Capítulo 16 — Seis firmas #3
Isara pensó en la habitación seis, ahora sin las llaves que llevaban en los bolsillos.
—No entraremos —dijo.
Cora giró la cabeza.
Isara continuó antes de que pudiera hablar.
—No sin la policía. No mientras el edificio sea una escena de incendio. Y no porque una nota de Celia lo ordene.
—Puede haber pruebas que desaparezcan —dijo Cora.
—Ya ha desaparecido una parte porque fuimos sin esperar.
—El fuego empezó antes de que llegáramos.
—Pero entramos en el juego de quien quería que corriéramos hacia allí.
—Si no hubiéramos ido, la persona habría salido con la bolsa sin que nadie la viera.
—Y si hubiéramos entrado, quizá no estaríamos aquí.
La teniente intervino.
—No negociarán una entrada en mi sala. El edificio está cerrado.
Cora apretó los labios y bajó la mirada.
Al salir del puesto eran casi las once.
La temperatura había descendido. El pueblo parecía más pequeño bajo las farolas, y la ladera de Fuente Fría había desaparecido en la oscuridad. Una patrulla estaba estacionada en la plaza. Otra pasó despacio junto a ellas en dirección a la carretera del internado.
Caminaron hasta la pensión sin hablar.
Seis mujeres juntas atraían miradas incluso en una calle vacía. Un hombre que cerraba una terraza dejó de apilar sillas. Una pareja se apartó para permitirles pasar. Isara no sabía si las reconocían por las noticias del incendio o si solo resultaban extrañas como grupo.
En la habitación, la ausencia de los objetos transformó la mesa. Quedaban vasos, lápices y las copias del inventario, pero ya no había fotografías mutiladas ni cuentas ni llaves.
Duna retiró la silla que bloqueaba la puerta y la cerró despacio.
No echó el pestillo.
Cora fue la primera en romper el silencio.
—Quiero hacer la prueba genética.
Nélida se sentó junto a la ventana.
—¿Con qué muestra?
—Cabello de Celia. Un cepillo. Una prenda. Lo que sea fiable.
—Nada recogido por nosotras será completamente fiable —dijo Leire—. Necesitaríamos una muestra identificada o autorización para una exhumación.
Isara sintió un rechazo físico ante la palabra.
Cora la vio.
—No he dicho que haya que hacerlo mañana.
—Pero lo estás pensando.
—Sí.
—Celia murió hace cuatro días.
—Y yo llevo cuarenta y dos años sin saber quién me parió.
La frase no fue un ataque. Cora la pronunció cansada, sin elevar la voz.
Isara no podía pedirle que respetara un duelo que tal vez también era suyo.
Salma se sentó en la otra cama.
—Una prueba solo diría si alguna comparte ADN con Celia.
—Eso es bastante —respondió Cora.
—No diría qué nombre tenía, en qué habitación estaba ni quién la sacó.
—No necesito que resuelva todo.
Duna negó.
—Yo no quiero hacerla.
Las demás se volvieron hacia ella.
—No ahora —añadió—. He pasado toda la vida con fechas distintas, documentos falsos y personas diciéndome quién debía ser. No quiero que un resultado llegue antes de que sepamos qué hicieron con nosotras.
—Un resultado no te obliga a cambiar de identidad —dijo Leire.
—Eso es fácil decirlo cuando crees en los papeles.
—No creo en ellos. Por eso los compruebo.
—Y después decides cuál vale.
Leire cerró la boca.
Isara comprendió que Duna no temía descubrir que Celia fuera su madre. Temía que una certeza biológica se convirtiera en otra orden.
—No tiene que ser una decisión conjunta —dijo Cora—. Quien quiera puede hacerse la prueba.
—Pero necesitas una muestra de Celia —respondió Isara.
—Sí.
Todas la miraron.
La casa, el cepillo, la chaqueta y los objetos de Celia le pertenecían legalmente. Otra vez una verdad de las seis dependía de que Isara abriera una puerta.
—No me niego —dijo—. Pero no recogeremos una muestra a escondidas ni la enviaremos a un laboratorio como si buscáramos confirmar una sospecha privada. Lo haremos de manera identificable y con asesoramiento legal.
Cora miró a Leire.
—¿Puedes organizarlo?
—Sí. No antes de mañana.
—Mañana basta.
Duna se levantó.
—Para ti.
—No tienes que participar.
—Pero sí tendré que vivir con lo que descubráis.
Nélida habló desde la ventana.
—Ya vivimos con decisiones en las que no participamos.
La frase las detuvo.
Isara miró los seis nombres actuales alrededor de la habitación. Ninguno era completamente seguro. Todos, sin embargo, habían sido utilizados durante décadas. Habían firmado contratos, acompañado enfermos, enseñado a niños, defendido clientes y restaurado fotografías con ellos.
La verdad podía explicar de dónde procedían.
No debía volver a convertirlas en niñas esperando que un adulto les asignara una salida.
—Necesitamos reglas —dijo.
Cora soltó una risa breve.
—Celia también tenía reglas.
—Por eso estas las decidiremos nosotras.
Leire tomó una hoja limpia.
—¿Qué reglas?
Isara pensó en las notas contradictorias.
No permitir que Mara llegara primero.
Cerrar la puerta desde fuera.
No entrar juntas.
Esperar a la mujer con la chaqueta.
Todas pretendían decidir quién debía estar dentro, fuera, antes o después.
—Nadie entra en Fuente Fría sola —dijo—. Ni con una llave, ni porque reciba un mensaje, ni porque recuerde algo.
Leire escribió.
—Nadie oculta una prueba que afecte a las demás —añadió Salma.
Cora la miró, después miró su caja cerrada sobre el suelo.
—De acuerdo.
—Los recuerdos se contarán como recuerdos —dijo Duna—. No como hechos demostrados.
Leire anotó la frase con exactitud.
—Ninguna prueba genética se hará utilizando una muestra de Celia sin saber de dónde procede y sin informar a las seis —dijo Cora.
Duna no parecía satisfecha, pero asintió.
—Informar no significa pedir permiso —aclaró Leire.
—Lo sé.
Nélida tardó más en hablar.
—Nadie aceptará un nombre nuevo como si borrara el que ha vivido.
Isara sintió que aquella era la única regla que Celia nunca había contemplado.
Leire escribió una última línea:
La identidad biológica, la identidad original y la identidad vivida no se considerarán la misma cosa.
—Eso parece redactado para un contrato —dijo Salma.
—Es lo que ocurre cuando me dais una frase importante.
Por primera vez desde que habían llegado al puesto, algunas sonrieron.
Leire colocó la hoja en el centro.
—Falta decidir qué hacemos mañana.
Cora miró la fotografía de Emilia, que ya no estaba sobre la mesa porque la policía se había llevado el original. Solo conservaban una copia digital sin conexión.
—Vamos a mi casa.
—¿Dónde está? —preguntó Duna.
—A una hora y media. Emilia guardó documentos durante toda su vida. He revisado sus papeles, pero los revisé buscando a Celia, no buscando a Violeta Montalbán ni una conexión con las rutas de salida.
—La policía debe saberlo —dijo Salma.
—Se lo diremos por la mañana.
—Antes de salir —añadió Isara.
Cora asintió.
—Y no ocultaré nada.
Leire extendió el bolígrafo.
—Firmad.
Salma lo hizo primero. Después Nélida, con letras pequeñas y rectas. Duna escribió despacio, como si comprobara cada trazo. Cora firmó con una rúbrica rápida. Leire añadió su nombre junto al margen inferior.
El bolígrafo llegó a Isara.
Miró la línea vacía.
Durante los últimos días había descubierto que su partida era falsa, que su vestido pertenecía a Mara y que el nombre Isara procedía de una identidad declarada muerta antes de que ella pudiera recordarla.
No sabía si alguna niña lo había llevado realmente o si había sido construido como una salida documental.
Pero Isara había respondido a ese nombre cuando Celia la llamaba a cenar. Lo había escrito en sus primeros trabajos, en los formularios de la universidad y bajo cada restauración terminada. Era el nombre con el que había amado, mentido, trabajado y enterrado a su madre.
No necesitaba convertir un nombre en una competición.
Solo decidir quién lo estaba firmando ahora.
Escribió:
Isara Luján.
Seis nombres quedaron alineados al final de la hoja.
Ninguno venía acompañado por una fotografía infantil.
Ninguno estaba raspado.
Por primera vez, Isara no sintió que Celia se lo hubiera entregado.
Lo había elegido ella.