Capítulo 15 — La madre de Cora
Cora dejó el marco boca abajo sobre la cama.
No lo arrojó ni lo ocultó. Lo colocó con cuidado, como si proteger el cristal siguiera siendo importante aunque la mujer de la fotografía acabara de adquirir otro nombre.
—Mi madre no trabajó en Fuente Fría.
Duna permanecía de pie.
—Creo que sí. Pero una fotografía y dos recuerdos no bastan para demostrarlo.
—Era auxiliar en una clínica privada de Valladolid.
—Quizá después.
—Antes también. Tengo fotografías, contratos y cartas.
Leire habló sin levantar la voz.
—¿De qué años?
Cora se volvió hacia ella.
—No empieces.
—No estoy acusándola. Estoy preguntando si los documentos cubren 1987, 1988 y 1989.
Cora no respondió.
La respuesta estaba en el silencio.
Isara tomó el marco por los bordes y volvió a colocarlo de frente.
La mujer podía tener algo más de sesenta años cuando se hizo la fotografía.
La mancha de la mano se veía con claridad, pero no bastaba para identificarla como la auxiliar de la imagen de personal.
El rostro había envejecido, ganado peso y perdido firmeza alrededor de la boca.
—Necesitamos comparar las dos fotografías —dijo.
Leire sacó la copia del grupo de trabajadores.
La mujer identificada como Violeta Montalbán aparecía detrás de Ofelia. Tendría unos treinta años. Ocultaba parcialmente la mano izquierda bajo el otro brazo. Su rostro estaba girado, pero se distinguían la nariz larga, la boca estrecha y una ceja derecha más alta que la izquierda.
Isara colocó ambas imágenes bajo la lámpara.
—No puedo certificar que sea la misma persona.
—Pero se parece —dijo Salma.
—Sí.
—La distribución se parece a la que recuerdo —insistió Duna.
—Una mancha vascular puede cambiar de color y tamaño con los años —dijo Isara—. La posición es compatible, no identificativa.
Cora se sentó.
—Murió hace dieciocho meses.
La frase no estaba dirigida a nadie en particular.
—Entonces no era ella quien salió hoy del laboratorio —dijo Salma.
—No —respondió Cora—. Estuve con ella cuando murió.
Isara pensó en la mancha que había visto sobre el volante. Podía pertenecer a otra persona, ser imitada o haber sido reproducida para conducirlas hasta Emilia. Lo único seguro era que la mujer de la fotografía no había corrido por el bosque aquella tarde.
—¿Fue entonces cuando empezaste a investigar? —preguntó Isara.
—Empecé antes. Encontré mi primera partida de nacimiento mientras ella seguía viva.
—¿Se la enseñaste?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Cora se pasó una mano por la frente.
—Que los registros de aquella época estaban llenos de errores.
Leire cerró los ojos un instante.
—La respuesta de alguien que sabe que no es un error.
—También la respuesta de una mujer de setenta años cansada de que su hija periodista convierta cualquier papel en un interrogatorio.
—¿Le preguntaste por Celia?
—No al principio. Solo por qué aparecía como mi madre biológica una mujer que yo no conocía.
—¿Y qué respondió?
—Que Celia me había ayudado a salir de un lugar peligroso.
Nélida se sentó junto a la ventana.
—No dijo que te sacara ella.
—No.
—¿Mencionó Fuente Fría?
—Dijo que dejara de buscarlo.
—Eso es una respuesta —dijo Salma.
Cora levantó la voz.
—Sé que es una respuesta.
La habitación quedó quieta.
Cora miró el marco boca abajo.
—Volví a preguntarle meses después. Ya estaba enferma. Le llevé el artículo del incendio y una copia de la lista de fallecidas. Cuando vio el nombre Cora, me pidió que saliera de la habitación.
—¿La obedeciste? —preguntó Isara.
—No.
—¿Qué hizo?
—Intentó romper la lista.
—¿Y después?
—Dijo que «Cora» no designaba entonces a una niña concreta.
Duna frunció el ceño.
—¿Qué quería decir?
—Respondió: «Era un lugar vacío».
Leire abrió la libreta.
—¿Una identidad disponible?
Isara recordó la primera conversación con Cora. Había afirmado que existían dos niñas con su nombre. Emilia estaba sugiriendo algo distinto: que uno de aquellos expedientes no correspondía a una segunda menor, sino a un nombre preparado para ser asignado.
—Eso pensé.
—¿Le preguntaste si te lo había dado ella?
—Sí.
—¿Qué contestó?
Cora tardó en responder.
—Que me había dado el nombre que había quedado vacío.
Mara había sido vinculada a Isara Luján , pero murió. Otra niña terminó utilizando aquella identidad. Según Emilia, Cora procedía de un hueco distinto del mismo sistema: un nombre administrativo que quizá no había pertenecido antes a ninguna niña concreta.
—Cora era una de las cinco internas del registro del día diecisiete —dijo Leire.
—O un nombre escrito en el registro —respondió Isara—. No necesariamente la niña que salió del incendio con él.
Duna miró la fotografía de las seis.
—Recuerdo decir «Cora» en la canción, pero no una cara.
—Ya lo contaste —dijo Cora.
—Ahora entiendo por qué.
—No. Ahora tienes una explicación nueva y estás convirtiéndola en recuerdo.
Duna aceptó el golpe.
—Puede ser.
Cora respiró hondo.
—Mi madre decía que no debía buscar a Celia porque ella había hecho una promesa. Nunca explicó a quién.
—¿Conservaste sus papeles? —preguntó Leire.
—Sí.
—¿Dónde?
—En mi casa.
—¿Los revisaste todos?
Cora soltó una risa sin humor.
—Durante nueve años.
—¿Encontraste algo con el nombre Violeta Montalbán?
—No.
—¿Ni Fuente Fría, Ofelia, Julián Vega o la Fundación Santa Lucía?
—Nada.
—Entonces destruyó o separó esa parte de su vida.
—O Duna y Nélida se equivocan.
Nélida no reaccionó.
—Es posible —dijo—. Pero yo recuerdo esa mano tirando de una puerta.
—¿Te salvó?
—Ayudó a abrir.
—¿A quién?
—A todas las que seguíamos dentro.
Duna asintió.
—La niña de fuera giró el picaporte. Nosotras habíamos puesto el pasador. Violeta llegó desde el corredor y gritó que lo quitáramos.
—¿Después bajó con vosotras? —preguntó Salma.
—No lo sé.
—Yo la vi junto a la escalera —dijo Nélida—. Tenía la mano ensangrentada o quemada. Celia discutía con ella.
Cora se inclinó hacia delante.
—¿Qué decían?
Nélida cerró los ojos.
—Recuerdo las palabras «hospital» y «no juntas». No puedo asignarlas a una voz sin completar la escena.
—Inténtalo —dijo Cora.
—Cora —intervino Isara—. Es tu madre, pero sigue siendo el recuerdo de Nélida.
Cora apretó las manos entre las rodillas.
—Si no sabes cuál dijo cada cosa, no podemos convertir a una en salvadora y a la otra en culpable —añadió Leire.
—Siempre encuentras una forma de no creerme.
—Estoy diciendo que todavía no podemos creer ninguna de las dos versiones.
—No sabes nada de querer a una madre.
Leire no mostró dolor. Solo dejó de mover el lápiz.
Isara reconoció el golpe porque era el mismo que Cora le había lanzado a ella: convertir la cercanía recibida en una culpa y la ausencia en un derecho superior.
—Basta —dijo.
Cora se levantó y caminó hasta la ventana.
—Cuando murió, encontré una caja vacía debajo de su cama.
—¿Vacía? —preguntó Salma.
—Era de la misma lata gris que las nuestras, pero algo mayor y sin óxido. Habrían cabido varios sobres.
—¿Se la enseñaste a alguien?
—No.
Leire dejó escapar el aire.
—Otra cosa que ocultaste.
—No sabía qué significaba.
—Sabías que era igual que las nuestras.
—Las cajas llegaron después de su muerte.
—Pero tú reconociste el modelo.
—Sí.
—Y no lo dijiste.
Cora se volvió.
—No sabía si mi madre había preparado las cajas, las había recibido o solo guardaba una igual. No iba a entregar su memoria a un grupo que, hasta ayer, solo conocía por documentos.
—Ayer ya habías estado en mi casa —dijo Duna.
—Y eras la única a la que había visto fuera de un expediente.
Isara miró la fotografía de Emilia.
La mujer que había criado a Cora podía haber trabajado en Fuente Fría con el nombre de una muerta. Podía haber ayudado a abrir la puerta y, después, participado en la desaparición administrativa de las niñas. Salvadora y cómplice, igual que Celia.
El patrón se repetía.
Ninguna adulta de aquella historia parecía haber elegido una sola cosa.
—¿La caja sigue en tu casa? —preguntó.
Cora negó.
—Desapareció durante el funeral.
—¿Entraron a robar?
—No faltaba nada más.
—¿Quién tenía acceso?
—Familiares, vecinos, la mujer que cuidó a mi madre los últimos meses. Había gente entrando y saliendo.
—¿Cuándo lo notaste?
—Una semana después.
—¿Denunciaste?
—No sabía demostrar que hubiera existido.
Leire señaló la fotografía.
—¿Tu madre conocía a Celia al final de su vida?
—Nunca encontré llamadas ni cartas entre ellas.
—Eso no responde.
—No lo sé.
Isara recordó las cajas preparadas antes de la muerte de Celia, la visita anual a Nélida y las pruebas reconstruidas en 2004.
—Quizá no fue Celia quien organizó la reunión sola.
Cora se volvió desde la ventana.
—¿Crees que mi madre la ayudó?
—Creo que una caja idéntica bajo su cama importa.
—Estaba vacía.
—O alguien retiró el contenido antes de que la encontraras.
Salma miró el marco.
—¿Cómo murió Emilia?
—Cáncer de páncreas.
—¿Sabía que iba a morir?
—Sí.
—Entonces también pudo preparar algo.
Cora se apoyó en el alféizar.
—No habría elegido a Celia para entregar la verdad.
—¿Por qué? —preguntó Nélida.
—Porque la odiaba.
La palabra cambió la posición de todos los recuerdos.
—¿Lo dijo? —preguntó Isara.
—Una vez. Durante la última discusión. Le pregunté si Celia me había vendido. Me respondió que Celia nunca vendió a ninguna niña, pero que había hecho algo peor: elegir qué verdad merecía sobrevivir.
Isara sintió que la frase podía haber sido pronunciada sobre toda su vida.
—¿Qué verdad eligió en tu caso?
—No quiso decirlo.
—¿Y tú qué crees?
Cora miró el rostro de Emilia.
—Que me separó de mi madre.
Nadie preguntó a cuál de las dos mujeres se refería.
Duna se acercó al marco. No tocó el cristal. Miró la mancha, después el rostro.
—No recuerdo que Violeta tratara a la niña de fuera como a una hija —dijo Duna.
Cora levantó la cabeza.
—¿Cómo puedes saberlo?
—No puedo. Solo recuerdo que la niña buscaba a Celia cuando Violeta entraba.
—Eso no demuestra quién era su madre.
—No —admitió Duna—. Tampoco demuestra que tú fueras aquella niña.
Cora se quedó inmóvil.
—Entonces ¿qué recuerdas?
Duna apretó los labios.