Capítulo 20 — Las seis que salieron
La teniente les pidió que no regresaran todavía a la pensión.
No estaban detenidas. Lobo explicó que la fábrica podía formar parte de la amenaza actual, recomendó que permanecieran juntas bajo protección y pidió que mantuvieran los teléfonos apagados hasta terminar la primera inspección.
Si alguna necesitaba avisar a alguien o marcharse, podía hacerlo a través de un agente y dejando constancia.
Las condujeron de nuevo a la sala de reuniones. Dos agentes retiraron la cafetera apagada, llevaron botellas de agua y cerraron las persianas que daban al aparcamiento.
Isara aceptó quedarse.
La frase de Celia seguía doblada dentro de la copia que tenía delante.
Una de las seis fue mi hija. Otra vivió conmigo. No son la misma mujer.
Había leído esas palabras tantas veces durante la última hora que empezaban a perder su forma. Ya no parecían una revelación, sino dos hechos que su madre hubiera debido contarle mientras aún podía responder.
En la silla vacía de Elena quedaba una marca oscura producida por su cazadora.
La habían llevado a otro despacho para facilitar los códigos de alarma, los accesos antiguos y los nombres del personal que podía abrir la fábrica.
Desde el pasillo llegaba a intervalos la voz de la teniente, más baja de lo habitual.
Cora caminaba alrededor de la mesa.
—Seis sillas infantiles —dijo por tercera vez—. No las encontró allí por casualidad.
—Nadie ha dicho que fuera casualidad —respondió Leire.
—Las colocaron para nosotras.
—O para la policía.
Cora se detuvo.
La posibilidad cambió el aspecto de la escena.
Hasta entonces habían imaginado las sillas como otra convocatoria: seis lugares preparados para que las adultas ocuparan una posición infantil, quizá delante de las fotografías que les habían negado durante toda la vida.
Pero Tomás sabía que la fábrica estaba vinculada a su empresa.
Sabía que Elena podía conducir a la policía hasta la cámara.
Si había dejado las imágenes a la vista, podía no estar hablándoles a ellas.
Podía estar construyendo una explicación para quien llegara después.
—¿Qué fotografías eran? —preguntó Duna.
Nadie podía responder.
La comunicación recibida por la teniente solo mencionaba seis retratos infantiles con los rostros intactos. Los agentes no los habían movido. Habían evacuado la nave al detectar un olor químico cerca de la cámara y esperaban a que los especialistas descartaran acelerantes o mecanismos incendiarios.
Un tercer fuego habría resultado casi absurdo.
Isara sabía que lo absurdo no impedía que una amenaza funcionara. A veces la repetición era precisamente lo que obligaba a actuar sin pensar.
Salma miró el reloj de la pared.
—Llevan una hora.
—Una hora no es mucho en una escena que puede estar preparada —dijo Leire.
—Lo sé.
No parecía saberlo con el cuerpo. Mantenía una pierna en movimiento bajo la mesa y se tocaba la cicatriz del cuello cada vez que alguien cruzaba el pasillo.
Nélida permanecía junto a la pizarra. Había añadido con lápiz, sobre una hoja aparte, los seis símbolos de las rutas marcadas en las piedras del cementerio.
Carretera.
Hospital.
Convento.
Casa.
Estación.
Celia.
Los observaba como si alguno pudiera decirle qué fotografía esperaba sobre cada silla.
—¿Emilia sabía que las imágenes estaban en la cámara? —preguntó Isara a Cora.
—Sabía que Tomás guardaba documentos de Ofelia. Nunca me habló de retratos.
—La carta de Celia dice que Elena debía llevar los negativos y el registro de salidas a la habitación seis —recordó Leire—. No habla de fotografías individuales.
—Entonces pertenecían a Tomás.
—O las sacó del archivo de Celia.
Cora volvió a caminar.
—Siempre tienes una alternativa.
—Es mi trabajo.
—Tu trabajo es defender una versión, no impedir que exista ninguna.
Leire cerró la libreta.
—Mi trabajo es saber qué versión sobrevivirá cuando alguien intente demostrarla. Si prefieres una respuesta rápida, elige la que más te duela y deja de investigar.
Cora se quedó inmóvil.
Duna miró a Leire con una desaprobación leve, pero no intervino. Quizá porque la frase era cruel. Quizá porque también era cierta.
Isara pensó en la primera vez que había visto el vestido. Había necesitado muy poco para convertir una etiqueta en un nombre original. Después había necesitado una palabra roja para convertir ese nombre en una muerte y una placa enterrada para imaginar que ella misma había sido Mara.
La rapidez del dolor no lo volvía verdadero.
La puerta se abrió poco antes de las nueve.
Entró la teniente Lobo acompañada por una mujer con mono blanco de protección y el cabello recogido bajo una cofia. Llevaba una tableta dentro de una funda transparente.
—No hay un artefacto incendiario —dijo Lobo—. El olor procede de productos antiguos almacenados en una caja metálica. La cámara puede inspeccionarse con protección respiratoria. No entrarán.
Cora apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Y las fotografías?
—Siguen donde estaban. Vamos a documentarlas antes de levantarlas.
—Necesitamos verlas.
—Necesitamos saber si alguna de ustedes puede reconocer lugares, objetos o personas. Por eso están aquí.
La especialista colocó la tableta sobre un soporte. La pantalla mostraba una vista general de la cámara.
Era más pequeña de lo que Isara había imaginado.
No tenía el aspecto de una sala acorazada, sino de un archivo sin ventanas.
Las paredes estaban revestidas por paneles metálicos y el suelo conservaba dos carriles donde antes debía de haber estanterías móviles.
Al fondo se alzaba la pared vacía mencionada en el aviso.
Delante habían colocado seis sillas de madera.
Eran distintas entre sí.
Una tenía el respaldo curvo. Otra mostraba restos de pintura azul. La tercera era tan baja que parecía destinada a una niña de cuatro años. No formaban una fila exacta. Cada una estaba orientada hacia la pared, separada de la siguiente por unos cuarenta centímetros.
Sobre los asientos descansaban seis fotografías.
No eran las copias de grupo.
Eran retratos individuales.
Isara acercó la cara a la pantalla.
—Amplía la primera.
La especialista no obedeció hasta que la teniente asintió.
La imagen ocupó casi toda la tableta.
Una niña estaba sentada en el borde de una cama estrecha. Llevaba un abrigo demasiado grande y sostenía una taza con ambas manos. Detrás había una pared encalada, una mesilla y una cruz pequeña de madera.
El rostro estaba intacto.
Tendría seis o siete años. Cabello oscuro, mejillas hundidas y una mirada dirigida fuera del encuadre. No sonreía.
En el borde inferior se veía una fecha escrita en tinta:
21-11-89.
La especialista advirtió que todavía debían comprobar si la anotación era contemporánea a la copia. Por el momento, la imagen solo afirmaba que alguien había querido situarla dos días después del incendio.
Duna soltó el aire.
—El convento.
—¿Lo reconoces? —preguntó Lobo.
—No el lugar. La cruz. Recuerdo despertarme mirando una como esa.
—¿Te reconoces a ti?
Duna miró a la niña.
La distancia entre ambas no se medía solo en años. El rostro adulto había cambiado, y el infantil no contenía ninguna de las expresiones con las que Isara conocía a Duna. Aun así, compartían la forma corta de la barbilla y la separación de los ojos.
—Puede ser —dijo—. No puedo asegurarlo.
La respuesta parecía costarle más que una afirmación.
—Muestren el reverso —pidió Leire.
La especialista explicó que los agentes todavía no habían levantado las fotografías.
—Primero documentamos su posición.
Pasaron a la segunda.
Otra niña aparecía delante de la entrada de una casa. Llevaba una falda oscura, un jersey de cuello alto y zapatos con cordones. Una mujer sin cabeza visible le apoyaba una mano en el hombro; el encuadre cortaba el cuerpo adulto a la altura del pecho.
Fecha:
22-11-89.
—Casa particular —dijo Nélida.
Leire no habló.
La niña tenía el cabello recogido en una trenza larga.
Isara recordó la copia de Leire, donde precisamente aquel rostro había sido raspado. La oreja izquierda presentaba la misma hendidura que habían comparado en el apartamento.
—Podría ser Leire —dijo Salma.
—Podría —respondió ella.
No apartó la vista.
La tercera fotografía mostraba una habitación de hospital.
La niña estaba de pie junto a una cama vacía, con una bata clara sobre el cuerpo y una venda alrededor de la muñeca. Parte del cabello se había quemado junto a la sien. La fecha era del 20 de noviembre.
Nélida cerró los ojos.
—Esa soy yo.
La teniente la miró.
—¿Qué le permite afirmarlo?
Nélida señaló el pie derecho.
La niña no llevaba zapato. Los dedos aparecían doblados hacia dentro y el segundo se superponía ligeramente al primero.
Nélida se quitó la bota sin pedir permiso.
Su pie mostraba la misma forma.
No era una identificación científica. Pero no dependía de un vestido, una cinta ni una pulsera intercambiable.
—Nací así —dijo—. Ángel quería operarlo cuando era pequeña. Nuria no lo permitió.
La especialista anotó la observación.
Isara miró el rostro de la niña. Por primera vez una de las seis podía señalar una continuidad corporal que nadie había elegido por ella.
Nélida volvió a calzarse sin emoción visible. Sin embargo, sus dedos temblaron al atar el cordón.
La cuarta fotografía estaba tomada junto a una carretera.
Una niña se encontraba sentada en el escalón de una ambulancia. Tenía una manta alrededor de los hombros y una gasa adherida al cuello. Detrás se veía un mojón kilométrico y parte de una matrícula.
Fecha:
20-11-89.
Salma se tocó la cicatriz.
—Esa soy yo.
Lobo volvió a preguntar cómo lo sabía.
—La lesión. La cicatriz empieza en el mismo sitio. Y el nacimiento del cabello.
La niña de la fotografía miraba directamente a la cámara con una expresión furiosa. No parecía asustada. Parecía ofendida por haber sobrevivido a algo sin comprender por qué.
Isara reconoció en ella la forma en que Salma enfrentaba cada pregunta.
La quinta fotografía se tomó en una estación.