Capítulo 14 — La letra correcta
Duna fue la primera en apartarse del vestido.
No retrocedió mucho. Apenas dos pasos, los suficientes para dejar de verse reflejada en la pantalla del teléfono donde el negativo seguía apoyado. Aun así, el movimiento alteró el círculo que habían formado alrededor de la cama.
—He dicho algo que no era verdad —dijo.
Leire levantó la cabeza.
—¿Ahora o anoche?
Duna aceptó la pregunta sin defenderse.
—Cuando he dicho que enseñé a Mara a escribir la y al revés.
Isara miró la frase trazada en el borde de la funda.
LA DE LA CINTA NO SOY YO.
La última letra de «soy» descendía bajo la línea y regresaba hacia la derecha mediante un trazo inseguro. No estaba invertida.
—¿No se lo enseñaste? —preguntó Salma.
—Fue ella quien me lo enseñó a mí.
Cora se levantó de la cama.
—¿Por qué mentir sobre eso?
—Porque, cuando he visto la frase, he recordado quién la escribió.
Duna se acercó de nuevo. Extendió un dedo hacia el celofán sin llegar a tocarlo.
—Fui yo.
Nadie respondió.
Isara observó las letras infantiles. Las aes tenían el travesaño demasiado alto. La ene de «cinta» estaba formada por tres palos casi separados. Nada permitía relacionarlas con la escritura adulta de Duna.
—¿Cómo puedes estar segura? —preguntó Leire.
—No puedo demostrarlo por una letra. Al ver «soy» recordé cómo agarraba el lápiz y a Mara corrigiéndome el trazo.
Duna cogió el lápiz que Leire había dejado junto a la libreta. En una esquina limpia del papel escribió la palabra.
soy
La y adulta era firme y proporcionada, pero conservaba el mismo giro final hacia la derecha.
—Un hábito gráfico puede sobrevivir —dijo Leire—. También puede cambiar o parecerse por casualidad. Esto no permite atribuir una escritura infantil.
—Lo sé. La letra no es la prueba. Es lo que hizo volver el recuerdo.
Duna dejó el lápiz.
—Recuerdo a Mara sujetando el negativo delante de una lámpara y dictándome una frase para que, si Ofelia encontraba la funda, creyera que la fotografía no coincidía con sus fichas.
—¿Ya sabíais que iban a separaros? —preguntó Salma.
—Sabíamos que iban a llevarnos con familias. No sabíamos cuándo ni si volveríamos a vernos.
—¿Por qué escribir «la de la cinta»? —dijo Isara.
Duna se tocó el cabello, justo donde en la fotografía la niña llevaba la tela clara.
—Porque la cinta no era mía.
Cora abrió la fotografía de las seis sobre la cama.
—Pero la llevabas tú.
—No sé si esa niña era yo.
—Acabas de decir que la cinta no era tuya.
—Recuerdo llevarla. No recuerdo esa cara.
Leire exhaló con impaciencia.
—Eso nos devuelve al mismo punto.
—No —dijo Isara—. Nos dice que Duna sabía que alguien identificaría a las niñas por los objetos.
Miró el negativo sobre la pantalla. Una niña llevaba el vestido de Mara. Otra, fuera de encuadre, una pulsera que decía DUNA . Una tercera podía haber escrito la frase.
Hasta entonces habían intentado asignar cada elemento a un solo cuerpo. Vestido, nombre, rostro, pulsera. Las niñas habían aprendido precisamente a impedirlo.
—¿Era un juego? —preguntó Isara.
Duna negó.
—Al principio sí. Cambiábamos las cintas, las zapatillas o los botones para enfadar a las cuidadoras. Después Mara entendió que las fotografías se utilizaban para enseñarnos a las familias.
—¿Cómo podía saberlo? —dijo Cora.
—Escuchaba detrás de las puertas. Mara decía que Ofelia enseñaba las imágenes a la gente que venía los domingos. A veces señalaban a una niña y después se llevaban a otra durante varios días.
Nélida se sentó junto al vestido.
—Las pruebas.
—¿Qué pruebas? —preguntó Salma.
—Así las llamaban —respondió Nélida—. Nos vestían, nos peinaban y nos llevaban a una casa. Decían que debíamos aprender a vivir allí.
Duna asintió.
—Algunas volvían con una pulsera distinta o con un nombre corregido en la ficha. No sé si ocurría siempre.
Salma cerró los dedos alrededor del borde del alféizar.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé.
—¿Tú fuiste?
—Recuerdo una cocina amarilla y un perro que no dejaba de ladrarme. La mujer insistía en llamarme por un nombre que no era mío. Cuando volví a Fuente Fría, Ofelia me quitó la pulsera y dijo que no había sabido agradar.
La palabra quedó en la habitación.
Agradar.
No sobrevivir. No obedecer.
Agradar a las personas que podían elegir una niña como si eligieran una habitación o un mueble.
Cora se acercó a Duna.
—¿Por qué no contaste esto cuando empezaste a recordar?
—Porque no sabía qué parte había leído después. He trabajado con niños toda mi vida. Conozco historias de centros, acogimientos y adopciones ilegales. Cada vez que recordaba algo, pensaba que podía haberlo completado con lo que sé ahora.
—La cocina amarilla —dijo Isara—. ¿También pudo venir de otro sitio?
—Sí.
—¿Y la frase del negativo?
Duna miró las letras.
—No creo que venga de otro sitio. Recuerdo haberla escrito.
Leire cruzó los brazos.
—Hace menos de una hora la atribuías a Mara.
Duna no bajó la vista.
—Lo sé. Por eso no quiero que mi recuerdo se trate como una identificación pericial. Me asustó reconocer la escena y completé la respuesta demasiado deprisa.
—¿Qué parte?
—La mentira.
Leire frunció el ceño.
—¿Qué mentira?
—La de la frase. «La de la cinta no soy yo». No la escribí para decir que el cuerpo de la fotografía no era el mío. La escribí para que Ofelia creyera que nosotras tampoco sabíamos quién era quién.
Isara sintió que el sentido cambiaba antes de que Duna terminara.
—La nota estaba destinada a que la encontrara un adulto.
—Sí.
—¿No a vosotras mismas?
—Mara decía que las personas mayores creían más en una frase escrita que en seis niñas diciendo lo mismo. La funda no estaba escondida entonces. La dejamos con los materiales del laboratorio para que Ofelia pudiera encontrarla y desconfiara de sus fichas.
—Pero terminó cosida dentro del vestido —dijo Leire.
—Mara debió recuperarla después, cuando comprendimos que iban a separarnos de verdad. No recuerdo cuándo la escondió ni quién la ayudó.
Cora se dejó caer en la silla.
—Con seis años manipulabais las pruebas.
—Intentábamos impedir que nos separaran.
—Y lo conseguisteis tan bien que ninguna sabe quién era.
Duna palideció.
Salma se interpuso con la voz antes de que pudiera hacerlo con el cuerpo.
—No eran responsables de lo que ocurrió después.
—No he dicho que lo fueran.
—Lo has pensado.
Cora miró el negativo.
—He pensado que llevo nueve años persiguiendo documentos falsos y que quizá parte de la falsedad empezó con ellas.
—Con nosotras —corrigió Nélida.
La periodista apretó los labios.
—Con nosotras.
Duna se sentó en la cama, junto al vestido de Mara.
—Ofelia nos hacía repetir un nombre hasta que respondíamos sin pensar. Mara decidió que haríamos lo contrario. Cada mañana, antes de que entraran las cuidadoras, intercambiábamos una sola cosa. Una pulsera. Una cinta. Una prenda. Nunca todo.
—¿Por qué una sola? —preguntó Leire.
—Porque, si cambiábamos todo, se daban cuenta. Si solo cambiábamos una cosa, discutían entre ellas. Una miraba la pulsera, otra la ficha, otra la ropa. Cuanto más intentaban corregirlo, más se equivocaban.
Isara pensó en las seis fotografías raspadas.
Una cara eliminada, pero el cabello intacto. Un vestido conservado. Una posición fija.
Quien las había enviado sabía que un solo elemento bastaba para fabricar una identidad convincente.
No era únicamente el método de Celia.
Era el de las niñas.
—¿Quién tuvo la idea de esconder cuentas? —preguntó.
—Mara. Las pulseras se rompían con facilidad. Guardaba una letra de cada nombre que le ponían y decía que algún día podría construir uno que fuera solo suyo.
Isara miró OFELIA sobre el papel.
—Pero construyó el nombre de la directora.
—Porque quería recordar quién los había quitado.
—Eso dijiste.
—Era lo que ella decía.
Leire cogió una de las fotografías digitales del vestido y amplió la costura abierta.
—El negativo y las cuentas no se escondieron al mismo tiempo.
Isara se acercó.
—¿Por qué?
—No lo sé. Tú eres quien examina materiales.
Isara observó el celofán y el plástico de las cuentas. Después acercó el dobladillo a la lámpara.
El hueco interior estaba dividido por dos costuras verticales. Una casi había desaparecido bajo el polvo. La otra, más reciente, correspondía al hilo gris de Celia.
—Tienes razón —dijo—. Las cuentas estaban dentro del tramo original. El negativo quedó en un compartimento aparte cuando alguien volvió a cerrar el vestido.
—Celia —dijo Cora.
—Probablemente.
—Entonces encontró las cuentas y añadió el negativo.
—O encontró ambas cosas, las separó y volvió a guardarlas.
Leire señaló la funda.
—La frase infantil ya estaba escrita.
—Sí.
—Celia sabía que era una mentira.
Duna negó.
—No podía saberlo.
—Si fotografió la escena, sabía quién estaba sentada y quién llevaba la pulsera Duna.
—Sabía qué llevábamos. No necesariamente quiénes éramos.
La respuesta era absurda y, al mismo tiempo, posible.
Celia podía haber conocido cada cuerpo y desconocer cada identidad administrativa. Podía saber a qué niña había abrazado, alimentado o sacado del incendio y no saber qué nombre original le correspondía.
Isara pensó en la mujer que la había criado.
Celia conocía la manera en que se rascaba el pulgar cuando estaba nerviosa, la comida que detestaba, la canción que necesitaba escuchar para dormirse a los nueve años. Sabía todos los hechos que formaban una persona y, aun así, quizá nunca había sabido cómo se llamaba al nacer.
—La frase no nos ayuda a identificar a Duna —dijo Salma.
—No —respondió Isara—. Pero demuestra que las contradicciones visuales no son necesariamente errores posteriores. Algunas se fabricaron antes del incendio.
Cora recogió su cámara.
—Necesito fotografiar el dobladillo con más detalle antes de que entreguemos el vestido.
—Sin conexión —dijo Leire.
—Ya lo sé.
Cora ajustó la lámpara y tomó varias imágenes del hilo original, la separación añadida en 2004 y el compartimento donde había permanecido el negativo. No apareció ningún otro objeto.
Mientras cambiaba el ángulo de la cámara, Duna dejó de mirar el vestido.
Observaba algo detrás de Cora.
En la pared, apoyada contra la mesilla, seguía la fotografía que Isara había visto el día anterior: una mujer mayor, de cabello corto y expresión seria. Cora la había identificado como la mujer que la crio.
Duna se puso en pie.
—Acércame esa foto.
Cora no se movió.
—¿Para qué?
—La mano.
La mujer de la imagen sostenía una taza. Casi todo el dorso de su mano izquierda estaba cubierto por una mancha oscura que ascendía desde la muñeca hasta el dedo índice.
Nélida se acercó primero.
El cubo, la fila norte y la pensión desaparecieron por un instante de su rostro. Volvía a mirar un corredor con humo.
—Creo que es ella —dijo.
Cora cogió el marco y lo sostuvo contra su pecho.
—Se llamaba Emilia Beltrán.
Duna negó despacio.
—Creo que en Fuente Fría la llamaban Violeta.