Las niñas de la habitación seis Capítulo 21 — La versión de Tomás
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Capítulo 21 — La versión de Tomás

La casa del embalse tenía luz cuando llegó la primera patrulla.

La teniente Lobo recibió la noticia de pie, junto a la puerta de la sala. Escuchó sin interrumpir, pidió que repitieran dos datos y escribió una hora en el margen de su libreta.

—Los dos vehículos están allí —dijo después—. No hay movimiento visible en el exterior. Una ventana de la planta baja permanece encendida.

Cora se levantó.

—¿Han entrado?

—Están asegurando el perímetro.

—Cada minuto que esperan puede servir para destruir el registro.

—Y cada puerta puede estar preparada para que alguien resulte herido.

—Tomás no va a volar su propia casa.

La teniente la miró.

—Hace dos horas pensaban que podía incendiar una cámara acorazada dentro de una fábrica de su propiedad.

Cora volvió a sentarse.

No porque la respuesta la hubiera convencido, sino porque ya no quedaba ninguna acción útil que pudiera realizar de pie.

Isara observó a las otras cinco.

Habían pasado la mayor parte del día alrededor de mesas ajenas: la de Emilia, la de la Guardia Civil, la de la sala donde Elena había admitido que distribuyó las cajas. Cada superficie había terminado cubierta por nombres que alguien escribió antes que ellas.

Sobre aquella solo permanecía la hoja de las seis firmas.

Duna apoyó un dedo junto a la suya.

—Celia quería que dijéramos en voz alta qué nombre creíamos llevar antes de salir.

Leire miró el reloj.

—Antes de abrir la habitación seis.

—No vamos a abrirla esta noche.

—Por eso mismo no necesitamos hacerlo ahora.

Duna retiró la mano.

—Quizá sí.

Salma dejó de mover la pierna.

—¿Por qué?

—Porque Tomás tiene el registro y sabe que no conocemos los nombres. Si ha preparado una reunión, puede haber preparado también la respuesta que quiere que aceptemos.

Cora miró la hoja.

—No sabemos si tiene el registro.

—Entonces puede inventarla con más facilidad.

La idea no necesitó desarrollo.

Una identidad falsa funcionaba mejor cuando ocupaba un espacio que nadie podía llenar.

Las niñas de Fuente Fría habían vivido cuarenta años dentro de esos espacios.

Tomás no necesitaba demostrar que una mujer había sido una niña concreta.

Le bastaba con ofrecerle una versión más ordenada que la incertidumbre.

Leire sacó seis hojas de su carpeta.

—No vamos a adivinar nombres.

—Celia dijo que no importaba que nos equivocáramos —recordó Duna.

—Celia también raspó seis rostros y escribió advertencias incompatibles. No todo lo que diseñó merece repetirse.

Isara pensó en la carta.

Importa que ninguna vuelva a recibir un nombre sin poder responder.

La intención era distinta de la orden. Celia no les pedía acertar. Les pedía hablar antes de que otra persona hablara por ellas.

—Podemos responder sin elegir —dijo.

Leire frunció el ceño.

—¿Responder qué?

—Que no lo sabemos.

Duna la miró.

—Eso no es un nombre.

—Es la verdad que tenemos ahora.

Isara tomó una de las hojas y escribió despacio:

No sé qué nombre llevaba antes de salir de Fuente Fría.

Debajo añadió:

El nombre con el que he vivido es Isara Luján.

Dejó el bolígrafo en el centro.

Salma fue la primera en recogerlo.

No copió exactamente la frase.

No recuerdo mi primer nombre. Nadie volverá a decidirlo sin mí. Soy Salma Oria.

Leire leyó por encima de su hombro.

—Eso no es una declaración neutral.

—No estamos en un juzgado.

—Estamos dentro de una investigación.

—Y fuera de tu despacho.

Salma firmó.

Nélida escribió sin mirar las frases anteriores:

He tenido varios nombres en documentos que no elegí. El único que reconozco como mío es Nélida Sanz.

Cora tardó más.

Había pasado años buscando el nombre que creía anterior a Emilia. Escribir que no lo conocía podía parecer una renuncia a todo lo que había investigado.

Finalmente puso:

No aceptaré como origen una semejanza, una pulsera ni una fotografía. Hasta que exista una prueba, soy Cora Beltrán.

Leire añadió una formulación breve:

Mi identidad anterior no está demostrada. Mi identidad vivida es Leire Montoro.

Duna fue la última.

Sostuvo el bolígrafo durante casi un minuto.

—Yo sí recuerdo nombres —dijo—. A veces creo que alguno era mío.

—Puedes escribirlo —respondió Isara.

—Si lo escribo, empezaré a buscarme dentro de él.

Nélida se acercó a su silla.

—Ya te has buscado dentro de todos.

Duna apoyó la punta sobre el papel.

Recuerdo que alguien pudo llamarme Lía y sé que después respondí a Duna. Durante los ensayos repetí otros nombres, pero no puedo afirmar que fueran míos. Hoy respondo a Duna Rivas porque es el nombre que he llenado con mi vida.

No firmó enseguida.

Cuando lo hizo, la tinta dejó una pequeña acumulación en la última letra.

Leire reunió las seis hojas y escribió en la parte superior la fecha y la hora.

7 de noviembre de 2026. 22:46.

—Una copia para cada una —dijo—. Y una séptima que entregaremos a la teniente.

Cora levantó la vista.

—¿Para qué?

—Para que conste qué afirmábamos antes de escuchar la versión de Tomás.

La abogada ya no parecía estar protegiendo un expediente.

Estaba protegiéndolas de la memoria futura.

La puerta se abrió a las once y tres.

Lobo entró con el teléfono pegado al oído. Hizo una señal para que guardaran silencio y se dirigió a la pizarra.

—Repita la última parte —pidió.

Escuchó.

Después escribió dos palabras:

UN VARÓN.

SIN RESISTENCIA.

Colgó.

—Tomás Valcárcel estaba dentro de la casa. Ha salido cuando los agentes se identificaron y permanece detenido mientras se registra el inmueble.

Elena no estaba en la sala para oírlo.

Isara pensó en ella declarando en otro despacho, descubriendo la detención de su padre por la expresión de un agente o por una puerta cerrada con más cuidado de lo necesario.

—¿Y la mujer? —preguntó Salma.

—No la han encontrado.

—Había dos coches.

—El gris estaba vacío en un cobertizo. El motor conservaba calor residual, pero eso no permite establecer cuándo llegó su conductora ni cuándo se marchó.

—¿Hay salida hacia el embalse? —preguntó Cora.

—Un sendero y un pequeño embarcadero. La unidad está revisando ambos.

—Entonces ha escapado.

—Entonces no está dentro de la casa.

La precisión de Lobo comenzaba a sonar como una barandilla a la que todas se agarraban incluso cuando la odiaban.

Leire entregó las seis declaraciones.

La teniente leyó la de Isara y después las demás. No preguntó por qué las habían escrito.

—Las incorporaré como manifestaciones voluntarias con esta hora —dijo—. Conservarán los originales cuando hagamos copias.

Duna pareció sorprendida.

—¿Le sirven?

—Sirven para fijar qué creen antes de recibir nueva información. Eso puede ser importante si alguien intenta influir en sus recuerdos.

Leire no sonrió, pero enderezó la espalda.

El registro de la casa se prolongó más de una hora.

Los agentes encontraron seis sillas en el comedor, pero no eran infantiles. Pertenecían al mobiliario de la vivienda y habían sido colocadas alrededor de una mesa rectangular. Ante cada una había un sobre con uno de los nombres actuales.

No los abrieron hasta documentar la estancia.

Tomás había dejado también una cámara de vídeo sobre un trípode, orientada hacia las sillas, y un proyector conectado a un ordenador sin acceso a internet. La pantalla mostraba una carpeta titulada:

8 NOVIEMbrE — DECLARACIÓN FINAL.

—Quería grabarnos —dijo Cora.

—O que se grabaran ustedes —respondió Lobo.

—¿Qué diferencia hay?

—Quién iba a estar detrás de la cámara.

Tomás había salido de la casa solo. No llevaba teléfono, llaves ni documentación. En los bolsillos encontraron un mando de proyector y una pequeña grabadora apagada.

No apareció el registro de salidas.

Tampoco la placa de la habitación seis.

—Entonces la mujer se los llevó —dijo Salma.

—Es posible.

—Tomás la ha enviado por delante.

—También es posible que ella se los quitara.

Cora soltó el aire con impaciencia.

—Siempre acabamos en lo mismo.

—Porque todavía hay más de una explicación compatible con los hechos.

La teniente recibió un nuevo mensaje. Lo leyó y miró a Isara.

—Han encontrado material fotográfico en un armario del dormitorio principal. Hay una hoja de contactos, varios sobres y una cámara de 35 milímetros con una abolladura en el borde derecho.

—¿La de Celia?

—La correa y la deformación coinciden con lo que se ve en las fotografías, pero el laboratorio tendrá que examinar el cuerpo y los negativos. En uno de los contactos aparece la pensión de Valdecierzo y la imagen que vimos en la fábrica.

La niña con el vestido de Mara.

Celia a su lado.

Alguien detrás de la cámara.

—¿Hay otros fotogramas? —preguntó Isara.

—Sí. La secuencia completa tiene ocho.

La teniente pidió que enviaran copias de baja resolución sin alterar los originales. La espera duró menos de cinco minutos, pero Isara sintió que regresaba a su taller, frente a una imagen dañada que solo podía tocar después de documentar cada grieta.

El primer fotograma mostraba la fachada de la pensión vacía.

El segundo, a Celia saliendo por la puerta con la niña de la mano. El vestido de Mara le quedaba demasiado ancho en la cintura. La niña volvía la cara hacia el interior, como si alguien se hubiera quedado dentro.

En el tercero, Celia se agachaba para ajustar uno de los botones.

En el cuarto, la niña miraba a la cámara.

El quinto era la imagen hallada en la silla.

En el sexto, Celia levantaba una mano hacia el objetivo. No intentaba saludar. La palma ocupaba parte del encuadre, en un gesto de rechazo.

En el séptimo, la cámara se inclinaba hacia una ventana de la pensión.

El cristal reflejaba a quien la sostenía.

Tomás Valcárcel tenía veintisiete años. Era más delgado que en las fotografías actuales y llevaba el cabello peinado hacia atrás. El reflejo deformaba su cara, pero no la ocultaba. Sujetaba la cámara de Celia con ambas manos.

En el borde derecho aparecía otra figura.

Una mujer mayor con abrigo oscuro.

Ofelia.

Nadie habló.

El octavo fotograma estaba desenfocado. Solo mostraba el suelo, la punta de un zapato masculino y la sombra de Celia inclinándose sobre la niña.

La teniente amplió la fecha escrita en el sobre de negativos.

24-11-89. Pensión. I. entregada a C.

La anotación no era de Celia.