Las niñas de la habitación seis Capítulo 16 — Seis firmas
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Capítulo 16 — Seis firmas

La primera en proponer que entregaran las pruebas fue Salma.

—Ahora —dijo—. No mañana, no después de mirar una vez más las fotografías. Ahora.

Cora seguía junto a la mesa, con la copia de su caja abierta delante. La imagen de las seis niñas descansaba sobre el papel de seda y el rectángulo blanco del vestíbulo parecía emitir su propia luz bajo la lámpara.

—La policía ya tiene parte de lo que sacaron del laboratorio —respondió Leire—. Podemos llevarles el resto cuando hayamos hecho un inventario.

—Eso es exactamente lo que no debemos hacer —dijo Salma—. Llevamos horas manipulando objetos que pueden estar relacionados con dos incendios y una entrada en una vivienda.

—Si entregamos todo sin documentarlo, perderemos el acceso durante días.

—No somos propietarias de una investigación.

—Algunas sí somos propietarias de los objetos.

Salma señaló las cuentas de Mara, ordenadas todavía sobre la hoja blanca.

—Una niña las escondió antes de morir. No son un recuerdo familiar.

Isara observó la letra formada por las seis piezas.

OFELIA.

Durante unos minutos, aquella palabra había parecido capaz de responder por qué Mara cambiaba de pulsera y quién le retiraba los nombres. Después la fotografía de Emilia había desplazado la atención hacia Cora. Una prueba no anulaba la anterior. Solo la cubría con una nueva capa.

Era lo que ocurría desde que abrió la caja de Celia.

Nada desaparecía.

Todo se acumulaba.

—Salma tiene razón —dijo Isara.

Leire se volvió hacia ella.

—Necesitamos conservar copias.

—Las haremos delante de la policía. Con una relación de lo que entregamos.

—No sabes qué medios tienen aquí.

—Tú puedes asegurarte de que quede constancia.

La abogada miró los objetos desplegados: el vestido, las cuentas, el negativo, la placa hospitalaria de Mara, la fotografía de Emilia y las copias individuales.

Su resistencia no procedía de querer ocultarlos.

Isara comenzaba a reconocer la diferencia.

Leire desconfiaba de cualquier sistema en el que los papeles pudieran cambiar de lugar sin que alguien dejara constancia del movimiento.

—También las llaves —dijo Salma.

Nélida cerró la mano alrededor de la del laboratorio.

—La mía no ha abierto nada desde 1989.

—Precisamente.

—Celia me la dio para entrar cuando llegara el momento.

—Celia está muerta —respondió Salma—. Y alguien ha incendiado el lugar al que esa llave conduce.

Nélida miró a Isara.

No le pedía permiso. Quizá esperaba que entendiera lo que significaba entregar el último objeto que Celia le había confiado directamente.

Isara introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta gris. La llave número seis seguía allí, tibia por el contacto con su cuerpo.

Desde que la encontró, había pensado en ella como una promesa. Después como una amenaza. En realidad no era ninguna de las dos cosas.

Era una pieza de metal que abría una cerradura.

Todo lo demás se lo habían añadido ellas.

La dejó sobre la mesa.

—Todas las llaves.

Duna sacó la suya del bolso. Salma y Leire hicieron lo mismo. Cora tardó unos segundos más. Finalmente colocó la quinta llave del número seis junto a las otras.

Nélida abrió los dedos.

La llave de latón llevaba grabada la palabra LABORATORIO .

—Falta una copia de la habitación —dijo Leire.

—La factura mencionaba seis —recordó Isara.

Leire contó las piezas con la punta del lápiz.

—Tenemos cinco llaves numeradas y una distinta para el laboratorio. La del laboratorio no puede sustituir a la sexta copia de la cerradura principal.

—Puede conservarla quien preparó las cajas —dijo Salma.

—O haber quedado entre las pertenencias de Celia o Emilia —respondió Cora.

Leire anotó la ausencia como una cuestión pendiente, no como prueba de que la persona del incendio la tuviera.

Leire pidió a recepción papel limpio, etiquetas adhesivas y un rotulador.

El dueño de la pensión los subió y permaneció en la puerta intentando mirar por encima de sus hombros.

Salma lo hizo retroceder con una sola expresión.

Cuando volvió a cerrar, Leire anotó cada objeto en una hoja de la libreta y colocó junto a él una etiqueta provisional sin pegarla sobre la pieza.

No pretendía embalar pruebas ni sustituir una cadena de custodia. Solo fijar qué entregarían y en qué estado.

Isara fotografió el vestido por delante y por detrás, el cuello descosido, el sello FALLECIDA y la abertura del dobladillo.

Cora añadió la grabación continua iniciada antes de cortar la primera puntada, sin interrupciones hasta la extracción del negativo.

Después Isara colocó las seis cuentas junto a una regla y tomó una imagen de cada cara.

Leire añadió la cinta recibida en su caja y anotó que la había digitalizado y reproducido antes de entregarla. La policía ya conservaba la copia hallada en la cocina de Celia; ambas podrían compararse.

El ordenador de Cora ya estaba bajo custodia desde el incendio.

Por eso no intentó volver a copiar nada.

Incluyó en el inventario la cámara compacta, la grabadora y las tarjetas originales que todavía conservaba, con la fecha y el dispositivo del que procedía cada archivo.

Solicitaría que la policía realizara copias forenses antes de devolverle una reproducción de trabajo.

Duna preparó además una declaración separada sobre la inscripción LA DE LA CINTA NO SOY YO . Escribió que la escena de la lámpara y el acto de trazarla habían regresado al verla, pero que la semejanza entre una letra adulta y otra infantil no demostraba la autoría.

Después, Duna escribió de memoria las dos frases que recordaba haber oído durante el incendio:

Porque para ellos tú ya estás muerta.

Pero tú sabes que estoy viva.

Se detuvo con el lápiz sobre el papel.

—Esto no es una prueba.

—No —dijo Isara—. Es tu recuerdo, fechado y escrito por ti hoy.

—Puede estar equivocado.

—Escríbelo también.

Duna añadió debajo:

No puedo garantizar que las palabras fueran exactamente estas.

Nélida hizo lo mismo con el trayecto de la furgoneta y la muerte de Mara.

Salma describió la salida de la persona del laboratorio.

Leire preparó una cronología de las inscripciones irregulares.

Cora añadió el acceso no autorizado a sus cuentas y la fecha en que había entrado por primera vez en Fuente Fría.

Cuando terminaron, la mesa parecía menos caótica.

No porque hubieran resuelto nada.

Porque, por primera vez, cada cosa estaba separada de la interpretación que la había acompañado.

El puesto de la Guardia Civil se encontraba junto a la salida norte del pueblo, en un edificio bajo con ventanas protegidas por rejas.

El incendio había atraído a dos patrullas de municipios cercanos y a un equipo de policía judicial que todavía trabajaba en Fuente Fría.

Tuvieron que esperar en un pasillo mientras una agente intentaba comprender por qué seis mujeres querían entregar un vestido infantil, varias fotografías mutiladas y seis llaves relacionadas con un caso cerrado en 1989.

Las hicieron pasar a una sala de reuniones poco después de las ocho.

Había una mesa ovalada, una pizarra blanca y una cafetera apagada. La mujer que entró tras ellas se presentó como la teniente Marta Lobo. Tendría alrededor de cincuenta años, llevaba el cabello recogido y no mostró sorpresa al verlas juntas.

—Ya sé quiénes son —dijo—. Al menos según sus documentos actuales.

Cora sacó la grabadora de su bolso.

—¿Puedo registrar la conversación?

—Esta reunión conjunta no es todavía su declaración formal —respondió la teniente—. Las entrevistas individuales quedarán recogidas en acta. Aquí puede tomar notas, pero no grabar a las otras cinco sin su consentimiento.

Cora guardó el aparato sin discutir. Isara no supo si aquello significaba que empezaba a confiar en alguien o que había reconocido una autoridad capaz de expulsarla de la sala.

La teniente colocó seis formularios sobre la mesa.

—Antes de hablar de 1989, vamos a hablar de hoy. Una persona salió de un edificio incendiado, huyó en un vehículo gris y se llevó una bolsa. Ustedes la siguieron. Necesito una descripción individual, sin que escuchen la de las demás.

—Ya hemos hablado entre nosotras —dijo Leire.

—Lo sé. Por eso separaré lo que cada una vio de lo que puede haber incorporado después.

Las entrevistaron en habitaciones distintas.

Isara contó la caída en la zanja, el vehículo en el camino de servicio y la mano izquierda sobre el volante. No pudo asegurar si la mancha era una lesión, una marca de nacimiento, suciedad o una zona del guante rasgado. Tampoco pudo determinar el sexo de la persona.

La agente que escribía su declaración insistió dos veces.

—¿Mujer u hombre?

—No lo sé.

—Ha utilizado «la persona» desde el principio.

—Porque es lo único que vi.

—¿Altura aproximada?

—Más alta que yo cuando estaba encorvada. Eso no sirve para calcularla.

—¿Edad?

—No le vi la cara.

Cuando regresó a la sala, solo estaban Duna y Nélida. Leire continuaba declarando. Salma había pedido revisar el vendaje de la rodilla de Isara, pero un agente le recordó que allí no estaba trabajando como enfermera.

Duna se había sentado junto a la puerta. Nélida, frente a la ventana.

Repetían sin saberlo las posiciones que habían ocupado en la pensión.

—¿Habéis dicho lo mismo? —preguntó Duna.

—No deberíamos compararlo todavía.

—Eso ha dicho la teniente.

Isara se sentó.

—Entonces esperemos.

No fue fácil.

Cada vez que una puerta se abría, las tres levantaban la cabeza. Salma regresó primero. Después Cora. Leire fue la última y traía la expresión de quien había discutido sobre el significado de una palabra durante veinte minutos.

La teniente Lobo volvió con un archivador, bolsas de distintos tamaños, sobres de papel y etiquetas de precinto.

—Sus descripciones coinciden en lo esencial —dijo—. Ropa oscura, protección en la cara, complexión media, altura indeterminada y una posible marca en la mano izquierda. Solo dos de ustedes creen haber oído una voz. Una la describe como femenina y otra no puede determinarlo.

Nélida no apartó la vista de la mesa.

—Dijo mi nombre.