Capítulo 18 — La mujer que envió las cajas #4
Ya lo sabía. Nélida se lo había contado a partir de las palabras de Celia. Sin embargo, verlo escrito por su madre eliminaba la última posibilidad de que aquella diferencia procediera de un recuerdo incompleto.
Celia la había criado.
Celia había tenido otra hija.
Las dos verdades podían convivir sin que una disminuyera el amor de la otra.
La carta terminaba con una frase más.
A la mujer que vivió conmigo: no te di un nombre para reemplazar a mi hija. Te di el único nombre que Ofelia no podía reclamar. Perdóname por haber tardado toda tu vida en contarte por qué.
Isara bajó la hoja.
No lloró.
El dolor no apareció como una herida nueva. Se pareció más a una puerta que llevaba años resistiéndose y que, al abrirse, dejaba entrar un aire demasiado frío.
Celia no había confundido a Isara con su hija.
No la había criado como una sustituta.
Había elegido un nombre protegido por una muerte oficial y se lo había entregado para mantenerla fuera del alcance de Ofelia.
Seguía siendo una mentira.
Pero no la mentira que Isara había temido.
—Falta el registro —dijo Leire.
La frase devolvió a todas a la sala.
Elena asintió.
—No estaba en la caja de Emilia ni en el laboratorio.
—Tu padre sabía que existía —dijo Cora.
—Sí.
—Y ha desaparecido.
—Sí.
La teniente guardó el original de la carta.
—Encontraremos al señor Valcárcel. Mientras tanto, la reunión del día ocho no se celebrará en Fuente Fría.
—La carta dice que allí está la habitación —respondió Salma.
—La carta no es una orden judicial ni una garantía de seguridad.
—También dice que no entremos sin el registro —añadió Isara—. No lo tenemos.
Cora la miró.
—¿Entonces renuncias?
Isara volvió a leer la última frase de Celia.
Perdóname por haber tardado toda tu vida en contarte por qué.
—No —dijo—. Por primera vez sé qué estamos buscando.
No una fotografía completa.
No una pulsera.
No un rostro parecido.
Un registro que relacionaba a seis niñas con seis salidas.
Elena habló desde el otro extremo de la mesa.
—Hay un lugar que no hemos revisado.
La teniente la miró con cansancio.
—No convierta cada respuesta en otra dirección.
—No es una dirección nueva. Es el archivo de la empresa.
—Ya está siendo registrado.
—El archivo actual, sí. Mi padre conservaba los documentos de Ofelia en una cámara acorazada de la antigua fábrica. No figura en los planos modernos porque se cerró detrás de una pared durante la reforma de 1998.
Leire apoyó el lápiz.
—¿Quién puede abrirla?
—Se necesitan dos llaves. Mi padre conservaba una. Emilia consiguió la otra.
—¿Cómo? —preguntó Cora.
—Se la quitó a Tomás durante la discusión de abril. Me dijo que no podía permitir que volviera a encerrar los registros de las niñas.
—¿Dónde está?
Elena miró a Cora.
—Emilia iba a entregármela cuando Celia muriera. No llegó a hacerlo.
—Entonces puede seguir en la casa.
—No. Emilia escribió que se la había dado a la persona que la cuidaba. Debía conservarla hasta que las seis estuvieran reunidas.
Cora frunció el ceño.
—¿Qué persona?
—La cuidadora de sus últimos meses.
—Tuvo dos.
—La que estuvo durante la última semana y recogió la medicación sobrante el día del funeral.
Cora se volvió hacia la teniente.
—Cira Berrocal Martín.
El nombre no despertó ningún recuerdo. Eso lo volvió más inquietante: no procedía de Fuente Fría ni de los documentos que llevaban días examinando.
Todavía no sabían si pertenecía a aquella cuidadora, a una persona real cuyas credenciales habían sido utilizadas o a una identidad fabricada por completo.
Leire pensó en Emilia joven, oculta en Fuente Fría bajo otro nombre. La conexión no estaba demostrada, pero el método resultaba reconocible: entrar en una institución o en una casa mediante documentos que pertenecían a otra persona.
La teniente abrió una carpeta y buscó entre las hojas que Isara había entregado la noche anterior con la relación de personas que tuvieron acceso a la casa de Celia.
Pasó una página.
Después otra.
Detuvo el dedo sobre una línea.
—La enfermera domiciliaria que atendió a Celia durante sus últimas nueve noches se llamaba Cira Berrocal Martín.
Isara recordó una mujer de uniforme claro que llegaba al anochecer, revisaba el gotero y pedía quedarse a solas con Celia para cambiarla. No había vuelto a pensar en ella después del hospital. Solo conservaba una voz baja, el cabello recogido y unas manos siempre cubiertas por guantes.
Quien hubiera utilizado aquel nombre había tenido acceso a las dos casas.
Había podido registrar el doble fondo de la caja de Emilia, recibir la segunda llave y meter la caja de Isara dentro del armario después de que Elena la dejara en el porche.
También conocía la muerte de Celia antes de que se publicara, los horarios de la vivienda y la fecha en que las seis debían reunirse.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Salma.
La teniente ya marcaba un número.
Nadie respondió.
Isara miró el nombre repetido en los expedientes de cuidados de dos mujeres muertas.
Todavía no sabían a quién pertenecía realmente.
El nombre no era una respuesta.
Era otra forma de entrar.