Las niñas de la habitación seis Capítulo 18 — La mujer que envió las cajas #2
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Capítulo 18 — La mujer que envió las cajas #2

—Porque no quería que supieras nada hasta que hablara con Celia.

Cora apretó el bolígrafo.

—Celia no apareció hasta después de la muerte de mi madre.

—Se escribían. Emilia guardaba las cartas fuera de la casa.

—¿Dónde?

—En una caja de seguridad.

—¿La caja que te llevaste durante el funeral?

Elena levantó la vista.

—No estaba vacía.

Cora se puso en pie.

La teniente alzó una mano antes de que hablara.

—Siéntese.

—Me dijo que la caja estaba vacía —dijo Cora sin apartar los ojos de Elena—. La vi debajo de la cama durante meses.

—Tenía un doble fondo.

—¿Y tú lo sabías?

—Emilia me dejó una llave y una instrucción sellada en el despacho de un abogado. Debía recoger la caja después del funeral y no contactar contigo.

La teniente añadió:

—El despacho ha confirmado la fecha del depósito, el precinto y la entrega a Elena.

—¿Por qué?

Elena miró la libreta roja de Cora.

—Porque pensaba que intentarías publicar la historia antes de encontrar a las otras.

Cora soltó una risa que no contenía humor.

—Muerta y todavía decidiendo qué clase de persona soy.

—No estoy defendiendo lo que hizo.

—Lo obedeciste.

—Sí.

La admisión silenció la siguiente acusación.

Isara reconoció algo de sí misma en la expresión de Cora. No el dolor por la mentira, sino la humillación de descubrir que una madre había previsto incluso la forma en que su hija reaccionaría a ella.

—¿Qué había en el doble fondo? —preguntó.

Elena respondió sin dejar de mirar a Cora.

—Las direcciones que Emilia había reunido, una llave del guardamuebles y un sobre para mí. También había una carta cerrada dirigida a las seis.

La teniente señaló una carpeta que descansaba sobre una silla junto a la pared.

—La señora Valcárcel la ha entregado al presentarse. La carta no ha sido abierta.

Las seis miraron el sobre transparente dentro de la carpeta.

Era de papel grueso, amarillento en los bordes. Celia había escrito en el centro:

PARA LAS SEIS, CUANDO ESTÉN JUNTAS.

La letra era suya.

Isara la reconoció antes de acercarse.

—Ya estamos juntas —dijo Salma.

La teniente no abrió la carpeta.

—Primero terminamos con la intervención actual.

Cora volvió a sentarse, aunque su atención permanecía en la carta.

—¿Escribiste en el libro de firmas? —preguntó.

—Firmé solo mi nombre durante el funeral. Volví a la casa después del entierro, cuando el libro ya estaba guardado, y añadí la frase antes de recoger la caja.

—Mi madre había prohibido mensajes.

—Lo sabía.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque era la única forma que encontré de decirte que no había ido por parentesco ni por trabajo. Fui por las niñas que Emilia había sacado.

—Y después entraste en su casa.

—Tenía la llave que ella me dejó. Recogí la caja y me marché.

—Podías haberme hablado.

—No según sus instrucciones.

Cora cerró la libreta.

—Siempre hay una instrucción cuando alguien quiere evitar una conversación.

Elena no intentó contradecirla.

Leire pasó a la siguiente pregunta.

—¿Enviaste mensajes desde el número de Cora?

—No.

—¿Instalaste una cámara en mi apartamento?

—No sabía dónde te alojabas.

—¿Entraste en la casa de Celia después de dejar la caja?

—No.

—¿Colocaste otra caja en la cocina?

—No.

—¿Desenterraste la placa de Mara?

—No sabía que existía.

—¿Moviste la tapa del objetivo de Cora hasta el cementerio?

—No.

—¿Provocaste el incendio del laboratorio?

Elena miró su mano vendada.

—No.

—Pero estabas allí.

—Sí.

La teniente tomó la palabra.

—La señora Valcárcel ha reconocido que entró en Fuente Fría para recuperar documentos del laboratorio. También ha entregado la bolsa que sacó del edificio y su contenido está bajo custodia. No era la persona que ustedes persiguieron hasta el vehículo gris.

Isara miró la venda de Elena.

—Entonces había dos personas dentro.

—Sí —respondió Elena.

—¿Qué había en tu bolsa? —preguntó.

—Negativos, sobres de papel fotográfico y dos cuadernos dañados por humedad. Fui a recuperarlos.

—¿Antes o después de que empezara el fuego? —dijo Salma.

—Entré antes. El bastidor del compartimento estaba atascado y golpeé varias veces el cierre con una herramienta que encontré en el laboratorio.

Esos fueron los golpes que oísteis desde fuera.

Después escuché pasos en la planta superior y una puerta cerrándose.

Vi bajar a una persona con capucha y una bolsa negra. El humo empezó casi al mismo tiempo.

—La persona que salió por la puerta lateral —dijo Isara.

—Supongo que sí. Yo no podía utilizar esa salida porque vosotras estabais delante y el fuego había alcanzado parte del marco. Volví por los negativos y subí por la escalera de servicio. Un travesaño cayó junto al cuarto de calderas.

Mostró la venda.

—Me quemé al apartarlo.

—¿Por dónde saliste? —preguntó Leire.

—Por la zanja de drenaje del lado norte. Cuando alcancé el camino, el coche gris ya se había marchado.

—¿Por qué no avisaste de que seguías dentro? —preguntó Salma.

Elena la miró con una franqueza agotada.

—Porque había entrado sin autorización, llevaba documentos que Emilia me había pedido recuperar y os vi correr detrás de la otra persona. Tuve miedo de que me detuvierais antes de poder explicar nada.

—No nos conocías.

—Tenía fotografías actuales.

—Entonces sabías quiénes éramos.

—Sabía cómo erais por fuera. Emilia había reunido copias de documentos y fotografías públicas.

—¿Nos vigilaste? —preguntó Salma.

—No.

—Pero nos reconociste en mitad del humo.

—Reconocí la chaqueta de Celia, a Cora y a Nélida. Me bastó.

Nélida no mostró sorpresa.

—Me viste junto al cementerio la noche anterior.

Elena asintió.

—Desde la carretera.

—¿La luz del laboratorio era tuya?

—Sí.

—Dijiste que no debías aparecer antes del día ocho —recordó Isara—. ¿Por qué entraste?

—Porque recibí una alerta del sistema de movimiento del edificio. Alguien había abierto la puerta del ala este.

—¿Quién más recibe esas alertas? —preguntó la teniente.

—Mi padre y el encargado de mantenimiento.

—Nombre.

—Rubén Acosta.

Lobo anotó.

—¿Dónde estaba ayer?

—Dice que en una obra en León. La empresa tiene registros de acceso.

—Los comprobaremos.

Leire señaló la bolsa bajo custodia.

—¿Cómo sabías dónde estaban escondidos los negativos?

—Emilia me lo indicó en el sobre. Me pidió que los sacara únicamente si alguien entraba antes de la reunión.

—Entonces el incendio activó otra parte del plan —dijo Isara.

—No. La intrusión la activó. El fuego no estaba previsto.

—¿Qué ibas a hacer con los negativos?

—Llevarlos a la habitación seis el día ocho.

Salma apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Y encerrarnos con ellos?

—No.

—Las notas dicen cosas distintas.

—No conozco las notas.

—Tenías las cajas durante días.

—Selladas.

—Podías abrirlas.

—Sí.

—¿Y no lo hiciste?

Elena sostuvo su mirada.

—No quería empezar a decidir qué verdad merecía recibir cada una.

La frase desarmó parte de la dureza de Salma.

No la confianza.

Solo la acusación más inmediata.

La teniente abrió una carpeta.

—Hemos revisado el teléfono y el ordenador que la señora Valcárcel ha entregado.

No encontramos acceso a la cuenta de Cora Beltrán, ni búsquedas de los apartamentos donde se alojaron, ni imágenes tomadas dentro de la casa de Celia.

Eso no demuestra que no utilizara otro dispositivo, pero sus ubicaciones conocidas no coinciden con dos de los hechos.

—¿Cuáles? —preguntó Leire.

—El primer archivo de la cámara se creó el tres de noviembre a las seis y cuarenta y dos de la tarde.

Las cámaras de acceso, el acta que firmó y el registro de salida sitúan a Elena en una notaría de Bilbao entre las cinco y cincuenta y las siete y cuarto.

El mensaje enviado a Salma se produjo durante una reunión de empresa grabada y con varios participantes.

Elena no sonrió.

—En cambio —continuó Lobo—, sí hay constancia de que preparó los envíos, acudió a la casa de Emilia durante el funeral, estuvo en Fuente Fría anoche y hoy, y retiró objetos del laboratorio.

La pizarra adquirió una división más precisa.

Elena no era ajena al plan.

Tampoco encajaba en todos los actos de acoso.

—¿Quién sabía que habías enviado las cajas? —preguntó Isara.

—Nadie debía saberlo.

—Eso no responde.

Elena miró la venda.

—Mi padre encontró una factura del guardamuebles. No figuraba el contenido, pero sí el nombre de Celia.

—¿Cuándo? —preguntó la teniente.

—El veintiocho de octubre.

—Antes de la muerte.

—Sí.

—¿Qué hizo?

—Me preguntó por qué estaba relacionándome con ella. Le dije que era un encargo de conservación documental.

—¿Te creyó? —preguntó Cora.

—No.

—¿Conocía a Celia?

—Desde niña. La odiaba.

—¿Por qué?

Elena miró a Isara.

—Decía que había destruido a Ofelia y obligado a nuestra familia a pagar por crímenes que no eran suyos.

—¿No eran suyos? —preguntó Nélida.

—Eso decía él.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que Ofelia organizó adopciones ilegales, utilizó identidades de niñas muertas y encerró documentos durante décadas. No sé quién provocó el primer incendio.

—¿Tu padre estaba en Fuente Fría en 1989? —preguntó Leire.

—Sí.

La respuesta cayó con una sencillez brutal.

—La fotografía del personal muestra a Julián Vega —dijo Isara—. No a Tomás.

—Mi padre no trabajaba allí. Tenía veintisiete años y gestionaba pagos de la fundación para Ofelia. Iba algunos fines de semana.

—¿Estuvo la noche del incendio?

Elena tardó en responder.

—Dice que llegó después de los bomberos.

—¿Hay constancia?

—Su nombre aparece en una lista de familiares y representantes de la fundación a las dos y cuarenta.

—Eso no demuestra cuándo llegó —dijo Leire.

—No.

La teniente escribió TOMÁS VALCÁRCEL en la pizarra, entre las dos columnas.

—No conviertan esto en una acusación —advirtió—. Es una persona de interés a la que todavía no hemos localizado.

—¿Tiene acceso a la empresa? —preguntó Salma.

—Conserva llaves, contraseñas antiguas y autorización bancaria —respondió Elena—. Se retiró, pero nunca dejó de comportarse como propietario.

—¿Podía usar otro vehículo?

—Sí.

—¿Podía acceder a Fuente Fría sin activar una alerta para ti?

Elena negó lentamente.

—Podía desactivarla desde la central.

—Pero no lo hizo ayer —dijo Isara—. Quería que fueras.

Elena levantó la cabeza.