Capítulo 20 — Las seis que salieron #2
La niña estaba sentada sobre una maleta pequeña, bajo un reloj de pared. Llevaba un gorro de lana y sostenía una bolsa de papel. La imagen mostraba parte de un cartel con el nombre de una localidad cortado por el borde.
23-11-89.
Cora no dijo nada.
La niña se parecía a ella, aunque menos que la figura añadida detrás del cristal. Su rostro era más redondeado y la distancia entre los ojos distinta. La oreja izquierda quedaba oculta bajo el gorro.
—¿Es Cora? —preguntó la teniente.
—No lo sé —respondió Cora.
La honestidad hizo que su voz sonara más baja.
—Emilia pudo sacarme por una estación. Pudo fotografiar a otra niña. No lo sé.
—En la hoja de la furgoneta figuraban tres menores —recordó Leire—. Mara, Nélida y una sin nombre. La fotografía de la estación puede corresponder a esa tercera.
—Puede.
Cora no intentó apropiársela.
La sexta imagen permanecía en miniatura durante unos segundos.
Isara supo que era la suya antes de verla ampliada.
No porque reconociera a la niña.
Por el vestido.
La fila de botones nacarados descendía desde el cuello. La reparación del hombro izquierdo formaba una línea más oscura. Era el vestido de Mara.
La niña estaba de pie delante de una pensión. El letrero superior mostraba solo las últimas letras:
…CIERZO.
Junto a ella aparecía Celia.
No detrás de la cámara.
A su lado.
Celia tenía veintisiete años y una mano apoyada sobre el hombro de la niña. La otra sostenía la cámara por la correa. Miraba hacia la persona que tomaba la fotografía con una expresión que Isara nunca le había conocido: miedo sin disimulo.
La fecha era del 24 de noviembre de 1989.
Cinco días después del incendio.
Isara se acercó tanto que la especialista tuvo que apartar la tableta unos centímetros.
La niña no tenía el rostro raspado.
Cabello oscuro hasta las orejas. Cejas finas. Una pequeña sombra bajo el labio. Los brazos rígidos a ambos lados del cuerpo.
Isara buscó el parecido y se obligó a detenerse.
Podía reconocer sus propios ojos en cualquier niña si los miraba el tiempo suficiente.
—La pensión —dijo Leire—. Es el domicilio que Celia declaró en tu inscripción de 1992.
Isara asintió.
—Y el vestido de Mara —añadió Salma.
—Si la fecha es contemporánea y mi recuerdo del hospital es correcto, Mara había muerto cuatro días antes —dijo Nélida.
La fotografía todavía necesitaba análisis, pero imponía un límite claro: aquella niña difícilmente podía ser Mara. Alguien le había puesto su vestido y Celia aparecía junto a ella delante de la pensión desde la que, años más tarde, se tramitaría la inscripción de Isara Luján.
El vestido dejaba de identificar a una niña.
Documentaba el traslado de una prenda —y quizá de una identidad prevista— de un cuerpo a otro.
Isara observó la mano de Celia sobre aquel hombro infantil. Los dedos estaban flexionados. La imagen no permitía saber si la sostenía, la colocaba para la fotografía o impedía que se apartara.
—¿Quién hizo esta fotografía? —preguntó.
—Todavía no lo sabemos —respondió Lobo.
—La cámara era de Celia. Aparece colgada de su cuello.
—Puede haber utilizado otra.
—La deformación del borde derecho es la misma que en las fotografías de Fuente Fría —dijo Isara—. Quien disparó estaba utilizando su cámara.
—¿Tomás? —preguntó Cora.
—No lo sé.
La especialista regresó a la vista general.
Seis niñas que, si las fechas y la procedencia se confirmaban, habían sido fotografiadas después del incendio.
No seis cuerpos.
No cinco supervivientes y una identidad imaginada.
Seis menores aparentemente vivas después de la noche de Fuente Fría.
Mara no podía estar entre ellas si el relato de Nélida y la documentación hospitalaria terminaban confirmándose.
La hija de Celia debía estar entre las supervivientes.
Y también la niña que Celia había criado.
La hipótesis más sencilla era que ambas figurasen entre aquellos seis rostros, pero las fotografías aún no permitían asignarlas.
La aritmética empezaba a ordenarse.
Cinco identificaciones en la habitación.
Mara añadida como sexta.
La hija de Celia fuera del registro.
Siete niñas posibles.
Una muerte documentada después de la salida.
Seis mujeres alrededor de la mesa.
Duna se sentó.
—Somos nosotras.
—Es probable —dijo la teniente.
—Somos nosotras —repitió, sin elevar la voz—. No sé qué nombre tenía cada una. Pero esas seis salieron y nosotras somos seis.
Lobo no la corrigió de nuevo.
Los agentes levantaron las fotografías una por una siguiendo las instrucciones de la especialista. Documentaron el asiento, los bordes y cualquier partícula adherida. Después mostraron los reversos a la cámara.
La primera, la del convento, llevaba un símbolo dibujado a lápiz: una cruz rodeada por un cuadrado.
Debajo, escrito con tinta negra:
DUNA RIVAS.
La segunda:
LEIRE MONTORO.
La tercera:
NÉLIDA SANZ.
La cuarta:
SALMA ORIA.
La quinta:
CORA BELTRÁN.
La sexta:
ISARA LUJÁN.
Los nombres actuales.
No los anteriores.
Cada reverso incluía además uno de los símbolos de las piedras del cementerio. Convento. Casa. Hospital. Carretera. Estación. Celia.
—Relacionan cada fotografía con una ruta y con una identidad posterior —dijo Leire.
—No nos dicen cuándo se escribieron ni con qué nombre entramos —añadió Duna.
La especialista amplió la escritura.
Isara reconoció las aes triangulares, las eles prolongadas hacia la izquierda y los puntos redondos sobre las íes.
—Parece la letra de Celia.
Cora se volvió hacia ella.
—¿En las seis?
—En las seis. Pero quiero que la comparen antes de tratarlo como una atribución formal.
Quien había preparado la escena dejó seis fotografías posteriores al incendio con rutas y nombres que parecían escritos por Celia. El registro que podía relacionar esas salidas con las identificaciones anteriores no estaba allí.
La selección servía para construir una historia en la que Celia ocupaba el centro de todas las decisiones.
—No parece otra convocatoria —dijo Isara—. Parece una explicación preparada para quien encontrara la cámara.
La teniente observó la composición de las sillas.
—Una explicación que concentra la responsabilidad en Celia.
Las fotografías podían demostrar que Celia conoció y anotó las identidades posteriores.
Todavía no demostraban cuándo escribió los reversos, quién eligió cada ruta ni que hubiera actuado sola.
Sin el registro, sin embargo, cualquier investigador podía concluir que ella había sacado a seis menores, las había repartido y había creado nuevas identidades.
Ofelia quedaba reducida a una directora muerta en cuyo edificio ocurrió una tragedia.
La fundación, a un sistema de pagos antiguo.
Tomás, en la versión que él repetía, a un gestor joven que llegó después con su familia.
Celia cargaría con todas las decisiones porque su letra sobrevivía sobre las pruebas.
—¿Hay más anotaciones? —preguntó Leire.
La especialista examinó cada reverso con luz oblicua. Las primeras cinco mostraban una segunda escritura, mucho más tenue, situada bajo la tinta de Celia. Parecían números y abreviaturas borrados con goma.
En la sexta, la de Isara, la superficie estaba más dañada.
Habían raspado una línea antes de escribir el nombre actual.
Isara sintió que el aire se detenía.
Otra palabra eliminada.
Otro espacio dispuesto para que imaginaran un nombre.
—No intenten leerlo desde la imagen —advirtió la especialista—. Necesitamos fotografía multiespectral y examen físico.
Cora ya se había inclinado.
—Empieza por eme.
—No —dijo Isara.
Cora la miró.
—Se ve una línea vertical.
—También podría ser una ene, una i, parte de una fecha o un arañazo. No volveremos a nombrar a una niña por una marca incompleta.
Cora se apartó.
La especialista confirmó que, en las cinco primeras, los textos borrados ocupaban longitudes diferentes. No eran simples números de habitación. Podían ser nombres originales.
El registro no era la única prueba que los había contenido.
Pero alguien había intentado eliminarlos de todas las fotografías antes de que Celia escribiera las identidades de salida.
—¿Cuándo se borraron? —preguntó Leire.
—No puedo determinarlo desde aquí.
—¿La letra inferior puede ser de Tomás?
—Necesitamos muestras comparativas.
La teniente pidió que trasladaran las seis imágenes al laboratorio central sin limpiar los reversos.
En la cámara, los agentes revisaron las sillas.
No eran mobiliario escogido al azar. Bajo cada asiento aparecía una placa metálica retirada de algún mueble de Fuente Fría. Los números coincidían con camas, armarios y taquillas. Ninguna llevaba el seis.
—Tomás reunió objetos del internado —dijo Elena desde la puerta.
Había regresado sin que Isara la oyera. Un agente permanecía detrás de ella.
—¿Reconoces las sillas? —preguntó Lobo.
—Estaban almacenadas en la nave sur. Mi padre prohibió que se tiraran.
—¿Por qué?
—Decía que una propiedad vale también por lo que puede demostrar que había dentro.
—¿Y estas placas?
—No las había visto colocadas así.
La especialista mostró el reverso de la sexta silla.
Había una marca rectangular más clara, como si una placa hubiese sido retirada poco antes.
La única sin número.
—Aquí faltaba una —dijo Salma.
—La de la habitación seis —respondió Nélida.
Elena observó la pantalla.
—Mi padre la guardaba en su despacho.
—¿La placa original de la puerta? —preguntó Leire.
—Sí. La retiró durante una inspección en los noventa. Decía que era la única pieza que la policía había fotografiado mal.
—¿Dónde está ahora?
Elena negó.
—No estaba cuando registramos el despacho esta mañana.
Alguien había retirado una placa del sexto asiento poco antes de la llegada de la policía.
Si era el número seis conservado por Tomás, la escena había reunido durante un tiempo la pieza física de la puerta, las rutas y las fotografías posteriores al incendio.
—Puede haberla llevado al mismo lugar que el registro —dijo Cora.
—Puede —respondió la teniente—. Primero tendremos que demostrar que esa marca corresponde a la placa y quién la retiró.
Su teléfono vibró.