Las niñas de la habitación seis Capítulo 19 — El nombre prestado #3
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Capítulo 19 — El nombre prestado #3

—La resolución no permite identificarlo —advirtió Lobo.

—Nosotras llamábamos campana a un silbato pequeño —respondió Duna—. Se utilizaba para llamar a las cuidadoras sin activar la alarma general.

Nélida negó.

—Ofelia no lo llevaba siempre.

—La mujer de la mancha sí.

Podía ser el silbato que Emilia había conservado.

O cualquier objeto de forma parecida.

Cora acercó la fotografía.

—Puede haberlo encontrado en la caja de mi madre.

—O Emilia se lo entregó —dijo Duna.

—¿Por qué se lo daría a alguien que trabajaba para Tomás?

—Porque quizá no sabía para quién trabajaba.

Isara observó la cápsula.

Otro objeto trasladado de una persona a otra. Otra señal capaz de hacer que una mujer pareciera heredera de alguien a quien quizá solo había robado.

No iban a repetir el error.

—El colgante no demuestra quién es —dijo—. Ni siquiera podemos asegurar desde esta imagen que sea el mismo objeto.

La teniente asintió.

—Lo que sí está demostrado es que tuvo acceso a la casa de Emilia. Nos interesa dónde puede haber llevado la llave y el registro.

Elena levantó la cabeza.

—Si mi padre tiene su llave, todavía necesita la de Emilia para abrir la cámara.

—La cuidadora podía llevársela —dijo Leire.

—Entonces ya tienen las dos.

—¿Qué guardaba Tomás allí además de documentos? —preguntó Salma.

—Dinero, escrituras antiguas, libros de cuentas. No lo sé todo.

—¿Puede entrar sin que tú recibas una alerta?

—La cámara no está conectada al sistema moderno. La pared que la oculta se abre desde un mecanismo manual.

La teniente pidió un plano.

Elena lo dibujó en una hoja: nave principal, oficinas, pasillo de archivo, cuarto de contadores y una pared levantada durante la reforma. La cámara quedaba entre el archivo antiguo y una sala de maquinaria que ya no se utilizaba.

—La Policía Nacional está enviando una unidad —dijo Lobo—. Nadie de esta mesa se acercará a la fábrica.

Cora abrió la boca.

—Nadie —repitió la teniente.

Esta vez no hubo discusión.

La decisión de las seis seguía vigente: no entrar solas, no obedecer mensajes, no perseguir una pista sin compartirla.

Isara sintió el impulso de preguntar cuánto tardarían los agentes, qué podían destruir Tomás y la falsa Cira durante ese tiempo, si el registro seguía en la cámara o ya había sido trasladado.

No lo hizo.

Habían corrido hacia Fuente Fría y casi perdieron las pruebas bajo un segundo incendio. Entrar en otra propiedad mientras la policía se dirigía hacia ella no sería valentía.

Sería repetir la parte del plan que mejor conocían: llegar separadas y actuar con una verdad incompleta.

Lobo pidió que las trasladaran a la pensión con una patrulla y que permanecieran juntas. Elena se quedaría en el puesto para ampliar su declaración y facilitar el acceso a la fábrica.

Antes de salir, Cora se detuvo junto a ella.

—¿Tu padre conocía mi nombre antes de que Emilia te buscara?

Elena no respondió inmediatamente.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde 1989.

Cora palideció.

—¿Sabía que Emilia me había criado?

—Sabía que una de las niñas salió con ella. No sé cuándo averiguó cuál.

—Pero fue a nuestra casa en abril.

—Sí.

—Y dejó que mi madre muriera creyendo que el registro estaba a salvo.

Elena bajó la mirada.

—No sé qué creyó Emilia al final.

Cora se acercó un paso.

—Yo sí. Creyó que la mujer que la cuidaba protegería la llave.

La falsa Cira no solo había engañado a un sistema de contratación.

Había esperado junto a dos camas hasta que dos mujeres estuvieran demasiado débiles para vigilar lo que dejaban atrás.

Isara tocó la manga de la chaqueta de Celia.

Por primera vez pensó en quitársela.

No porque hubiera dejado de pertenecer a su duelo, sino porque Cira la había visto en aquella casa.

Sabía que Isara podía llevarla a Valdecierzo.

Quizá Celia había escrito la instrucción de Nélida pensando en una prenda reconocible; quizá la cuidadora había leído esa instrucción mientras registraba el dormitorio.

Cada objeto que Isara conservaba podía ser también información que otra persona hubiera aprendido.

Se quitó la chaqueta y la dobló sobre el brazo.

Nélida observó el gesto.

—¿Tienes frío?

—Sí.

No era verdad.

Pero todavía no sabía explicar que empezaba a necesitar una identidad que no dependiera de llevar encima las cosas de Celia.

Salieron de la sala en silencio.

En el pasillo, un agente corrió hacia el despacho de la teniente con el teléfono en la mano. Lobo leyó la pantalla antes de que alcanzaran la puerta.

—Esperen.

Todas se volvieron.

La unidad que se dirigía a la fábrica había encontrado la verja abierta.

La cámara acorazada también.

Dentro no quedaban los archivadores descritos por Elena ni el registro de salidas.

Solo seis sillas antiguas colocadas frente a la pared y, sobre cada asiento, una fotografía con el rostro intacto.

La teniente miró a las seis mujeres.

—Puede que no se hayan llevado el registro solo para esconderlo —dijo Isara.

La conclusión apareció antes de que pudiera someterla a las tres columnas de Leire.

Tomás y la falsa cuidadora podían estar preparando otro lugar para la reunión.