Las niñas de la habitación seis Capítulo 18 — La mujer que envió las cajas
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Capítulo 18 — La mujer que envió las cajas

La policía tardó cuarenta minutos en terminar dentro de la casa de Emilia.

La cabo Gil fotografió el libro de firmas antes de introducirlo en una funda rígida. Tomó muestras de la tinta, revisó el cajón donde Cora lo había guardado y preguntó tres veces quién había tenido acceso a la vivienda después del funeral.

Cora respondió las tres veces con la misma lista.

Ella.

La cuidadora de Emilia.

Una vecina que conservó las llaves durante la enfermedad.

Y las personas que entraron el día del entierro para dejar comida, flores y sobres de condolencia.

—¿Elena Valcárcel estaba entre ellas? —preguntó Gil.

—Firmó el libro —dijo Cora—. No recuerdo haberla visto.

—Eso no significa que entrara en la casa.

—Tampoco que no entrara.

La cabo no discutió. Anotó la respuesta sin convertirla en conclusión.

Isara permanecía junto a la ventana del dormitorio.

Desde allí veía el coche policial, el jardín estrecho y a dos vecinos que fingían podar un seto mientras observaban la puerta.

La casa había dejado de pertenecer únicamente a Emilia.

Durante unas horas se había convertido en otro lugar donde todo podía contener una huella.

El móvil de Gil vibró.

La cabo leyó la pantalla y salió al pasillo. Volvió menos de un minuto después.

—La teniente Lobo quiere que regresen a Valdecierzo.

Leire cerró la carpeta de notas.

—¿Han localizado a Elena?

—Se ha presentado voluntariamente en el puesto.

Cora dejó de respirar durante un instante.

—¿Con abogado?

—No.

—¿Ha confesado?

—No he dicho eso.

—¿Entonces por qué quiere que vayamos?

Gil miró a las seis antes de responder.

—Porque Elena Valcárcel afirma que envió las cajas.

Nadie formuló la pregunta que siguió.

La respuesta era demasiado grande para caber en el dormitorio de Emilia.

Cora fue la primera en moverse. Cerró el cajón de la cómoda, guardó las llaves de la casa y bajó sin esperar a las demás.

La cabo las detuvo en el recibidor.

—No saldrán todas conduciendo como si esto fuera una persecución. Dos vehículos. Sin desvíos. El puesto sabe a qué hora parten.

—No necesitamos escolta —dijo Leire.

—No se la estoy ofreciendo. Estoy evitando tener que buscarlas en otra escena.

Salieron a las tres y diez.

Durante el trayecto, Isara intentó ordenar qué significaba exactamente que Elena hubiera enviado las cajas.

No que las hubiera preparado.

No que hubiese escrito las notas.

No que conociera la verdad.

Solo que las había hecho llegar.

Aun así, aquella acción la situaba al principio de casi todo lo ocurrido desde la muerte de Celia.

Elena conocía las seis direcciones. Sabía quiénes debían recibir las llaves y las fotografías.

Podía haber previsto que Cora investigaría a las demás, que Salma iría al cementerio y que Isara regresaría a la casa de su madre.

Podía haber instalado la cámara.

Podía haber dejado la caja en la cocina.

Podía haber esperado en Fuente Fría.

Isara notó que estaba haciendo lo mismo que las fotografías mutiladas exigían: rellenar lo que faltaba con la versión más temible.

—Que enviara las cajas no demuestra que hiciera lo demás —dijo.

Leire no apartó la vista de la carretera.

—No.

Duna viajaba detrás con la hoja de las seis firmas guardada en el bolso. No era una prueba del caso, sino el acuerdo que habían escrito para no volver a investigar cada una por su cuenta.

—¿Crees que dice la verdad? —preguntó.

—Todavía no la hemos oído.

—Se ha presentado sola.

—También puede ser una forma de controlar qué averiguamos —respondió Leire.

Isara miró hacia el coche de Cora, que las seguía a pocos metros. Salma iba a su lado. Nélida ocupaba el asiento trasero.

—Podía haberse marchado —dijo.

—La empresa, el vehículo y la firma ya conducían a ella.

—Entonces presentarse era la opción menos mala.

—Eso no la convierte en inocente.

—Tampoco en culpable.

Leire sostuvo el volante con más fuerza.

—No necesito que me recuerdes cada cinco minutos que una prueba puede tener varias interpretaciones.

—Sí lo necesitas.

La abogada la miró fugazmente.

Isara esperó una respuesta cortante. No llegó.

—Probablemente —admitió Leire.

Entraron en Valdecierzo poco antes de las cinco. Una patrulla esperaba en la entrada del puesto y un agente las condujo hasta la misma sala donde habían entregado las pruebas la noche anterior.

La pizarra continuaba dividida en dos columnas.

ANTES DEL 2 DE NOVIEMbrE.

DESPUÉS DEL 2 DE NOVIEMbrE.

La teniente había añadido una tercera palabra en la parte inferior:

DISTRIBUCIÓN.

Elena Valcárcel estaba sentada al otro extremo de la mesa.

No se parecía a Ofelia.

Isara había esperado encontrar algún rasgo de la directora del internado: la boca estrecha, los ojos hundidos o aquella manera de mantener el cuello rígido delante de la cámara.

Elena tenía el rostro ancho, el cabello negro cortado por debajo de las orejas y ojeras profundas.

Llevaba pantalones de trabajo, una camisa azul y una cazadora con el emblema de Valcárcel Patrimonio.

Su mano izquierda estaba vendada desde la muñeca hasta la base de los dedos.

Salma se detuvo.

Elena vio la dirección de su mirada.

—No tengo una mancha —dijo—. Me quemé ayer.

La teniente Lobo cerró la puerta.

—La señora Valcárcel ha consentido que estén presentes para una parte de su declaración. No es un interrogatorio dirigido por ustedes. No responderá seis veces a la misma pregunta ni permitirá que la graben.

Cora dejó su bolso en el suelo.

—¿Puedo tomar notas?

—Sí.

Elena la miró por primera vez.

—Te pareces a Emilia cuando estaba enfadada.

Cora no se sentó.

—No vuelvas a hablar de mi madre como si la conocieras.

—La conocí.

—¿Cuánto?

—Algo menos de tres meses.

—Entonces no la conociste.

Elena bajó la mirada hacia la venda.

—Puede ser.

La teniente señaló las sillas. Esperó hasta que todas ocuparon un lugar.

Isara quedó frente a Elena. La chaqueta gris de Celia seguía sobre sus hombros. Elena la reconoció de inmediato, pero no dijo nada.

—Empiece por las cajas —ordenó Lobo.

Elena apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Yo las envié.

Cora escribió la frase sin mirarla.

—¿Cuándo? —preguntó Leire.

—Cinco salieron por mensajería el tres de noviembre. La sexta la llevé personalmente a San Tirso aquella misma tarde.

Isara sintió el golpe en el pecho.

—Entraste en casa de Celia.

—No.

—Mi caja estaba dentro del armario.

—La dejé en el porche trasero dentro de una bolsa impermeable. Alguien la metió en la casa después.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Yo creía que solo Celia y yo conservábamos llaves permanentes.

—Las instrucciones mencionaban una copia en poder de la mujer que limpiaba, otra en casa de una vecina y el acceso temporal del personal sanitario durante los últimos cuidados.

Isara miró a la teniente.

—¿Lo han comprobado?

—Estamos haciéndolo.

—¿Por qué no enviaste también la mía por mensajería? —preguntó.

Elena tardó en responder.

—Porque Celia dejó escrito que tu caja no debía atravesar un sistema de reparto.

—¿Por qué?

—No lo explicó.

La frase le produjo una rabia inmediata. Otra instrucción de Celia sin motivo. Otra persona obedeciéndola después de muerta.

—¿Dónde estaban las cajas? —preguntó Leire.

—En un guardamuebles de Bilbao, dentro de un baúl de madera. Las había depositado Celia en febrero.

La teniente Lobo consultó una hoja de la carpeta.

—El contrato, el acta notarial del depósito y los registros del guardamuebles coinciden. El baúl quedó precintado en febrero y Elena lo retiró el tres de noviembre.

—¿De este año? —preguntó Isara.

—Sí —respondió Elena.

Isara se inclinó hacia delante.

—¿La viste?

Elena sostuvo su mirada.

—Dos veces.

La respuesta dolió de una manera que no había previsto.

En febrero, Celia aún cocinaba, conducía y negaba que el cansancio significara algo. Habían celebrado juntas el cumpleaños de una prima. Isara había pasado un fin de semana en su casa reparando una gotera del dormitorio.

Mientras ella cambiaba cubos bajo el techo, su madre preparaba cajas para seis mujeres y se reunía con una Valcárcel.

—¿Dónde? —preguntó.

—En mi oficina. La primera vez vino sola. La segunda, con un notario.

—¿Qué te contó de nosotras?

—Muy poco. Que seis mujeres recibirían cajas después de su muerte. Que ninguna debía saber quién las distribuía. Y que mi única función era hacer llegar las cajas que debían reunirlas en Valdecierzo el ocho de noviembre.

—¿Cómo? —preguntó Salma—. Las notas eran distintas.

—No las leí. Los sobres interiores estaban cerrados y numerados.

—Pero conocías los nombres.

—Los nombres actuales y las direcciones. Nada más.

Leire abrió su libreta.

—¿Quién actualizó esos datos?

—Emilia empezó a reunirlos. Después de su muerte, Celia completó la lista.

Cora dejó de escribir.

—¿Emilia investigó nuestras vidas?

—Buscó direcciones, registros y personas de contacto. No sé hasta dónde llegó con cada una.

—¿Entró en mi correo? —preguntó.

—No.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque utilizaba directorios, registros mercantiles y archivos públicos. Le costaba incluso enviar un documento adjunto.

Cora no pareció encontrar consuelo en la incompetencia digital de su madre.

—¿Por qué aceptaste? —preguntó Duna.

Elena miró la pizarra.

—Porque mi familia convirtió Fuente Fría en una propiedad que nadie podía revisar.

Durante años creí que solo conservábamos un edificio ruinoso por una disputa de herencia.

Cuando empecé a trabajar en la empresa descubrí contratos, facturas y pagos de la Fundación Santa Lucía.

Pregunté a mi padre. Me dijo que quemara los papeles.

—Tomás Valcárcel —dijo Leire.

—Sí.

—El hombre que consultó el expediente en 2004.

—Sí.

—¿Sigue vivo?

—Sí.

La palabra tuvo más peso que las anteriores.

Ofelia estaba muerta.

Celia estaba muerta.

Emilia estaba muerta.

Tomás no.

—¿Dónde está? —preguntó la teniente.

—No lo sé. No responde al teléfono desde ayer por la mañana.

Lobo no mostró sorpresa.

—Continúe.

—No quemé los papeles. Empecé a revisar los edificios y encontré referencias a Emilia Beltrán. La localicé en marzo del año pasado.

—Dos meses antes de que muriera —dijo Cora.

—Casi tres.

—¿Por qué no me llamó?