Capítulo 17 — La casa de Emilia
Isara despertó antes que las demás.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. Vio una cortina que no reconocía, dos maletas abiertas junto a la pared y una hilera de zapatos bajo la mesa. Después recordó la pensión, el incendio y la hoja firmada por las seis.
Seguía en el centro, protegida dentro de una carpeta de plástico.
La luz del amanecer entraba por la ventana y atravesaba los nombres.
Salma.
Nélida.
Duna.
Cora.
Leire.
Isara.
No estaban ordenados por edades, habitaciones ni rutas de salida. Solo por el momento en que cada una había tomado el bolígrafo.
Isara se incorporó despacio para no despertar a Salma, que dormía en la otra cama con un brazo sobre los ojos.
Leire ocupaba una silla junto a la puerta; se había negado a acostarse y, en algún momento de la madrugada, el cansancio la había vencido con la carpeta de inventario todavía sobre las rodillas.
Duna y Nélida se habían instalado en la habitación contigua. Cora había dormido sola en la suya.
O eso suponían.
La última idea le produjo una irritación inmediata. Llevaban demasiados días convirtiendo cada ausencia breve en una oportunidad para la sospecha.
Recogió la hoja de las firmas y la guardó en su bolso.
A las ocho llamaron a la teniente Lobo.
Leire explicó que Cora era propietaria de la casa de Emilia y que iban a revisar documentos familiares relacionados con Fuente Fría. La teniente no les pidió permiso para hacerlo ni fingió que pudiera prohibírselo.
—No conviertan una vivienda particular en una segunda escena contaminada —dijo—. Si encuentran algo que pueda vincularse con el incendio actual, no lo muevan. Llamen. Y envíen la dirección antes de salir.
—¿Nos seguirá una patrulla? —preguntó Cora.
—No dispongo de seis agentes para acompañarlas a leer papeles. Pero el puesto de la zona estará informado.
—¿Han identificado el coche?
—Estamos comprobando varias matrículas posibles.
—¿Y la persona de la mano?
—No hay una persona de la mano. Hay seis declaraciones sobre una posible marca oscura vista durante una huida.
Cora apretó la mandíbula.
Isara comprendió que Marta Lobo utilizaba la precisión como una forma de impedir que el miedo se convirtiera en prueba. Le recordó a su propia manera de trabajar: no llamar rostro a una mancha hasta saber qué capas de la imagen seguían intactas.
Salieron de Valdecierzo poco después de las nueve.
Viajaron en dos coches. Leire condujo el primero con Isara y Duna. Salma fue con Cora y Nélida. Ninguna protestó por la distribución, aunque Isara sospechó que Leire había colocado a Cora en el otro vehículo para poder hablar de ella.
No lo hizo.
Durante los primeros kilómetros solo repasó las reglas firmadas la noche anterior.
—La casa es de Cora —dijo—. Ella decide qué habitaciones se abren. Si encontramos documentación privada sin relación aparente con Fuente Fría, se queda donde está.
—¿Quién decide qué relación es aparente? —preguntó Duna desde atrás.
—Lo discutiremos.
—Eso no es decidir.
—Es lo más parecido que tenemos.
Isara miró el paisaje.
El valle se abrió poco a poco hasta convertirse en una sucesión de pueblos, polígonos pequeños y carreteras bordeadas por árboles sin hojas. El cielo continuaba gris, pero ya no había niebla. La claridad devolvía a todo un aspecto ordinario que la historia parecía rechazar.
Cora había crecido en un pueblo al sur de la sierra, junto a una antigua fábrica de tejidos cerrada desde hacía años.
La casa de Emilia ocupaba el extremo de una fila de viviendas iguales: dos plantas, fachada de ladrillo oscuro y un jardín delantero tan pequeño que apenas cabían un rosal y dos macetas vacías.
No había cámaras visibles.
Leire fotografió la puerta antes de que Cora introdujera la llave.
—No la han forzado —dijo.
—La caja desapareció hace dieciocho meses —respondió Cora—. Habrían tenido tiempo de reparar el marco.
—¿Cambiaste la cerradura?
—Después del funeral.
—Entonces quien entró ahora necesitaría otra llave.
—No he dicho que hayan vuelto a entrar.
Cora abrió.
El recibidor olía a madera cerrada y a un ambientador de lavanda que había perdido casi toda su intensidad.
Sobre una consola descansaba un cuenco con monedas, dos llaves sin etiqueta y una fotografía de Cora adulta abrazada a Emilia delante de un restaurante.
Una de las llaves era moderna. La otra, de hierro oscuro, tenía cuatro pequeños puntos de soldadura donde alguna vez había llevado una placa ovalada.
Era la primera imagen de ambas juntas que Isara veía.
Emilia tenía el cabello corto y completamente blanco. No ocultaba la mano izquierda. La mancha oscura continuaba allí, extendida desde la muñeca hasta la base del índice, más clara en los bordes y surcada por pequeñas líneas de piel.
Cora siguió la dirección de su mirada.
—Nunca le dio vergüenza.
—En la fotografía de Fuente Fría la escondía —dijo Duna.
—Quizá porque allí no quería que la reconocieran.
—O porque el uniforme tenía mangas cortas y Ofelia se lo ordenaba —respondió Nélida.
Cora dejó las llaves sobre la consola.
—Mi madre decía que había nacido con la mancha. Que su abuela la llamaba mapa.
—¿Era verdad? —preguntó Salma.
—No lo sé.
No añadió que casi nada de lo que Emilia le había contado sobre sus primeros años podía considerarse seguro.
La casa no parecía abandonada. Cora había vaciado el frigorífico, cortado el agua y cubierto algunos muebles, pero los libros seguían en las estanterías y la vajilla permanecía detrás de las puertas de cristal. En el respaldo de una silla colgaba una rebeca marrón.
Isara pensó en la chaqueta gris de Celia.
Las prendas de las muertas conservaban durante un tiempo la forma de una espera.
—Revisé el despacho, su dormitorio y todos los documentos del salón —explicó Cora—. Busqué el nombre de Celia, Fuente Fría, Ofelia, Fundación Santa Lucía y las fechas del incendio.
—Buscaste respuestas —dijo Isara.
—Sí.
—Hoy buscaremos secuencias.
Cora frunció el ceño.
—¿Qué diferencia hay?
—Una respuesta depende de saber qué pregunta hacer. Una secuencia solo necesita que coloquemos las cosas en el orden en que ocurrieron.
Leire aprobó la propuesta.
Dividieron el comedor en tres zonas. Antes de 1989. Del incendio a 2003. De 2004 en adelante. Todo documento sin fecha se quedaría aparte hasta que pudieran situarlo.
Cora estableció un límite: no abrirían las cartas personales de Emilia posteriores a 2010 salvo que el remitente o el contenido visible las relacionara con la investigación.
Nadie discutió.
Isara y Duna comenzaron con los álbumes. Salma y Nélida revisaron cajas de facturas y papeles médicos. Leire se instaló ante el archivador del despacho. Cora abrió un armario empotrado bajo la escalera donde Emilia guardaba carpetas, herramientas y bolsas reutilizadas.
Los álbumes confirmaron lo que Isara esperaba.
La infancia de Cora empezaba tarde.
La primera fotografía fechada mostraba a una niña delante de un árbol de Navidad. En el reverso, Emilia había escrito: Diciembre de 1996. Nuestro primer árbol grande.
Cora parecía tener doce o trece años.
Había imágenes anteriores, pero ninguna llevaba fecha. Una niña de unos ocho años junto a una piscina. Otra soplando velas. Una excursión a un lago. En todas, el rostro era el de Cora. En ninguna aparecía Emilia.
—¿Quién tomó estas fotos? —preguntó Isara.
Cora se acercó.
—Vecinos. Maestros. Alguna amiga de mi madre.
—¿Por qué no estáis juntas hasta 1996?
—Emilia odiaba que la fotografiaran.
Duna señaló la copia impresa de la fotografía del personal que llevaban en la carpeta común.
—Antes no.
Cora cerró el álbum.
—Antes de qué.
No fue una pregunta.
Isara examinó las primeras páginas. No había rectángulos más claros, esquinas arrancadas ni restos de adhesivo que indicaran fotografías retiradas.
El álbum no ocultaba una sustracción reciente.
Simplemente comenzaba tarde.
—Entonces los primeros años no están aquí —dijo Duna.
—No en este álbum —respondió Isara.
Continuaron.
A media mañana, Salma encontró el primer documento que no necesitaba interpretación.
—Venid.
Sostenía una carpeta azul sin abrirla por completo. En la portada aparecía el sello de Transportes Sanitarios Sanz .
Nélida se quedó inmóvil.
—Era la empresa de Ángel y Nuria.
—Estaba entre pólizas médicas —dijo Salma—. No en los papeles laborales.
Leire despejó una parte de la mesa. Salma colocó la carpeta y fue sacando las hojas una por una.
Había contratos de mantenimiento, hojas de servicio y facturas de combustible. La mayoría correspondían a 1989 y 1990. Emilia aparecía contratada como conductora eventual desde agosto de 1989, con permiso para transportar material sanitario y personal auxiliar.
Su fotografía estaba grapada a la primera página.
Era la misma mujer del grupo de Fuente Fría.
Nombre legal:
Emilia Beltrán Rojas.
En una nota manuscrita junto al puesto, alguien había añadido:
En el centro utiliza V. Montalbán. No incluir en facturas.
—Trabajaba para los Sanz y para el internado con dos nombres —dijo Leire.
Nélida se sentó.
—Ángel sabía quién era.
—Al menos sabía que utilizaba un nombre distinto —respondió Isara.
—Me crió sin contarme que conocía a una mujer de Fuente Fría.
—Quizá la conocía solo como conductora.
—La nota dice «en el centro».
Nélida no elevó la voz. No lo necesitaba. La traición no era nueva; solo acababa de cambiar de forma.
Salma continuó revisando.
La hoja de servicio del 19 de noviembre de 1989 estaba duplicada. La copia oficial registraba una llamada recibida a la una y treinta y ocho, una ambulancia enviada a Fuente Fría y la llegada al hospital a las dos y nueve.
La segunda hoja no llevaba sello. Había sido escrita a mano sobre un formulario interno.
Vehículo 2. Furgoneta adaptada. Salida 00:55. Conductora: E. Beltrán. Destino comunicado verbalmente.
—Salió antes de que comenzara el incendio —dijo Cora.
Isara miró la hora.
El primer segmento de la cinta, el único fechado con seguridad, situaba a Celia en la habitación a la una y doce. El informe preliminar fijaba el inicio del fuego alrededor de la una y diecinueve.