Capítulo 17 — La casa de Emilia #3
Había otra anotación, fechada una semana más tarde.
Ha aceptado el resultado. No ha aceptado no saber.
Cora cerró los ojos.
Aquella frase pertenecía tanto a Celia como a ellas.
Aceptar que una hipótesis era falsa no significaba aceptar el vacío que dejaba.
Leire se sentó frente a Cora.
—Podemos repetir la prueba con garantías.
—¿Para demostrar otra vez que no era su hija?
—Para verificar el informe.
—No hoy.
—De acuerdo.
No sonó decepcionada. Solo colocó una hoja adhesiva en la página para marcarla sin arrancarla.
Isara pidió a Cora permiso para fotografiar la libreta y el sobre. Después llamaron de nuevo a la teniente Lobo. Esta vez la policía tardó menos de veinte minutos.
La cabo Gil regresó acompañada por otro agente. Precintaron el informe, la libreta y el recibo. Cora firmó la entrega con la mano firme.
Cora Beltrán.
No Cora Luján.
No la niña de la puerta.
No una inicial del laboratorio.
El nombre que había vivido.
Cuando la policía se marchó, ninguna propuso detener la búsqueda.
Cora fue la que abrió el dormitorio de Emilia.
—La caja estaba debajo de la cama —dijo.
El cuarto conservaba la colcha, las cortinas y una mesa con medicamentos caducados. Cora había retirado la ropa, pero no los objetos pequeños. Sobre la cómoda había un reloj detenido a las cuatro y veinte, una peineta y un frasco de crema de manos.
Isara se arrodilló junto a la cama.
En el suelo se distinguía un rectángulo más claro donde había descansado la caja. No encontró cinta, papeles ni compartimentos. Solo polvo acumulado en los bordes y dos marcas paralelas producidas por el metal.
—Era más grande que las nuestras —dijo Cora—. Cabían varios sobres.
—¿Quién supo que estaba aquí? —preguntó Leire.
—Yo. La mujer que ayudó a cuidar a Emilia. Quizá alguna vecina si mi madre se la enseñó.
—¿Familia?
—No teníamos familia cercana. Vinieron primos lejanos al funeral, compañeros del trabajo, gente del barrio.
—¿Guardaste una lista?
Cora señaló la cómoda.
En el cajón superior encontró una carpeta con facturas del entierro, tarjetas de condolencia y el libro de firmas del tanatorio.
Leire lo abrió en la primera página.
Cora había anotado junto a algunos nombres quiénes eran: vecina, antiguo compañero, enfermera, familia de Burgos. Muchas líneas permanecían sin explicación.
Revisaron las firmas despacio.
No buscaban una letra familiar. Buscaban a alguien a quien Cora no pudiera situar.
En la penúltima página apareció un nombre escrito con tinta negra:
Elena Valcárcel.
Cora lo leyó sin reaccionar.
Leire sí.
—Valcárcel.
—Puede haber cientos —dijo Cora.
—Ofelia no tenía hijos —respondió Leire—, pero el sobrino que consultó los expedientes en 2004 se llamaba Tomás Valcárcel.
—¿Quién es Elena?
—No lo sé.
Debajo de la firma figuraba una frase breve:
Por las niñas que salieron.
No era una amenaza ni una instrucción. Podía ser una condolencia escrita por alguien que conocía el pasado de Emilia.
También podía explicar por qué una desconocida había asistido al funeral.
—¿La recuerdas? —preguntó Isara.
Cora negó.
—Ese día saludé a más de cien personas.
Leire fotografió la página.
—No vamos a llamarla.
—No tenemos número —dijo Salma.
—Lo encontraremos.
El teléfono de Leire sonó antes de que pudiera cerrar el libro.
Era la teniente Lobo.
La abogada activó el altavoz después de pedir permiso.
—Las cámaras de una gasolinera captaron un vehículo compatible con el que describieron —dijo la teniente—. La matrícula pertenece a una empresa de conservación patrimonial. Necesito que no contacten con nadie relacionado hasta que podamos verificar quién conducía.
—¿Cómo se llama la empresa? —preguntó Leire.
Hubo una pausa breve.
—Valcárcel Patrimonio.
Nadie miró el teléfono.
Todas miraron la firma.
—La administradora es Elena Valcárcel —continuó la teniente—. Cuarenta y cuatro años. Sobrina nieta de Ofelia Valcárcel. La empresa tiene un contrato antiguo de mantenimiento sobre parte de los terrenos de Fuente Fría.
Cora apoyó una mano en la cómoda.
—Estuvo en el funeral de mi madre.
—¿Está segura?
—Firmó el libro.
—No toquen esa página. Envíen una fotografía y esperen a los agentes.
Leire hizo lo que pedía.
La llamada terminó.
Isara volvió a leer la dedicatoria.
Por las niñas que salieron.
Elena Valcárcel había conocido a Emilia, había tenido acceso al funeral y pertenecía a la familia que conservaba derechos sobre Fuente Fría.
Su empresa podía entrar en el edificio sin cortar una cadena.
Podía saber dónde estaba el laboratorio, qué puertas seguían utilizables y qué documentos había escondido Ofelia.
También podía haber conducido el coche gris.
Aquello no demostraba que hubiese colocado la cámara, entrado en casa de Celia ni enviado las cajas.
Pero, por primera vez, la intervención actual tenía un nombre que no procedía de una fotografía raspada ni de un recuerdo infantil.
Una mujer viva.
Una dirección comprobable.
Una relación directa con las dos muertas que habían preparado o conservado el plan.
Cora cerró el libro de firmas cuando la policía llegó al jardín.
—Esa frase no estaba ahí cuando el libro permanecía abierto en el tanatorio —dijo.
—¿Estás segura? —preguntó Isara.
—Mi madre había prohibido escribir mensajes. Yo revisé las páginas al terminar y solo había nombres.
Isara miró la tinta negra.
Aquello no demostraba cuándo se añadió la frase ni quién la había escrito, pero situaba a alguien ante el libro después del funeral.
El tiempo suficiente para entrar en el dormitorio y retirar la caja que Cora creía vacía.