Las niñas de la habitación seis Capítulo 19 — El nombre prestado #2
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Capítulo 19 — El nombre prestado #2

—Servicios Asistenciales del Norte. La misma empresa que aparece en la cadena de contratación de Emilia. Cerró hace ocho meses y parte de su actividad pasó a varias subcontratas. Estamos comprobando quién pudo acceder al archivo de candidaturas antes del cierre.

Elena palideció.

—Valcárcel Patrimonio utilizaba esa empresa para la vigilancia sanitaria de los trabajadores.

—¿La conocías?

—Solo por las facturas. Mi padre gestionaba ese contrato.

Lobo no anotó la frase. Ya la esperaba.

—El expediente falso presentado para atender a Emilia incluía dos referencias laborales. Una empresa ya cerrada y Valcárcel Patrimonio.

—¿Quién firmó la referencia? —preguntó Leire.

—Tomás Valcárcel.

Elena cerró los ojos.

No parecía sorprendida de que el nombre apareciera. Parecía agotada de que cada documento de su padre llegara antes que una explicación.

—¿La firma es auténtica? —preguntó.

—La compararemos. El correo se envió desde una cuenta corporativa a la que su padre tenía acceso.

—También Rubén Acosta.

—Estamos comprobándolo.

Cora se acercó a la pantalla.

—¿Cómo llegó a cuidar a Celia?

—La misma persona solicitó incorporarse como sustituta urgente en la empresa domiciliaria que la atendía —respondió la teniente—. Presentó los documentos falsos y cubrió los turnos de una enfermera de baja.

—¿Nadie verificó su cara con el documento?

—La agencia había marcado previamente la documentación y el número profesional como válidos.

La empresa domiciliaria hizo una entrevista breve para comprobar disponibilidad y experiencia, no una segunda identificación formal.

La conexión era mala y la candidata llevaba mascarilla porque alegó síntomas respiratorios. La contratación duró doce días.

Salma murmuró algo que Isara no entendió.

—¿Qué? —preguntó Lobo.

—Que alguien quiso que el sistema fallara exactamente como fallan estos sistemas. Urgencia, subcontratación, documentos correctos y una sustitución breve.

—Sí —dijo la teniente—. No entró por casualidad.

Isara miró el rostro de la verdadera Cira.

Una mujer viva a la que habían quitado el nombre durante doce días para utilizarlo cerca de dos moribundas.

La repetición no pertenecía a Celia.

Pertenecía al método de Fuente Fría.

Tomar una identidad disponible.

Rellenarla con otra persona.

Confiar en que nadie mirara el rostro con suficiente atención.

—¿Por qué ese nombre? —preguntó Duna.

La teniente cerró la fotografía.

—Puede haber sido elegido porque los documentos estaban disponibles.

—Había miles de carpetas posibles —dijo Cora—. ¿Por qué Cira Berrocal?

—No sabemos cuántas identidades probaron antes.

—Entonces el nombre no era la señal —dijo Isara—. La señal era la mujer que construyeron encima: los guantes, la mancha y todo lo que pudiera hacerlas pensar en Fuente Fría.

—Eso es probable —admitió Lobo—. No está demostrado quién diseñó cada detalle.

Leire señaló el expediente.

—¿Hay fotografía de la entrevista?

—La empresa conservó una captura de pantalla.

El agente abrió otra imagen.

La calidad era baja. La mujer aparecía sentada frente a una pared blanca, con mascarilla oscura y el cabello recogido. Solo se veían la frente, los ojos y parte de las mejillas.

Isara la reconoció.

No por los ojos.

Por la forma de inclinar la cabeza mientras escuchaba.

—Es ella.

Elena asintió.

Salma se acercó hasta el límite que la teniente había marcado.

—Amplía la muñeca.

—No se ve.

—La manga.

En la esquina inferior aparecía parte del antebrazo izquierdo. La mujer llevaba una prenda gris y un guante oscuro. Entre el borde de ambos quedaba una franja mínima de piel.

Había una mancha.

No tan extensa como la de Emilia, pero visible incluso en la captura borrosa.

Cora negó.

—Puede ser una sombra.

—Sí —dijo Isara.

No iba a convertirla en otra marca heredada antes de tiempo.

La teniente amplió la información técnica del archivo.

—Los registros de conexión y el certificado del equipo utilizado en la videollamada remiten a una cuenta de Valcárcel Patrimonio abierta desde la red de la antigua fábrica.

Elena abrió los ojos.

—¿Desde qué equipo?

—Todavía lo estamos determinando. La conexión salió de la antigua fábrica.

Cora dejó de respirar un instante. Era la nave cerrada junto a la que había crecido, a pocos minutos de la casa de Emilia. Había pasado la infancia al lado del lugar donde la familia Valcárcel conservaba los documentos de Ofelia sin saber que existían.

La cámara acorazada.

Los documentos de Ofelia.

La empresa desde la que Tomás seguía administrando parte del pasado familiar.

—¿Puede haber sido Rubén? —preguntó Elena.

—Puede haber sido cualquier persona con acceso al edificio y a ese equipo. Estamos obteniendo los registros.

—Mi padre tenía despacho allí.

—Lo sabemos.

Cora volvió a sentarse.

—Tomás colocó a una mujer con una identidad falsa junto a Emilia. Después junto a Celia.

—Es una hipótesis sólida —dijo Lobo—. Aún no una acusación cerrada.

—¿Qué más necesita?

—Encontrarlos.

La respuesta terminó la discusión.

Un agente entró en la sala y entregó a la teniente una carpeta fina. Lobo la leyó de pie. Su expresión no cambió, pero pidió que cerraran la puerta otra vez.

—Han recuperado imágenes de la mañana en que Celia fue trasladada al hospital.

Isara levantó la cabeza.

—¿De la casa?

—De una cámara municipal situada dos calles más abajo. Su declaración sobre la bolsa permitió acotar la búsqueda.

El teléfono de la sala sonó antes de que terminara.

La teniente respondió, escuchó durante menos de un minuto y pidió que enviaran tres imágenes al ordenador.

La primera estaba fechada el 2 de noviembre a las siete y diecisiete.

La mujer que había cuidado a Celia caminaba por la acera con una bolsa de tela gris en la mano derecha.

Ya no llevaba uniforme. Vestía una chaqueta oscura, pantalones negros y guantes.

Su rostro aparecía de perfil, sin mascarilla.

Isara la reconoció con mayor certeza que en la entrevista.

Era la falsa Cira.

En la segunda imagen, tomada cinco minutos después, la mujer abría la puerta del acompañante de un coche blanco. El conductor se había vuelto hacia ella y la cámara captaba parte de su rostro.

Elena señaló la pantalla.

—Es mi padre.

Tomás Valcárcel no había recomendado a una desconocida y perdido después el control sobre ella.

La esperaba a dos calles de la casa de Celia, a la hora exacta en que terminaba su último turno.

—¿El coche es suyo? —preguntó Leire.

—Está registrado a su nombre —respondió Lobo—. Y tenemos una tercera imagen.

La captura procedía de una cámara de acceso de la antigua fábrica. Marcaba las dos y seis de aquella misma tarde. El coche blanco atravesaba la puerta de servicio. No constaba una salida posterior por esa misma cámara; la nave tenía otro acceso de carga cuyo sistema llevaba meses desconectado.

Elena miró la hora.

—Yo ya estaba camino del puesto.

—Su entrada está registrada —dijo la teniente—. La unidad se dirige ahora a la fábrica.

—Entonces siguen allí —dijo Cora.

—El coche sigue allí. No es lo mismo.

La primera fotografía de la mujer permanecía abierta.

Sin mascarilla parecía más joven de lo que Isara había calculado. No llegaba a los cincuenta. Tenía el rostro alargado, el cabello oscuro recogido en una cola baja y una pequeña línea junto al labio izquierdo.

La cicatriz que Isara no había podido sostener durante la descripción estaba allí.

No sintió satisfacción.

Solo el peligro de empezar a confiar demasiado en el resto de sus recuerdos.

La teniente imprimió la imagen y la colocó sobre la mesa.

—¿Alguna la ha visto antes de los cuidados de Emilia o Celia?

Cora negó.

Leire y Salma también.

Nélida se acercó lentamente.

—No a ella.

—¿Qué significa? —preguntó Lobo.

Nélida señaló la forma de la boca.

—Se parece a alguien.

—No identificaremos parentescos por semejanza —dijo Isara.

Nélida la miró.

—No he dicho que sea familia.

Duna se colocó a su lado.

Durante unos segundos observó la imagen sin hablar.

—Podría ser la campana —dijo.

Isara recordó su primer relato: una ventana alta, un árbol de tronco claro, una mujer con una mancha oscura en la mano y una campana que no sonaba como las campanas.

—¿Qué tiene que ver? —preguntó Salma.

—La mujer de la fotografía lleva algo en el cuello.

La teniente amplió la captura.

Bajo el borde de la chaqueta aparecía una cadena fina. Del centro colgaba un objeto pequeño y oscuro, con forma de cápsula.