Las niñas de la habitación seis Capítulo 19 — El nombre prestado
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Capítulo 19 — El nombre prestado

La teniente Lobo terminó la llamada sin apartarse de la mesa.

No dijo a quién había marcado ni qué respuesta había recibido. Dejó el teléfono boca abajo, pidió a un agente que cerrara la puerta y volvió a buscar el nombre en la relación de personas que habían atendido a Celia.

Cira Berrocal Martín.

Nueve turnos nocturnos.

Primera visita: 24 de octubre.

Última visita: 1 de noviembre.

Isara conocía aquellas fechas. Durante esos nueve días, Celia había dejado de levantarse sola, comenzó a confundir las horas y aceptó por fin que una profesional pasara la noche en la casa. Isara se había ofrecido a quedarse, pero su madre se negó.

—No necesito una hija vigilándome dormir —le dijo.

Cira había llegado recomendada por la empresa que coordinaba los cuidados domiciliarios. Uniforme claro, cabello recogido, mascarilla cuando se acercaba a la cama y guantes incluso para tareas que no parecían exigirlos.

Isara no había preguntado demasiado. La enfermedad convertía a las personas que ayudaban en presencias funcionales: la enfermera, la médica, quien traía el oxígeno, quien entregaba las medicinas. Recordaba sus actos mejor que sus caras.

Cira comprobaba el gotero.

Anotaba las dosis.

Cerraba la puerta del dormitorio.

Pedía quedarse a solas con Celia para cambiarla.

—¿Qué recuerda de ella? —preguntó la teniente.

Isara tardó en contestar.

—Era más alta que yo. Delgada. Tendría unos cincuenta años, quizá menos. Pelo oscuro con algunas canas. Lo llevaba siempre recogido.

—¿Color de ojos?

—No lo sé.

—¿Algún rasgo distintivo?

Isara miró la fotografía mental de unas manos cubiertas por guantes.

—No le vi la piel de las manos.

Salma se inclinó hacia delante.

—¿Usaba guantes durante todo el turno?

—Siempre que yo entraba en la habitación.

—Eso no es normal.

La teniente levantó una mano.

—No interpretemos todavía.

—Soy enfermera —dijo Salma—. Los guantes se utilizan para procedimientos concretos y se retiran después. Llevarlos de manera continuada aumenta el riesgo de contaminación y no tiene sentido clínico.

—¿Se lo señaló entonces? —preguntó Lobo.

—No estaba allí.

La precisión volvió a contener la conversación.

Cora miró la lista de turnos.

—También cuidó a Emilia.

—Eso afirma la documentación encontrada en su casa —respondió la teniente—. Estamos verificándolo con la empresa que gestionó ambos servicios.

Elena seguía sentada al otro extremo de la mesa. Había terminado su declaración, pero Lobo le había pedido que permaneciera allí mientras verificaban la información sobre la cuidadora. Su mano vendada descansaba sobre la cazadora.

—Emilia la llamaba Cira —dijo—. La vi una vez.

Cora giró hacia ella.

—¿Cuándo?

—La tarde que fui a recoger unas cartas. Estaba preparando la medicación en la cocina.

—¿La reconocerías?

—Creo que sí.

—¿Por qué no la mencionaste antes?

—Porque hasta hace diez minutos no sabía que había cuidado también a Celia ni que Emilia le había entregado una llave.

Cora apretó los labios.

La teniente volvió a tomar el teléfono.

—La empresa enviará el expediente laboral y la fotografía utilizada en la contratación.

Mientras llega, hablaré con cada una por separado.

Isara y Elena describirán a la mujer sin escuchar a la otra.

Cora explicará qué documentación conservaba Emilia sobre sus cuidadoras. Las demás permanecerán aquí.

—¿Por qué tenemos que quedarnos? —preguntó Leire.

—Porque la mujer que utilizó ese nombre conoce sus nombres y la fecha de la reunión. No están detenidas, pero les pido que permanezcan aquí hasta que comprobemos su identidad y podamos organizar un traslado seguro.

—¿Y si alguna quiere marcharse? —preguntó Leire.

—Lo haremos constar y le asignaremos protección si la acepta. No voy a retenerlas sin base legal.

No era una detención.

Era una petición difícil de rechazar después de dos intrusiones y un incendio.

Isara fue la primera en salir de la sala.

La condujeron a un despacho pequeño, con un escritorio cubierto de formularios y un calendario de montañas. Un agente colocó delante de ella una hoja dividida en secciones: altura, complexión, cabello, voz, ropa, particularidades.

Isara descubrió que recordar a una persona no se parecía a reconocerla.

Podía evocar la inclinación de Cira al ajustar una almohada, el sonido seco de los cierres del maletín y la manera en que hablaba sin terminar de elevar la voz. Pero, cuando intentaba reconstruir su rostro, aparecía la mascarilla.

—No la llevaba todo el tiempo —dijo.

—¿Está segura?

—Tenía que quitársela para beber. La vi sin ella en la cocina.

—Descríbala.

Isara cerró los ojos.

Una taza entre las manos enguantadas.

La luz de la campana sobre el cabello oscuro.

Una nariz recta.

Una boca estrecha.

—Tenía una cicatriz pequeña junto al labio —dijo.

Abrió los ojos.

No estaba segura de haberla recordado o construido al buscar un detalle.

—¿En qué lado?

—Derecho. No. Izquierdo.

El agente dejó de escribir.

—Dígame solo lo que pueda sostener.

—No puedo sostenerlo.

La frase la alivió.

Era mejor entregar un espacio vacío que llenarlo con una cara equivocada.

—La voz —dijo el agente—. ¿La reconocería?

Isara pensó en la grabación reproducida por la cámara del apartamento.

La hija de Celia ya está dentro.

—Quizá.

—Eso significa que no.

—Significa que necesitaría escucharla sin saber antes cuál esperan que elija.

El agente anotó la respuesta.

Después preguntó por la última noche.

Celia había ingresado en el hospital el 2 de noviembre, poco después del amanecer. Cira terminó el turno a las siete. Cuando Isara llegó a la casa, la ambulancia ya estaba en la puerta y la enfermera recogía material del dormitorio.

—¿Se llevó algo de Celia?

—Las medicinas sobrantes. Dijo que debía devolverlas.

—¿Documentación?

—Una carpeta de seguimiento.

—¿Efectos personales?

Isara negó.

Entonces recordó la bolsa.

No una bolsa médica ni una mochila. Una bolsa de tela gris que Cira había dejado junto a la puerta. Estaba cerrada con una cremallera y parecía demasiado pesada para contener solo formularios.

—Llevaba una bolsa que no había visto en los turnos anteriores.

—¿Podía ser suya?

—Sí.

—¿Vio qué había dentro?

—No.

—Entonces no podemos considerarla relevante por ahora.

Isara asintió.

El agente no eliminó la anotación. Solo escribió contenido desconocido .

Antes de terminar, le preguntó si Celia había mostrado temor hacia Cira.

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Isara regresó a las últimas noches.

Celia estaba agotada, sedada y molesta con cualquiera que intentara ayudarla. Discutía con Isara por abrir una ventana y con la médica por ajustar los analgésicos. Con Cira, en cambio, apenas hablaba.

—No sé si confiaba en ella —corrigió—. Dejaba de hablar cuando entraba.

—¿Puede deberse a su estado?

—Sí.

—¿O a que la conocía?

—También.

El agente cerró la hoja.

Cuando Isara regresó a la sala, Elena todavía no había vuelto. Leire había dividido una página en tres columnas.

VERIFICADO.

DECLARADO.

HIPÓTESIS.

Junto a cada anotación dejaba espacio para escribir la fuente y la fecha.

—Una declaración no se convierte en un hecho porque coincida con lo que esperamos —dijo Salma.

—Por eso tiene su propia columna —respondió Leire.

Duna estaba junto a la pizarra de la policía. Había añadido mentalmente una cuarta separación, aunque no sostenía ningún rotulador.

—Celia preparó las cajas —dijo cuando Isara se sentó—. Elena las distribuyó. Otra persona intervino después. La cuidadora pudo ser esa persona, pero también pudo limitarse a entregar una llave.

—Y a entrar en dos casas —respondió Cora.

—Trabajaba en ellas.

—Con guantes continuos y una marca que nos hizo pensar en la mujer de Fuente Fría —dijo Nélida.

—Eso puede ser una elección —respondió Duna—. Todavía no sabemos de quién.

El nombre podía haberlo elegido la propia cuidadora, quien la contrató o alguien que falsificó los documentos. Todavía no sabían si Cira Berrocal Martín existía fuera de los formularios.

Elena regresó acompañada por la teniente. Llevaba una hoja con su descripción doblada por la mitad.

—Coinciden en edad aproximada, altura, cabello y voz —dijo Lobo—. No en el rostro. Eso es normal después de contactos breves y separados en el tiempo.

—Yo la vi durante semanas —respondió Isara.

—La vio con mascarilla, en una situación de estrés y atendiendo a otra persona. No es una identificación ideal.

El teléfono de la teniente vibró.

Leyó el mensaje y pidió al agente de la puerta que trajera el ordenador portátil.

—Ha llegado el expediente.

El silencio se organizó alrededor de la pantalla.

Lobo no permitió que se acercaran hasta abrir los documentos y comprobar el remitente. El archivo contenía un contrato, titulaciones escaneadas, un número de colegiación, una copia del documento de identidad y una fotografía de tipo carnet.

La teniente giró el ordenador.

—¿Es esta la mujer?

Isara supo que no antes de mirar los detalles.

La fotografía mostraba a una mujer rubia, de rostro redondeado y ojos claros. Parecía tener poco más de cuarenta años. No se parecía en nada a la enfermera de Celia.

—No —dijo.

Elena respondió al mismo tiempo.

—No.

Cora se levantó.

—¿Quién es?

—La Cira Berrocal Martín cuya identidad figura en los contratos.

—¿Dónde está?

—Vive en Zaragoza. La Policía Nacional acaba de hablar con ella. Es enfermera, pero no ha trabajado en atención domiciliaria desde 2023. No conoce a Emilia Beltrán, a Celia Luján ni a la empresa que gestionó sus cuidados.

La mujer que había dormido nueve noches en la casa de Celia no era Cira Berrocal Martín.

Había utilizado sus credenciales.

No solo un nombre parecido al de 1989.

Una identidad completa, con formación, número profesional y documentos suficientes para entrar en habitaciones donde las familias dejaban solas a sus enfermas.

Salma pidió ver el número de colegiación.

—Es válido —dijo Lobo—. La verdadera titular denunció la desaparición de una carpeta con copias de su documentación hace dos años, durante un proceso de selección.

—¿Para qué empresa? —preguntó Leire.

La teniente amplió otra página.