Las niñas de la habitación seis Capítulo 20 — Las seis que salieron #3
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Capítulo 20 — Las seis que salieron #3

Leyó el mensaje y pidió a la especialista que cerrara la conexión con la fábrica.

—Han identificado el producto de la caja metálica —dijo—. Revelador fotográfico, fijador y varios disolventes antiguos. No había un mecanismo de ignición.

—Entonces no pretendían quemar la cámara —dijo Salma.

—No.

—Pudieron dejar los productos a la vista para que los agentes temieran otro incendio y retrasaran la entrada —dijo Isara.

—Es una posibilidad —respondió Lobo—. También podían llevar años almacenados allí. Lo comprobaremos.

Si había sido deliberado, habían ganado casi una hora: tiempo suficiente para alejarse mientras la unidad evacuaba la nave y esperaba especialistas.

La amenaza no era omnipotente.

Era práctica.

Utilizaba el miedo a la repetición.

La teniente se volvió hacia Elena.

—Necesito todos los inmuebles, almacenes y terrenos a los que su padre pueda acceder sin activar los sistemas actuales.

—Son más de veinte.

—Empiece por los que tengan relación con la fundación, Ofelia o 1989.

Elena pidió papel.

Leire se acercó a la pizarra y escribió debajo de INTERVENCIÓN ACTUAL :

RETIRA EL REGISTRO.

DEJA LA LETRA DE CELIA.

CONSERVA LA PLACA 6.

—No está destruyendo toda la verdad —dijo—. Está seleccionando qué parte llegará a una investigación.

—La versión en la que Celia organizó las salidas —respondió Isara.

—Y la familia Valcárcel intentó ayudar después del incendio.

Elena dejó de escribir.

—Mi padre lleva años diciendo eso.

—¿A quién? —preguntó Lobo.

—A abogados, aseguradoras, investigadores. Siempre la misma historia: Ofelia cometió irregularidades administrativas, Celia robó expedientes y provocó el caos al intentar llevarse a las niñas. Tomás llegó después y colaboró con las autoridades.

—Pero estuvo allí antes del aviso oficial —dijo Cora.

—Eso puede demostrarlo el registro —respondió Leire—. No las fotografías.

Isara miró los seis nombres de salida que aún permanecían congelados en la última captura de la tableta.

Duna Rivas.

Leire Montoro.

Nélida Sanz.

Salma Oria.

Cora Beltrán.

Isara Luján.

Celia había escrito cada uno.

No podía absolverla de haber participado. Tampoco permitiría que Tomás utilizara esa participación para convertirla en la única adulta responsable.

Amar a Celia no exigía fingir que había sido inocente.

Buscar la verdad tampoco exigía aceptar que toda la culpa le perteneciera.

—Mañana es día ocho —dijo Duna.

La fecha había quedado casi olvidada bajo los incendios y las huidas.

La convocatoria era a las cinco de la tarde.

Quedaban menos de veinte horas.

—La reunión no se celebrará —repitió la teniente.

—Tomás no necesita que nosotras la celebremos —respondió Isara—. Solo necesita saber dónde cree que debe terminar.

—Fuente Fría está vigilado.

—Y la fábrica ya está vacía.

Elena levantó la cabeza del listado.

—Hay una propiedad que mi padre no incluyó nunca en el sistema moderno.

La teniente endureció la expresión.

—Le advertí que no convirtiera cada respuesta en una dirección nueva.

—No contiene otro archivo secreto ni otra habitación seis. Es una casa de guardeses junto al embalse. Ofelia la utilizaba para reuniones de la fundación y mi padre siguió pagando la luz después de que quedara vacía. Cuando quería sacar algo de la empresa sin registrarlo, lo llevaba allí.

—Dirección exacta.

Elena dibujó la carretera, el desvío y un camino forestal que no aparecía en los mapas actuales.

Lobo salió de la sala mientras llamaba a la unidad más cercana.

Nadie se levantó.

La regla seguía vigente.

No perseguirían otra dirección.

No llegarían antes que la policía.

No obedecerían por separado.

Isara observó la sexta fotografía detenida en la pantalla. Celia y la niña vestida con la ropa de Mara permanecían frente a la pensión, ambas mirando a alguien situado detrás de la cámara.

Tal vez Tomás.

No la falsa Cira: por edad, en 1989 habría sido una niña.

Quizá otra persona cuyo nombre seguía borrado.

Pero aquella niña parecía haber sobrevivido.

Las seis parecían haber sobrevivido.

Si las fechas se confirmaban, aquello ya no podría volver a enterrarse bajo una lápida común.

Duna se acercó a la hoja de las firmas y la colocó en el centro de la mesa.

—Pase lo que pase en esa casa —dijo—, no cambia esto.

Cora miró los nombres actuales.

—No.

Leire añadió la hora en el margen superior:

7 de noviembre de 2026. 21:43.

Por primera vez estaban fijando su propia cronología mientras ocurría, antes de que otra persona pudiera escribirla después.

El teléfono de la sala sonó.

Salma dio un respingo, pero nadie se movió hasta que la teniente regresó y respondió.

Escuchó en silencio.

Después miró a Elena.

—La unidad está a veinticinco minutos de la casa. Las cámaras de una carretera secundaria captaron el coche blanco de Tomás entrando en dirección al embalse hace dos horas.

—¿Y el vehículo gris? —preguntó Cora.

—También.

Dos coches.

Al menos dos personas.

Tomás y la mujer que había utilizado la identidad de Cira Berrocal Martín.

La teniente colgó.

—Ahora ya no están preparando una versión para que la encontremos —dijo.

Isara miró la hora escrita por Leire.

—Están preparando la reunión para mañana.