respondió Lobo.

—Y Ofelia estaba viva el día veinticuatro —añadió Cora.

La teniente la miró.

—Ofelia nunca constó como fallecida en el incendio.

—Pero afirmó que estaba hospitalizada desde la noche del diecinueve.

Leire buscó en sus copias.

El informe antiguo señalaba que Ofelia Valcárcel sufrió inhalación de humo y permaneció ingresada hasta el 27 de noviembre. La fotografía la mostraba de pie ante la pensión tres días antes de recibir el alta oficial.

—Pudo salir con autorización —dijo Lobo.

—O nunca estuvo ingresada todo ese tiempo —respondió Leire.

—Lo comprobaremos.

Cora se acercó a la pantalla.

—¿Qué significa «I. entregada a C.»?

—Isara entregada a Celia —dijo Duna.

—Eso parece —respondió Isara—. Pero no dice qué nombre tenía la niña antes.

—Tomás ya la llamaba Isara.

—O escribió el sobre después.

La fotografía resolvía una parte y se negaba a resolver la que más dolía.

Tomás había estado allí.

Ofelia también.

Celia no había escapado sola con una niña ni había inventado su identidad fuera del alcance de los Valcárcel. La entrega se produjo ante ellos, bajo la cámara que habían utilizado para documentarla.

Isara miró el gesto de su madre en el sexto fotograma.

La mano abierta hacia el objetivo.

Durante años había interpretado las pocas fotografías de Celia como prueba de que prefería situarse detrás de la cámara. Tal vez también había aprendido que estar delante significaba permitir que otra persona fijara una versión de lo ocurrido.

—¿Por qué conservó Tomás esta secuencia? —preguntó Salma.

—Porque demuestra que Celia recibió a la niña —dijo Cora.

—Pero también que él y Ofelia estaban presentes.

Leire observó el sobre.

—La formulación «entregada» desplaza la responsabilidad. Convierte a Celia en destinataria y a la niña en algo que se transmite. Si eliminaba el fotograma del reflejo, la imagen principal servía a su versión.

—No lo eliminó —dijo Duna.

—Lo guardó en una hoja de contactos que no esperaba enseñar.

Tomás no había conservado todas las pruebas para contarlas.

Las había conservado para saber cuáles debía ocultar.

La teniente recibió confirmación de que el material fotográfico sería trasladado al laboratorio. Después ordenó que los seis sobres del comedor se abrieran bajo grabación continua y en presencia de dos agentes.

Los originales fueron fotografiados, numerados y embalados por separado. Lobo regresó con seis copias dobladas y las dejó boca abajo sobre la mesa.

Cada sobre contenía una fotografía individual y una hoja mecanografiada. Las fotografías eran copias de las halladas en la fábrica. Las hojas asignaban a cada mujer un nombre anterior.

Lobo no leyó ninguno en voz alta.

—Queremos saber qué pone —dijo Cora.

—Lo sabrán si deciden leerlo. Pero antes necesito advertirles que los textos no llevan firma, fecha ni fuente documental. Son afirmaciones preparadas por una persona que retiró el registro y seleccionó pruebas.

—Precisamente por eso debemos conocerlas —respondió Leire.

—La policía ya conoce y custodia el contenido como evidencia. Cada una decidirá si quiere conocer ahora la afirmación que Tomás preparó para ella. No están obligadas a leerla ni a compartirla.

Isara sostuvo el papel sin darle la vuelta.

A su alrededor, ninguna se movió.

El nombre estaba a menos de un milímetro de sus dedos. Podía ser el que llevó en la habitación seis. El que pronunció Mara. El que Celia raspó de una fotografía o retiró de una pulsera.

También podía ser una última orden de Tomás.

Duna fue la primera en apartar su hoja.

—No.

Salma hizo lo mismo.

—Sin el registro, no.

Nélida dejó la fotografía boca abajo junto a su declaración.

Leire no tocó el sobre que le correspondía.

Cora miró el suyo durante más tiempo. Su trabajo consistía en abrir documentos que otras personas preferían mantener cerrados. Había construido su vida alrededor de la idea de que saber era siempre mejor que ignorar.

Finalmente colocó encima la hoja donde había escrito soy Cora Beltrán .

—No voy a permitir que este hombre sea el primero en decírmelo.

Isara dejó su sobre junto a los demás.

Las seis hojas permanecieron sin leer.

No era miedo a la verdad.

Era negarse a confundir una respuesta con una prueba.

La teniente volvió a guardarlas en sus fundas.

—Constará que rechazaron conocer el contenido antes de recuperar o verificar el registro.

—¿Tomás ha dicho dónde está? —preguntó Leire.

—Se ha acogido a su derecho a no declarar hasta que llegue su abogado.

—¿Y la mujer?

—En la casa hay indicios de que estuvo allí: ropa, material sanitario, huellas pendientes de cotejo y la bolsa de tela gris que Isara describió esta tarde. Su contenido se analizará antes de que hagamos inferencias.

Isara recordó la mañana del hospital. La falsa enfermera alejándose de la casa de Celia con aquella bolsa en la mano.

—¿El registro estaba dentro? —preguntó.

—No. Tampoco la placa.

La mujer no había abandonado la casa por miedo a que la encontraran. Se había marchado con las dos piezas que Tomás necesitaba para controlar la reunión.

O se las había quitado a él.

La diferencia importaba, pero no podían resolverla aquella noche.

La teniente cerró el ordenador.

—La casa del embalse ya ha dado suficiente información por esta noche. Tomás está bajo custodia. Buscamos a la mujer que utilizó la identidad de Cira Berrocal Martín. El registro y la placa siguen desaparecidos. Ustedes regresarán a la pensión con vigilancia.

—Mañana a las cinco —dijo Salma.

—Mañana a las cinco no irán a Fuente Fría.

—Lo sabemos.

—Entonces dejen de pronunciar la hora como si fuera una cita inevitable.

Duna miró el reloj.

—Para alguien lo es.

La teniente no respondió.

Antes de salir, Isara pidió volver a ver el sexto fotograma.

Lobo dudó, pero abrió la imagen.

Tomás aparecía reflejado en la ventana con la cámara de Celia. Ofelia permanecía a su lado. La niña y su madre quedaban fuera del encuadre, convertidas en sombras sobre el cristal.

Isara amplió la parte inferior.

En la superficie de la ventana había una palabra trazada desde dentro, probablemente con un dedo sobre el vaho.

No la había visto antes porque el reflejo de la cámara la atravesaba.

SEIS.

—¿La escribió la niña? —preguntó Duna.

—No podemos saberlo.

Isara estudió el trazo.

Las letras estaban invertidas desde el punto de vista del fotógrafo. Quien escribió se encontraba dentro de la pensión.

Había alguien más en la habitación.

La palabra no permitía saber si era una niña, una adulta ni qué papel tenía en la escena.

En el segundo fotograma, la menor que acompañaba a Celia volvía el rostro hacia la puerta abierta.

No miraba un lugar vacío.

—Puede que Tomás no estuviera documentando una simple entrega —dijo Isara.

Leire se acercó.

—¿Qué ves?

—Una niña fuera con la identidad prevista para Isara y alguien dentro. Quizá la secuencia registró una elección o un intercambio posterior.

Celia levantando la mano hacia la cámara.

Ofelia presente.

Tomás detrás del objetivo.

La teniente observó la secuencia sin aceptar todavía la hipótesis.

—La imagen demuestra que la entrega no ocurrió a solas. Para saber qué decisión se tomó necesitamos identificar a quien estaba dentro y comprobar cuándo se escribió la anotación del sobre.

—El registro puede ayudar —dijo Isara.

No habían llegado a otra dirección.

No habían recibido una nota nueva.

La fotografía que Tomás conservó para responsabilizar a Celia acababa de demostrar que aquella entrega no había ocurrido a solas.

No habían corrido hacia otra dirección.

No habían abierto los sobres.

No habían permitido que Tomás convirtiera seis afirmaciones mecanografiadas en seis vidas.

Isara comprendió que esa era la diferencia entre el principio de la historia y aquel momento. Una pista ya no era una orden, una imagen ya no era una identidad y un nombre no volvería a convertirse en una vida hasta que la mujer que debía llevarlo pudiera elegir qué hacer con él.