Las niñas de la habitación seis Capítulo 16 — Seis firmas #2
41%

Capítulo 16 — Seis firmas #2

—Eso consta. También consta que había humo, una alarma y otras personas gritando. No estoy diciendo que no ocurriera. Estoy diciendo qué podemos sostener ahora.

La precisión no resultaba cálida, pero Isara agradeció que no las tratara como mujeres histéricas ni como narradoras fiables por defecto.

Leire abrió la carpeta con el inventario.

—Queremos entregar estos objetos.

La teniente leyó la primera página.

—¿Quién ha manipulado el vestido?

—Yo —respondió Isara—. Lo encontré en casa de Celia Luján y descosí la etiqueta. Hoy abrimos una parte del dobladillo entre las seis.

—¿Con guantes?

—No al principio. Después sí.

—¿Las cuentas?

—Estaban dentro.

—¿El negativo?

Duna levantó la mano ligeramente.

—Recuerdo escribir la frase de la funda. No recuerdo haber cosido el negativo ni puedo asegurar quién lo escondió.

La teniente la observó.

—Bien. Esa diferencia debe mantenerse.

Duna entregó la declaración que había preparado. La teniente incorporó la funda al análisis de tintas y dejó constancia de que el recuerdo no sustituía una atribución pericial.

Leire continuó con las fotografías, las notas, los dispositivos y las tarjetas de memoria.

Cora explicó que el portátil comprometido ya estaba bajo custodia y pidió que las nuevas tarjetas se copiaran mediante imagen forense antes de cualquier reproducción.

La teniente no interrumpió hasta llegar a las llaves.

—¿Por qué no las entregaron después del primer incendio?

—No las teníamos todas reunidas —dijo Cora.

—¿Y por qué no entregó la suya cuando entró en Fuente Fría hace un mes?

Cora sostuvo su mirada.

—Porque no confiaba en que el caso se investigara.

—¿Y ahora?

—Ahora alguien ha quemado el laboratorio delante de nosotras.

—Eso no responde.

—Ahora sé que conservarla me convierte en una persona que puede volver a entrar.

La teniente asintió una sola vez.

—Las llaves quedarán depositadas para comparación. También solicitaremos las cerraduras recuperables del edificio. Nadie entra en Fuente Fría sin autorización.

Salma miró a Isara.

No era una pregunta. Era la confirmación de que la decisión ya no les pertenecía.

La teniente comenzó a embolsar los objetos con ayuda de otra agente. Leire comprobó cada número de precinto. Cora verificó las tarjetas. Isara sostuvo el vestido por última vez antes de introducirlo en la bolsa.

La tela parecía demasiado ligera para contener una vida que no era la suya.

Cuando la agente cerró el precinto, Isara sintió una pérdida pequeña y absurda.

No había llevado el vestido de niña. No podía recordar su tacto ni una tarde concreta dentro de él. Aun así, Celia se lo había entregado como parte de su infancia y, durante dos días, Isara había permitido que esa mentira ocupara el lugar de un recuerdo.

Ahora volvía a quedarse sin prenda.

La teniente dejó el inventario firmado frente a Leire.

—Hay algo que necesito que entiendan. En este momento tenemos al menos tres asuntos diferentes: una entrada en la vivienda de Celia Luján, una campaña de acoso y acceso ilícito a comunicaciones, y un incendio posiblemente provocado en un edificio abandonado.

La relación con 1989 es probable, pero todavía no está demostrada en todos los hechos.

—Las llaves, las fotografías y el laboratorio la demuestran —dijo Cora.

—Demuestran que alguien quiere que la veamos.

Isara levantó la cabeza.

La teniente había utilizado casi las mismas palabras que ella.

—¿Cree que las pruebas están preparadas? —preguntó.

—Creo que algunas son antiguas, otras recientes y varias han pasado por demasiadas manos. Mi trabajo es distinguirlas.

Se acercó a la pizarra y trazó una línea vertical.

En la parte izquierda escribió:

ANTES DEL 2 DE NOVIEMbrE

En la derecha:

DESPUÉS DEL 2 DE NOVIEMbrE

—Celia muere el día dos —dijo—. Empecemos por lo que existía con certeza antes.

Leire enumeró las inscripciones y expedientes.

Nélida habló de las visitas de Celia al cementerio y de la placa de Mara.

Cora mencionó el sobre recibido el cuatro de octubre y la reproducción fotográfica escondida en el laboratorio.

Isara añadió la caja guardada en el armario de Celia, aunque no podía demostrar cuándo se había colocado allí.

La teniente escribió cada elemento sin aceptar todavía la autoría.

En la columna derecha aparecieron los mensajes enviados desde la cuenta de Cora, la caja en la cocina, la fotografía tomada dentro del dormitorio, la cámara del apartamento, la placa desenterrada, la tapa del objetivo, el segundo incendio y el vehículo gris.

Cuando terminaron, la pizarra estaba llena, pero la separación había creado una forma nueva.

—No es una sola operación —dijo Isara.

Leire miró las dos columnas.

—Eso no podemos asegurarlo.

—No digo que haya dos personas. Digo que hay dos tiempos. Celia preparó algo antes de morir. Después alguien empezó a intervenir sobre ese plan.

La teniente dejó el rotulador.

—Explíquelo.

Isara se levantó.

No estaba acostumbrada a hablar ante un grupo. En su taller, los daños permanecían quietos y no discutían cuando ella señalaba una grieta. Aun así, la pizarra le resultaba más fácil que las caras.

—Las notas de nuestras cajas nos conducen a la reunión del día ocho. Son distintas, pero están escritas con una letra que parece la de Celia y se relacionan con hechos de 1989. Las llaves también estaban preparadas. Eso puede pertenecer a su plan.

Señaló la segunda columna.

—Pero los mensajes digitales empiezan después de que Cora entre en el laboratorio y conecte los archivos a un ordenador.

La persona que utiliza su cuenta obtiene contactos, direcciones y fotografías.

A partir de ahí parece saber dónde estamos porque tiene acceso a lo que Cora investigó y a lo que nosotras mismas le contamos.

Cora no protestó.

—La cámara del apartamento necesitó una instalación física —continuó Isara—. La caja de mi casa también. El segundo incendio necesitó que alguien llegara al edificio. No está en todas partes. Se desplaza, entra, observa y utiliza información obtenida antes.

Salma miró la columna.

—Nos ha seguido.

—A veces. Otras veces ha llegado primero porque ya conocía los lugares que Celia preparó.

—El cementerio —dijo Nélida.

—El laboratorio. La casa. Quizá la habitación seis.

Leire se levantó y tomó otro rotulador. Debajo de las dos columnas escribió:

PLAN DE CELIA

INTERVENCIÓN ACTUAL

—Hay elementos que no sabemos dónde colocar —dijo—. Las fotografías de las cajas, por ejemplo. Pueden haber sido preparadas por Celia y distribuidas por otra persona.

—O fabricadas después —añadió Cora.

—La reproducción completa es de 2004 —dijo Isara—. Las mutilaciones pueden ser posteriores.

La teniente rodeó varios puntos con círculos.

—Esto es una hipótesis útil. No una conclusión. Pero limita algo importante: la persona actual puede no conocer la verdad de 1989. Puede estar utilizando materiales que tampoco comprende por completo.

Duna habló desde la puerta.

—Por eso comete errores.

—¿Qué errores? —preguntó la teniente.

—Hizo creer a Isara que era Mara. Pero Mara murió y Nélida lo sabía.

—Colocó la tapa de Cora junto a la placa —dijo Salma—. Nos obligó a descubrir que ella había entrado antes en el laboratorio, pero también mostró que necesitaba empujarnos para que habláramos.

—Y quemó una reproducción, no necesariamente el original —añadió Isara.

Cora la miró.

—No sabemos qué había en la bolsa.

—No. Pero quien huía tuvo que llevárselo físicamente. No podía hacerlo desaparecer desde un teléfono.

La figura que las perseguía perdió algo de su tamaño dentro de Isara.

Seguía siendo peligrosa. Había entrado en una casa, provocado un fuego y manipulado sus movimientos. Pero ya no era una presencia capaz de conocer cada pensamiento.

Era una persona con acceso, tiempo y miedo a que encontraran algo.

La teniente subrayó INTERVENCIÓN ACTUAL .

—¿Alguna de ustedes sabía antes del día cinco que las demás recibirían cajas?

Todas negaron.

—¿Alguna conocía la fecha del ocho de noviembre antes de abrir la suya?

No.

—¿Alguna tuvo acceso a la casa de Celia?

Las miradas se dirigieron a Isara.

—Yo viví allí de niña y entré después de su muerte —respondió—. Durante su enfermedad también fui varias veces.

—¿Quién más tenía llaves?

—Una vecina para las plantas. La persona que limpiaba dos veces al mes. La enfermera domiciliaria durante las últimas semanas. No sé si alguien conservó copias antiguas.

—Necesitaré los nombres.

Isara asintió.

—¿Emilia Beltrán tuvo relación reciente con Celia? —preguntó la teniente.

Cora tensó los hombros.

—No que yo sepa.

—Pero encontró una caja semejante bajo su cama.

—Vacía.

—Y desapareció durante el funeral.

—Sí.

La teniente escribió EMILIA / CAJA entre ambas columnas.

—Es uno de los puntos que puede conectar el plan antiguo con la intervención presente.

—Emilia murió hace dieciocho meses —dijo Cora.

—Por eso no pudo instalar una cámara ni conducir el coche hoy. Pero pudo conservar materiales, dar instrucciones o entregar algo a otra persona antes de morir.

Cora no respondió.

Isara reconoció en su silencio la misma defensa que sentía cuando alguien hablaba de Celia como sospechosa. La muerte no convertía a una madre en inocente. Solo impedía preguntarle por qué lo había hecho.

La teniente dejó el rotulador y regresó a la mesa.

—Les pido que esta noche permanezcan localizables. Si deciden salir de Valdecierzo, comuníquenlo antes para que sepamos dónde encontrarlas. Fuente Fría queda precintado y vigilado. Mañana compararemos las llaves, revisaremos las cámaras de carretera y solicitaremos información sobre el vehículo.

—La matrícula podía llevar un cuatro —dijo Cora.

—Consta en su declaración.

—¿Y los restos de 1989? —preguntó Leire—. Necesitamos saber cuántos cuerpos se recuperaron realmente.

La teniente la miró durante unos segundos.

—Necesitan muchas cosas. La mayoría requieren órdenes, archivos y tiempo.

—La reunión es pasado mañana.

—La reunión no es una obligación legal.

—Alguien la ha preparado durante años.

—Eso tampoco la convierte en segura.