Capítulo 15 — La madre de Cora #2
—Una voz breve dirigida hacia el laboratorio. Podía decir Lía, pero ya hemos hablado tanto de ese nombre que no sé qué parte estaba allí antes.
Nélida miró la fotografía de la auxiliar.
—Yo recuerdo que Violeta llamaba hacia el laboratorio. No puedo asegurar la palabra.
Cora soltó una risa sin humor.
—Por fin una respuesta que no intenta convertirme en alguien.
Isara sintió que el grupo se alejaba a tiempo del mecanismo más peligroso: construir una certeza con recuerdos que podían haberse contaminado entre sí.
Isara sintió que el grupo volvía a acercarse al mecanismo más peligroso: construir una certeza con dos recuerdos que podían haberse contaminado en los últimos minutos.
—No vamos a decidir quién eras por una sílaba —dijo.
—Ni por una oreja —añadió Cora.
—Ni por la mujer que te crio.
Cora sostuvo su mirada.
—Pero todo señala hacia mí.
—Todo lo que alguien ha colocado para que miremos.
—Mi madre no es una prueba colocada.
—No. Es una persona que te quiso y te mintió. Sé lo difícil que es distinguir una cosa de la otra.
La rabia de Cora perdió fuerza, aunque no desapareció.
Isara recogió la fotografía completa que la periodista había encontrado en el laboratorio.
—Enséñanos tu copia.
Cora frunció el ceño.
—¿Qué copia?
—La de tu caja.
—No está aquí.
—Dijiste que la tuya no estaba en el teléfono. Nunca dijiste que no la hubieras traído.
Leire miró la maleta abierta de Cora.
—La tienes.
Cora no respondió.
Salma se apartó de la puerta.
—Ya somos las seis. Si hay algo diferente en tu fotografía, este es el momento.
—No confiáis en mí.
—Por eso mismo —dijo Leire.
Cora permaneció junto a la ventana varios segundos. Después se arrodilló ante la maleta, retiró ropa y sacó una carpeta rígida con cierre elástico.
La abrió sobre la mesa.
Dentro había una caja de lata gris, más pequeña que la de Isara.
No estaba vacía.
Cora levantó la tapa.
La llave marcada con el número seis descansaba junto a un sobre y una fotografía protegida por papel de seda.
—¿Por qué la conservas aquí? —preguntó Salma.
—Porque dejé de confiar en la caja de seguridad después de que alguien entrara en mi cuenta.
—¿Qué decía tu nota? —preguntó Isara.
Cora no tocó el sobre.
—Lo que os conté: que cerrara la puerta desde fuera cuando estuviéramos las seis.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
Leire extendió la mano.
—La fotografía.
Cora retiró el papel de seda.
Durante un instante, Isara creyó que era una copia completa de la imagen original. Las seis niñas estaban en la escalinata con los rostros intactos. La trenza, la cinta, el cabello corto, el vestido de Mara. Ninguna cara había sido raspada.
Después vio la puerta.
El cristal había sido arañado hasta dejar un rectángulo blanco.
No habían borrado a una de las seis internas.
Habían borrado la zona donde, en la composición de 2004, Celia había añadido a la supuesta niña de fuera.
Cora apoyó las manos en el borde de la mesa.
—Por eso no la enseñé.
Duna se acercó.
—Tu copia no te quita una cara.
—Me quita la única que alguien retocó para que pudiera parecerse a mí.
Isara examinó el raspado.
No seguía el contorno de un rostro. Eliminaba toda la franja del vestíbulo: la niña, el picaporte y parte del marco interior. Quien lo había hecho no quería ocultar solo una identidad.
Quería borrar la existencia de la séptima posición.
Le dio la vuelta a la fotografía.
Había seis nombres escritos en tinta azul.
Duna. Leire. Salma. Nélida. Cora. Mara.
No aparecía Isara.
En la esquina inferior, separado de la lista, había un pequeño círculo vacío.
—En mi copia los nombres eran Isara, Duna, Leire, Salma, Nélida y Cora —dijo Isara.
—En la mía no está Isara —respondió Cora—. Está Mara.
—Podría reconstruir un listado anterior a la reasignación posterior a la muerte de Mara —dijo Nélida.
—O una de las sesiones de identidades ensayadas —añadió Leire.
Duna señaló el círculo sin rozar la tinta.
—Podría ser el símbolo de fuera.
La F del reverso de la fotografía compuesta había sido sustituida por un círculo vacío.
—Tu foto no dice que seas la hija de Celia —dijo Isara—. Intenta vincular tu identidad con la posición borrada del vestíbulo.
—¿Qué diferencia hay?
—Que podrías ser la niña añadida a la composición. O la tercera menor sin identificar a la que Emilia dio después el nombre Cora. La copia no permite elegir entre ambas.
Cora miró la fotografía de Emilia.
La mujer de la mancha había criado a la única adulta cuya copia no eliminaba uno de los seis rostros, sino la posición exterior añadida en 2004.
No era una confirmación genética.
Era una dirección de búsqueda.
—Violeta pudo no sacar de Fuente Fría a una niña llamada Cora —dijo Duna—. Pudo sacar a una niña sin identificación segura.
—Y asignarle después el nombre disponible —añadió Leire.
Cora cerró los dedos alrededor de la llave del número seis.
—Entonces ¿quién era la niña de la puerta?
Nélida miró el rectángulo raspado.
—La posición que no pertenecía al listado de la habitación.
Isara pensó en el nombre que había llevado toda su vida.
Los documentos sugerían que Isara Luján había servido para ocultar más de una vida, pero todavía no explicaban por qué Celia se la había entregado a ella. La copia de Cora borraba la posición exterior y dejaba un círculo vacío donde debería haber una relación verificable.
La pregunta ya no era solo cuál de las seis mujeres había nacido de Celia.
Era también qué adulta había salido sin una identificación segura y había recibido después un nombre disponible.
Cora cerró la carpeta, pero dejó la fotografía de Emilia fuera.
—Entonces ¿qué era yo?
Nélida miró primero la mano manchada de la mujer y después el rectángulo borrado de la puerta.
—No lo sé. Pero creo que Emilia se llevó a la tercera niña de la furgoneta.
Cora palideció.
—¿La que iba bajo la manta?
—La que desapareció del hospital antes de que pudieran registrarla —respondió Nélida—. Si esa niña eras tú, todavía no sé si eras la hija de Celia o una de la habitación.
Isara observó las dos fotografías: una mujer con dos nombres y una niña sin ninguno que pudiera considerarse seguro.
Por primera vez, Cora no tenía una cara a la que parecerse.
Tenía una ruta.