Las niñas de la habitación seis Capítulo 17 — La casa de Emilia #2
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Capítulo 17 — La casa de Emilia #2

Emilia había partido con la furgoneta hacia Fuente Fría antes de ambas cosas.

—No respondió a una emergencia —dijo Leire—. Formaba parte del plan.

Nélida cerró los ojos.

—Ella conducía.

La furgoneta en la que recordaba haber salido con Mara y la tercera niña no había pertenecido a un desconocido. Emilia la esperaba antes de que ardiera el laboratorio.

—¿Por qué desapareció del hospital? —preguntó Salma.

—Porque no podía explicar qué hacía allí antes de que llamaran a la empresa —respondió Cora.

La frase no defendía a Emilia.

La situaba dentro.

Duna buscó la siguiente hoja.

Había una relación de combustible, un recibo de peaje y una anotación en el margen:

Tres menores. Una necesitó reanimación después del ingreso. Dos sin documentación.

Debajo figuraban tres números escritos en vertical.

41 — M.

42 — N.

43 — sin nombre.

Nélida señaló el segundo.

—N.

—Puede significar Nélida —dijo Leire—. O niña, no identificada, cualquier otra cosa.

—La primera es Mara.

—Probablemente.

—Y la tercera podía ser Cora —dijo Isara.

Todas miraron a la periodista.

Cora no apartó los ojos de la hoja.

—Eso todavía no demuestra que yo fuera la niña bajo la manta.

—No —respondió Isara—. Demuestra que Emilia sacó a una tercera menor sin documentación. Que después te criara y que tu historia registral empiece tras el incendio convierte esa relación en la explicación más probable, no en una identificación definitiva.

Cora se sentó frente a la carpeta.

No parecía sorprendida. Parecía cansada de que las pruebas confirmaran siempre la parte menos útil de sus sospechas.

Todo apuntaba a que Emilia la había sacado de Fuente Fría.

Seguía sin saber qué niña había sido al entrar en la furgoneta.

Leire fotografió cada hoja en la posición en que la habían encontrado, sin separarla de la carpeta.

Cora llamó a la teniente Lobo y explicó el hallazgo.

La respuesta fue inmediata: no movieran nada más.

Una patrulla local pasaría a documentar y recoger el conjunto y a tomar declaración sobre su procedencia.

—Nos quedamos hasta que lleguen —dijo Leire.

Cora asintió.

Aquello habría sido una decisión impensable dos días antes. Entregar un documento sin extraer antes todas sus posibilidades. Isara no sabía si Cora estaba aprendiendo a confiar o si ya no soportaba seguir siendo la única responsable de cada verdad.

A la una, Salma preparó café. Nadie tenía hambre, pero Duna encontró pan y unas latas sin caducar en la despensa. Comieron de pie, sin alejarse demasiado de la mesa.

El timbre sonó una vez.

Las seis se quedaron quietas.

Cora miró por la mirilla antes de abrir.

Era un agente uniformado y una mujer de paisano que se presentó como cabo Gil.

Fotografió la carpeta, preguntó quién la había encontrado y precintó el contenido delante de ellas.

Leire pidió copia del acta. La cabo prometió enviarla por correo y terminó escribiendo el número de referencia a mano cuando la abogada no se conformó.

Antes de marcharse, Leire señaló la llave antigua de la consola y explicó que faltaba una sexta copia de la habitación seis.

Cora no recordaba haberla utilizado ni sabía qué cerradura abría.

La cabo fotografió su posición, la recogió con guantes y la precintó por separado para compararla con las cinco llaves numeradas.

Después observó los álbumes abiertos.

—La teniente ha dicho que llamen si encuentran algo más relacionado con 1989. No si encuentran una fotografía familiar que les resulta extraña.

—Sabemos distinguirlo —dijo Cora.

La cabo miró los seis rostros.

—Espero que sí.

Cuando volvieron a quedarse solas, la casa pareció más cerrada.

Leire regresó al archivador. Salma y Nélida continuaron con los papeles médicos. Duna ordenó los álbumes sin retirar ninguna fotografía. Cora abrió las cajas que guardaba bajo la escalera.

Isara se quedó ante la carpeta de informes de laboratorio que Salma había apartado por no tener fechas visibles en la portada.

No buscaba una prueba genética.

Quizá por eso la encontró.

El sobre era blanco y no llevaba nombre de paciente. Solo un código, una fecha de 2004 y el membrete de un laboratorio privado de Bilbao. Dentro había seis páginas técnicas y una hoja mecanografiada con el resultado.

Isara leyó la primera línea sin comprenderla por completo.

Estudio de parentesco biológico. Hipótesis evaluada: maternidad.

Debajo aparecían dos códigos.

M-04-117.

H-04-118.

No había nombres.

—Leire.

La abogada se acercó. Leyó el informe con más rapidez.

—Muestra materna y muestra filial. El análisis excluye la maternidad biológica.

Cora dejó caer una caja sobre el suelo.

El golpe hizo que todas levantaran la cabeza.

—¿De quién? —preguntó.

—No hay nombres —respondió Isara.

Cora cruzó el salón y tomó el sobre por los bordes.

—Puede ser cualquier persona.

—Sí.

—Mi madre guardaba papeles de otras familias. Ayudó a varias mujeres con trámites médicos.

—Sí.

Cora la miró, molesta por que Isara no discutiera.

Leire revisó el interior del sobre. En el fondo había un recibo doblado en cuatro partes. El pago se había realizado en efectivo. En el apartado de contacto figuraban unas iniciales:

E. B.

Y un teléfono que Cora reconoció.

—Era el de esta casa.

—Emilia encargó el estudio —dijo Salma.

—Eso no identifica las muestras.

Nélida se acercó despacio.

—¿Celia estuvo aquí en 2004?

Cora negó.

—No que yo recuerde.

—Tenías veinte años. Lo recordarías.

—Emilia podía haber llevado las muestras al laboratorio sin que se vieran.

Duna observó las hojas.

—¿Cómo obtienes una muestra de una hija adulta sin que lo sepa?

Salma respondió:

—Cabello con raíz, un cepillo dental, saliva en un vaso. En 2004 podían aceptar muestras privadas sin una cadena legal estricta.

Cora la miró.

—¿Eso es fiable?

—Puede ser biológicamente fiable y no servir para un tribunal. Depende de cómo se recogiera y de que las etiquetas fueran correctas.

—Entonces seguimos sin saber de quién eran.

Isara examinó el sobre.

Había sido abierto muchas veces. El papel mostraba pliegues blandos y una zona oscurecida por el pulgar. En el reverso, casi borradas, distinguió dos letras escritas a lápiz.

C. L.

Debajo:

C. B.

Celia Luján.

Cora Beltrán.

No lo dijo inmediatamente.

La regla firmada la noche anterior regresó con claridad: nadie ocultaría una prueba que afectara a las demás.

Giró el sobre.

—Aquí hay iniciales.

Cora no necesitó acercarse para entenderlas.

—Puede haberlas escrito cualquiera.

—Sí.

—Después.

—Sí.

—Incluso quien quiere que crea que no soy hija de Celia.

Isara sostuvo su mirada.

—Sí.

Cora apretó el borde de la mesa.

—Deja de darme la razón.

—No te la doy. Estoy separando lo que sabemos de lo que temes.

La frase la detuvo.

Leire buscó entre las páginas una firma, una autorización o una referencia cruzada. No encontró ninguna. Salma confirmó que el informe era técnicamente coherente, aunque no podían verificar el origen de las muestras.

Duna abrió la carpeta de facturas correspondiente a 2004.

Dentro había una libreta pequeña con tapas de imitación de piel. No estaba escondida. Cora la había colocado allí años atrás al ordenar papeles y nunca había prestado atención a sus páginas porque solo contenían gastos, fechas y matrículas.

La última mitad estaba en blanco.

Nélida pasó las hojas hacia atrás.

—Aquí.

En una página de junio de 2004 aparecían los mismos códigos del laboratorio.

117 — Celia. Hisopo entregado por ella.

118 — Cora. Cepillo dental.

Debajo, Emilia había escrito:

Resultado recibido. No es su hija.

Cora se sentó.

No cayó ni perdió el equilibrio. Solo dobló las rodillas y buscó la silla más próxima, como si el cuerpo hubiera decidido por ella.

Nadie intentó tocarla.

Isara pensó en acercarse, pero comprendió que cualquier consuelo procedente de la hija criada por Celia podía sonar a victoria.

Cora leyó la frase varias veces.

—Lo sabía.

—Celia participó en la prueba —dijo Leire—. La anotación indica que entregó su propia muestra.

—Y Emilia tomó la mía sin decírmelo.

—Eso parece —respondió Salma—. El informe puede ser biológicamente coherente y seguir sin tener valor legal por la forma de recoger e identificar las muestras.

Cora volvió a la frase.

—Lo sabían desde 2004.

—Y no te lo contaron —dijo Leire.

—Tampoco sabemos si antes creían que podías serlo.

Cora levantó la vista.

—Me vio pasar años buscando a Celia. Me dejó preguntarle si me había vendido. Me dejó pensar que la odiaba porque me había separado de mi madre.

—Quizá la odiaba por otra cosa —dijo Nélida.

—Siempre hay otra cosa.

La rabia le quebró la voz, pero no lloró.

Isara observó la anotación.

No era una respuesta completa. El análisis podía haberse realizado con muestras equivocadas.

Emilia podía haber mentido al identificar los códigos.

Sin embargo, la libreta, el recibo y el informe formaban una secuencia consistente.

No una certeza legal, pero sí la explicación más sólida que habían encontrado hasta entonces.

El informe indicaba que Cora no era la hija biológica de Celia.

Al menos Emilia y Celia lo habían creído así desde 2004.

—No te quita a Emilia —dijo Duna.

Cora soltó una risa breve.

—Tampoco me la devuelve.

Duna bajó la mirada.

—No quería decir eso.

—Ya lo sé.

Cora volvió a leer la libreta.

—¿Hay algo más?

Nélida pasó la página.

Emilia había escrito una sola frase al día siguiente:

Celia insiste en que la tercera llevaba la pulsera de su hija. Le he recordado que todas cambiaban las pulseras.

Isara sintió que la habitación se estrechaba.

La tercera niña de la furgoneta llevaba una pulsera que pertenecía a la hija de Celia.

Eso explicaba por qué Celia había considerado que Cora podía ser la niña asociada a la identidad Isara Luján.

También demostraba que, quince años después, seguía permitiendo que un objeto guiara una hipótesis pese a saber que las pulseras se intercambiaban.

—Celia te consideró una posibilidad por la pulsera —dijo Isara—. No porque tuviera una prueba de quién eras.

Cora no respondió.

—Y cuando supo que no lo era, ¿qué hizo?

Nélida volvió a la libreta.